El higiénico látigo de Sir Henry Morton Stanley – [en el río (2)]

Esta Segunda Parte es la continuación de “Pessoa, Mailer y Oswald, en el río”

Lee Oswald tenía diecinueve años; el avatar de Norman Mailer ya había cumplido los setenta y uno; la mariposa estaba naciendo; Fernando Pessoa llevaba veinticuatro años suicidado; mi amada Lidia no sabía qué hacer con tantas flores en su regazo; en la madrugada de Washington, John Kennedy se apretaba contra los huesos de Jackie y, en Los Ángeles, Marilyn Monroe luchaba insomne contra su mala conciencia por engañar al presidente de su país con Arthur Miller, su esposo.

No existen ríos en Dallas ni mariposas en el invierno ruso, pero, igualmente, los cauces podrían haberse desbordado y las alas quedar atrapada en un vagón del tren que une Moscú con Minsk. El día 7 de enero de 1960, mientras en el exterior de la estación nevaba, el espectro literario de Norman Mailer subió a ese tren con Oswald, tratando de no perder de vista el mínimo aleteo de las mariposas.

Salgo de Moscú en tren hacia Minsk, en Bielorrusia. […] aún tengo un montón de dinero y de esperanza. He escrito cartas a mi madre y a mi hermano, diciéndoles: “No quiero volver a ponerme en comunicación con vosotros. Estoy comenzando una nueva vida y no quiero saber nada de la vieja.”

Mientras se alejaba de Moscú, el tren fue adquiriendo velocidad, cubriéndose de nieve, hasta que se convirtió en un gusano blanco que atravesaba el invierno. Invierno en la tierra, no en la mente. El lector comienza a identificarse con este adolescente determinado a dar cuerpo a sus sueños. Norman es el Diablo y nosotros somos la Margarita de Bugákov; Mailer logra que firmemos el pacto y que abandonemos las riberas del libro y que nuestro aliento cabalgue a lomos de la mariposa, transmutado ya en un futuro presunto asesino. Cuanto más tranquila está la conciencia de Oswald, más angustiada encontramos la nuestra porque la sentimos rumbo al horror indefinido, y no sabemos hasta qué punto debemos empatizar.

Tenemos miedo a no sentir plenamente el horror normalizado que se encuentra remontando el río Congo junto al Kurtz de Joseph Conrad o de Francis Coppola. Pánico a tolerar el látigo belga manejado  higiénicamente por el Henry Stanley de Vargas Llosa. No nos sobresaltamos si nos piden que reconozcamos nuestra vilezas, sino cuando se nos exige convivir con el germen de las ajenas sin aclararnos en qué momento de su desarrollo debemos repulsarlas; sin un guía que, página a página, nos indique cuándo ha comenzado el horror.

La maestría de Mailer en remover la conciencia arrancando su corteza a tiras consiste en colocar nuestra inteligencia y nuestros sentimientos junto a la normalización del horror en una réplica del corazón tenebroso apuntado por Conrad. Igual que le sucede al protagonista de El padre Sergio, de Tolstoi, cada cambio de actitud o de conducta describe una órbita que primero nos acerca a parajes candorosos donde podemos repostar el combustible adecuado para llegar a los dominios del horror en el extremo de la elipse.

Ajeno a todo ello, Lee Harvey Oswald fue recibido por una comisión de la Cruz Roja en la estación de Minst y comenzó su vida de refugiado político, como si fuera un emigrante poco cualificado.

En Moscú y en Minst, Oswald hace aspavientos y lucha contra la corriente para que no lo devuelva a la orilla; porque desea ser observado y admirado mientras demuestra su arrojo en el centro del río. Mailer, Conrad y Tolstoi entran en la corriente para observar, comprobar y describir cuanto sucede en ella. Pessoa contempla la corriente y cree que la aurora raya siempre cualquiera sea quien venza y que las hojas mueren en el otoño después de nacer en la primavera tanto si Oswald como si Kennedy como si Marilyn como si Kurtz. Lidia roza el agua con su pie descalzo. El río tirita, pero ella no lo sabe.

(continúa)

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