La visita de la tía Rose. Un relato a propósito de los entrometidos. Segunda parte

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VIENE DE LA PRIMERA PARTE

—Bueno, siempre me ha gustado saber qué comeré —gritó la tía Rose, y se rió. Los prismas de la araña de cristal del vestíbulo sonaron dolorosamente.

Douglas se hundió un poco más en la sombra de la despensa.

Condimento… una hermosa palabra. Y albahaca y betel. Pimiento. Curry. Todas hermosas. Pero Salmuera. Salmuera con S mayúscula. Era la mejor, sin discusión.

Arrastrando velos de vapor, la abuela vino y se fue y vino otra vez con fuentes cubiertas, de la cocina al comedor, mientras los comensales esperaban en silencio. Nadie alzó las tapas para echar un vistazo a las vituallas ocultas. Al fin la abuela se sentó, el abuelo dijo una oración, y los cubiertos de plata se alzaron inmediatamente en el aire como una plaga de langostas.

Cuando las bocas de todos estaban absolutamente llenas de maravillas, la abuela se reclinó en su asiento y dijo:

—Bueno, ¿les gusta?

Y los parientes, incluso la tía Rose, y los pensionistas, con los dientes deliciosamente cimentados, enfrentaron un terrible dilema. Hablar y romper el encanto, o seguir sintiendo cómo aquella ambrosía se disolvía gloriosamente en la boca. Parecía como si dudaran entre reír o llorar. Parecía como si fueran a quedarse eternamente inmóviles, sin que un incendio o un terremoto o un tiro en la calle, o una masacre de inocentes en el patio pudiesen perturbarlos. Parecían abrumados por efluvios y promesas de inmortalidad. En aquel momento de hierbas tiernas, dulces apios, deliciosas raíces, todos los villanos eran inocentes. Los ojos se paseaban por campos de nieve con salpicones, ensaladas, quimbombós, potajes recientemente inventados, guisados, cazuelas. No se oía otro sonido que el burbujear primigenio de la cocina, y el tintineo de campanilla de reloj de los tenedores y cuchillos en los platos. Un tintineo que anunciaba los segundos en vez de las horas.

Y entonces la tía Rose aspiró profundamente, concentrando en sí misma su fuerza, su salud y su indomable color rosado, y, con un tenedor que apuntaba al aire como si empalase el misterio, habló con una voz demasiado alta.

—Oh, magnífica comida, ciertamente. ¿Pero qué es?

La limonada dejó de retintinear en los vasos helados, los tenedores dejaron de relampaguear y descansaron en la mesa.

Douglas miró a tía Rose con esa mirada que el ciervo dedica al cazador antes de morir. Una sorpresa herida apareció en todos los rostros. La comida se explicaba a sí misma, ¿no? Era su propia filosofía, se hacía y respondía sus propias preguntas. ¿No bastaba que la sangre y el cuerpo se contentaran con estos rituales e inciensos raros?

—Parece —dijo la tía Rose— que nadie me ha oído.

Al fin la abuela movió imperceptiblemente los labios y dejó que saliera la respuesta.

—Llamo a esto Jueves Especial. Lo comemos todas las semanas.

No era cierto. Ningún plato, en años, se había parecido a otro. ¿Había salido éste de las verdes profundidades del mar? ¿Era ésta una comida nadadora o una comida voladora, había tenido sangre o clorofila, había caminado o se había arrastrado ya puesto el sol? Nadie lo sabía. Nadie preguntaba. A nadie le importaba.

La gente se contentaba con asomarse a la puerta de la cocina y espiar las explosiones de la harina, disfrutar de los golpes, retintines, cascabeleos de aquella fábrica en completo desorden, mientras la abuela movía los dedos a ciegas, abriéndose paso entre latas y ollas.

