Canarias y Luisiana

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Los pelícanos representan al estado de Luisiana.

La comunidad canaria en Luisiana es más numerosa de lo que a primera vista se podría creer. Desde las pantanosas tierras de San Bernardo a los bayous de Valenzuela hay miles de personas que descienden de aquellos isleños que llegaron a estas tierras de huracanes y mosquitos a finales del siglo XVIII. También arribó otra comunidad, tan pintoresca como la canaria: la acadiana, procedente de Francia y Canadá, auténtica pesadilla de la monarquía gala que no lograba contener sus deseos de libertad y democracia. Una buena parte de ambas comunidades hoy se encuentra tan mezclada que hasta sus respectivos dialectos se han juntado en un habla tan complicada y sabrosa como sus famosos guisos. Ésta es mi experiencia con miembros de ambas comunidades.

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DENNIS DELANY

Primavera de 2005. Dennis Delany está a un lado del poyo, con sus paneles abarrotados de fotografías antiguas y yo en el otro, con la cámara en la mano, pensando por qué tantas veces termino entrevistándome con la gente en una cocina. En el exterior cae un diluvio. Nos encontramos en un lugar cercano a Nueva Orleáns. Todavía no ha llegado el huracán Katrina, pero no falta demasiado para que enseñe sus afilados vientos.
Dennis es un técnico que participa en el programa espacial del gobierno americano. Tuvo que recorrer muchos kilómetros para traerme sus paneles y sus árboles genealógicos. Hace algunos años, se entusiasmó con la genealogía, cuando descubrió que era descendiente de canarios.
Tenacidad, sensibilidad y trabajo metódico lo han convertido en un auténtico experto, solicitado por mucha gente. Entre sus manos, las fotos –parecen cobrar vida. A poca distancia de nosotros, los tahúres reparten cartas en los casinos flotantes del río Misisipi. En lugar de naipes, Dennis baraja datos. Cientos de datos que me fascinan y marean como un laberinto de espejos que reflejan otros espejos que reflejan… Fotos, apellidos, historias, memorias, espejos devolviendo la identidad incesantemente, fragmento a fragmento.

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Calvin Melerine González (q.e.p.d.) y su esposa
son un ejemplo de mestizaje entre canarios y acadianos.

DESDE EL REALEJO ALTO AL BAYOU LAFOURCHE

Sus fotografías son insólitas. Contemplo la imagen de una señora isleña, nacida en 1820, cuya mirada llega a perturbarme. Su dedo se posa en la foto de un soldado, también isleño, nacido en 1825, que participó en la Guerra Civil Americana: exhibe una pistola en una mano y un puñal en la otra, con cara de querubín bigotudo.
Delany habla como una ametralladora. Refiere informaciones de primera mano, bebidas de fuentes aún inéditas en la escasa bibliografía que existe sobre los isleños de Luisiana. Todo se revela interesante e inesperado; me cuesta creer mi suerte al encontrarlo. Uno de los resultados inmediatos de esta conversación es despertar en mí un interés considerable por los acadianos. El chaparrón de palabras que Denis despliega en la cocina, arrecia junto con la lluvia en el exterior:

“Hubo un tiempo cuando aquí se pensaba que la gente de las Islas Canarias era basura, pero esto no es cierto. Lo puedes ver cuando viajas por el Bayou Lafourche o, incluso, por San Bernardo, o si vas al Oeste, a Lafayette y a todos esos pequeños pueblos, los cuales se pensaba que eran estrictamente acadianos. Lo notas en su aspecto. Cuando miras las fotografías, cuando ves sus fisonomías, comprendes que son isleños canarios.
Como la mayoría de la gente en Louisiana, yo no sabía que el nombre de mi madre era Curbelo. Porque se escribía y se deletreaba Carbo como los nombres italianos. Así: C a r b o. Y no tenia ni idea de que yo pudiese tener origen canario. Mi madre tampoco lo sabía. Creo que quizás su bisabuelo sí estaba al tanto, porque todos ellos hablaban español igual que francés e inglés.
Mira esta foto. Este Carbo fue primo hermano de mi tatarabuelo. Su nombre era Francisco Carbo y su esposa, María Rodríguez. Estos eran sus hijos y los otros, sus nietos. Para poder componer todas estas fotos así, he necesitado mucho tiempo.
Walter Carbo me ayudó a encontrar a toda esta gente, porque él todavía los conocía a todos. Y si te fijas en la historia de Walter, resulta que él también es acadiano, pero, sobre todo, es canario, isleño. Y estaba orgulloso de serlo. La mayoría de la gente isleña está orgullosa de su procedencia. Los Carbo o Curbelo eran de San Juan de la Rambla y del Realejo Alto.”
Mientras observo a Denis, un hombre cuya edad debe andar por los cincuenta años, advierto que tiene cara de angelito como el soldado de la foto, y me da por pensar que, quizás, este parecido obedece a que ambos están convencidos de que con su oficio facilitan a la gente el camino hacia la eternidad. Entonces, decido acercarme más adelante a su ciudad, a seguir las huellas de esos espejos, a buscar la relación entre canarios y acadianos, a continuar mi iniciación en uno de los capítulos más asombrosos y desconocidos de la historia de los canarios en América.

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El vapor Natchez, fondeado en Nueva Orleáns.
Muchos isleños fueron capitanes y oficiales de estos barcos
que recorrían el río Misisipi con pasaje, algodón y tabaco.

Hoy, ese viaje también pertenece al pasado. Varios meses más tarde, volví a una Luisiana aplastada por el Katrina y me interné solitario por los espejos que Denis había descrito. Seguí el río Misisipi, sus puentes imposibles y sus canales, serpenteé por el Bayou Lafourche, pasé mis dedos por los nombres desgastados de multitud de tumbas nuevas y viejas en multitud de lugares: Acosta, Mesa, Mendoza, Rodríguez, Alemán, Morales, Carbo, Medina o Medine… Era consciente de que cada paso mío estaba cruzándose con una huella de los canarios o de sus innumerables descendientes en esta parte de América. Casi llegué a olvidar que la verdadera razón de mi presencia en aquellos lugares sólo obedecía a la realización de una serie documental y a un libro sobre nuestros primos hermanos al norte del Golfo de México. A medida que me internaba en aquel Sur profundo, húmedo y medio desplomado, iba convenciéndome más y más sobre la mezcolanza racial de los canarios en Luisiana, incluido San Bernardo Parish; pero, y he aquí lo insólito del asunto, aun en lugares tan apartados como Napoleonville, las muestras de lo canario continúan palpitando para quien desee encontrarse con ellas.

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Calvin Melerine me instruyó sobre las costumbres isleñas
para el rodaje de la película “Los canarios del Misisipi”.


UN PUCHERO DE RAZAS E IDIOMAS

Los habitantes de los asentamientos canarios en Luisiana son los descendientes de algo más de dos mil canarios que fueron trasladados a esa región por Carlos III, entre 1778 y 1784. Allí se dedicaron a la agricultura y, aunque permanecieron en las mismas tierras cuando los Estados Unidos las anexaron, una parte de ellos se aisló lo suficiente como para continuar hablando el mismo dialecto canario del siglo XVIII que llevaron sus antepasados. Exceptuando a Deliana Marante, una joven ingeniera, hija de inmigrantes palmeros en Venezuela, que ahora vive en Plaqueminth Parish, no creo que haya otro residente isleño en esa zona cuyos antepasados llegaran a Luisiana después del siglo XVIII.
Es decir, los canarios tenemos en el Sur de los Estados Unidos una reserva lingüística de hace más de dos centurias y bastan algunas horas de avión para que uno se sienta transportado por la máquina del tiempo y sostenga una conversación con las mismas palabras que pronunciaban los abuelos de nuestros bisabuelos. Un tesoro inconmensurable que ahora mismo corre peligro inminente de desaparecer.

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Un niño indio juega con un pequeño caimán. Junto a isleños
y acadianos conviven algunas comunidades aborígenes.

