Compartir cultura: libros gratis

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LIBROS LIBRES para todos en Tenerife.

Coges el libro que más te gusta y te lo llevas gratis. Y, si eres una persona consecuente, dejas algún libro que tengas en tu casa. A mí me gustó una de las obras inquietantes del casi extraterrestre Giorgio Manganelli.

A ver si el ejemplo se multiplica por todas nuestras ciudades, pueblos, calles, plazas y caminos. Sin cultura escrita no vamos a ninguna parte que valga la pena. 

 

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El batido mágico

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El Correíllo La Palma, uno de los vapores de la Compañía Transmediterránea que comunicaban La Gomera con Tenerife. Estuvieron en servicio hasta mediados de la década de 1970.

Yo crecí en un pueblo del Norte de La Gomera (Islas Canarias), cuando todavía eran muy difíciles las comunicaciones con el exterior: después de recorrer 40 kilómetros por una carretera sin asfaltar había que tomar un barco de vapor que tardaba doce horas en llegar a Santa Cruz de Tenerife. Visto en retrospectiva, parece imposible que eso sucediera en la segunda mitad del siglo XX; pero les aseguro que es verdad.
A pesar de eso, tuve la enorme suerte de viajar mucho durante mi infancia, acompañando a mis padres en sus viajes para compras comerciales por las islas y por ciudades peninsulares.
En Santa Cruz de Tenerife acostumbrábamos a comer en los restaurantes que había en los alrededores de la calle del Castillo y la Plaza del Príncipe. Por las tardes, me invitaban a helados de mantecado y a batidos. Los había de coco, chocolate, vainilla y fresa. Recuerdo especialmente uno que tomé en o en otra situada junto a la calle La Rosa.
Ese día visitamos la heladería que estaba junto al Cine Víctor, en la Rambla de Pulido, nos sentamos en los taburetes de la barra y pedí un batido de vainilla. Yo, subido en aquel taburete que me permitía alcanzar la barra a duras penas, bebía con la pajita y tenía la seguridad de que el batido no bajaba ni un centímetro, por mucho que chupara.

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Plaza de España de Santa Cruz de Tenerife. Al fondo, a la derecha, se puede ver el barco “Nuestra Señora de La Luz” que tenía una planta para dar electricidad a la isla.

A mis padres les entró prisa, porque ya era de muy de noche y deseaban cenar. A medida que pasaba el tiempo, yo estaba más nervioso y terminé por confesar mi problema, aunque sabía lo absurdo que resultaba.
-Papá, este batido tiene algo raro. Por mucho que bebo, no baja.
La cara de mi padre osciló entre la impaciencia y la desesperación.
–¡Cómo va a ser eso, hombre!
–De verdad. Mira, ahora estoy bebiendo y el batido no baja.
Levanté un poco el vaso para ver si tenía un doble fondo, pero no le vi nada raro. Mi padre empezó a enfadarse. Mi madre, cansada de las gestiones comerciales del día, no decía ni pío.
–¡Termínalo de una vez y vámonos!
El mal carácter de mi padre tenía en mí efectos devastadores. Me entraban unos nervios terribles y no me atrevía moverme. Seguí chupando como un desesperado: aquello tenía que bajar: no bajaba: chupé más: no bajaba: cerré los ojos y chupé y chupé: la leche seguía igual, casi al borde del vaso: me rendí.
–Papá, vámonos.

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Vista aérea de la Plaza de España de Santa Cruz de Tenerife. A la izquierda está el edificio del Cabildo y a su derecha, el de Correos y Telégrafos. El toldo rojo que se ve junto a los árboles daba sombra a la cafetería Atlántico. Al fondo, se puede ver la silueta del rascacielos en obras que comenzó a levantarse en la década de 1970 en la Avenida Tres de Mayo.

Mi padre podría ser cualquier cosa menos tacaño. Era preferible tirar una comida antes que cogerse un dolor de estómago. Me agarró de la mano y tiró por mí hacia la puerta. Era de noche y la Rambla de Pulido se me figuraba tan llena de neones multicolores como París. Un paraíso para los ojos de un niño de pueblo.
No me pude quitar jamás de la cabeza aquel maldito batido que parecía la bolsa mágica de las monedas de oro. Todavía me pregunto qué sucedió aquel día en mi cabecita, aunque, en el fondo, sigo convencido de que ¡algo de magia sí tuvo que haber!

