Marilyn Monroe y el himno español

Una de las ventajas de morir joven es que nadie te puede fotografiar las arrugas, las canas ni lo achaques. Por eso es más fácil enamorarnos hoy de Marylin que de Liz Tailor o de Brigitte Bardot. No existen imágenes de las ruinas físicas de Monroe y todo lo que de ella nos llega está envuelto en el glamour que otorgan los millones de dólares, las gotas de Channel y los polvos de un presidente canonizado. Cada año que pasa supone una nueva capa de barniz sobre la estrella, un foco más iluminando la belleza de su tragedia desde otro ángulo. Los incendios, aunque nos pese, son un sublime espectáculo.

Nadie, tampoco yo, está interesado en derribar el icono -afortunadamente, no es un mito- de Marilyn, el cual nos hemos empeñado en que represente parte de una etapa de la historia contemporánea, junto a John Fitzgerald Kennedy, Fidel Castro, Nikita Khrushchev, Mao Zedong, Charles de Gaulle, Juan Domingo Perón, Lee Harvey Oswald, María Callas, Ernesto Ché Guevara y Martin Luther King. Franco, no. Franco era un enano bufón, una cazador de cabezas que había logrado reducir su país al tamaño de Liliput, es decir, al de su propia imagen de pitiminí.

En este mes de junio, Marilyn cumpliría 83 años. En  el mes de mayo, John Kennedy habría llegado a los 92 abriles. Su presunto, presumido, precoz y controvertido asesino, el ex marine Lee Harvey Oswald, alcanzaría el próximo octubre los 70 años, diez menos de los que podría haber cumplido Ché Guevara en mayo pasado. El resto pasaría largamente de los cien años, excepto Fidel, único sobreviviente, que en agosto alcanzará 83, la misma edad de Marilyn. Con gusto, la CIA lo habría cambiado por el resto…

A principios de la década de 1960, nadie podía imaginarse el mundo sin esta serie de personajes: desaparecidos ellos, desaparecida la civilización conocida. Y así fue, realmente. Sin avisar, llegaron los Beatles, los Rolling, Frank Zappa, Bob Dylan, los hippies y mayo del 68, convirtiendo lo anterior en ceniza. Nada se salvó del incendio, excepto la KGB, la CIA, Marilyn Monroe y  la Reina de Inglaterra, que seguia sonriendo incluso cuando John Lennon le aconsejó mover las joyas si le fatigaba hacer palmas en el concierto.

Es seguro que el escritor Leon Tolstoi no estaría de acuerdo con un análisis en que se trate de simbolizar una época con unos personajes de la élite, en lugar de crear un icono colectivo que es, a fin de cuentas, el que representaría a las fuerzas que hacen mover los bloques de la Historia humana. Por ejemplo, las multidudes de estudiantes y obreros en mayo de 1968, en Paris. Nadie podría explicar ni siquiera imaginar el 68 sin esa multitud. Pero si borráramos a Fidel Castro tampoco podría entenderse Cuba, porque allí las multitudes hicieron poco y poco continúan haciendo, excepto comer ñame con bacalao cuando lo hay. Si desaparece Marilyn, una parte importante de la cultura actual se iría al traste y sin Kennedy, santificado y maritirizado, los amigos de Estados Unidos serían menos, incluso dentro de su propio país.

Los símbolos importan, porque nuestro pensamiento es simbólico. Los españoles no tienen letra para su himno nacional y no les gusta sacar demasiado su bandera porque durante muchos años fueron los símbolos de la tiranía. Su corazón está más cercano a Marilyn, a Lennon, a Serrat o a la Selección Española de Fútbol que al himno o la bandera rojigualda. Nadie fue capaz de cambiar los símbolos franquistas cuando nació la monarquía parlamentaria, por  temor a la reacción de los adictos al régimen. Un temor más que razonable. Cambiar las ideas es más fácil que los sentimientos.

Si hoy se compusiera un nuevo himno y se diseñase una flamante bandera, es probable que casi todos los españoles se sintieran más unidos y orgullosos de sus símbolos. No creo que en la actualidad se avergüencen de su nación o que esa conducta huidiza respecto a bandera e himno responda a algún complejo de inferioridad, como se dice continuamente. Por el contrario, sucede que a los españoles de bien se les cae la cara de vergüenza escuchando la misma música que representaba a la dictadura. También a mí me ocurre: con el primer compás del himno español se me incrusta en el cerebro la cara y la cruz de una peseta y hasta que no se termina la música, no dejan de agobiarme las imágenes del aguila, las flecha, el yugo y el dictador de perra chica. Y así no hay quien cante a gusto. Quizás, cuando pase la resaca de la pseudo-ley de memoria histórica, sea el momento de que las instituciones políticas, sociales y militares vayan pensando en una sustitución de símbolos, algo que sería bien acogido por la mayoría, si se realiza de manera pacífica y participativa. Hasta los futbolistas y los futboleros lo agradecerían.

La moralidad* de los pueblos y de sus dirigentes va quedando grabada en sus símbolos de manera indeleble. Nadie podrá ya rehabilitar la cruz gamada, por antigua que sea, ni difamar con éxito a Martin Luther King. Se han convertido en símbolos impregnados de moralidad o de inmoralidad.

La moralidad y los símbolos son motores que importan mucho a las personas, porque se hallan en el núcleo de la condición humana. Más aún que el hambre y la miseria, más que la riqueza y el placer, los cuales, a fin de cuentas, sólo son consecuencias, sombras provocadas.

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(*) DRAE: moralidad. (Del lat. moralĭtas, -ātis).

1. f. Conformidad de una acción o doctrina con los preceptos de la moral.

moral. (Del lat. morālis).

1. adj. Perteneciente o relativo a las acciones o caracteres de las personas, desde el punto de vista de la bondad o malicia.

2 pensamientos en “Marilyn Monroe y el himno español

  1. Simbolos de una etapa por falta de cultura, se sustituyeron a los Dioses por Estrellas, ante la inexitencia de un mito metafórico y alegórico se elevan las hazañas de unos grandes pobres.

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