Un relato sobre niños enterrados en un monasterio español

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Monasterio de Cabeza de Alba.

El reciente hallazgo de niños enterrados en un monasterio irlandés está suponiendo un escándalo internacional. Desde hace siglos, monjas y frailes han mantenido relaciones sexuales cuyos frutos han ocultado bajo tierra para evitar el escándalo. A pesar de la hipocresía y del secretismo del clero católico, estas vergonzosas historias de aberraciones sexuales y criminales de la Iglesia van saliendo a la luz pública.

En el año 2010, visité el monasterio de Cabeza de Alba y su actual propietario me mostró el patio donde su perro encontró varios huesos de recién nacidos que habían sido enterrados hacía más de un siglo. El suceso, algo acicalado literariamente, lo incluí en un capítulo de mi novela “El diputado de Filadelfia”, publicada hace unos meses.

El siguiente extracto ofrece una idea de ese extraviado convento, cuya principal misión era la de servir de prisión inquisitorial y que fue expropiado a la Iglesia Católica por las desamortizaciones liberales del siglo XIX. Allí estuvo preso el sacerdote canario Antonio Ruiz de Padrón por haber sido el principal partícipe del derribo de la Inquisición española en las Cortes de Cádiz.

“Cabeza de Alba. Martes 27 de abril de 2010

El propietario de Cabeza de Alba

Había dejado de diluviar y caía una llovizna casi imperceptible. Comenzaron a ladrar dos perros enormes que correteaban libremente de un lado para otro. Nos determinamos a montar la cámara de vídeo bajo un gran paraguas, pero sin alejarnos mucho del coche. Después, se presentó un tipo con una máquina de fumigar a la espalda. Se acercaba caminando de lado con evidente disimulo hasta que le dijimos buenos días y él respondió que buenos.

–¿Usted vive aquí?

–Sí, soy el propietario.

–¿Muerden los perros?

–No, mientras ustedes estén cerca de mí no les va a pasar nada.

Vestía blusa negra, pantalones de camuflaje y botas del ejército. Nos saludó mientras miraba con curiosidad la cámara, cuyo tamaño denotaba que no éramos simples turistas que grababan recuerdos para mortificar a los amigos.

Al rato, cuando se dio por satisfecho con nuestra conversación amigable –por fin Deliana había dejado de reír y se comportaba como la psicoanalista educada que era–, nos invitó a pasar y a beber una cerveza.

Aceptamos de buen grado. Atravesamos el patio junto a unas ruinas que él atribuyó al devastado convento de las monjas. Caminamos delante del cuerpo principal del edificio, cuya tercera planta estaba casi a ras de suelo y luego bajamos por un caminito a la zona inferior del antiguo monasterio, donde había instalada una modesta cocina. Allí nos sentamos a charlar sin prisas, con la convicción de que el hombre estaría encantado con nuestra compañía si vivía solo en aquellas peñas desapacibles.

Una cárcel bajo los almendros

Nos relató una historia familiar que explicaba por qué residía en el solitario monasterio. Tenía veintisiete años, había nacido en Stuttgart y era hijo de emigrantes leoneses. Su padre ganaba un buen sueldo como empleado en una empresa de demoliciones durante el día y como copartícipe de un pequeño bar de tapas llamado Mafalda que abría al oscurecer y se había convertido en un negocito muy rentable.

Pero, cuando murió el socio de su padre, a éste se le había metido en la cabeza comprar el monasterio, porque se hallaba cerca de su lugar de nacimiento y, además, se había contagiado de los ideales bucólicos de sus clientes que en aquellos momentos se encontraban en la frontera que separa lo hippie de lo alternativo. Durante unas vacaciones en su pueblo, le ofrecieron esta propiedad muy barata y la compró. Se trajo a la familia: la madre, él y varias hermanas, y todos se pusieron a restaurar cuanto pudieron, a cultivar la tierra con viñas, almendros, cerezos,… y a pastorear un rebaño.

Con su permiso, monté la videocámara sobre un trípode y me puse a filmar aquella apacible escena compuesta por el monasterio, los perros y el rebaño de ovejas. En la zona más próxima del convento sólo quedaban unos pocos muros en pie. El edificio principal lo formaban tres plantas más o menos conservadas. El campanario, que sobresalía de las otras edificaciones, también se encontraba en buen estado. Algo más abajo, en un huerto al borde del barranco, había un estanque y un inmueble de unos ocho metros2 de longitud, destinado a corral de ovejas. Aquí y allá contemplé restos de muros que debieron de pertenecer a varias construcciones.

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Un anuncio de prensa da cuenta de una pensión concedida a un lego del convento de Cabeza de Alba, como indemnización por la desamortización llevada a cabo por el gobierno de la época.