Un relato sobre niños enterrados en un monasterio español

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Monasterio de Cabeza de Alba.

El reciente hallazgo de niños enterrados en un monasterio irlandés está suponiendo un escándalo internacional. Desde hace siglos, monjas y frailes han mantenido relaciones sexuales cuyos frutos han ocultado bajo tierra para evitar el escándalo. A pesar de la hipocresía y del secretismo del clero católico, estas vergonzosas historias de aberraciones sexuales y criminales de la Iglesia van saliendo a la luz pública.

En el año 2010, visité el monasterio de Cabeza de Alba y su actual propietario me mostró el patio donde su perro encontró varios huesos de recién nacidos que habían sido enterrados hacía más de un siglo. El suceso, algo acicalado literariamente, lo incluí en un capítulo de mi novela “El diputado de Filadelfia”, publicada hace unos meses.

El siguiente extracto ofrece una idea de ese extraviado convento, cuya principal misión era la de servir de prisión inquisitorial y que fue expropiado a la Iglesia Católica por las desamortizaciones liberales del siglo XIX. Allí estuvo preso el sacerdote canario Antonio Ruiz de Padrón por haber sido el principal partícipe del derribo de la Inquisición española en las Cortes de Cádiz.

“Cabeza de Alba. Martes 27 de abril de 2010

El propietario de Cabeza de Alba

Había dejado de diluviar y caía una llovizna casi imperceptible. Comenzaron a ladrar dos perros enormes que correteaban libremente de un lado para otro. Nos determinamos a montar la cámara de vídeo bajo un gran paraguas, pero sin alejarnos mucho del coche. Después, se presentó un tipo con una máquina de fumigar a la espalda. Se acercaba caminando de lado con evidente disimulo hasta que le dijimos buenos días y él respondió que buenos.

–¿Usted vive aquí?

–Sí, soy el propietario.

–¿Muerden los perros?

–No, mientras ustedes estén cerca de mí no les va a pasar nada.

Vestía blusa negra, pantalones de camuflaje y botas del ejército. Nos saludó mientras miraba con curiosidad la cámara, cuyo tamaño denotaba que no éramos simples turistas que grababan recuerdos para mortificar a los amigos.

Al rato, cuando se dio por satisfecho con nuestra conversación amigable –por fin Deliana había dejado de reír y se comportaba como la psicoanalista educada que era–, nos invitó a pasar y a beber una cerveza.

Aceptamos de buen grado. Atravesamos el patio junto a unas ruinas que él atribuyó al devastado convento de las monjas. Caminamos delante del cuerpo principal del edificio, cuya tercera planta estaba casi a ras de suelo y luego bajamos por un caminito a la zona inferior del antiguo monasterio, donde había instalada una modesta cocina. Allí nos sentamos a charlar sin prisas, con la convicción de que el hombre estaría encantado con nuestra compañía si vivía solo en aquellas peñas desapacibles.

Una cárcel bajo los almendros

Nos relató una historia familiar que explicaba por qué residía en el solitario monasterio. Tenía veintisiete años, había nacido en Stuttgart y era hijo de emigrantes leoneses. Su padre ganaba un buen sueldo como empleado en una empresa de demoliciones durante el día y como copartícipe de un pequeño bar de tapas llamado Mafalda que abría al oscurecer y se había convertido en un negocito muy rentable.

Pero, cuando murió el socio de su padre, a éste se le había metido en la cabeza comprar el monasterio, porque se hallaba cerca de su lugar de nacimiento y, además, se había contagiado de los ideales bucólicos de sus clientes que en aquellos momentos se encontraban en la frontera que separa lo hippie de lo alternativo. Durante unas vacaciones en su pueblo, le ofrecieron esta propiedad muy barata y la compró. Se trajo a la familia: la madre, él y varias hermanas, y todos se pusieron a restaurar cuanto pudieron, a cultivar la tierra con viñas, almendros, cerezos,… y a pastorear un rebaño.

