Las soluciones federal y confederal

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Hablando de futuros políticos inmediatos, decantarse por la solución federal que predica Alfredo Rubalcaba o la confederal, propugnada por otros políticos, es necesario y urgente. Esto lo digo a pesar de que podría llenar bastante más de un folio exponiendo todo lo que me cae mal de Alfredo Rubalcaba, comenzando por ese leve y fingido tartajeo suyo; el mismo balbuceo que suelen utilizar los demagogos profesionales para que los percibamos más naturales y cercanos.

Pero no quiero gastar demasiado tiempo en criticar a este hombre con aspecto de enterrador del viejo Oeste que exige cada día al pésimo gobierno actual gran parte de lo que él mismo no quiso hacer en el pésimo gobierno anterior: leyes justa para los créditos hipotecarios, leyes justas para los banqueros corruptos, leyes justas para los políticos corruptos,… No creo en Rubalcaba, de igual manera que no creo en Rajoy ni en el rosario de mentirosos que merodean en las actuales cúpulas y en los actuales subterráneos de los partidos con representación en el parlamento español. Creo, sí, en los seres humanos.

Supongo que lo dicho es suficiente para que nadie me asocie, ni de lejos, al partido de Rubalcaba, a pesar de que su discurso sobre el federalismo me parece no sólo aceptable, sino la única salida lógica al actual atolladero en que se encuentra el Estado español.

Hay que ser muy inocente para pensar que Cataluña no se halla a pocos metros de su meta independentista. Hasta Rajoy, con su cabeza de avestruz enterrada a muchos kilómetros bajo tierra, se ha dado cuenta de que el principal motor económico del Estado ha comenzado a deslizarse en dirección opuesta a Madrid y que los catalanes hacen poco caso del Coco y de las tonterías con que tratan de meterles el miedo en el cuerpo como si fueran niños de pecho. Sólo les falta decirles que si se van, no podrán tomar café con leche en la Plaza Mayor.

A lo largo de su historia, los ciudadanos de Cataluña han dado muestras sobradas de que son un pueblo práctico, pero se me figura que el gobierno de Madrid no desea tender puentes negociando en positivo, sino retenerlos con la amenaza de que allá fuera –traspasadas las columnas del Non Plus Ultra–, les espera toda clase de monstruos, de peligros y de penurias. Mal camino.

Para configurar el mapa ideológico de las autonomías, Adolfo Suárez utilizó gran parte del plan territorial de nacionalidades que Lenin había esbozado en 1913 y, sorprendentemente, contradijo en 1914. El desarrollo de este diseño desemboca de forma irremisible en la demanda de mayores cotas de autogobierno y de libertades públicas que sólo se pueden amordazar en un Estado fuertemente centralista y represor, tal como terminó siendo la Unión Soviética. Es ilustrativo que tan pronto esa atadura soviética se aflojó, la espantada de las nacionalidades fuera del dominio ruso fue antológica.

Las autonomías, y no sólo la catalana, desean más autogobierno y más distancia de Madrid. Se trata de un proceso irreversible. Necesariamente, habrá que llegar a un acuerdo y arbitrar una salida política que permita profundizar en los autogobiernos nacionalistas y en las libertades ciudadanas, o bien prepararse para una desbandada general, al estilo yugoslavo. Esperemos que sin sangre, en el caso de que llegara a suceder tal cosa.

Por esta razón, la propuesta federalista de Rubalcaba se presenta como la mejor solución para no romper de golpe y plumazo este imperfecto Estado que nos hemos construido y que, a pesar de todo, nos está permitiendo vivir durante décadas sin matarnos a balazos por expresar opiniones, por practicar el sexo, por vivir donde mejor nos parezca, por no reverenciar a las autoridades, por ir o por no ir a misa…

Se entiende perfectamente que el amor a la tierra nos mueve los corazones y querríamos que los lejanos gobernantes nos trataran de una manera más justa en nuestros lugares de origen. Sin embargo, entre salir de Guatemala y entrar en Guatapeor, lo más sensato es tratar de mejorar Guatemala.

La solución tendrá que ser federal, con una reforma pactada de la Constitución.

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