–Me llamo Álber –se presentó mientras nos abría los botellines de cerveza–. Soy el único miembro de la familia que ha decidido permanecer en Cabeza de Alba como pastor.

–Yo soy Deliana. Vivo en Madrid desde hace años y la verdad es que estoy encantada de haber llegado con vida aquí arriba.

–Manuel Mora –dije con la mano extendida que Álber se apresuró a estrechar–. Vine al monasterio porque me interesa la historia de un personaje que estuvo aquí prisionero.

–¿Eres periodista? –me tuteó en un tono amable que invitaba a corresponderle.

–No, nada de eso –le contesté–. Únicamente necesitaba conocer este lugar porque escribo un libro sobre la historia de ese prisionero.

Mientras hacíamos las presentaciones había dejado de llover por completo y una bruma espesa comenzaba a cubrir aquel paraje. Permanecimos un minuto en silencio con nuestros botellines en la mano.

–Me quedé solo cuando mi viejo murió hace cuatro años –Alberto comenzó a hablar despacio y marcaba las pausas con sorbos de su cerveza–. Mis hermanas se fueron a vivir con sus maridos. Ahora tengo sesenta ovejas, un viñedo que procuro cuidar bien y bastantes almendros.

–Y dos plantas de marihuana –Deliana señaló con su dedo índice los raquíticos hierbajos que apenas sobresalían de una pequeña maceta.

–Si un día crecen, puede ser que me las fume –contestó Álber con desparpajo–, pero me apetece más mirarlas. Yo prefiero la cerveza.

Su padre construyó una vivienda amplia y bien acondicionada dentro del monasterio. Alberto la mantenía limpia y en buenas condiciones. La electricidad procedía de paneles solares.

–No me quiero ir de aquí. Me encuentro a gusto con mis cosas y disfruto de esta tranquilidad que sólo interrumpen las visitas de los familiares que vienen a comer corderos. Pocas veces se presenta algún amigo o tengo que ahuyentar a los senderistas atrevidos que tratan de robarme las cerezas.

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El periódico irlandés The Irish da cuenta del macabro hallazgo.

Contó también que durante un tiempo vivió allí el propio Tomás de Torquemada –algo improbable, puesto que este inquisidor general pertenecía a la Orden de Santo Domingo y no a la de San Francisco– y que durante la etapa final del convento en el primer inmueble residían monjas y en el segundo, frailes.

–Estos edificios estaban rodeados por cárceles secretas de la Inquisición, las cuales fueron enterradas para borrar sus huellas antes de que los franciscanos abandonaran el monasterio a causa de la desamortización del siglo XIX –recordé haber leído en el periódico monárquico La Esperanza, fechado en 1865, que se indemnizaba a un lego de apellido Calvo por su condición de religioso exclaustrado–. ¿Veis esas huertas con almendros? Pues se encuentran sobre los muros de la prisión inquisitorial. Se aprovecharon algunas de sus celdas para construir un estanque y sé de buena tinta que en ellas permaneció preso un importante noble leonés encarcelado por el Santo Oficio.

Quizás Alberto no estuviera equivocado respecto a la encarcelación de ese noble; sin embargo, por los datos que me ofreció, imaginé que con el paso de los años algún campesino debió de confundir a Ruiz de Padrón con un aristócrata leonés y de ahí procedía el probable error. En todo caso, opté por guardar silencio. Ahora, más bien creo que esa información la extrajo de una lectura errónea de un manuscrito.

Observé que el joven había relajado las naturales barreras que se levantan ante gente desconocida y comenzaba a entrar en confianza, gracias al desenfado con que lo trataba Deliana, la cual sólo era algunos años mayor que él.

Los cráneos infantiles

–Terminamos de beber las cervezas. Nos presentó a su viejo burro, Marianín, y nos condujo a unas ruinas donde se hallaba el antiquísimo busto de un fraile esculpido en piedra. Se apoyó sobre la pétrea cabeza y señaló hacia el patio bajo.

–Allí encontré el año pasado varios esqueletos de niños. El perro se había puesto escarbar y desenterró algunos huesos y cráneos. Yo profundicé un poco más con la azada. Surgieron otros restos pequeños, pero dejé de cavar porque sentí miedo de encontrar un cementerio de bebés. Como te dije, los frailes y las monjas vivían cerca,… Incluso, hicieron un pasadizo que unía los dos edificios por las ventanas más altas. Mira, allá arriba.

Ya nos marchábamos. Álber nos acompañó al terraplén donde habíamos dejado el coche. Deliana le prometió traer un par de cajas de cerveza en nuestra próxima visita.