Con su permiso, monté la videocámara sobre un trípode y me puse a filmar aquella apacible escena compuesta por el monasterio, los perros y el rebaño de ovejas. En la zona más próxima del convento sólo quedaban unos pocos muros en pie. El edificio principal lo formaban tres plantas más o menos conservadas. El campanario, que sobresalía de las otras edificaciones, también se encontraba en buen estado. Algo más abajo, en un huerto al borde del barranco, había un estanque y un inmueble de unos ocho metros2 de longitud, destinado a corral de ovejas. Aquí y allá contemplé restos de muros que debieron de pertenecer a varias construcciones.

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Un anuncio de prensa da cuenta de una pensión concedida a un lego del convento de Cabeza de Alba, como indemnización por la desamortización llevada a cabo por el gobierno de la época.

–Me llamo Álber –se presentó mientras nos abría los botellines de cerveza–. Soy el único miembro de la familia que ha decidido permanecer en Cabeza de Alba como pastor.

–Yo soy Deliana. Vivo en Madrid desde hace años y la verdad es que estoy encantada de haber llegado con vida aquí arriba.

–Manuel Mora –dije con la mano extendida que Álber se apresuró a estrechar–. Vine al monasterio porque me interesa la historia de un personaje que estuvo aquí prisionero.

–¿Eres periodista? –me tuteó en un tono amable que invitaba a corresponderle.

–No, nada de eso –le contesté–. Únicamente necesitaba conocer este lugar porque escribo un libro sobre la historia de ese prisionero.

Mientras hacíamos las presentaciones había dejado de llover por completo y una bruma espesa comenzaba a cubrir aquel paraje. Permanecimos un minuto en silencio con nuestros botellines en la mano.

–Me quedé solo cuando mi viejo murió hace cuatro años –Alberto comenzó a hablar despacio y marcaba las pausas con sorbos de su cerveza–. Mis hermanas se fueron a vivir con sus maridos. Ahora tengo sesenta ovejas, un viñedo que procuro cuidar bien y bastantes almendros.

–Y dos plantas de marihuana –Deliana señaló con su dedo índice los raquíticos hierbajos que apenas sobresalían de una pequeña maceta.

–Si un día crecen, puede ser que me las fume –contestó Álber con desparpajo–, pero me apetece más mirarlas. Yo prefiero la cerveza.

Su padre construyó una vivienda amplia y bien acondicionada dentro del monasterio. Alberto la mantenía limpia y en buenas condiciones. La electricidad procedía de paneles solares.

–No me quiero ir de aquí. Me encuentro a gusto con mis cosas y disfruto de esta tranquilidad que sólo interrumpen las visitas de los familiares que vienen a comer corderos. Pocas veces se presenta algún amigo o tengo que ahuyentar a los senderistas atrevidos que tratan de robarme las cerezas.

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El periódico irlandés The Irish da cuenta del macabro hallazgo.

Contó también que durante un tiempo vivió allí el propio Tomás de Torquemada –algo improbable, puesto que este inquisidor general pertenecía a la Orden de Santo Domingo y no a la de San Francisco– y que durante la etapa final del convento en el primer inmueble residían monjas y en el segundo, frailes.

–Estos edificios estaban rodeados por cárceles secretas de la Inquisición, las cuales fueron enterradas para borrar sus huellas antes de que los franciscanos abandonaran el monasterio a causa de la desamortización del siglo XIX –recordé haber leído en el periódico monárquico La Esperanza, fechado en 1865, que se indemnizaba a un lego de apellido Calvo por su condición de religioso exclaustrado–. ¿Veis esas huertas con almendros? Pues se encuentran sobre los muros de la prisión inquisitorial. Se aprovecharon algunas de sus celdas para construir un estanque y sé de buena tinta que en ellas permaneció preso un importante noble leonés encarcelado por el Santo Oficio.

Quizás Alberto no estuviera equivocado respecto a la encarcelación de ese noble; sin embargo, por los datos que me ofreció, imaginé que con el paso de los años algún campesino debió de confundir a Ruiz de Padrón con un aristócrata leonés y de ahí procedía el probable error. En todo caso, opté por guardar silencio. Ahora, más bien creo que esa información la extrajo de una lectura errónea de un manuscrito.