¿Tenía la abuela conciencia de su talento? Difícilmente. Si alguien le hablaba de cocina, la abuela se miraba las manos que algún glorioso instinto enguantaba alguna vez con harina, o sondeaban pavos destripados, hundiéndose hasta las muñecas en busca del alma animal. Los ojos grises parpadeaban tras anteojos retorcidos por cuarenta años de ráfagas de horno, y oscurecidos por salpicaduras de sal y pimienta, de modo que echaba a veces granos de almidón sobre las carnes, asombrosamente suculentas y tiernísimas. Y a veces dejaba caer albaricoques en la sartén, cruzando carnes con hierbas, frutas, vegetales, sin prejuicios, sin atender fórmulas o recetas. Pero al fin, en el momento de la entrega, las bocas se hacían agua, la sangre respondía con un trueno. Las manos de la abuela, como antes las manos de la bisabuela, eran su misterio, su delicia, su vida. Las miraba asombrada, pero dejaba que viviesen a su antojo.

Y ahora, por primera vez luego de innumerables años, aparecía una interruptora, una inquisidora, casi una investigadora de laboratorio, hablando cuando el silencio era una virtud.

—Sí, sí, ¿pero qué has puesto en este Jueves Especial?

—Bueno —dijo la abuela, evasiva—, ¿a qué te sabe? La tía Rose olió el bocado del tenedor.

—¿Vaca o cordero? ¿Jenjibre o canela? ¿Jamón? ¿Arándanos? ¿Algún bizcocho?

¿Cebollinos? ¿Almendras?

—Eso es, exactamente —dijo la abuela—. ¿Alguien repite?

Se alzó un clamor, hubo un entrechocar de platos, un enjambre de brazos, un torrente de voces que deseaba acabar para siempre con las preguntas blasfemas. Douglas hablaba más alto y hacía más ruido que nadie. Pero uno podía ver en las caras que el mundo cotidiano se tambaleaba, que la dicha estaba en peligro. Pues eran los privilegiados miembros de una casa que dejaban corriendo el trabajo o el juego cuando la campana que anunciaba la cena apenas había tañido una vez. Habían entrado en el comedor durante años como si estuviesen jugando frenéticamente a las sillas musicales, desplegando aleteantes servilletas blancas, empañando los cubiertos como si hubiesen estado muriéndose de hambre en algún confinamiento solitario y esperaran la liberación para caer en una masa de codos entrelazados sobre la mesa. Ahora gritaban nerviosamente, hacían chistes obvios, lanzando ojeadas a la tía Rose como si ésta ocultara una bomba en aquel amplio pecho que la empujaba con su tictac al destino final.

La tía Rose, sintiendo que el silencio era realmente una bendición, repitió tres veces aquello que había en el plato, y luego fue arriba a soltarse el corset.

—Abuela —dijo la tía Rose ya de vuelta—, qué cocina tiene usted. Es realmente un revoltijo, no puede negarlo. Botellas y platos y cajas por todas partes, y faltan casi todos los marbetes. ¿Cómo puede saber qué usa? Me sentiré culpable si no me deja que la ayude a arreglar las cosas mientras estoy aquí de visita. Permita que me arremangue.

—No, muchas gracias —dijo la abuela.

Douglas las oyó a través de la pared de la biblioteca y el corazón le golpeó en el pecho.

—Esto es un baño turco —dijo la tía Rose—. Abramos las ventanas y los postigos, así podremos ver.

—La luz me lastima los ojos —dijo la abuela.

—Traeré la escoba. Lavaré los platos y los guardaremos, limpios. Voy a ayudarla, así que no abra la boca.

—Ve a sentarte —dijo la abuela.

—Pero abuela, piense cómo aliviará su trabajo. Es usted una cocinera maravillosa, es cierto, pero si lo es en este caos, este puro caos, piense en lo que conseguirá una vez que tenga las cosas en su sitio.

—No se me había ocurrido —dijo la abuela.