–Cuidado con la bajada –me recomendó–. El piso de esta pista es muy resbaladizo y si te sales de la carretera vas a parar al fondo del precipicio. No te distraigas ni un momento porque los socavones son muy traidores.

Le dimos la mano, subimos al automóvil y puse la marcha atrás con intención de dar la vuelta, pero Alberto me detuvo con un gesto perentorio.”

Extracto de la novela “El discurso de Filadelfia”, de Manuel Mora Morales. Editorial Malvasía, 2016, Islas Canarias, pp 38-42.

Todos los derechos reservados.

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Ruiz de Padrón, foto a foto (7ª entrega: su camino a las Cortes de Cádiz: desde Orense a Vigo)

ARPcabecera Ruiz de Padrón (Canarias, 1757-1823, Galicia) viajó por América y por Europa durante parte de los siglos XVIII y XIX. Seguir sus pasos en la actualidad no ha sido sencillo, a pesar de contar con medios de transporte infinitamente más rápidos.

Para novelar su vida (cuatro novelas: La isla transparente, Canarias, El discurso de Filadelfia y El Diputado), durante años, he tratado de recorrer sus mismas rutas en ambos continentes. He aprovechado mis viajes para capturar muchas horas de vídeo y miles de imágenes fotográficas en los lugares que visitó el ilustre personaje. Asimismo, incluyo pinturas y grabados que guardan relación con sus desplazamientos.

En esta serie de páginas virtuales publico las fotografías más interesantes y representativas de esas rutas, sin tener en cuenta un orden cronológico, pero con los comentarios pertinentes para orientar a los visitantes de este blog.

Bienvenidos todos.

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SÉPTIMA ENTREGA

RUMBO A LAS CORTES DE CÁDIZ. VIAJE DESDE ORENSE A VIGO

En el año 1811, Antonio Ruiz de Padrón recibió una carta desde Canarias con su nombramiento como Diputado del Congreso por las islas de La Gomera, La Palma, Lanzarote y Fuerteventura.

Para un hombre que había asistido al nacimiento de la Constitución de los Estados Unidos y recorrió Europa durante los estertores del Antiguo Régimen y el nacimiento de las democracias modernas, no podía haber una noticia mejor.

Ruiz de Padrón salió de Valdeorras (Orense) en dirección a Vigo, con la intención de atravesar Portugal –libre de tropas napoleónicas– y llegar a Cádiz sin caer en manos de los franceses.

Esta fatigosa y larga ruta era la más segura. Le condujo por Rivaldavia, Vigo, Tui, Valença do Minho, Viana do Castelho, Oporto, Coimbra, Santarem, Lisboa, Montijo, Évora, Beja, Faro, Vila Real, Ayamonte y otras poblaciones intermedias. Una vez en Ayamonte, se dirigió a Isla Canela y embarcó hacia Cádiz.

He recorrido esos caminos, siguiendo los pasos de Ruiz de Padrón. Muchos son los vídeos y las fotos que guardo de la ruta. En esta serie de artículos, se pueden encontrar algunas de esas fotografías.

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Ruta seguida por Ruiz de Padrón en su viaje desde Valdeorras (Orense)  a finales de 1811 para tomar posesión de su acta de diputado en las Cortes de Cádiz. La línea azul indica su desplazamiento en barco desde Isla Canela, en Ayamonte, hasta la bahía de Cádiz.

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Todavía se encuentran reminiscencias de antiguas costumbres agrícolas en la ruta, como estas mazorcas de maíz o de millo puestas a secar a la sombra de un balcón en Castrelo de Miño, donde se cultivan las viñas que producen el famoso Ribeiro.

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Viñedos de San Andrés, junto a la iglesia parroquial con su torre.

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La misma torre de San Andrés, vista desde un punto del antiguo camino.

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Ribadavia, un pueblo orensano ubicado en la comarca de Ribeiro.

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En la comarca de Ribeiro, cuya principal fuente de economía es la producción de vino, durante el verano se celebran abundantes ferias relacionadas con la vendimia.

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Más adelante, se encuentra el Mosteiro de Santa María de Melón, el cual, como su nombre indica, se encuentra en el pueblo de Melón. Este monasterio fundado en el siglo XII, que perteneció a la orden del Císter hasta la desamortización de Mendizábal el siglo XIX.

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Imagen tatuada en piedra. Cementerio del Monasterio de Santa María de Melón.

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Iglesia de Gandarela.

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Balneario de Mondariz. Evidentemente, no lo pudo conocer Ruiz de Padrón, aunque haya pasado por este pintoresco lugar, porque el lujoso complejo fue fundado en 1873 y ha sobrevivido hasta la actualidad.

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Gaiteros de Prado, reunidos en Mondariz.

Castelo de Sobroso, Mondariz, Galicia

Castelo de Sobroso (Mondariz).