Observé que el joven había relajado las naturales barreras que se levantan ante gente desconocida y comenzaba a entrar en confianza, gracias al desenfado con que lo trataba Deliana, la cual sólo era algunos años mayor que él.

Los cráneos infantiles

–Terminamos de beber las cervezas. Nos presentó a su viejo burro, Marianín, y nos condujo a unas ruinas donde se hallaba el antiquísimo busto de un fraile esculpido en piedra. Se apoyó sobre la pétrea cabeza y señaló hacia el patio bajo.

–Allí encontré el año pasado varios esqueletos de niños. El perro se había puesto escarbar y desenterró algunos huesos y cráneos. Yo profundicé un poco más con la azada. Surgieron otros restos pequeños, pero dejé de cavar porque sentí miedo de encontrar un cementerio de bebés. Como te dije, los frailes y las monjas vivían cerca,… Incluso, hicieron un pasadizo que unía los dos edificios por las ventanas más altas. Mira, allá arriba.

Ya nos marchábamos. Álber nos acompañó al terraplén donde habíamos dejado el coche. Deliana le prometió traer un par de cajas de cerveza en nuestra próxima visita.

–Cuidado con la bajada –me recomendó–. El piso de esta pista es muy resbaladizo y si te sales de la carretera vas a parar al fondo del precipicio. No te distraigas ni un momento porque los socavones son muy traidores.

Le dimos la mano, subimos al automóvil y puse la marcha atrás con intención de dar la vuelta, pero Alberto me detuvo con un gesto perentorio.”

Extracto de la novela “El discurso de Filadelfia”, de Manuel Mora Morales. Editorial Malvasía, 2016, Islas Canarias, pp 38-42.

Todos los derechos reservados.

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El cuadro maldito

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El famoso autorretrato de Victor Brauner.

En una visita que realicé hace unas semanas al museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Niza (MAMAC), encontré un cuadro de Victor Brauner que me trajo a la memoria la siguiente historia, relacionada con otra obra del mismo pintor. Me refiero a un cuadro que fue pintado en París, que tiene relación con Canarias y se creyó que estaba embrujado. Esta historia increíble, pero cierta y que cualquiera puede comprobar fácilmente, es la siguiente.
Como he dicho, el pintor se llamaba Victor Brauner,[1] un rumano que fue amigo de André Breton y que expuso en Tenerife en la exposición surrealista de 1935. Es decir, era un personaje importante y lo sigue siendo cincuenta años después de muerto, con obras en los principales museos del mundo.
A este hombre se le ocurrió pintar un autorretrato tuerto en el año 1931. Como se evidencia en la imagen, se pintó a sí mismo con un ojo menos, aunque él veía perfectamente por los dos suyos.

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El pintor surrealista Esteban Francés.


Bruner era amigo del pintor tinerfeño Óscar Domínguez, al cual no le disgustaba tener una pelea a puñetazos de vez en cuando. Un día del verano de 1938 se encontraba en un bar parisiense peleando con su colega el catalán Esteban Francés[2]. La verdad es que Óscar estaba machacando a Francés y un amigo de ambos trataba de sujetar al canario. Por su parte, Brauner también intentó proteger a Esteban Francés interponiendo su cuerpo. En mala hora.

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Óscar Domínguez, pintor nacido en Tenerife (Islas Canarias).


Domínguez agarró un vaso que tenía a mano, se bebió de un trago lo que contenía y, a continuación, se lo arrojó al catalán. Sin embargo, erró el tiro, le acertó a Brauner en un ojo y lo dejó tuerto, siete años después de que el pintor rumano se pintara a sí mismo con un ojo menos.
Con la ayuda del canario Óscar Domínguez, se cumplió la autoprofecía surrealista de Victor Brauner.
Muchos creyeron que el cuadro estaba estaba maldito y que no se debe hacer bromas con según qué cosas. Una superstición como otra cualquiera, pero no me digan que no es para sorprenderse con casualidades como ésta.

