Antonio Ruiz de Padrón y “El Conductor Eléctrico”

MEXICO-VIVA-LA-UNION

El Conductor Eléctrico fue un periódico mexicano, cuyo primer número se publicó en 1820,[1] coincidiendo con el juramento que prestó –nunca mejor dicho, porque pronto incumplió su palabra– el rey Fernando de Borbón a la Constitución Española. La ingenuidad del pueblo, de los intelectuales y de los políticos progresistas se puso de manifiesto, cuando creyeron, nuevamente, en la palabra real española.

Así que, otra vez, se convocaron elecciones, se publicó una prensa con cierta libertad, se editaron libros liberales, se expresaron los pensamientos en voz alta y los inquisidores volvieron a su cueva, sin que nadie tomara medidas por si a don Borbón se le ocurría cometer una nueva traición.

Naturalmente, tres años más tarde, el rey atacó a sangre y fuego, con tropas extranjeras, a los demócratas y terminó con todo lo que había jurado defender. La marca Borbón se estaba consolidando.

Pero, en el mes de mayo de 1820, como no era adivino sino ingenuo, el director de El Conductor Eléctrico no podía saber lo que iba a suceder, ni aun en el cercano devenir de México. Escribió:

He puesto al presente periódico el altisonante título de Conductor eléctrico, porque así como este instrumento sirve para recibir el fluido ígneo y conducirlo adonde se requiere; así yo deseo que este periódico sea un conductor por donde se comuniquen muchas verdades importantes al Gobierno y al Pueblo con la misma violencia, si es posible, que el fluido eléctrico, y he aquí el motivo porque le he puesto un título tan análogo á su objeto y á la sinceridad de mis deseos.

Procuraremos que las materias que contenga sean interesantes, útiles y por lo menos, divertidas. Todo lo que pertenezca al orden público y al beneficio de la sociedad será digno objeto de nuestra atención y nuestra pluma.

A consecuencia de esta obligación que reputamos por sagrada, instruiremos á los lectores en algunos elementos de derecho público, cuya ciencia se hizo inaccesible en estos reinos, en tiempos de los gobiernos desgraciados, en los que se prohibieron las cátedras establecidas en muchas partes, para enseñarlo, y las mejores obras de los célebres publicistas, sin advertir que es una herejía política el persuadirse a que puede florecer un reino, mantenerse sujeta una colonia, ni progresar ninguna monarquía á favor de la ignorancia y la miseria.

[…] Acordaos finalmente, que sois deudores de vuestros talentos á los sabios y á los ignorantes, y que como decía Cicerón, no hemos nacido para nosotros, sino para servir á la república. Non nobis, sed respublicae nati sumus.

El director era J. J. F. L., es decir, José Joaquín Fernández de Lizardi (México 1776-1827) [2], que utilizaba el seudónimo de El Pensador Mexicano, título que también llevaba su periódico entre 1812 y 1814, siguiendo el ejemplo del lanzaroteño José de Clavijo que en la década de 1760 había publicado con mucho éxito El Pensador, en Madrid.


JJoaquin1

Este entusiasta seguidor de Cicerón había colocado en la primera página la máxima “El principal objeto de la ley debe ser el bien público” y, debajo: “Méjico: año de 1820. Primero de la restauración de la Constitución, y por lo mismo el más feliz para la Monarquía española“.

En el primer número, este director exculpaba al Rey Traidor por cerrar las Cortes en 1814 y por todos los crímenes cometidos desde entonces. Achacaba estas desgracias a las malas informaciones suministradas por sus consejeros, en el sentido de que el pueblo lo que pedía no era libertad sino cadenas.

El Conductor Eléctrico publicó, también en 1820, en su número 4 el discurso íntegro de Antonio Ruiz de Padrón contra la Inquisición española en las Cortes de Cádiz, el día 18 de enero de 1813, “Con algunas notas añadidas por el Pensador Mexicano”, como reza en su cubierta. Todas estas notas son de lo más jugoso y denotan el entusiasmo liberal de su autor.

En el número 16 del periódico (julio, 1820) que nos viene ocupando, apareció un interesante artículo que también menciona a Antonio Ruiz de Padrón, reconocido artífice de la derogación de la Inquisición […]

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