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Trajes típicos de la zona, expuestos en el castillo Sobroso, en el municipio de Mondariz.

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Torre de la iglesia de Ponteareas.

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Un Rancho de Reyes, formado por vecinos de Guláns, en Ponteareas, que recorrían los caseríos amenizando con sus bailes y su música de gaitas y tambores la festividad de los Reyes Magos. La foto es de principios del siglo XX.

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Las islas Cíes, vista desde las afueras de Vigo durante la puesta de sol.

ENTRADA

“Mientras seamos jóvenes”, una buena novela de José Luis Correa

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He leído en estos días una novela del canario José Luis Correa que me ha proporcionado más de una agradable sorpresa. Varias. La primera es que me ha parecido una novela bien armada en todos los sentidos, lo cual siempre se agradece. La segunda es sólo una sorpresa a medias, porque la otra mitad es un interrogante: ¿cómo es posible que no hubiese leído nada de este autor de mi tierra, que lleva años publicando y, por lo que he comprobado, publicando bien?

No es que yo sea un buscador impenitente de críticas literarias, pero creo que más o menos me mantengo al día con la nueva literatura e intento acercarme a las obras de los escritores canarios de una manera preferente. Sin embargo, nunca he leído en estas islas un artículo ni he visto u oído una entrevista que resaltara lo suficiente la figura de Correa como escritor de género negro ni de ningún otro. Su novela “Mientras seamos jóvenes” la he leído porque la encontré por casualidad en la web de la Casa del Libro, donde suelo comprar mis e-books con frecuencia. Sí, confieso que he terminado por leer en los cacharros electrónicos; por comodidad y economía, sobre todo.

¿EL HAMMET CANARIO?

El estilo de Correa es de frases super cortas, que disparadas página tras página en párrafos que parecen ráfagas de ametralladora, podrían parecer al lector no avisado que se halla ante una novela escrita por aquel viejo colectivo que dio en llamarse Marcial Lafuente Estefanía que redactaba novelas del Oeste también con frases cortas y párrafos escuálidos. Pero no. José Luis Correa sigue la tradición de novelistas norteamericanos del género negro con detectives privados que narran más o menos descarnadamente sus aventuras, a veces sucias aventuras, en primera persona. Simplificando mucho su adscripción literaria, se trata de un Dashiell Hammet isleño que nos hace recorrer Las Palmas de Gran Canaria desde la Isleta al Refugio y al Muelle Grande, y nos obliga a seguirle por las terrazas de Las Canteras y los pubs de Vegueta hasta Tafira Baja, y aun hasta Valsequillo a las tantas de la madrugada para comer un plato de carne mechada con un vaso de vino pirriaca en un bar de mala muerte. Un detective criollo que se come las pastillas de Almax a puñados.

LAS COMPARACIONES NUNCA SON BUENAS

El siguiente párrafo de la novela “Cosecha roja”, de Hammet, puede servir de punto de referencia:

“–Una broma. –Se apoyó en el respaldo de la silla para reírse–. Mire. Quería sacar a la luz asuntos poco claros. Yo tenía alguna información: documentos y cosas que había guardado por si algún día valían algo. Soy muy curiosa. Conservé esos papelotes. Cuando Donald empezó su cruzada moral, le ofrecí mi mercancía. Vino a verla y comprobó que era canela fina. Sin duda. Hablamos del precio. Se mostró roñoso, aunque no tanto como usted. Hasta ayer estuvo el negocio abierto.”

De punto de referencia de este u otro párrafo de “Mientras seamos jóvenes”, de Correa:

“A mal árbol se arrimaba. Yo entendía poco de relaciones. Mantenía una desde hacía tiempo con una farmacéutica guapísima, vital, fuerte, pero de casi el doble de edad que la italiana. Me limitaba a vivir ese amor día tras día como si se fuera a acabar el mundo. Me limitaba a ser feliz. Pero ni siquiera entendía por qué Beatriz Guillén continuaba a mi lado. Así que ya podía imaginarse el profesor mi capacidad de entendimiento en amores.”

Creo que no hace falta comentar la similitud en la construcción de los dos textos citados que se parecen no sólo en la sintaxis sino en el tono narrativo aunque, como es natural, en el libro de Correa se nota la influencia estilística de escritores posteriores a Hammet. Y lo que acabo de decir es un elogio, porque no es fácil construir un “Krimi” ubicado en la actual ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, narrado en primera persona con ese tono de detective más quemado que el palo de un churrero, sin hacer el ridículo más espantoso. José Luis Correa lo consigue y, además, logra que el lector llegue al final sin aburrirse. Incluso, lo logra si se trata de un lector canario que, por esa familiaridad confianzuda que proporciona la vecindad geográfica, puede caer en la tentación de buscar los errores reales o imaginados de la novela y quedarse únicamente en eso.

