Refranero español, buen jodedor

El refranero español es un excelente manual para aprender a ser un canalla. Por cada refrán que induce a ser buena persona, hay muchos que aconsejan desconfiar de cualquier prójimo e, incluso, tratar a los seres humanos como si fuesen basura.

No cabe duda de que el conjunto de refranes tiene un autor, el pueblo español, que no por ser colectivo es menos responsable del contenido de su obra. Un lector que históricamente presume de aplicarlos: el mismo pueblo español, a quien siempre he escuchado aplaudir la presunta sabiduría de esa gran serie de sentencias. Un repertorio demasiado largo para ser grabado a fuego en dos tablas, pero con tantos aires preceptivos e inflexibles como los mandamientos recogidos dos veces en el monte Jabal Musa por Moisés.

Cuando empezamos a ponernos orgullosos de la raza o de la buena filosofía de nuestros pueblos, no está de más subir unos cuantos escalones y observar el suelo que estamos pisando, con el fin de bajarnos los humos. Es cierto que con la llamada crisis los ánimos se han apagado y ya no vemos a tantas señoritas y caballeritos en los medios de comunicación sacando pecho carpetovetónico con tantas cualidades españolas. Sin embargo, nunca faltan ocasiones para presumir –por ejemplo, cuando alguien logra ganar algún trofeo con infantiles juegos de pelotas– de nuestras grandezas éticas y genéticas. En esos momentos, precisamente, deberíamos buscarnos la debilidades, lo cual es un excelente ejercicio para no caer en la fanfarronería.

Supongo que los países pueden ser analizados por diversos factores, como su gastronomía, su economía, sus edificaciones, etc., cada uno referido a su propia parcela. No parece adecuado juzgar a los arquitectos franceses por el sabor del paté de hígado de oca ni a los escritores alemanes por la calidad de los cilindros de un coche mercedes. Así que tampoco pretendo analizar la pintura española a través del refranero, como fuese el hijo de un galerista escribiendo una tesis de sociología. Sin embargo, estoy convencido de que la moral de los habitantes sí se refleja en sus refranes y, a decir verdad, al menos en lo que a España respecta, no parece que aquélla haya poseido, en el pasado, una calidad muy alta.

¿Vemos algunos ejemplos? Si los analizamos en orden alfabético, no hace falta salir de la “A”, ni aun agotarla, para percatarse de la cantidad de buenos consejos para gente bellaca que contiene el refranero hispano:

A asno lerdo, arriero loco.

A balazos de plata y bombas de oro, rindió la plaza el moro.

A barba muerta, obligación cubierta.

A bestia comedora, piedras en la cebada.

A bicho que no reconozcas, no le pises la cola.

A cada cerdo le llega su San Martín.

A cada cual dé Dios el frío como ande vestido.

A cada santo le llega su día.

A cada uno Dios da el castigo que merece.

A cada uno mate su ventura, o Dios que le hizo.

A calza corta, agujeta larga.

A can que lame ceniza, no le debes confiar la harina.

A candil muerto, todo es prieto.

A carne de lobo, diente de perro.

A carnero castrado, no le tientes el rabo.

A cartas, cartas y a palabras, palabras.

A cuarto vale la vaca, y si no hay cuarto, no hay vaca.

A “creíque” y “penseque” los ahorcaron en Madrid.

A cuentas viejas, barajas nuevas.

A chica cama, échate en medio.

A la mesa y a la cama, sólo se llama una vez.

A medida del santo son las cortinas.

A mi amigo quiero, por lo que de él espero.

A mi prójimo quiero, pero a mí el primero.

A rey muerto, rey puesto.

A río revuelto, ganancia de pescadores.

A quien Dios no le dio hijos, el diablo le dio sobrinos.

Al que no le guste, que se rasque.

Al que no quiere caldo, tres tazas.

Al que no sabe de vacas, la boñiga lo embiste.

Al que quiera saber, mentiras a él.

Al viejo y al olivar, lo que se les pueda sacar.

Al villano, dale el pie y se tomará la mano.

Amanecerá y veremos, dijo un ciego, y amaneció y no vio.

Amar y no ser amado es tiempo mal empleado.

Supongo (fervientemente lo supongo) que a pocos lectores les parecerá normal orientar su vida apoyándose las sentencias anteriores. Imagino que casi todos pensamos que existe una aterradora falta de ética en estas frases que, por fortuna, ya van siendo relegadas a una docena de libros casposos y a otras tantas páginas de internet. Poco a poco, van desapareciendo de las charlas habituales y, al menos así lo deseo, del pensamiento habitual.

Esta sabiduría de la mala leche viene de viejo. Era la que imbuía la cotidianeidad de otras épocas y personas que no fueron mejores que las actuales, sino más canallas, mucho más. Ciertamente, no había tanto que robar ni tantos ciudadanos con capacidad de hacerlo como en la actualidad; pero, en su pequeña escala para rapiñar bienes de cualquier clase, nos superaban con creces, en todos los peldaños de la escala social.

No lo duden. Como prueba, me remito al refranero, a sus desconfianzas, a sus escepticismos, a su malicias y a sus egocentrismos.

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