Probabilidades

El futuro suele realizar un movimiento imprevisto que no niega del todo lo que se había profetizado ni confirma plenamente lo que se esperaba. Con frecuencia, aparece un quiebro sorprendente, un regate fortuito. Lo sucedido durante dos días y dos noches en la vida de una santera corrobora la inasibilidad del destino, particularmente cuando entran en juego fuerzas tan potentes como el amor y el dinero.

LA SANTERA está cansada. Las pupilas inmensas giran confinadas en la penumbra de sus párpados entornados. Mediana edad, medianas carnes, mediana estatura. Percepción sagaz. Dos años hace que es madrina y muchos más, ya no recuerda cuántos, que pertenece a la diosa Yemayá: la del agua buena, la del agua estancada, la del agua que fluye por las venas del mundo. Las cartas gotean entre sus manos: las palabras le brotan como pájaros cuando alguien pregunta por el futuro: as de bastos la columna tendrá problemas en las cervicales o entre la quinta y la sexta vértebras lumbares; sota de oro la virgen te iluminará una parte del sendero, camina sin pena que vas protegido; tres de bastos junto a dos de copas tienes dos hermanos y tendrás dos hijos; cuidado con las envidias de los amigos, te lo dice el cinco de espadas.
Cada tarde, acude a su puerta una pequeña multitud en busca de sus presagios. Augurios que ella no termina de creer del todo ni de rendirse a la evidencia de sus propias facultades.
Esta noche concluye a hora avanzada su consulta. Ha sido una jornada agotadora que le reporta un puñado de dinero pobre, pero dinero al fin. Mientras se marcha el último cliente, sus manos distribuyen sobre la mesa un abanico de cartas: la última tirada, la de las cuatro cartas, siempre es para ella misma: as de oros, tres de oros, cinco de oros, rey de oros. Se queda mirándolas un segundo, incrédula.
–¡Tanto oro! –exclama.
Toma un lápiz, anota en un papel el número de cada carta: 1, 3, 5, 12.
–Trece mil quinientos doce –lee en alto–. Bonito número para ganarse un premio. Premio que no se ha hecho para una pobre desgraciada.

CINCO HORAS antes, la santera había leído la baraja a Esther. En este momento, en el otro extremo de la ciudad, Esther se pasa una toallita húmeda por debajo de las cejas para quitarse la pintura del maquillaje. Esther desnuda, sentada frente al espejo oval de su dormitorio. Siempre le ha encantado desmaquillarse desnuda. Como si se desprendiese de la última prenda íntima en un estriptís esotérico. Una representación para sí misma, porque para nadie más lo haría… excepto para Alberto. Su novio, su caballero andante, su príncipe. Esta misma noche la invitó a un restaurante: una cena espléndida: un comportamiento de auténtico gentilhombre: flores, un beso ligero en el cuello, sonrisas y palabras exquisitas: medio poema de Darío envuelto en burbujas de Moët Chandon. Todo sin prisas, avanzando mesuradamente, con estilo. Un auténtico señor. Qué razón tenía la santera que le echó las cartas por la tarde, poco dinero tendrás, pero gozarás mucho del amor, querida, te lo dice el caballo de copas. Cómo lamentaba ahora su salida de tono ante la pobre mujer:
–¡Qué sabrá usted de adivinaciones sobre dineros, señora! ¿No sería usted rica si pudiera descubrir cómo se mueven las suertes?

LA SANTERA se acuesta. Noche de gravedad y sueños agitados: el reloj despertador crece hasta rozar las nubes con el minutero; el minutero es el as de espadas; una paloma se degüella cuando intenta cruzar por las doce menos cuarto; el mecanismo se atasca, las ruedas dentadas saltan y se deslizan colina abajo hasta hundirse en el agua; todas las ruedas menos una que rebota hasta alcanzar el cielo blanco y allí se queda pegada como un plato de oro, como un sol de oro, como un as de oros, girando, girando.