SOCIAL Y CRÍTICA

Además de negra, “Mientras seamos jóvenes”, tiene aspiraciones a ser novela psicológica y es sin duda alguna una novela social que realiza un repaso rápido de los males que aquejan la sociedad. Bien es verdad que el detective Ricardo Blanco se limita a una crítica general y bonachona sin entrar a saco en asuntos o personajes políticos, pero deja bien claro en qué parte del campo juega el partido, lo cual es de agradecer en un tiempo en que los aduladores del poder se prodigan en publicaciones de cualquier especie.

MUCHO CUENTO EN LAS VENAS DEL RELATO

La obra de José Luis Correa es una novela, pero subterráneamente corre hacia el final como si se tratara de un cuento de Poe o de Cortázar: jamás se pierde el hilo conductor que lleva a la solución del enigma ni los personajes actúan fuera de los carriles paralelos que acompañan a la vía principal. Cuando más, las expediciones del autor hacia los aledaños del relato principal sirven para robustecer la personalidad de los protagonistas: el presunto asesino, el detective y el cadáver.

Como en otros relatos criminales, a los lectores nos da por pensar que el verdadero asesino debió recibir alguna pincelada más: una pincelada tenue pero suficiente para que en el último párrafo dijésemos: “¡Tenía la prueba delante de mis narices y no supe verla!” Sin embargo, esta conclusión es una falacia, porque cada lector necesita un brochazo diferente para caer en la cuenta de que podría haberlo sabido antes de que el autor se lo dijera de forma clara. Sólo en contadas novelas han logrado los maestros del suspense deslumbrar a todos los lectores con el escamoteo del asesino hasta la última página, después de presentarles con la antelación suficiente pruebas evidentes de su culpabilidad.

PÁGINA A PÁGINA, LA NOVELA MEJORA

A medida que avanza la novela de Correa los párrafos se van consolidando y se fortalecen sus cimientos estilísticos. Al contrario de lo que sucede en la mayoría de las obras publicadas actualmente en las que los errores de todo tipo se multiplican en las últimas páginas por descuido o por cansancio de los autores y de sus correctores, cuando los tienen. No es el caso de esta obra, desde luego, cuyo final está especialmente cuidado, aunque parezca cortado con navaja de afeitar y de un solo tajo.

Con estos párrafos apresurados, no tengo ni la más remota intención realizar una crítica literaria detallada ni dilatada de todos los aspectos del libro de Correa, que tiene muchos prismas. En absoluto. En primer lugar, porque no me considero sino un aprendiz de lector de un género literario que tiene sus propios mecanismos. Simplemente, esbozo alguna pincelada para despertar la curiosidad y recomendar su lectura tanto a quienes gusten de las novelas de detectives como a los que no lean este género con frecuencia –como es mi caso–, porque estoy seguro de que descubrirán con sorpresa a un escritor ameno y con muchas cosas que decir, cuyas novedades literarias no conviene perder de vista.

 

Ruiz de Padrón, foto a foto (4ª entrega: Filadelfia segunda parte)

ARPcabecera Ruiz de Padrón (Canarias, 1757-1823, Galicia) viajó por América y por Europa durante parte de los siglos XVIII y XIX. Seguir sus pasos en la actualidad no ha sido sencillo, a pesar de contar con medios de transporte infinitamente más rápidos.

Para novelar su vida (cuatro novelas: La isla transparente, Canarias, El discurso de Filadelfia y El Diputado), durante años, he tratado de recorrer sus mismas rutas en ambos continentes. He aprovechado mis viajes para capturar muchas horas de vídeo y miles de imágenes fotográficas en los lugares que visitó el ilustre personaje. Asimismo, incluyo pinturas y grabados que guardan relación con sus desplazamientos.

En esta serie de páginas virtuales publico las fotografías más interesantes y representativas de esas rutas, sin tener en cuenta un orden cronológico, pero con los comentarios pertinentes para orientar a los visitantes de este blog.

Bienvenidos todos.

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CUARTA ENTREGA

FILADELFIA (Estados Unidos) segunda parte

La cuarta entrega está dedicada a Filadelfia, capital de los Estados Unidos durante los años que Ruiz de Padrón permaneció en ella. He incluido óleos y grabados antiguos que ayudan a situarse en la época exacta, es decir, en el último cuarto del siglo XVIII.

Como relata la novela El discurso de Filadelfia (Editorial Malvasía, 2016), Antonio Ruiz de Padrón participó en las principales tertulias de la ciudad y trabó amistad con George Washington y Benjamín Franklin. Durante su estancia se redactó la Constitución de Estados Unidos, de manera que estuvo en el momento oportuno y en el lugar indicado para observar de cerca cómo se verificaba una de las revoluciones que más han influido en el mundo actual: la Revolución Americana.