—Piénselo entonces. Los métodos modernos pueden mejorar sus platos en un diez y hasta un quince por ciento. Sus hombres son ya casi puros animales en la mesa. La próxima semana morirán como moscas por exceso de alimentación. Una comida tan buena y sabrosa que no podrán dejar los cubiertos.

—¿Lo crees realmente? —dijo la abuela, interesada.

—¡Abuela, resístase! —le dijo Douglas a la pared.

Pero, horrorizado, las oyó barrer y limpiar, arrojando viejos paquetes, poniendo nuevos marbetes en las latas, ordenando platos y ollas y sartenes en armarios que habían estado vacíos durante años. Hasta los cubiertos, que habían quedado siempre —como un cardumen de peces de plata— en las mesas de la cocina, fueron metidos en cajones.

El abuelo había escuchado detrás de Douglas durante casi cinco minutos. Un poco inquieto se rascó la barbilla.

—Ahora que lo pienso, esa cocina ha sido siempre un verdadero revoltijo. Un poco de orden es siempre necesario, sin duda. Y si lo que la tía Rose dice es cierto, Doug, muchacho, la cena de mañana será una rara experiencia.

—Sí, señor —dijo Douglas—. Una rara experiencia.

—¿Qué es eso? —preguntó la abuela La tía Rose mostró el regalo envuelto en papel. La abuela abrió el paquete.

—¡Un libro de cocina! —gritó. Lo dejó caer en la mesa—. ¡No lo necesito! Un poco de esto, otro poco de aquello, una pizca de alguna otra cosa, y no preciso mas…

—La ayudaré a hacer las compras —dijo la tía—. Y me he fijado en sus lentes, abuela. ¿Dice usted que se ha pasado todos estos años con esa armazón torcida y esos cristales gastados? ¿Cómo puede caminar sin caerse de narices en el cajón de la harina? Le compraremos en seguida unos nuevos anteojos.

Y salieron, la abuela estupefacta, apoyada en el hombro de la tía, a la tarde de verano. Volvieron con comestibles, anteojos nuevos, y un peinado nuevo en la cabeza de la abuela.

Parecía que la abuela hubiese estado corriendo por todo el pueblo. Entró jadeando a la casa, ayudada por Rose.

—Aquí estamos, abuela. Ahora podrá encontrar todas las cosas. ¡Ahora podrá ver!

—Vamos, Doug —dijo el abuelo—. Demos un paseo para abrir el apetito. Esta será una noche histórica. Una de las mejores cenas del mundo, o me comeré el sombrero.

Hora de cenar.

Gente sonriente dejó de sonreír. Douglas masticó un bocado durante tres minutos, y luego, pretendiendo que se secaba la boca, lo echó en la servilleta. Vio que Tom y el padre hacían lo mismo. La gente jugaba con la comida, haciendo caminos y trazando figuras, dibujando en la salsa, transformando las papas en castillos, pasándole secretamente al perro pedazos de carne.

El abuelo se excusó.

—Estoy lleno —dijo.

Los pensionistas estaban pálidos y silenciosos.

La abuela hurgaba nerviosamente en su propio plato.

—¿No es una hermosa comida? —le preguntó a todos la tía Rose—. Y la hemos traído a la mesa media hora más temprano.

Pero los otros pensaron que el lunes seguiría al domingo, y que el martes seguiría al lunes, y así pasaría toda una semana de tristes desayunos, almuerzos melancólicos y cenas funerales. Pocos minutos después, el comedor estaba vacío. Arriba los pensionistas meditaban en sus cuartos.

La abuela volvió lentamente, abrumada, a la cocina.

—¡Esto ha durado bastante! —exclamó el abuelo. Fue al pie de las escaleras y llamó hacia arriba en la polvorienta luz del sol—:

—¡Bajen, todos!

Los pensionistas charlaron en voz baja en la oscura y cómoda biblioteca. El abuelo pasó serenamente el sombrero.

