Crónica de los incendios anunciados

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No creo las explicaciones que se están ofreciendo sobre los incendios: me da la impresión de que, en estos momentos, los políticos, los expertos y los activistas tienen la mirada demasiado cerca del fuego y no son capaces de ver el asunto desde una perspectiva más amplia. La guerra entre ellos no nos va a conducir a ninguna parte.

Trataré de explicarme.

El número de incendios crece cada año. Esto lo sabemos todos y todos tratamos de saber las causas que los producen. Las buscamos con el dolor que nos dejan los rescoldos de las llamas en el bosque y con la indignación que nos produce la pérdida de tantas vidas: vegetales, animales y humanas.

Es fácil detectar que las acusaciones se dirigen hacia dos clases de personajes: los pirómanos y los políticos. Los políticos, por no haber prevenido los incendios y por no saber gestionarlos cuando se producen. En cuanto a los pirómanos, es evidente por qué son el blanco de todos los odios.

He tratado de analizar el asunto de los fuegos dejando a un lado las prisas y las indignaciones. Se deberían examinar no sólo las causas inmediatas. La vida me ha enseñado –en ocasiones, de manera muy dura– que las apariencias suelen ocultar la realidad; a veces, una realidad tan grande y contundente que nos es imposible detectarla a primera vista.

LOS PIRÓMANOS

Aunque es muy fácil achacar los incendios a los pirómanos, me resisto a creer que existan tantos locos con ganas de ver un país ardiendo. Es posible que algún incendio sea provocado directamente, pero dudo mucho de que esta causa prevalezca sobre otras.

Tampoco es lógico que los diversos cuerpos de policía –aun siendo más expertos en porrazos que en investigaciones– no sean capaces de detener a unos pocos de esos presuntos cientos de pirómanos.

Está comprobado que más del 80% de los incendios forestales se producen por causa antrópicas, pero esto no quiere decir que los autores sean pirómanos. La quema de rastrojos por parte de agricultores, arrojar una colilla encendida, preparar un asado o arrojar una botella en terrenos próximos al bosque provocan incendios, en las mismas circunstancias que antes no se producían. Actualmente, la gente es más consciente de ello y suele obrar con más cuidado, pero eso no es suficiente para detener la inflación de incendios que sufrimos, porque existen otros agentes que han entrado en juego.

Mi conclusión es que hay menos pirómanos de lo que se dice. Es fácil desviar la indignación popular hacia una figura tan odiosa como útil a los políticos y a los periodistas. El pirómano es una buena disculpa para endilgar discursos y declaraciones que pongan a la gente de su parte o de subir la audiencia despertando el morbo.

LOS POLÍTICOS

Librar a los políticos de toda la responsabilidad en los incendios me parecería una irresponsabilidad por mi parte. Sin embargo, no creo que tengan tanta culpa como sus opositores  tratan de hacernos creer.

Tomemos como ejemplo el incendio de La Gomera. Comienza en un extremo de la isla, se da por extinguido; varios días más tarde se reaviva; se convierte en un incendio voraz y, finalmente, quema núcleos de vegetación hasta lugares muy alejados.

La principal acusación que se dirige a los políticos es que, cuando descendió la intensidad del primer incendio, bajaron el nivel de alerta. Lanzada la acusación, comienza un toma y daca de reproches entre las administraciones que actuaron en la extinción: Cabildo de La Gomera, Gobierno de Canarias y, algo menos, Gobierno de España. Si hiciéramos caso a sus responsables, todos son culpables y todos deberían ingresar en prisión hasta que se les instruya un juicio.

Sin embargo, yo no creo que hayan cometido ningún delito. Se acusan entre ellos porque tienen miedo de constituirse en el blanco de las acusaciones. Creen que involucrando a otros saldrán mejor parados.

Aunque es cierto que la palabra final la tienen los políticos, en realidad, los cambios en los niveles de alerta son decisiones tomadas por técnicos forestales que tratan de hacer su trabajo lo mejor posible.

No creo que haya demasiados irresponsables en estas áreas del Gobierno y de los Cabildos. Evidentemente, pueden equivocarse y, a la vista está, se han equivocado. Como los cargos principales son nombrados por los políticos, a éstos concierne la última responsabilidad y son los que aguantan los palos.

No obstante, creo que es lógico preguntarse, aunque sólo sea de manera retórica, si cualquiera de nosotros estuviera en la piel del político de turno seguiría o no las indicaciones de los expertos en incendios.

Estoy convencido de que el nivel de alerta en La Gomera se bajó porque los técnicos pensaron que el incendio estaba controlado. Procedieron como se ha venido haciendo en otras islas, pero, esta vez, la suerte jugó en su contra.

Es posible que con más medios técnicos o con expertos mejor preparados los riesgos de equivocarse fueran menores, pero tenemos lo que esta sociedad ha sido capaz de generar. Una sociedad que consigo misma no alcanza niveles altos de exigencia, es difícil que  logre niveles altos de cualificación en sus profesionales. La realidad es dura y más duro aún es observarla sin prejuicios ni anestesias.

LA PROFECÍA CUMPLIDA

El número creciente de incendios no debería sorprendernos. Recuerdo que en la década de 1970 ya se hablaba del agujero de ozono en la atmósfera terrestre y de las consecuencias que esto nos depararía. ¡Durante todo este tiempo los científicos más responsables han estado alertando del peligro de un calentamiento global! Se ha hablado de catástrofes y, entre ellas, sobresalen los incendios forestales. Sabíamos que esto iba a pasar y ahora que lo tenemos aquí no queremos mirarlo.

Enterramos la cabeza en el palmo de tierra donde nos ha tocado vivir y buscamos causas inmediata entre las lombrices, sin darnos cuenta de que el calentamiento global no sólo terminará con el hielo de los polos, sino con nuestro frágil ecosistema de bosques.

Mientras los dirigentes internacionales se toman a risa las cumbres y los encuentros para reducir el calentamiento global, nosotros se lo permitimos y no dedicamos ni un minuto al mes a pensar en lo que se nos viene encima. ¡Y cuando se nos presenta le echamos la culpa de todo a los pringadillos de los cabildos o de los pequeños gobiernos!

Hemos tenido tiempo de sobra para atajar la contaminación que nos dejará malviviendo sobre un planeta convertido en un basurero. No hemos querido –ni queremos– solucionar un problema que no va a desaparecer solo.

Así que hemos entrado en un círculo vicioso: el calentamiento global produce incendios forestales y los incendios forestales incrementan el calentamiento global. Durante los últimos cuarenta años, los incendios han vertido a la atmósfera más de 140 millones de toneladas de gases de efecto invernadero. Para el año 2033 está previsto que en el Estado Español se produzcan al menos 20.000 incendios y se quemen más de 250.000 hectáreas de bosques. Y, no precisamente, debido a los pirómanos, sino al cambio climático.

¡Que dios nos coja confesados si no hacemos algo por remediarlo, en lugar de estarnos peleando por el chocolate del loro!

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