 

___________________________

[1] Victor Brauner (15 de junio de 1903 – 12 de marzo de 1966) fue un pintor rumano.

Nació en Piatra Neamţ. Se estableció con su familia en Viena durante varios años. Estudió en la Academia de Bellas Artes de Bucarest (1919-1921) y en la escuela privada de pintura de H. Igiroşeanu. En 1925 llevó a cabo su primer viaje a París, del que regresó en 1927. En el período 1928-1931 contribuyó a la revista Unu (una publicación periódica de vanguardia con tendencias dadaístas y surrelistas), que publicó reproducciones de la mayor parte de sus cuadros y obras gráficas.

En 1930 se estableció en París, donde conoció a Constantin Brancusi, quien le instruyó en los métodos de la fotografía artística. En esta misma época se convirtió en amigo del poeta rumano Benjamin Fondane y conoció a Yves Tanguy, quien más tarde le introdujo en el círculo de los surrealistas. En 1931 pintó un autorretrato con un ojo tuerto, un tema premonitorio.

En 1933, André Breton escribiría el texto para el catálogo de la primera exposición individual de Brauner en París, en la Galerie Pierre. Posteriormente fue incluido en la exposición surrealista de Tenerife, organizada por Óscar Domínguez en 1935, año en que Brauner regresó a Bucarest. Allí se unió a las filas del Partido Comunista Rumano durante un breve período, sin una convicción muy firme.

En 1938 regresó a Francia. El 28 de agosto perdió su ojo izquierdo al mediar en una violenta discusión entre Óscar Domínguez y Esteban Francés. Brauner intentó proteger a Esteban y fue golpeado por un cristal lanzado por Domínguez: la premonición se había hecho realidad. Ese mismo año conoció a Jaqueline Abraham, que se convirtió en su esposa.

Abandonó París durante la invasión alemana de Francia de 1940, junto con Pierre Malbille. Vivió durante un tiempo en Perpiñán, en casa de Robert Rius, luego en Cant-Blage, en los Pirineos Orientales y en Saint Feliu d’Amont, donde quedó recluido forzosamente.

En 1959, estableció el taller en la calle Lepic. En 1961 viajó de nuevo a Italia. Ese mismo año, la Galería Bodley de Nueva York montó una exposición individual de la obra de Brauner. Se estableció en Varengeville en Normandía, donde pasó la mayor parte de su tiempo trabajando.

Murió en París como resultado de una larga enfermedad. El epitafio de su tumba en el cementerio de Montmartre es una frase de su cuaderno de notas: «Peindre, c’est la vie, la vraie vie, ma vie» («Pintar es la vida, la verdadera vida, mi vida»).

[2] ESTEBAN FRANCÉS. Pintor surrealista nacido en Portbou, Gerona en 1913, pasó sus primeros años en Figueras hasta 1925, año en el que se traslada con su familia a Barcelona. En esta ciudad, cursó la carrera de Derecho, abandonándola poco antes de finalizarla mientras asistía a la Escuela de la Lonja. En la década de 1930, Francés se implicó sentimentalmentemente con la pintora catalana Remedios Varo.

Tras el estallido de la Guerra Civil española, en el año 1937 se exilió a París, donde se integró en el grupo de los surrealistas. La segunda guerra europea le llevó, en 1940, a México, y dos años después a Estados Unidos. Estableció su residencia definitiva en Nueva York y allí coincidió con otros surrealistas, como André Breton, Yves Tanguy, Óscar Domínguez, Victor Brauner, Roberto Matta y Gordon Onslow Ford y Max Ernst.

Irène Hamoir cuenta, como anécdota, una discusión y pelea en 1938, entre Óscar Domínguez, sujetado por Louis Scutenaire, y Francés, inmovilizado por Victor Brauner, quien intentando proteger a Esteban fue alcanzado por un vaso arrojado por Domínguez, y perdió permanentemente su ojo izquierdo. También estaban presentes Paul Éluard, Georges Hugnet, Wolfgang Paalen, Benjamin Péret y Yves Tanguy.1

Esteban Francés falleció en Deiá, Palma de Mallorca en 1976.