—Para el gatito —dijo. Luego dejó caer la mano pesadamente sobre el hombro de Douglas.

—Douglas, tenemos una gran misión para ti, hijo mío. Escucha…

Y el abuelo murmuró cálida y amablemente en el oído del niño.

Douglas encontró a la tía Rose, sola, a la tarde siguiente. La mujer cortaba flores en el jardín.

—Tía Rose —dijo con voz grave—, ¿por qué no damos un paseo? Te mostraré las mariposas de la cañada.

Caminaron por todo el pueblo. Douglas hablaba rápidamente, nerviosamente, sin mirar a la mujer, escuchando sólo las campanadas del reloj en la tarde.

Cuando volvían, bajo los cálidos olmos del verano, la tía Rose ahogó un grito y se llevó la mano a la boca.

Allá, al pie de los escalones del porche, estaba su equipaje, ordenadamente dispuesto. Encima de una valija, aleteando en la brisa estival, se veía un billete verde de ferrocarril. Los pensionistas, los diez, estaban sentados en el porche, muy tiesos. El abuelo, como el conductor de una locomotora, como un alcalde, como un amigo, bajó solemnemente los escalones.

—Rose —le dijo a la mujer tomándole la mano y sacudiéndosela hacia arriba y abajo—, tengo algo que decirte.

—¿Qué? —preguntó la tía Rose.

—Tía Rose —dijo el abuelo—, adiós.

Oyeron el tren que se alejaba cantando en las últimas horas de la tarde. El porche estaba desierto. El equipaje había desaparecido. El cuarto de la tía Rose estaba desocupado. El abuelo, en la biblioteca, buscó detrás de un volumen de E. A. Poe una botellita medicinal, sonriendo.

La abuela llegó de vuelta de una solitaria expedición a las tiendas.

—¿Dónde está la tía Rose?

—La despedimos en la estación —dijo el abuelo—. Todos lloramos. Odiaba irse, pero te dejó sus cariños y dijo que volvería dentro de doce años.

El abuelo sacó su reloj de oro macizo.

—Y ahora sugiero que nos reunamos todos en la biblioteca a tomar un reparador vaso de jerez mientras esperamos a que la abuela prepare uno de sus asombrosos banquetes. La abuela se retiró a los fondos de la casa.

Todos hablaban y reían, y escuchaban… los pensionistas, el abuelo, y Douglas, y oían los suaves sonidos que venían de la cocina. Cuando la abuela tocó la campanilla, se lanzaron en rebaño hacia el comedor abriéndose paso a codazos. Todos tomaron un gran bocado.

La abuela miró las caras de los pensionistas. Los hombres miraron los platos silenciosamente, con las manos en los regazos, dejando que la comida se les enfriara en las bocas.

—¡Lo he perdido! —dijo la abuela— ¡He perdido mi arte!

Y se echó a llorar.

Se incorporó y se metió en la ordenada cocina, moviendo futilmente las manos. Los pensionistas se fueron hambrientos a la cama.

Douglas oyó que el reloj de la alcaldía daba las diez y media, las once, luego la medianoche, y oía que los pensionistas se agitaban en sus lechos, como una marea que se moviese bajo el techo iluminado por la luna. Sabía que estaban todos despiertos, pensativos, y tristes. Al fin se sentó en la cama, y le sonrió a la pared y al espejo. Se vio a sí mismo sonriendo, con una mueca, mientras abría la puerta y se arrastraba escaleras abajo. El vestíbulo estaba a oscuras, y olía a vejez y soledad. Retuvo el aliento.

Se deslizó en la cocina y esperó un instante.

Luego empezó.

Sacó el polvo de hornear de su hermosa y nueva lata y lo puso otra vez en la vieja bolsa donde había estado siempre. Derramó la harina blanca en una vieja olla de barro. Pasó el azúcar del recipiente de metal donde se leía azúcar a una serie de frascos pequeños donde se leía especias, piedras de afilar, cordeles. Puso los ajos donde habían estado durante años: el fondo de media docena de cajones. Llevó los platos y cuchillos y tenedores y cucharas de vuelta a las mesas.