ESTHER SALE de la ducha, entra en la cama, se acomoda entre las sábanas. Cierra los ojos y trata de representarse la imagen de Alberto, pero en su lugar aparece el rostro de la santera y aquellas dos largas hendiduras por las que apenas asoman sus ojos gigantescos. Un sobresalto, una breve caída hacia ninguna parte interrumpe su camino hacia el sueño. Débilmente, intenta recuperar a su novio de las galerías de su memoria. Envolverlo en telarañas de sueño. Arrastrarlo hacia estancias oníricas, donde todo puede ser más de lo que es y de lo que no es. Sin embargo, los ojos de la santera vuelven, se agrandan y la arrastran hacia el formidable iris verde y amarillo que gira bajo los párpados. Sumergida en la pupila, descubre que a su lado, entre olas verdes y espumas doradas, flota Orula, el dios de la adivinación y de la sabiduría. El rostro de Orula se transforma: sus labios toman el aspecto de un corazón: el corazón se convierte en un rictus: el rictus engendra una profecía: serás muy feliz en el amor pero muy desdichada con el dinero.

LOS PENSAMIENTOS huyen tras los sueños que se enredan y se pierden en la luz de la mañana. Los trajines de la casa primero y los problemas diarios más tarde tejen un velo de cotidianeidad que la defienden de la luz. Vuelve a caer la noche.

LA SANTERA sujeta el mazo de cartas sobre la mesa redonda que sólo contiene un mantel blanco y un vaso de agua de jazmín. La última en consultarle es su ahijada Macrina que se demora porque no encuentra a un hombre que la quiera como ella quiere ser querida y hoy la baraja se empeña en salirle espadas por mucho que la corte. Cuando su protegida se va, la santera esparce cuatro cartas sobre el mantel: seis de oros, sota de oros, dos de oros, tres de oros.
–¡Jesús! ¡Otra vez todas oro!
Corre a buscar el papelito donde anoche apuntó el otro número para escribir éste: sesenta y un mil veintitrés. Descuelga el teléfono y marca.
–Joaquina, ¿sabes el número que salió hoy en la lotería, mujer?
Su comadre busca el periódico en la gaveta de la alacena. Ella se revuelve inquieta. Jesús, tantos oros, que querrá decirme la condenada baraja.
–El trece, cincuenta y uno, dos.
–A ver, repite.
–El trece, cincuenta y uno, dos, mujer.
–Está bien. Gracias, comadre. Ya está escrito.
Cuelga y mira el papel: 13.512.
–¡Jesús, María y José! ¡Bendita Caridad del Cobre! ¡Virgen de la Candelaria!
El número recién apuntado es igual al que escribió ayer.
–¡Carajo, me saqué la lotería! Pero no la compré, así que no me saqué nada. Y si no me saqué nada de poco vale adivinar el número.
Se agarra el pelo con las manos y se coloca delante del espejo de la salita.
–Pero tú estás loca, mami –le dice a la imagen que le devuelve el reflejo–, tú te das cuenta de que has entrado en un juego peliagudo y sabes que la santería no se puede usar para enriquecerse una misma. ¿Ya no te acuerdas de lo que te dijo tu madrina Lala? Ay, Dios, todas las cartas me salen oro, ¡caballero! Yemayá, Señora de los peces, raíz de todas las posibilidades y de todas las riquezas, reina de las brujas, dime algo.

AL OTRO lado de la ciudad, Esther escucha el monólogo de Alberto al teléfono. Que no mi amor, que sí mi amor, que esta noche no puede ser porque tengo una cita con un colega para preparar un asunto que no puede esperar, quién sabe si con eso se resuelve el problema de buscar una casa para nosotros, sí mi amor, claro mi amor, que duermas bien mi vida. El espejo oval le devuelve su cuerpo desnudo. No hay maquillaje, no hay estriptís, no hay ducha. Se tiende sobre la cama, cruza las manos en la nuca y se queda mirando el cielo raso de la habitación. Se siente más desnuda que nunca. Intuye que su caballero miente como un bellaco. Tal vez no hay colega, ni hay asunto ni hay casa. Sólo ese cielo blanco que no la deja dormir.

LA SANTERA se levanta a las cinco de la madrugada porque la oscuridad y las pulgas de su cama la han convencido de que debe comprar el número de lotería que le mostraron las cartas. En la oscuridad, los picotazos de las bichos importan más que los consejos de su madrina. Va a la cocina, enciende una vela, bebe los restos del café frío de la tarde anterior y se viste apresuradamente. Sale a la calle, espanta los gatos de la vecina, avanza pegada a la pared del edificio, dobla la esquina del consulado, desemboca en la desierta avenida. Camina rauda hacia el cuchitril donde el viejo Ignacio vende los billetes de lotería. Todavía no ha llegado y debe esperarlo en la esquina, tiritando. Son casi las siete cuando Ignacio aparece: sin embargo, no tiene el número sesenta y uno, cero, veintitrés.