Ruiz de Padrón alcanzó fama en los Estados Unidos cuando pronunció su famoso sermón sobre la Inquisición española, denunciando sus abusos y atropellos con una valentía que le valió el respeto de la nueva nación y de sus líderes.

Estas fotos las tomé en Filadelfia y también recopilé los grabados mientras investigaba la vida del ilustre personaje para escribir la novela histórica que se ha publicado este mismo año.

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El centro histórico de Filadelfia conserva muchos de los edificios de la etapa de Ruiz de Padrón. Cada día las calles y museos se llenan de una multitud de estadounidenses de todas las edades que visitan este lugar para conocer de primera mano dónde se pudieron las bases que permitieron edificar su país.

 EDIFICIOS RELACIONADOS CON EL NACIMIENTO DE LOS ESTADOS UNIDOS

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El “Independence Visitor Center” contiene mucha información sobre la Guerra de Independencia contra las tropas reales inglesas.

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En el año 1787, a pocos metros de la iglesia donde estuvo Antonio Ruiz de Padrón, se desarrolló la asamblea que redactó la Constitución de los Estados Unidos. En la imagen se puede observar a George Washington de pie, con su típica postura envarada, y a Benjamín Franklin sentado y vestido de gris.

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En la actualidad, es posible visitar el salón donde tuvo lugar la firma de la Constitución, el cual se conserva prácticamente igual que en 1787.

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No menos importancia tuvo la firma de la Declaración de Independencia por ahora conocidos como Padres de la Patria.

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Exterior del edificio (Casa del Estado de Pensilvania) donde se discutió y redactó la Constitución.

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Una imagen actual del mismo edificio.

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Documento original de la Constitución estadounidense, que comienza “Nosotros el Pueblo…”.

ALGUNOS DELEGADOS EN LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE

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Alexander Hamilton era un joven abogado progresista de Nueva York.  Es famosa la siguiente contestación que dio a Franklin durante la asamblea constituyente de 1787:

–Estoy por completo de acuerdo con el aplazamiento de tres días propuesto por Mr. Franklin y lo juzgo muy razonable tras los momentos de tensión que hemos vivido en la sesión de hoy. Sin embargo, no veo la necesidad de introducir a un capellán en esta Convención. Nos bastamos solos para resolver el negocio que aquí nos ha reunido, sin necesidad de solicitar ayuda extranjera.

 

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James Madison, un abogado de Virginia, llegó a ser presidente de los Estados Unidos en 1809, una etapa muy difícil de su historia, porque Gran Bretaña invadió a sus antiguas colonias en 1812. Fue uno de los autores de los Ensayos Federalistas, que apelaban a la aprobación de la Constitución por parte de los diversos estados.

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Robert Morris era un poderoso comerciante de Filadelfia que llegó a tener una flota de 180 barcos e importaba vinos de Canarias. Fue el primer director del Banco de los Estados Unidos y perdió gran parte de su fortuna ayudando a los independentistas.

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Thomas Pinckney era un joven general y uno de los delegados del estado de Carolina del Sur. Defendió las tesis esclavistas, pero llegó a un acuerdo con los abolicionistas para prohibir la esclavitud en el año 1808. Como es sabido, ese acuerdo no se cumplió hasta la década de 1860, cuando el ejército del Norte derrotó a los confederados.

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Thomas Jefferson era un amante de los vinos canarios, los cuales llegó a comprar al por mayor para su consumo privado. No estuvo presente en la Asamblea constituyente, porque se encontraba como embajador en París. Sin embargo, se tuvieron muy en cuenta sus consejos, excepto en lo relativo al Senado. Jefferson llegó a ser presidente de los Estados Unidos.

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Gouverneur Morris escribió de su puño y letra la última versión de la Constitución para que los delegados estatales la firmasen. Tenía entonces treinta y cinco años y una pierna menos que perdió en un accidente, corriendo delante de un marido celoso. Gouverneur es uno de los personajes más carismáticos de la novela “El discurso de Filadelfia”.

EL MERCADO DE FILADELFIA

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El mercado de Filadelfia estaba en la actual calle Market Street, ocupaba tres manzanas y constituía el centro de la población. Era muy visitado por las amas de casa, podría califi carse como otro edificio destacado: un sitio completamente aseado, sin olores, que abría tres veces por semana. Allí era posible comprar verduras, fruta, pan, leche, quesos, aves de corral, pescado, carne…

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Otra imagen del mismo mercado.