 

“Mientras seamos jóvenes”, una buena novela de José Luis Correa

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He leído en estos días una novela del canario José Luis Correa que me ha proporcionado más de una agradable sorpresa. Varias. La primera es que me ha parecido una novela bien armada en todos los sentidos, lo cual siempre se agradece. La segunda es sólo una sorpresa a medias, porque la otra mitad es un interrogante: ¿cómo es posible que no hubiese leído nada de este autor de mi tierra, que lleva años publicando y, por lo que he comprobado, publicando bien?

No es que yo sea un buscador impenitente de críticas literarias, pero creo que más o menos me mantengo al día con la nueva literatura e intento acercarme a las obras de los escritores canarios de una manera preferente. Sin embargo, nunca he leído en estas islas un artículo ni he visto u oído una entrevista que resaltara lo suficiente la figura de Correa como escritor de género negro ni de ningún otro. Su novela “Mientras seamos jóvenes” la he leído porque la encontré por casualidad en la web de la Casa del Libro, donde suelo comprar mis e-books con frecuencia. Sí, confieso que he terminado por leer en los cacharros electrónicos; por comodidad y economía, sobre todo.

¿EL HAMMET CANARIO?

El estilo de Correa es de frases super cortas, que disparadas página tras página en párrafos que parecen ráfagas de ametralladora, podrían parecer al lector no avisado que se halla ante una novela escrita por aquel viejo colectivo que dio en llamarse Marcial Lafuente Estefanía que redactaba novelas del Oeste también con frases cortas y párrafos escuálidos. Pero no. José Luis Correa sigue la tradición de novelistas norteamericanos del género negro con detectives privados que narran más o menos descarnadamente sus aventuras, a veces sucias aventuras, en primera persona. Simplificando mucho su adscripción literaria, se trata de un Dashiell Hammet isleño que nos hace recorrer Las Palmas de Gran Canaria desde la Isleta al Refugio y al Muelle Grande, y nos obliga a seguirle por las terrazas de Las Canteras y los pubs de Vegueta hasta Tafira Baja, y aun hasta Valsequillo a las tantas de la madrugada para comer un plato de carne mechada con un vaso de vino pirriaca en un bar de mala muerte. Un detective criollo que se come las pastillas de Almax a puñados.

LAS COMPARACIONES NUNCA SON BUENAS

El siguiente párrafo de la novela “Cosecha roja”, de Hammet, puede servir de punto de referencia:

“–Una broma. –Se apoyó en el respaldo de la silla para reírse–. Mire. Quería sacar a la luz asuntos poco claros. Yo tenía alguna información: documentos y cosas que había guardado por si algún día valían algo. Soy muy curiosa. Conservé esos papelotes. Cuando Donald empezó su cruzada moral, le ofrecí mi mercancía. Vino a verla y comprobó que era canela fina. Sin duda. Hablamos del precio. Se mostró roñoso, aunque no tanto como usted. Hasta ayer estuvo el negocio abierto.”

De punto de referencia de este u otro párrafo de “Mientras seamos jóvenes”, de Correa:

“A mal árbol se arrimaba. Yo entendía poco de relaciones. Mantenía una desde hacía tiempo con una farmacéutica guapísima, vital, fuerte, pero de casi el doble de edad que la italiana. Me limitaba a vivir ese amor día tras día como si se fuera a acabar el mundo. Me limitaba a ser feliz. Pero ni siquiera entendía por qué Beatriz Guillén continuaba a mi lado. Así que ya podía imaginarse el profesor mi capacidad de entendimiento en amores.”

Creo que no hace falta comentar la similitud en la construcción de los dos textos citados que se parecen no sólo en la sintaxis sino en el tono narrativo aunque, como es natural, en el libro de Correa se nota la influencia estilística de escritores posteriores a Hammet. Y lo que acabo de decir es un elogio, porque no es fácil construir un “Krimi” ubicado en la actual ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, narrado en primera persona con ese tono de detective más quemado que el palo de un churrero, sin hacer el ridículo más espantoso. José Luis Correa lo consigue y, además, logra que el lector llegue al final sin aburrirse. Incluso, lo logra si se trata de un lector canario que, por esa familiaridad confianzuda que proporciona la vecindad geográfica, puede caer en la tentación de buscar los errores reales o imaginados de la novela y quedarse únicamente en eso.