Cuando España abandonó Luisiana y Florida Occidental, a principios del siglo XIX, el contacto con los colonos canarios sólo se mantuvo desde la ciudad de Cienfuegos, en Cuba. Con posterioridad, estos vínculos también se perdieron paulatinamente y los descendientes de canarios llegaron a olvidar de dónde procedían sus ancestros. Hace unos treinta años, de la mano del profesor Frank Fernández, los isleños redescubrieron su procedencia canaria y han intentado revalorizar su herencia cultural, siguiendo el camino trazado por la comunidad acadiana, unos años antes.
Sin estudiar la comunidad acadiana o cayún, es difícil que pueda entenderse la colectividad isleña de Luisiana. A pesar de los magníficos estudios del profesor Din –tan citados como poco leídos en Canarias y tan leídos como poco citados en Luisiana-–, todavía está por realizar una amplia investigación sobre las intensas y complejas relaciones entre las comunidades isleña y acadiana.

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Un número elevado de descendientes de canarios en Luisiana lleva apellido acadiano e, incluso, existe un grupo que habla spanishcajun, especie de espanglish donde se mezclan dialectos derivados del español y del francés. Otra parte de los isleños, sobre todo en las zonas aledañas al Bayou Lafourche y a Baton Rouge ha sido absorbida por completo por la acadiana y le resulta sumamente dificultoso encontrarse con un pasado canario que, en muchos casos, ya está completamente borrado. Tomando prestado un símil del cubano Fernando Ortiz, la impresión que uno experimenta cuando se adentra en toda esta interrelación de comunidades es hallarse contemplando un gigantesco puchero donde se ha introducido todo tipo de ingredientes, muchos de los cuales ya no se diferencian porque se han diluido o porque el caldo los cubre. Sin embargo, aquí y allá, surgen datos, muchos datos que comienzan a esbozar algo sobremanera más interesante que un puzzle.
Los términos acadiano y cajun son sinónimos. Cajun (pronunciado kayán en inglés) se deriva de la pronunciación inglesa de acadian (akadján ® kadyán ® kayán). Así que toda la música cajun de Luisiana, es decir, la country music de ese Estado, procede de la comunidad acadiana, igual que una especial gastronomía mezclada con la cocina de los isleños.
Tal es el caso del gambó y del jambalaya o yambalaya (una especie de paella picante, con trozos pollo o de caimán, gambas y diversos embutidos), que hizo famosa una canción de 1949 (On the Bayou de Hank Williams), popularizada en  los años sesenta como Jambalaya por el famoso cantante de color Fats Domino, el cual, en aquella época, iba a cantar blues y rock-and-roll a los salones de baile de los pescadores y tramperos isleños en San Bernardo. Por cierto, a las doce de la noche, Melerine o quien fuera el dueño cada sala concreta, solicitaba a Fats Domino que parase la música a fin de que los isleños subieran a cantar décimas clásicas o a repentizar. Después, el baile continuaba hasta la madrugada, animado por platos de gambas, garrafas de vino de California y, eventualmente, algún puñetazo por culpa de una décima malintencionada. Aunque el tema lo he recreado ampliamente en los próximos documentales de La ruta del gofio, creo que merece la pena detenernos algún día en otro artículo sobre los bailes y diversiones de los isleños, porque existe un verdadero repertorio de anécdotas de lo más gracioso y es una pena que no se conozcan en Canarias.

¿Pero quiénes son y de dónde proceden los acadianos?

Su historia es, al menos, tan interesante como la de los isleños de Luisiana. En el siglo XVII, Francia envió a Canadá cierto número de colonos que fundaron Acadia en la región que actualmente se corresponde con Nueva Escocia.