CONTINÚA

 

 

Ruiz de Padrón, foto a foto (3ª entrega: Filadelfia, Estados Unidos)

ARPcabecera Ruiz de Padrón (Canarias, 1757-1823, Galicia) viajó por América y por Europa durante parte de los siglos XVIII y XIX. Seguir sus pasos en la actualidad no ha sido sencillo, a pesar de contar con medios de transporte infinitamente más rápidos.

Para novelar su vida (cuatro novelas: La isla transparente, Canarias, El discurso de Filadelfia y El Diputado), durante años, he tratado de recorrer sus mismas rutas en ambos continentes. He aprovechado mis viajes para capturar muchas horas de vídeo y miles de imágenes fotográficas en los lugares que visitó el ilustre personaje. Asimismo, incluyo pinturas y grabados que guardan relación con sus desplazamientos.

En esta serie de páginas virtuales publico las fotografías más interesantes y representativas de esas rutas, sin tener en cuenta un orden cronológico, pero con los comentarios pertinentes para orientar a los visitantes de este blog.

Bienvenidos todos.

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TERCERA ENTREGA

FILADELFIA (Estados Unidos)

La tercera entrega está dedicada a Filadelfia, capital de los Estados Unidos durante los años que Ruiz de Padrón permaneció en ella. 

Como relata la novela El discurso de Filadelfia (Editorial Malvasía, 2016), Antonio Ruiz de Padrón participó en las principales tertulias de la ciudad y trabó amistad con George Washington y Benjamín Franklin. Durante su estancia se redactó la Constitución de Estados Unidos, de manera que estuvo en el momento oportuno y en el lugar indicado para observar de cerca cómo se verificaba una de las revoluciones que más han influido en el mundo actual: la Revolución Americana.

Ruiz de Padrón alcanzó fama en los Estados Unidos cuando pronunció su famoso sermón sobre la Inquisición española, denunciando sus abusos y atropellos con una valentía que le valió el respeto de la nueva nación y de sus líderes.

Estas fotos las tomé en Filadelfia mientras investigaba la vida del ilustre personaje para escribir la novela histórica que se ha publicado este mismo año.

 
Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Parque del Amor (JFK Plaza). Filadelfia

George Washington mantuvo contactos con Ruiz de Padrón, en Filadelfia.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Vista de una típica calle de Filadelfia.

Estatua de Benjamín Franklin, amigo, vecino y contertulio de Ruiz de Padrón.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

La arquitectura institucional de la época revolucionaria tiende a repetir las construcciones clásicas, tanto en las columnas como en el resto de la fachada de los edificios.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Cementerio de la iglesia de Santa María. Filadelfia. En esta parroquia se desempeñó el canario Ruiz de Padrón, durante su época de Padre Lector franciscano.

Cento de visitantes Independencia. Un recorrido por los avatares de la guerra contra Gran Bretaña, en el siglo XVIII.

Una calle de Filadelfia, a finales del siglo XVIII. Grabado. Esta debió ser la imagen que ofrecía la ciudad durante la estancia de Ruiz de Padrón.

Los escaparates de las tiendas de Filadelfia exhiben decorados muy originales.

La hija de Benjamin Franklin, Sarah Franklin Bache. Cuando Ruiz de Padrón arribó a Filadelfia, ella tenía 42 años y él 27.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Mapa antiguo de Filadelfia. Era la mayor ciudad de los Estados Unidos (y de toda América), en el siglo XVIII.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Muñecos de souvenirs vestidos con las ropas de los milicianos que lucharon contra los ingleses en la guerra de independencia de Estados Unidos.

 

 

Velero frente a Filadelfia. Óleo. Museo Oceanográfico. Cuando Ruiz de Padrón visitó Filadelfia, su puerto era muy activo y mantenía frecuente tráfico en el comercio con las Islas Canarias.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Una de las exposiciones permanentes sobre la guerra de independencia.

 

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Originales de la declaración de independencia.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Monumento a los emigrantes. Filadelfia. Además de Ruiz de Padrón, otros canarios arribaron a estas tierras y se sumaron al movimiento democrático americano.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Grabado sobre los muelles de Filadelfia en el siglo XVIII.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Jardín con estilo del siglo XVIII. Filadelfia.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Detalle del monumento a los emigrantes. Filadelfia.

La Campana de la Libertad.

Cartel pegado en la calle.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Curioso billete por dólares españoles, garantizado por el Congreso durante la época revolucionaria.

CONTINÚA

Ruiz de Padrón, foto a foto (2ª entrega: Valdeorras)

ARPcabecera Ruiz de Padrón (Canarias, 1757-1823, Galicia) viajó por América y por Europa durante parte de los siglos XVIII y XIX. Seguir sus pasos en la actualidad no ha sido sencillo, a pesar de contar con medios de transporte infinitamente más rápidos.

