Quesos sin alma

Antes de que a nadie se le ocurriera la idea de fabricar margarina utilizando el ácido margárico*, los alemanes se dedicaron en cuerpo y alma a la tarea de reproducir el milagro de los panes y los peces, pero con mantequilla y queso, como correspondía a sus costumbres gastronómicas más arraigadas.
En la década de 1830 -medio siglo antes de aparecer la peligrosa margarina- comenzó en Sajonia la fabricación de lo que se dio en llamar “la mantequilla económica”. En realidad, esta mantequilla tenía su antecedente en el llamado “pan de papas” que tanto se promovió a finales del siglo XVIII por las Sociedades de Amigo del País, en España, y que tan poca acogida tuvo, excepto en Galicia, donde se llegaron a publicar libros para dar a conocer el invento. Pero ésa es una curiosa historia que pospondremos para otro día. Para conocer en qué consistía la nueva fórmula de fabricar mantequilla y queso, será mejor que dejemos hablar a la prensa de la época en un artículo cuya traducción aproximada al español de nuestros días sería la siguiente.

La mantequilla económica. En Alemania, las clases trabajadoras economizan su mantequilla, y al mismo tiempo, la hacen más sana, al incorporar a ella una cierta cantidad de papas. Éstas son cocinadas al vapor y sin piel, reducidas a una pasta homogénea con un mortero o un rodillo, diluida con la nata, y procesada de la manera habitual. La mantequilla es acopiada, lavada, amasada y salada de la forma habitual.
En Sajonia, las papas se mezclan meticulosamente con la cuajada de queso, y de esta mezcla de queso es fabricada una nueva clase de queso que se considera más nutritivo y fácil de digerir que el queso común.

Así que ya sabemos, lector querido, quiénes fueron los pioneros en meternos papas por queso que es la forma ovolactovegetariana del gato por liebre. Gracias a este invento maravilloso ahora podemos comprar en cualquier supermercado papas trituradas a precio de queso sin tener que preocuparnos si es de cabra, de vaca o de oveja. Solamente debemos fijarnos si es blanco, azul o amarillo, que para gustos se hicieron los colores hasta en el queso.

¿Dice usted que no alimenta lo mismo? Si pregunta estas cosas, seguramente forma usted parte de los eternos descontentos con el avance de la civilización, de esos que se oponen a todo progreso y de los pusilánimes que se quejan cuando les colocan una central nuclear al lado del gallinero o les pasan delante de su casa una autopista de veinte carriles.

Le aconsejo por su bien que se recicle si desea ser una persona de su tiempo, estar acorde con la globalización y que le concedan un crédito de interés variable con sólo presentar su DNI con chip incorporado. Comience a practicar hoy mismo, frente a su espejo, repitiendo con firmeza: ¡Viva el queso de papas! (si es creyente, diga: de patatas) ¡Viva la energía atómica! ¡Viva el trigo transgénico! No hace falta, por ahora, que dé vivas a Rajoy ni a Zapatero. Tenemos tiempo de sobra todavía.

Naturalmente, la mantequilla y el queso de papas, la margarina y las sandalias de plástico se inventaron para mejorar la calidad de vida de las clases menos pudientes… llenando los bolsillos de las que sí podían. Así fue como comenzó a llover café a gusto de todos. Para alcanzar la felicidad plena ellos y nosotros, sólo nos falta arreglar el asuntillo de los contratos laborales de una manera moderna con el fin de que la patronal no tenga que llorar cada vez que despide a alguien. ¿O pensaba usted, cínicamente desde luego, que las grandes empresas no tienen un corazón que sufre cuando deben indemnizar a un empleado con contrato fijo?

Ánimo, que ya estamos llegando. La modernidad está a la vuelta de la crisis esquina. Justamente en un quiosquito que vende bocadillos de queso amarillo a los modernos trabajadores que hacen cola en la oficina de empleo.

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(*) El ácido margárico fue descubierto por el químico Eugenio de Michel Chevreurt en 1813. Se aplicó durante medio siglo únicamente para la fabricación del jabón. A pesar de ser Chevreurt su auténtico descubridor, fue Hipólito Mège-Mouriés (1817-1880) quien patentó el ácido margárico. En 1971, Mège-Mouriés vendió su patente a los holandeses que montaron la fábrica Margarina Unie, la misma que también participaría en la fabricación del Vobril.

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