Cuando la calle canta

A veces, pasamos sobre el tiempo como si fuese viña vendimiada, dejándonos atrás las joyas que nos ofrece cada segundo, sin percibir siquiera su presencia. Aramos el día, como si arásemos agua. Pasamos cinco, ocho o diez horas en nuestro puesto de trabajo creyendo que poco puede ofrecernos la vida en ese intervalo. Camino de casa no se nos ocurre comprobar si en la radio están poniendo una nueva joya musical o si en el árbol de la acera se ha posado un pájaro que nunca habíamos visto, y jamás  paramos cuatro minutos para buscar algo inesperado en las nubes, en la hierba o en el asfalto. El resto del día transcurre con la misma monotonía y ya pueden aparecer dos lunas en el cielo que la noche está reservada para ver el televisor.

Igual nos sucede cuando salimos de paseo o visitamos alguna ciudad donde encontramos músicos callejeros. Poca gente decide parar, menos aún escucharlos con atención y raro es quien entabla conversación con ellos. La mayoría les da un tratamiento de mendigos. Los ignora como si fuesen objetos molestos o les tira una moneda de diez céntimos sin oírlos siquiera.

Conocido es el caso de Joshua Bell, aquel famoso violinista de Washington, que hace tres años se puso a tocar, con su Stradivarius de 3 millones de dólares, un concierto de Bach en el metro y no recogió más de un par de dólares sin que recibiese otra felicitación que la de una mujer que lo había escuchado en la Congress Library. Por la noche, ofreció el mismo concierto en un auditorio abarrotado por un público que había pagado las entradas a precios exorbitantes. Le aplaudieron a rabiar muchas de las personas que por la mañana lo habían mirado con desprecio. ¿No será esto lo que se llama falta de ignorancia?

Me gustan los músicos de la calle. No puedo resistirme a escucharlos, a fotografiarlos o filmarlos, cuando llevo una cámara. Los considero uno de los tesoros que me depara la vida a cambio de muy poca cosa: tomar conciencia de que existen y pueden ser fantásticos. No podría decir ahora cuántas fotos u horas de filmación tengo guardadas sobre personas que interpretan su música en la calle, pero son muchas. Algunos de esos minutos están ocupados por el vídeo que he insertado en esta página.

Se trata de Toni Banza y un amigo, dos fadistas que conocí hace varios años en la Lisboa nocturna y a quienes he filmado más de una vez, siempre con el proyecto de realizar con ellos una tournée por Portugal, tomando el camino del Norte. Ahí están; en la calle, con el frío y la humedad del invierno lisboeta, ofreciendo, a quien desee escucharles, dos excelentes voces cargadas de sentimiento y tradición. No son mendigos, sino artistas muy dignos.

Yo soy un pobre aprendiz en el cultivo del tiempo. Muchas veces, como Bolívar, tengo la sensación de que los surcos se cierran demasiado rápido. Se me escapan no sólo segundos, sino horas completas sin que les arrebate alguna prenda o logre encontrarles el corazón. Ahora bien, cada vez consigo saborear más los frutos que busco en los intersticios del día: una palabra, una sonrisa, una melodía, un sabor nuevo, una caricia, una magdalena nostálgica, una brisa o un estremecimiento. Y, por qué no, una tristeza.

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