En el aniversario de Jim Morrison y el cumpleaños de Julian Assange, la Ley continúa siendo tuerta

Las leyes, además de mostrar las ambiciones de los legisladores, nos ayudan a contabilizar los defectos humanos. Desde la segunda edición* de las famosas Tablas de la Ley, de Moisés, hasta los artículos que regulan los límites de velocidad en carretera podemos encontrar una buena muestra de ello. Ninguna ley prohibiría matar, si no hubiera homicidas entre los ciudadanos ni preservaría a los legisladores con la inmunidad parlamentaria en delitos contra la propiedad, si los diputados no delinquiesen con tanta frecuencia. Por esta razón, siempre me ha infundido un asombro considerable contemplar el tamaño del Código Civil o del Código Penal, ¡y no digamos nada del Código de Derecho Canónico, sobre todo a partir del Libro VI! Ellos parecen ofrecernos la mejor evidencia del mal comportamiento social de la raza humana.

¿De verdad nuestros vecinos (porque nosotros somos unos angelitos) son tan canallas como para precisar de tantos límites a su conducta? Uno trata de encontrar razones para pensar lo contrario; pero, finalmente, se rinde a la evidencia y concluye que sí es posible, sobre todo si se trata de los vecinos del décimo y del noveno izquierda.

Lo que sucede, en realidad, es que a estos dos vecinos no les alcanza el Código Penal ni siquiera el Civil porque sus delitos están fuera del segmento legal en que los pringados de los pisos bajos somos duramente castigados. Este segmento, en lo referido a los delitos de apropiación indebida de lo ajeno, va desde unas cuantas decenas hasta unos pocos millones de euros. Si delinquimos por una cantidad menor o mayor, tengamos la seguridad de que nadie nos tocará un pelo. Sobre todo si es por arriba. Ya lo dijo Ruiz Mateos, en términos parecidos a los siguientes: el que ha robado más de mil millones y va a la cárcel es porque quiere.

Ahora bien, dicho lo anterior, reflexionemos sobre el ex Director del Fondo Monetario Internacional, Dominique Gaston André Strauss-Kahn, sobre su multimillonaria señora y sobre la chica de la limpieza impresuntamente violada. Y comparemos su caso con el del fundador de Wikileaks, Julian Assange (que hoy cumple 40 añitos), y sus todavía (y lo que te rondaré, morena) presuntas víctimas suexuales. Supongamos por un momento (yo lo llevo suponiendo desde hace muchas semanas) que ambos son inocentes y preguntémonos cándidamente: ¿Se puede comparar el segmento de la agresión sexual con el del choriceo o mamoneo (con perdón, en ambos casos) económico? ¿Influirá el dinero de sus respectivas cuentas corrientes (¿corrientes?) en el resultado judicial? Y, en todo caso, ¿cuál de los dos personajes va a ser declarado inocente primero?

La respuesta, Dylan dixit, está en el viento. Pero hasta la propiedad del viento, como la de tantas otras cosas, la hemos depositado en manos de Sus Señorías y ellas son quienes la determinan en cada caso, según el dinero sople del Este o del Oeste. De modo que en estos tiempos la esperanza de contar con una Justicia justa camina descalza por el filo de un amanecer, esperando, ¿en vano?, que un día salga el sol igual para todos.

Hoy tampoco será ese día, pero se cumplen 40 años de la muerte de Jim Morrison, el vocalista de The Doors, y, aunque pequemos de naïf, no creo que sea malo escuchar, de nuevo, su canción  Waiting for the Sun.

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Nota: La primera edición fue víctima de un ataque de furia de Moisés, según la Biblia. Al llegar al monte Sinaí, Moisés lo escaló para hablar con Dios. Pero, al ver que tardaba muchos días, el pueblo hebreo le pidió a Aarón que les hiciera “dioses que marchen delante de nosotros”. Aarón accedió y con los piercings de oro fundió un ídolo con forma de becerro. Los hebreos lo adoraron y le ofrececieron sacrificios. Tras cuarenta días, Moisés bajó del monte Sinaí con dos tablas de piedra, en las que estaban escritos los Diez Mandamientos. Al ver que los hebreos estaban adorando al becerro de oro, se enfadó y rompió las tablas. Luego, convirtió en polvo al becerro de oro. Este polvo lo esparció en el agua y como castigo hizo beber a su pueblo de esa agua con el oro flotando, en un tiempo en que aún no se había inventado el Almax. Posteriormente, Moisés volvió a subir varios días al monte y regresó con dos planchas de piedra iguales a las primeras, con otros Diez Mandamientos.

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