¡E-books para qué os quiero!

Hace unos quince años que vengo trabajando con libros electrónicos, en el popular formato Pdf de Adobe. Lo he utilizado tanto para leer manuales y otras obras de no-ficción como para “empaquetar” en ellos algunos libros propios y ajenos; pero sólo desde las pasadas navidades, cuando a alguien se le ocurrió regalármelo, tengo un lector de e-books.

Nada más pulsar el ‘on’, se me presentó la bendita “necesidad” de leer alguna obra de ficción; probablemente, esta urgencia fue fruto de un deseo inconsciente de amaestrar aquel aparato con forma de retrovisor. Dicho y hecho. Compré, en Amazon, la última novela de Paul Auster y, en El Corte Inglés, dos ensayos de Manuel Hernández González que tiene un envidiable estilo novelístico para contarnos la historia de los canarios en las costas caribeñas.

Leí esos tres e-books de cabo a rabo, pero confieso que –un día sí y otro también– les fui infiel con otros libros de papel. Como tal vez les suceda a los esposos infieles, yo tampoco sé explicar las razones para abandonar, una vez y otra, unas obras que tanto me interesaban y me gustaban. En estos días, he cargado un nuevo e-book: es fantástico: la descripción de un viaje a pie por Colombia, contado por su autor y locamente publicado en 1929 con el apoyo de un general del ejército colombiano: un libro que goza de las mayores garantías de calidad, pues hasta el obispo de Bogotá hizo público que excomulgaría a quien lo leyera. ¡Y me está pasando lo mismo que con los otros tres anteriores, aunque disfrute –o crea disfrutar– mientras lo leo!

Lo triste del caso es que no encuentro razones para cambiar de máquina. Mi lector de e-books es ligerísimo; lo puedo llevar en el bolsillo; las letras que aparecen en una pantalla sin reflejos de ningún tipo son de tinta real; se puede pasar página con el leve roce de un dedo; ni siquiera necesito gafas porque no hay problemas para cambiar el tamaño y el tipo de letra. Sin embargo, tiendo a dejarlo abandonado durante días. Ya sé que todo son ventajas –hasta el precio de los libros es menor–, pero hay algo en estas máquinas que falla, algo que se me escapa, a pesar de intuir que ese algo debe tener cierta importancia. Y no, al menos en mi caso, no existe relación con ningún tótem.

Paciencia, hasta ver si entre los dos genios del prêtàporter filosófico, dom Pablo Coelho y don Jorge Bucay, terminan por hallar la solución.

Por esta razón, sigo a la espera de encontrar cualquiera de estos días, en Amazon punto com, algún e-book de autoayuda que me explique, filosóficamente o no, esta alergia mía a los ebooks y me ponga en armonía con el universo digital que nos rodea. Entre tanto, voy a pasarme por alguna librería a comprar varias obras de las de verdad para regalar en el Día del Libro.

No obstante, aunque no cacemos elefantes, seamos realistas. La sustitución del papel por tabletas lectoras para libros digitales o e-books ha adquirido ya una velocidad de crucero considerable. Todo apunta a que este relevo no se va a detener hasta que la fabricación de los libros de celulosa se convierta en una auténtica stravaganza, como diría don Francisco Clavel, arrastrando bien las aes. Así las cosas, la existencia de las librerías actuales tiene los días contados y, pronto, los libreros ni aun podrán vender los cada vez más inútiles bolígrafos. Tendrán que travestirse en anticuarios para contentar a lectores excéntricos que demanden volúmenes singulares para presumir de exquisitos con alguna insólita encuadernación en piel de rinoceronte blanco.

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