Encontró los lentes nuevos de la abuela en la repisa de la chimenea y los escondió en el sótano y luego encendió un gran fuego en la vieja estufa, con páginas del libro de cocina. A la una de la mañana un gran estruendo sacudió la estufa negra, un estruendo tal que la casa (si había dormido) despertó. Douglas oyó el sonido arrastrado de las zapatillas de la abuela, que bajaba al vestíbulo. La abuela apareció en la puerta de la cocina, y miró parpadeando el caos. Douglas se había escondido en la despensa.

A la una y media, en la profunda y oscura madrugada de verano, los olores de la cocina subieron por los aireados corredores de la casa. Escaleras abajo, uno a uno, llegaron mujeres con rizos de papel, hombres en bata, que se acercaban de puntillas y espiaban la cocina… iluminada por los resplandores de la estufa siseante. Y allí, en la cocina negra, a las dos de la cálida madrugada de estío, flotaba la abuela como una aparición, entre golpes y choques, medio ciega otra vez, adelantando instintivamente los dedos en la oscuridad, sacudiendo nubes de especias sobre ollas burbujeantes y marmitas que se cocinaban a fuego lento, con el rostro encendido, mágico, y encantado, mientras movía y sacudía y vertía los sublimes alimentos.

En silencio, en silencio, los pensionistas tendieron los mejores manteles y pusieron la plata brillante y encendieron velas. Pues las luces eléctricas podían romper el hechizo.

El abuelo, que se había retrasado en la imprenta con un trabajo, llegó a la casa y oyó estupefacto que alguien daba gracias en el comedor iluminado por candelabros.

¿Y la comida? Aparecieron las carnes condimentadas, las salsas curry, las verduras cubiertas de dulces mantecas, los bizcochos bañados en mieles enjoyadas; todo sabroso, delicioso, y tan maravillosamente refrescante que se oyó un suave bramido, como el de una bestia en un campo de trébol. Todos y cada uno expresaron su gratitud envueltos en sus sueltas ropas nocturnas.

A las tres y media de la mañana del domingo, con la casa animada por devorados alimentos y reconfortados espíritus, el abuelo echó hacia atrás su silla y gesticuló magníficamente.

Trajo de la biblioteca un ejemplar de Shakespeare, lo puso en un plato, y se lo presentó a su mujer.

—Abuela —dijo—, sólo te pido que mañana a la noche nos prepares como cena este hermoso volumen. Aseguraría que cuando mañana llegue a la mesa será tan delicado, suculento, tostado y tierno como la pechuga de un faisán otoñal.

La abuela apretó el volumen en sus manos y lloró de alegría.

Se quedaron abajo hasta el alba, con postres fríos, vino de las flores silvestres que crecían frente a la casa, y luego, cuando los primeros pájaros volvieron a la vida y el sol amenazó el cielo oriental, todos subieron las escaleras. Douglas escuchó como se enfriaba la estufa en la lejana cocina. Oyó a la abuela que se iba a la cama.

[…] Se durmió y soñó.

En el sueño sonaba la campanilla y todos bajaban corriendo y gritando a desayunar. [1]

La cruzada que algunas personas han emprendido contra los guachinches (nuestros más antiguos centros gastronómicos) puede enmarcarse en la moraleja de este relato.

La cruzada que algunas personas e instituciones han emprendido contra los guachinches (nuestros más antiguos centros gastronómicos) bien puede enmarcarse en la moraleja de este relato. Por fortuna, parece que también existe una fuerte reacción conservacionista.

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Esta cita fue extraída de  El vino del estío, obra publicada por Minotauro, en 1974, traducida por Francisco Abelenda de la noveleta Dandelion Wine, de Ray Bradbbury.

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