Para novelar su vida (cuatro novelas: La isla transparente, Canarias, El discurso de Filadelfia y El Diputado), durante años, he tratado de recorrer sus mismas rutas en ambos continentes. He aprovechado mis viajes para capturar muchas horas de vídeo y miles de imágenes fotográficas en los lugares que visitó el ilustre personaje. Asimismo, incluyo pinturas y grabados que guardan relación con sus desplazamientos.

En esta serie de páginas virtuales publico las fotografías más interesantes y representativas de esas rutas, sin tener en cuenta un orden cronológico, pero con los comentarios pertinentes para orientar a los visitantes de este blog.

Bienvenidos todos.

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SEGUNDA ENTREGA

VALDEORRAS (2ª parte)

Segunda entrega dedicada a la comarca de Valdeorras, donde Ruiz de Padrón tuvo a su cargo cinco parroquias y varios sacerdotes. Por esta razón se le conoció como el Abad de Valdeorras (en Galicia se denominaba abad al párroco principal; venía a ser una especie de arcipreste actual).

Residió en Vilamartín o Villamartín de Valdeorras (1.800 habitantes y 88 km2) desde 1808 hasta su muerte, en 1823, excepto durante los años en que se desempeñó como diputado en las Cortes de Cádiz y, posteriormente, en las Cortes Constitucionales de Madrid. La comarca estaba unida a Astorga por la llamada Vía Nova de Braga, antigua vía romana que unía la ciudad portuguesa con Valdeorras y Astorga.

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Monasterio de los Trinitarios Descalzos de Correxais (espacio situado en la orilla del río Sil opuesta a Vilamartín de Valedoras),  cuyo edificio se encuentra en ruinas.

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Otra perspectiva del mismo monasterio. Durante la guerra napoleónica, se utilizó como hospital para atender a los heridos de los tres ejércitos: español, inglés y francés. Su director fue Antonio Ruiz de Padrón.

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La iglesia aneja al convento trinitario es digna de una visita, tanto por su arquitectura como por la calidad de sus tallas. Actualmente, se encuentra en buen estado debido a la restauración que hizo el párroco de Vilamartín de Valdeorras, el cual aparece en la foto.

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Mientras yo visitaba la iglesia de Correxais, descubrí que en la sacristía estaba guardada una curiosa imagen de la Virgen de Candelaria, patrona de Canarias.

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Una vivienda antigua de la comarca de Valdeorras.

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Uno de los bellísimos y antiguos “pazos” que se encuentran en la comarca.

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El río Sil, a su paso por O Barco (población cabecera de la comarca con 14.000 h y 86 km2). En este lugar todavía es posible encontrar a algunos aficionados buscadores de oro. Al parecer, el topónimo Valdedorras se deriva de ‘Val de Oro’ – ‘Valle de Oro’, debido a la intensa explotación aurífera que realizaron los romanos en la zona.

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El río Sil, a su paso por Vilamartín de Valedoras, ofrece este plácido aspecto que invita al descanso o a un paseo por sus orillas pobladas de árboles.

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Una vista parcial del embalse de San Martiño, construido en La Rúa de Valedoras, que aprovecha las aguas del Sil.

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En la actualidad, la principal industria de la comarca de Valdeorras es la extracción y exportación de pizarra, muy utilizada para la fabricación de tejas.

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Interior de una casona solariega en Portela de Valdeorras, donde estaba una de las parroquias de Antonio Ruiz de Padrón.

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Las garzas y otras aves migrantes establecen su hábitat en las proximidades del río Sil.

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Antigua ermita, ubicada junto a la casa que ocupaba Antonio Ruiz de Padrón. Al parecer, murió en su interior de una manera terrible, en medio de grandes sufrimientos.

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Durante muchos años, pasando de un dueño a otro, aquella ermita se transformó en un cuarto de aperos.

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Éste es el aspecto que presentaba el interior de la ermita durante mi última visita. Un año más tarde, algún desaprensivo provocó un incendio que la destruyó.

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Esta nota de prensa fue publicada por el periódico de Tenerife, en el año 1809.

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El valdeorrese Ramón López Caneda, ya fallecido, publicó datos interesantes sobre el juicio eclesiástico que padeció Ruiz de Padrón en Astorga.

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Ruiz de Padrón también fue responsable es este templo situado en el núcleo poblacional de La Rúa (5.000 habitantes y 36 km2), cercano a Vilamartín.

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Cementerio de Portela. Algunos dicen que Ruiz de Padrón fue sepultado aquí; sin embargo, no existe ninguna evidencia. He recorrido todas las tumbas y no aparece ninguna inscripción que lo relacione.

CONTINÚA en la Tercera parte, dedicada a Filadelfia