ESTHER ESCUCHA las siete campanadas del reloj de la catedral. Se levanta de la cama y decide comprobar con sus propios ojos si sus sospechas son ciertas. Sabe que no debería hacerlo, pero se dirige a la casa de Alberto. Se esfuerza en pensar que lo encontrará allí. Solo. Con ojos de haber dormido plácidamente. Reprochándole su desconfianza, pero íntimamente reconfortado por sus celos.

CALLE A calle, metódicamente, la santera va visitando a los vendedores de lotería, buscando su número. Sesenta y uno, cero, veintitrés. Finalmente, lo encuentra en una dulcería de la Plaza del Duque. Compra todos los boletos y escapa desbocada hacia el centro de la calzada. Sea lo que Dios quiera, madrina, yo no puedo virarle el trasero a mi suerte, madrina, usted no puede pretender eso. Acelera el paso para cruzar a la otra acera y un golpe de viento le arrebata los billetes de lotería.

TAMBIÉN ESTHER está llegando a la Plaza del Duque y siente el mismo golpe de viento cuando dobla la esquina. Unos papeles se le pegan al pecho y se los quita con la mano. Advierte que son boletos de lotería y mira a su alrededor para comprobar si alguien los ha perdido. Hay una mujer en medio de la calle, agitando los brazos y un coche está a punto de atropellarla. Esther grita. El conductor intenta frenar, sin embargo no logra evitar el accidente. Esther cierra los ojos y continúa gritando.

EL CUERPO de la santera es arrollado por las ruedas delanteras del automóvil. Dos policías la recogen medio destrozada y la trasladan al hospital más cercano. Esther está conmocionada. Sólo acierta a huir en dirección a la casa de su novio. La santera aferra la manga de la camisa de uno de los policías y susurra tantos oros, tantos oros, tantos oros. Después de recorrer unos cientos de metros, Esther advierte que continúa con los billetes de lotería en la mano. Los guarda en su bolso y continúa, tambaleante, en busca de Alberto. Todavía no son las ocho y media de la mañana y él no sale hacia el trabajo hasta las nueve menos diez. Pulsa el timbre varias veces hasta que en la ventana de la izquierda aparece una joven despeinada y con poca ropa.

ESTHER NO necesita más explicaciones, da media vuelta y emprende el regreso a su casa. Sin verter lágrimas: una extraña serenidad se apodera de ella, como si acabara de cumplirse un vaticinio largo tiempo esperado. Decide atribuir su estado al natural cansancio de una noche en vela. Regresa a su habitación, a su cama. El sopor la invade, sueña que la chica de la ventana tiene la cara morena de Ochú y que en sus manos sujeta unos alicates con forma de dos medias lunas cruzadas. Ochú la obliga a abrir la boca y le arranca cinco muelas. Después llega el dios Obbatalá subido en una nube y derrama sobre su cama una lluvia cálida y dorada.
Cuando Esther despierta, advierte que su cuerpo está húmedo. Corre a la ducha. Enciende la radio. ¿Qué le habrá ocurrido a la mujer atropellada en la Plaza del Duque? Pero el locutor está finalizando las noticias: anuncia con voz monótona el primer premio del sorteo diario de la lotería: seis, uno, cero, dos tres: sesenta y un mil veintitrés. Ella recuerda que ha guardado unos boletos en su cartera. Corre a comprobarlos.
–¡Jesús!

LA SANTERA no es consciente de que está en un hospital, pero comprende que la vida se le escapa a chorros. Su aliento se mezcla con el aliento que fluye por la venas de la tierra y sirve para engrandecer más las fuerzas de Yemayá. Los pensamientos ya no surgen como palabras sino como imágenes diluidas: el rostro severo de la madrina y el tres de oros destiñéndose. Después, sólo un frío adormecedor que borra las imágenes. En la habitación contigua, Alberto yace inconsciente. Una enfermera comprueba, una vez más, el hematoma causado por el golpe del tórax contra el volante.

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