Goethe y el amor


Goethe

El joven Werther persuadió a gran parte de sus lectores de que el verdadero amor es aquél que, negándose, conduce al suicidio del enamorado. Antes de que Flaubert realizara varias décadas más tarde el mismo descubrimiento para una heroína literaria –Enma Bovary–, Johann Wolfgang von Goethe puso su retórico y arrebatador invento editorial a disposición del mundo, en 1774.
Ciertamente, miles de jóvenes lectores, uniformados con casacas azules a imitación de su pálido héroe Werther, cayeron a las frías tumbas como moscas, esbozando tristes sonrisas que contribuyeron a la inmortalidad literaria del autor alemán. Y cierto es también que a partir de entonces la literatura del Romanticismo se abrió paso, a borbotones y disparos en la sien, entre el bosque de libros sobre agricultura y artesanía que frondaban en los iluminados reinos de Europa, cambiando los arados metálicos de las obras de la Ilustración por pistolas cargadas con perdigones amorosos. Las consecuencias del cambio no se notaron económicamente, puesto que pistolas y arados contribuyeron de manera indistinta a que creciera la renta per capita europea.
La siguiente condición –por supuesto, revolucionaria– que el amor literario recién inaugurado con Die Leiden des jungen Werthers debía cumplir era que estuviese mal visto socialmente. Amor escandaloso entre un hombre soltero –asunto poco relevante en aquella época y en ésta– con una mujer casada –Carlota y Enma lo estaban– que pusiera en entredicho el orden moral instituido y, bastante menos, la sociedad patriarcal que lo generaba. De manera que este amor literario no disparaba únicamente a las sienes enamoradas sino a las convenciones de una sociedad pacata e hipócrita, agujereando brechas de libertad que continúan ampliándose en nuestros días, entre los gritos escandalizados de los descendientes de los barbazules de finales del siglo dieciocho. ¿Utilizó Goethe el amor como disculpa para la crítica social o su apuesta fue justo la contraria? Cualquiera de las dos fórmulas contiene suficiente pólvora para producir durante mucho tiempo explosiones literarias. Naturalmente, aunque trate de amor o de plumas angelicales lo literario ha de ser social, o no es literario.
Pensamos que ya los suicidios por amor parecen haber pasado de moda. Pero, sin necesidad de recurrir a nuestro jóvenes góticos, basta abrir los periódicos para darse cuenta de que los hombres siguen disparándose tiros en la sien, en el pecho o en el estómago con pistolas y escopetas, a causa de sus relaciones sentimentales. La diferencia con el joven Werther y con madame Bovary es que antes de suicidarse han dado muerte a una mujer. ¿Es el mismo tipo de amor sobre el que escribió Goethe? ¿Es una perversión del suicidio amoroso? ¿Es políticamente correcto relacionar un texto clásico sobre el suicidio amoroso con los vergonzosos asesinatos de género? ¿Proporciona algún tipo de respuesta el texto siguiente, en la última carta que Werther escribe a su adorada Carlota?

«¡Soy amado!… ¡Si vieras cómo me ofreció ahora; si vieras…, te lo diré, porque tú sabrás comprenderme: si vieras lo mucho más que valgo a mis propios ojos desde que soy dueño de su amor! ¿Somos realmente el uno del otro por sentimiento o sólo por vanidad? No conozco hombre alguno capaz de robarme el corazón de Carlota, y, a pesar de ello, cuando ésta habla de su futuro esposo, con todo el calor, con todo el amor posible, me hallo como el desgraciado a quien despojan de todos sus títulos y honores, y le obligan a entregar su espada.»
“Me ama, me ama… Aún quema mis labios el fuego sagrado que brotaba de los suyos; todavía inundan mi corazón estas delicias abrasadoras. ¡Perdóname, perdóname! Sabía que me amabas; lo sabía desde tus primeras miradas aquellas miradas llenas de tu alma; lo sabía desde la primera vez que estrechaste mi mano. Y, sin embargo, cuando me separaba de ti o veía a Alberto a tu lado, me asaltaban por doquiera rencorosas dudas.
“¿Te acuerdas de las flores que me enviaste el día de aquella enojosa reunión en que ni pudiste darme la mano ni decirme una sola palabra? Pasé la mitad de la noche arrodillado ante las flores, porque eran para mí el sello de tu amor; pero, ¡ay!, estas impresiones se borraron como se borra poco a poco en el corazón del creyente el sentimiento de la gracia que Dios le prodiga por medio de símbolos visibles. Todo perece, todo; pero ni la misma eternidad puede destruir la candente vida que ayer recogí en tus labios y que siento dentro de mí. ¡Me ama! Mis brazos la han estrechado, mi boca ha temblado, ha balbuceado palabras de amor sobre su boca. ¡Es mía! ¡Eres mía! Sí, Carlota, mía para siempre. ¿Qué importa que Alberto sea tu esposo? ¡Tu esposo! No lo es más que para el mundo, para ese mundo que dice que amarte y querer arrancarte de los brazos de tu marido para recibirte en los míos es un pecado. ¡Pecado!, sea. Si lo es, ya lo expío. Ya he saboreado ese pecado en sus delicias, en sus infinitos éxtasis. He aspirado el bálsamo de la vida y con él he fortalecido mi alma. Desde ese momento eres mía, ¡eres mía, oh Carlota! Voy delante de ti; voy a reunirme con mi padre, que también lo es tuyo, Carlota; me quejaré y me consolará hasta que tú llegues. Entonces volaré a tu encuentro, te cogeré en mis brazos y nos uniremos en presencia del Eterno; nos uniremos con un abrazo que nunca tendrá fin. No sueño ni deliro. Al borde del sepulcro brilla para mí la verdadera luz. ¡Volveremos a vernos! ¡Veremos a tu madre y le contaré todas las cuitas de mi corazón! ¡Tu madre! ¡Tu perfecta imagen!” A las once llamó Werther a su criado y le preguntó si había regresado Alberto. El criado contestó que le había visto pasar a caballo. Entonces le mandó una esquela abierta que sólo contenía estas palabras:
“¿Quieres hacerme el favor de prestarme tus pistolas para un viaje que he proyectado? Consérvate bueno. Adiós.”
(Johann Wolfgang von Goethe: Las desventuras del joven Werther. Cátedra. Madrid. 1990.).

En ese mismo año de 1774, Goethe publicó otra obra significativa: Clavijo; esta vez en forma de drama amoroso. Evidentemente, la obra tiene su interés, pero los hechos que la motivaron y la forma en que fue escrita son tan llamativos que no puedo resistirme a reseñarlos en la próxima entrega.

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