SOCIAL Y CRÍTICA

Además de negra, “Mientras seamos jóvenes”, tiene aspiraciones a ser novela psicológica y es sin duda alguna una novela social que realiza un repaso rápido de los males que aquejan la sociedad. Bien es verdad que el detective Ricardo Blanco se limita a una crítica general y bonachona sin entrar a saco en asuntos o personajes políticos, pero deja bien claro en qué parte del campo juega el partido, lo cual es de agradecer en un tiempo en que los aduladores del poder se prodigan en publicaciones de cualquier especie.

MUCHO CUENTO EN LAS VENAS DEL RELATO

La obra de José Luis Correa es una novela, pero subterráneamente corre hacia el final como si se tratara de un cuento de Poe o de Cortázar: jamás se pierde el hilo conductor que lleva a la solución del enigma ni los personajes actúan fuera de los carriles paralelos que acompañan a la vía principal. Cuando más, las expediciones del autor hacia los aledaños del relato principal sirven para robustecer la personalidad de los protagonistas: el presunto asesino, el detective y el cadáver.

Como en otros relatos criminales, a los lectores nos da por pensar que el verdadero asesino debió recibir alguna pincelada más: una pincelada tenue pero suficiente para que en el último párrafo dijésemos: “¡Tenía la prueba delante de mis narices y no supe verla!” Sin embargo, esta conclusión es una falacia, porque cada lector necesita un brochazo diferente para caer en la cuenta de que podría haberlo sabido antes de que el autor se lo dijera de forma clara. Sólo en contadas novelas han logrado los maestros del suspense deslumbrar a todos los lectores con el escamoteo del asesino hasta la última página, después de presentarles con la antelación suficiente pruebas evidentes de su culpabilidad.

PÁGINA A PÁGINA, LA NOVELA MEJORA

A medida que avanza la novela de Correa los párrafos se van consolidando y se fortalecen sus cimientos estilísticos. Al contrario de lo que sucede en la mayoría de las obras publicadas actualmente en las que los errores de todo tipo se multiplican en las últimas páginas por descuido o por cansancio de los autores y de sus correctores, cuando los tienen. No es el caso de esta obra, desde luego, cuyo final está especialmente cuidado, aunque parezca cortado con navaja de afeitar y de un solo tajo.

Con estos párrafos apresurados, no tengo ni la más remota intención realizar una crítica literaria detallada ni dilatada de todos los aspectos del libro de Correa, que tiene muchos prismas. En absoluto. En primer lugar, porque no me considero sino un aprendiz de lector de un género literario que tiene sus propios mecanismos. Simplemente, esbozo alguna pincelada para despertar la curiosidad y recomendar su lectura tanto a quienes gusten de las novelas de detectives como a los que no lean este género con frecuencia –como es mi caso–, porque estoy seguro de que descubrirán con sorpresa a un escritor ameno y con muchas cosas que decir, cuyas novedades literarias no conviene perder de vista.

 

El Día de Canarias y “El discurso de Filadelfia”

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El pasado lunes, 30 de mayo, se celebró el Día de Canarias. En la Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife se presentó mi novela “El discurso de Filadelfia”.

El presentador fue Antonio Javier Fernández Delgado, un profesor de Comercio y coautor del libro “Las brumas del Roque”, que dejó encantados a los asistentes, incluyéndome a mí. Independientemente de la mayor o menor calidad de mi novela, el presentador supo ganarse al auditorio con el tono coloquial con el que abordó diversos aspectos de la obra.

El acto tuvo lugar en horas de la mañana, pero hubo una buena asistencia de público que fue aumentando cuando los asistentes a la Feria escuchaban la presentación de Fernández Delgado.

Igual que ocurrió con la presentación del periodista Rafael Avero en Las Palmas de Gran Canaria, en este acto en Tenerife me resultaran muy emotivas las palabras de Antonio Javier.

Mi agradecimiento a ambos presentadores y a los asistentes, tanto en Tenerife como en Gran Canaria. Ya el libro está en manos de los lectores, ahora ellos tienen la palabra.

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