El nombre Acadia (en francés Acadie) hacía alusión a una región griega, conocida en español como La Arcadia (de Arcas, hijo de Júpiter), situada en el Peloponeso, con un clima turbulento y habitada por un pueblo muy dado a los sacrificios humanos. Pero los poetas clásicos, aprovechándose del difícil acceso a la región, cambiaron su imagen y atribuyeron a sus moradores una bondad sin límites y una vida idílica dedicada al pastoreo, la poesía y la música, sobre todo después de que el dios Pan decidió fijar allí su casa. Esta tradición pasó a los romanos (Virgilio, etc.) e, incluso, se produjo en Francia una conmoción en el siglo XVII, al difundirse que se había encontrado una tumba con una misteriosa inscripción “Et in Arcadia Ego”. En la década de 1640, el pintor Nicolás Poussin pintó dos óleos (en 1627 y 1640) titulados Les Bergers d´Arcadie con una tumba dibujada donde se puede leer la misma inscripción. El cuadro Les Bergers d´Arcadie II se encuentra actualmente en el museo del Louvre, en París. Un cura llamado François Bérenger Saunière encargó una copia, motivado por unos papeles que encontró en una iglesia, pero, aunque es una suculenta historia, nos llevaría demasiado lejos.

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Óleo “Et in Arcadia ego”, de Nicolás Poussin (1647).

Lo cierto es que en el siglo XVII, el nombre de La Arcadia se pronunciaba muchas veces en Europa. Alrededor de la reina Cristina de Suecia se formó un círculo escogido de pintores y literatos, al que también se unieron filósofos y otros artistas. A la muerte de la soberana, en lugar de dispersarse, los contertulios formaron una asociación que bautizaron La Arcadia y ellos mismos se denominaron “pastores de La Arcadia”, aunque a las mujeres que eran miembros les decían “ninfas”, quizás porque ser pastora no les parecía cargo adecuado para una dama.

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Reina Cristina de Suecia.

En realidad, durante esa época la evocación de la Arcadia clásica se produjo constantemente, como puede comprobarse en los escritos del papa Clemente XI o de la reina polaca Casimir, y en las partituras musicales de compositores de la talla de Alejandro Scarlatti, el cual terminó en 1706 la partitura de “Amor y Virtud”, evocando La Arcadia como medio para elevar el espíritu de sus coetáneos.
La Arcadia remitía al helenismo y representaba la “idea elevada” de la vida, concepto que estaba empezando a ser asumido por las clases dominantes y sirvió de abono al germen de la Ilustración. Esto explica de manera suficiente el nombre de la región canadiense y el espíritu de fraternidad que impulsaba a los colonos franceses que la crearon. Años más tarde, el desarrollo de estos pensamientos dentro de la Ilustración presidió la selectiva recluta de los canarios para la Luisiana, en cuya cédula se especificaba que no debían conocérseles vicios ni defectos, persiguiendo la idea de fundar en el Nuevo Mundo muchas Arcadias felices, libres de los vicios y corruptelas propias de las poblaciones europeas. Claro que,  como le gusta repetir a Florent Hardy, director del Archivo Estatal de Luisiana, nadie les dijo a los canarios que se iban a encontrar viviendo dentro de un pantano con mosquitos de medio metro que desmoralizarían al propio dios Pan.
Los primeros colonos franceses se asentaron en el actual territorio canadiense, en Saint Croix Island, en 1604, bajo el reinado de Enrique IV. Sin embargo, los temporales les obligaron a mudarse a Port Royal. Cuatro años más tarde, algunos de los colonos se trasladaron hacia el norte y fundaron Nueva Francia, es decir, la actual Quebec.

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En 1632 llegaron más colonos a Acadia. Dentro de un grupo de trescientas personas podían contarse muchos franceses y belgas, pero también había escoceses y hasta vascos que habían emigrado previamente a Francia. A principios del siglo XVIII ya rebasaban ampliamente los diez mil habitantes.

En Acadia fueron desarrollando una sociedad muy liberal y democrática, además de acercarse abiertamente a las comunidades indígenas y mezclar sus culturas sin prejuicios. Sin embargo, la Guerra de los Siete Años, se prologó hasta América y los ingleses se enfrentaron a los franceses en las frías tierras del Norte. El constante desafío de los acadianos a los británicos se tradujo en matanzas del ejército inglés que alcanzaban hasta los ancianos y los niños.  En el año 2003, la Reina de Inglaterra, Isabel II, pidió perdón públicamente por la injusticia cometida en 1755 contra los acadianos.
En la década de 1760, los británicos derrotaron a los galos en la batalla de Quebec. Así, aunque los ingleses perdieron en esa época los territorios de la Luisiana –la cual iría  a parar, finalmente, a manos españolas–, quedaron dueños de Canadá. El resultado de esta guerra fue que expulsaron a los acadianos  y poblaron la región con escoceses de las Tierras Altas o highlanders.

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Los acadianos fueron dispersados y trasladados a otras zonas de Canadá y a Francia, cuyo monarca tuvo un grave problema, porque esta comunidad se había habituado a formas de vida democrática y no aceptaba órdenes reales. La realeza absoluta gala no podía permitir ese foco de rebelión constante en su territorio y llegó a un acuerdo con el rey de España, Carlos III, que estaba buscando colonos para la Luisiana. Así fue como los acadianos fueron embarcados en varios navíos que los traladaron al Nuevo Mundo para que fueran a disfrutar de los mismos mosquitos que los canarios.
El poeta norteamericano Henry Wadsworth Longfellow compuso el poema Evangeline, A Tale of Acadie (Evangelina, Historia de Acadia) que describe la diáspora de los acadianos a través de una muy triste historia de amor entre Evangelina y Gabriel, dos jóvenes que son separados durante la expulsión de Canadá y se buscan desesperadamente hasta encontrarse ya muy viejos, durante la epidemia de Fidelfia, con el tiempo justo para que Gabriel muera en los brazos de su amada. Lo curioso es que en Lafayette, en Luisiana, donde también hay descendientes de isleños, existe (si el huracán Katrina no la ha destruido) una casa que supuestamente perteneció a Gabriel. Y hay una estatua de Evangeline cerca del cementerio de San Martín, donada por Dolores del Río, la actriz que interpretó la película Evangeline, hace setenta y seis años.

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Una vez en Luisiana, en las tierras del Delta del Misisipi, los acadianos se las arreglaron para confraternizar nuevamente con los indios, adquirir parte de sus costumbres y sobrevivir en aquel infierno de barro, caimanes, ratones y jejenes. Las relaciones con la comunidad negra fueron cordiales y buena parte de los isleños, de carácter algo más reacios a compartir su casa con gente extraña, pronto se dejaron influenciar por aquella gente encantadora que tocaba el violín y bailaba valses y polcas como ellos. No en vano esos ritmos eran descendientes directos del baile “el canario”.
Posteriormente, a la zona llegarían colonos alemanes. No han conservado el idioma, como los acadianos y los isleños, pero aún pueden ser rastreadas sus comunidades. Ellos introdujeron el acordeón. Y también hubo una comunidad yugoslava que mezcló con la isleña sus sangre y sus vocablos, en un pago de San Bernardo muy devastado por el Katrina.
Las relaciones de los acadianos con los isleños tuvieron sus altibajos. Como muestra, baste comentar que durante una época los canarios de Asunción, Ascensión y otras poblaciones ubicadas en el Bayou Lafourche no podían entrar en las iglesias acadianas y tenían que asistir a misa desde el exterior, lo cual originaba más de un rifirrafe.

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Antigua foto de acadiano de Luisiana.

En general, los acadianos tenían el mismo problema que los canarios: un complejo de inferioridad respecto a los colonos de ascendencia británica. Practicaban sus costumbres y hablaban su idioma, pero si se sabían observados procuraban ocultarse para hacerlo. En la actualidad, las canciones cajuns inundan las emisoras de todo el mundo y ahora nos parece increíble que se avergonzaran de su hermosa música. Pero cuando Joe Falcón y su esposa grabaron la primera canción cajun en 1928, nadie se atrevió a distribuirla fuera de las comunidades acadianas donde tuvo un éxito inaudito. Habría que esperar hasta la década de 1960 para que de la mano de Floy Soileau y algunos grupos de jóvenes se difundiera la música cajun tradicional, con letras en francés, y se organizaran macro festivales que superarían todas las expectativas.
Junto con la difusión de la música, los acadianos fueron percatándose de lo importante que era fortalecer su identidad cultural. Comenzaron a llevar a cabo acciones encaminadas a recuperar cuanta cultura acadiana se pudiera, a ponerla en vigor y a enorgullecerse de ella. Lo han conseguido sobradamente, aunque algún dignatario en Washington haya comentado que si trabajaran más y cantaran menos no tendrían que pedir ayuda cuando llegan los huracanes.

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Frank Fernández, Padre de la canariedad en Luisiana

En esa década de los sesenta, un isleño cuarentón, nacido en los alrededores del Bayou Terre-aux-Boef, en San Bernardo, contemplaba fascinado la revolución musical y cultural de los acadianos. También volvía la mirada a sus vecinos y se preguntaba por qué ellos seguían acomplejados de su idioma español y de un origen cuya memoria tenían prácticamente perdida. Era maestro, se apellidaba Fernández y se puso a trabajar en aquel asunto.
Unos cuantos investigadores sabían desde hacía décadas las raíces de aquella peculiar comunidad isleña e incluso habían estudiado sus características lingüísticas e incluso publicado libros sobre ellas, como el lingüista Manuel Alvar. Hasta se realizó un documental por parte del musicólogo canario Lothar Siemen. Sin embargo, los isleños de Luisiana no tenían conocimiento de esto y, desgraciadamente, las personas que habían sido objeto de encuestas o filmaciones no contaban con suficiente cultura académica para darse cuenta de su significado y de su auténtica importancia. De manera que Frank Fernández comenzó, prácticamente, desde el principio.
Pronto averiguó que él y sus vecinos provenían de las Islas Canarias y que su habla no se trataba de un trasto inservible sino de un tesoro del siglo XVIII. Que su comida, como el caldo isleño, no era bazofia sino un manjar. Que sería posible recuperar la memoria y contactar nuevamente con sus hermanos al otro lado del Atlántico. Así lo hizo.
El efecto fue sorprendente: muchos de los isleños, con apellidos franceses, que hasta entonces sólo se atrevían a reivindicar débilmente la cultura cajun, declararon a los cuatro vientos que eran canarios. Desempolvaron los apellidos Pérez, González o Morales y se los engarzaron a sus nombres ingleses como si fueran joyas.
Los que llevaban apellidos franceses, pronto se se presentaron diciendo: “Me llamo Fulano Mengano, y mis apellidos isleños son Rodríguez y Morales”.

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Pato de madera, un reclamo de caza fabricado por isleños y acadianos.

En muchas casas, los niños crecieron hablando una mezcla de acadian y de isleño. Generación tras generación, se fue convirtiendo en un dialecto propio que todavía hoy avergüenza a quienes lo hablan en sus casas, quizás porque nadie ha certificado oficialmente existencia. Por esta razón, es tan difícil encontrar personas dispuestas a mantener una conversación en este dialecto y es probable, si no se pone remedio, que termine desapareciendo dentro de diez o veinte años. La persona más joven que conozco que habla spanish acadian es una mujer policía llamada Judy, con una edad cercana a la jubilación.
Un problema parecido sucede con el dialecto isleño puro; sin embargo, la solución sería menos complicada, puesto todavía hay personas que lo hablan con orgullo. No obstante, la avanzada edad de los hablantes agrava mucho la situación. A ello viene a sumarse la dispersión de las familias isleñas por causa del huracán Katrina. Se calcula que un elevado porcentaje de los isleños no volverá a San Bernardo (solo en esta problación residían más de cuarenta mil descendientes directos de canarios) y se encuentra en otros estados, en casa de familiares o intentando rehacer su vida. Si se tiene en cuenta que está anunciado un formidable huracán en Luisiana para junio de 2006, esta diáspora hacia tierras más seguras es comprensible. Ante todo esto, ¿qué hacer?
En principio, uno podría suponer que contando con una hipotética partida económica suficientemente generosa el problema podría solucionarse con el envío de profesores y folkloristas del archipiélago que instruyeran a los jóvenes isleños en las cuestiones básicas de la identidad canaria. Pero el problema, desde mi punto de vista, es más complejo.

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En primer lugar, está la cuestión de la identidad. ¿Es la identidad canaria actual igual que la identidad canaria del siglo XVIII? Parece natural admitir que ha evolucionado y ahora contiene elementos diferenciadores que se han sumado y otros que han desaparecido. Dilucidado esto, habría que aplicarlo a los isleños de Luisiana: su identidad también ha evolucionado y, partiendo de un tronco común, ha seguido su propio desarrollo. Y eso es, precisamente, lo hermoso de toda esta historia, tan parecida a la de los judíos sefardíes con los castellanos: nos reconocemos en ellos; ellos se reconocen en nosotros; pero no somos iguales. La belleza está en la simetría como proclamó Hegel pero, también, en la asimetría como saben perfectamente los maestro florales japoneses.
Y, digo yo, ¿no será contraproducente “convertirlos” a nuestra cultura canaria actual y borrarles su auténtica cultura? Aquí entran el idioma, la gastronomía, el folklore y hasta la filosofía de la vida, manifestada en frases y dichos. Estoy convencido de que uno de los mayores tesoros culturales canarios son, precisamente, los isleños de Luisiana. ¿Deberíamos convertirlos en “canarios” de Canarias? ¿Debería enseñarse a hablar a los judíos sefardíes el español de Valladolid del año 2005? La respuesta –y el ejemplo­– podría hallarse en un programa en español sefardí especialmente para ellos que Radio Exterior de RNE emite cada martes. Me gustaría creer –no es que lo crea, naturalmente– que la Academia Canaria de la Lengua, de acuerdo con la Viceconsejería de Asuntos Exteriores y la de Emigración, ya ha tomado en cuenta estos asuntos, los ha valorado y ha emprendido las acciones pertinentes.

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El folklorista isleño Irván Pérez, fallecido en 2008.

Por otro lado, gastar el dinero públco para enviar enseñantes canarios a impartir español a Luisiana para los isleños de allí no ha solucionado nada ni lo va a solucionar en el futuro. Si bien aquí habría que estabñecer una diferencia fundamental entre los habitantes de Baton Rouge y los de San Bernardo. Entre los primeros –sean isleños o no– hay cierto interés en aprender español para tener mayores posibilidades de negocio o de empleo y le da lo mismo que el dialecto sea canario o manchego. Sin embargo, este asunto es muy diferente en la segunda zona mencionada, donde el atracción reside en conservar una tradición, una herencia cultural importante para mantenerla viva. Esta es una disimilitud que conoce perfectamente mucha gente en nuestro archipiélago, incluyendo a quienes actualmente imparten clases de español en el denominado Estado del Pelícano. De modo que no creo oportuno destinar el dinero público de nuestra comunidad autónoma a suplir las funciones de Instituto Cervantes, en el caso de Baton Rouge y de otras poblaciones similares, y mucho menos dilapidarlo en enviar profesores que terminen de extirpar su especial manera de hablar.
Igual sucede con los trajes típicos, la música típica, etc. ¿Por qué en lugar de inducirles a conservar sus vestimentas tradicionales, digamos por ejemplo del siglo XIX, los estimulamos a que se pongan el traje típico de La Orotava o de Valsequillo? ¿No estaremos despojándoles de su verdadera identidad en lugar de ayudarles a buscarla? Habría que mirar más, mucho más, hacia la comunidad acadiana –o la sefardí– y aprender a tratar el problema. Si ellos hubieran hecho lo mismo que nosotros, a estas alturas, en lugar de cantar canciones cajuns y comer caimanes fritos, estarían hablando con el acento de Giscard D’Estaigne y desayunando paté a las finas hierbas. Y, sinceramente, creo que hasta nuestro Presidente se disgustaría si algún día escuchase a un isleño de Luisiana hablando como él.

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Afortunadamente, los votos de los isleños de Luisiana no les valen a los políticos canarios. Así que las ayudas prestadas para “canarizarlos” han sido tan cicateras que pocos elementos culturales ajenos les han podido aportar. Y ahora que, como ellos dicen, “han cabucado” con el temporal, menos caso les harán, porque la identidad canaria se mide en votos, en oportunidades de negocio y, dicho sea con la mayor ingenuidad, en algún que otro aprieto personal; exactamente igual que en los Estados Unidos de América. