Fiesta del Charco. 2

Junto al bosquecillo de tarajales hay una charca, grande y rectangular como un campo de fútbol. Está pegada al mar y su agua sube y baja con la marea. Hacia las cuatro de la tarde, los alrededores del Charco comienzan a llenarse de gente.
Allí se va a celebrar un rito anual que consiste en introducirse en el Charco todos juntos y vestidos para capturar el mayor número posible de peces.
Este acto se efectúa para recordar una vieja forma de pesca, llamada “embarbascado”, que usaban los guanches y fue practicada en la isla hasta la década de 1950. Consistía en verter en el agua el látex blanco o la savia de dos plantas autóctonas, las tabaibas y los cardones (parecidos a grandes cactus). Con esta “leche” adormilaban los peces y los capturaban con redes de junco o con las manos.
Los participantes en esta fiesta los aprisionan con las manos, los sombreros, los cestos, y las pandorgas. En el borde de la charca, marcado por una raya blanca, hay diez mil personas dispuestas a apresar al menos una lisa (es el pescado que abunda allí) y, si fuera posible, ganar el trofeo a la mejor pesca.
A las cinco menos cinco aparece el alcalde delante de la Banda de Agaete. A su alrededor, viene un gentío saltando con los cestos en alto. La policía protege a la banda para que los músicos puedan estirar el brazo del trombón. Faltan escasos segundos para las cinco en punto, cuando la Banda se detiene a tres metros de la raya blanca. Todo el que la traspase es candidato a bañarse con ropa.
El alcalde le da fuego al cohete que revienta tímidamente. A esta señal, diez mil personas parecen enloquecer. Todos aúllan y corren hacia el Charco. El agua parece hervir, porque todos le dan manotazos y salpican muy alto. El espectáculo es insólito y la charca parece una olla a presión.
La Banda de Agaete sigue impolutamente blanca en sus uniformes e interpreta una pieza que desconozco, pero muy acorde con lo que sucede dentro del Charco. El agua, antes de un azul celeste, se va tornando negra. Sobre el Charco se sitúa un helicóptero naranja y su ruido infernal de vieja cafetera logra apagar el griterío de peces (yo oí gritar a un peje verde) y personas.
Un caballero con la ropa seca nos pregunta si deseamos filmar al señor alcalde. Cómo no. El corregidor de La Aldea viene, sonríe amablemente a la cámara y, en medio de aquella algarabía espera que yo le pregunte algo. Yo también lo miro y no se me ocurre qué preguntarle a aquel buen hombre de pelo entrecano y medio enchumbado.
Detrás de él llegan otros, con sus pescaditos para que los fotografíe. Miren por dónde, el más grande lo pescó Mélanie Rodríguez y pesó un kilo; pero entre Marilola y sus amigas atraparon 35 lisas, lo cual es casi media pescadería. Y  Juan Manuel García apresó una anguila que medía más de medio metro. Así que también obtuvo premio. Yo tuve que conformarme con un rico trozo de tarta de mango y coco, inventada por un alemán de La Aldea, y medio kilo de café del país que le compré a doña Carmela, cerca de Los Berrazales, en el Barranco.
Este cortito está realizado por Manuel Mora Morales. Parte de la filmación corrió a cargo de Olivia Quintero.

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