Los libros en la hoguera

tren

Foto de Jan Saudek.

A veces pienso que este zarpar continuo, este abandono permanente de los muelles construidos, es una bendición que me impulsa hacia nuevas fronteras; otras veces, una desgracia que no me permite ser árbol. No poseo ni el consuelo de saber si esto es mal de muchos que se avergüenzan de confesarlo o, por el contrario, sólo ha sido puro azar que me haya tocado en suerte.

El pasado sábado, después de hacer un poco de ejercicio, ducharme y tomar un desayuno desacostumbradamente sano, me sumergí en la lectura de un libro escrito por Chomsky y Ramonet sobre la utilización de la publicidad como método para controlar a la población de los países con regímenes democráticos, a partir de la Primera Guerra Mundial. No me digan que tener semejante cosa en las manos un sábado por la mañana no constituye una proeza. En momentos así me gustaría desdoblarme, subir con el cuerpo astral unos metros sobre mi cabeza y contemplarme realizando esa lectura serena nada menos que un sábado, con las cosas interesantes que podría haber hecho. Por desgracia, ni las gaviotas se dignaron a mirarme.

Durante la lectura estaba sentado en la terraza, me envolvía el ruido monótono del mar, la agradable temperatura de la brisa y la suave luz de la mañana tamizada por unas pocas nubes blancas; además, mi estómago se encontraba agradablemente abarrotado de frutas e hidratos de carbono, no me esperaba ninguna tarea urgente… todo se confabulaba para inducirme el sueño. Y me dormí. Lo siento por Ramonet, por Chomsky y por mi amor propio, pero así fue como sucedió.

No sé cuánto tiempo duró mi siesta tempranera, pero no pudo haber sido mucho, porque aún el sol estaba más cerca del mar que del cénit cuando abrí los ojos de nuevo. Me levanté de la mecedora recordando lo que había soñado: un hombre, atado a un poste, agitaba frenéticamente sus piernas sobre una montaña de libros ardiendo. Sentados alrededor de la hoguera, varios inquisidores comentaban con gesto circunspecto la influencia que tendría en el pueblo llano aquel escarmiento sobre una persona que guardaba en su casa decenas de libros escritos por los enciclopedistas franceses. Cuando el humo de aquella pira literaria comenzó a asfixiar al reo, me desperté.

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Quizás, la pesadilla se debió a la lectura que tenía entre manos, mezclada con el núcleo de mis ocupaciones durante los últimos años: la Inquisición española. O, tal vez, los frutos secos tuvieran la culpa, vaya usted a saber. Pero poco importa eso. Lo que sí me resulta significativo es que, en lugar de ir a lavarme la cara, me dirigiera directamente al ordenador e integrara mi sueño en un relato.

Nada nuevo, desde luego, porque esto lo hago muchas veces de una manera inconsciente, no sólo con retazos de sueños sino con materiales de procedencia muy variada; pero nunca había pensado sobre las razones que me conducen a eso, como tampoco en el placer que me produce convertir un pensamiento en unos párrafos que, inexplicablemente, se me vuelven incómodos tan pronto se publican y pasan a otras manos.

Conozco a personas que han escrito un libro y el resto de su vida no pueden despegarse de él, presentándolo en mil sitios distintos, comentándolo y releyéndolo hasta sabérselo de memoria. Por un lado, encuentro este comportamiento rayano en la babosería; pero, por otro, estos autores me producen envidia, porque han convertido un objeto de papel en una parte viva de su ser que les acompañará hasta la tumba y, cuando ya no estén aquí para representarse ellos mismo, ese libro será el espejo que reflejará su vida.

Sinceramente, me da igual lo que pase con mis huesos y mis libros, sobre todo después de que me apunten en el archivo de difuntos; sin embargo, sí envidio la idea –aunque sea una falsa idea– de conservar mi alma en una obra literaria con tanta frescura como un yogur en una nevera. Pero no me caerá esa breva, porque tengo tan serios problemas para relacionarme con el futuro inerte como con el pasado estancado, por muy literario que éste sea. Tampoco me queda la alternativa de tomar otro camino, sin el dinero suficiente para crionizarme como Walt Disney y permanecer refrigerado dentro de un barril de cerveza durante unos cuantos fines de semana y resucitar, quizás, como un dibujo animado.

Desde mi más tierna infancia, no me ha interesado nada pretérito que no ejerza una clara influencia en el presente o en el futuro. Ni el futuro que no influya en el presente o en el pasado. Tengo la sensación de estar perdiendo el tiempo en futilidades cuando me ocupo de un hecho histórico que no repercute fuera de su arco temporal. Incluyo en ello mi historia personal y las películas y libros, mejores o peores, que tanto me entusiasmaron cuando los estaba creando. Se borran de mi mente como si nunca hubieran existido.

alfombrista

¡Tanta pasión y tanto trabajo para crear algo que se te escapa volando de las manos tan pronto has colocado la última pluma de sus alas! Me pregunto si sentirán lo mismo esos artistas del corpus christi que contemplan cómo una multitud patea y destroza las alfombras de flores que tantas horas les llevó confeccionar. Quizás, como yo, se sientan felices y liberados por no volver a verlas. Quién sabe si nací para alfombrista y nunca lo he sabido.

A veces pienso que este zarpar continuo, este abandono permanente de los muelles construidos, es una bendición que me impulsa hacia nuevas fronteras; otras veces, una desgracia que no me permite ser árbol. No poseo ni el consuelo de saber si esto es mal de muchos que se avergüenzan de confesarlo o, por el contrario, sólo ha sido puro azar que me haya tocado en suerte.

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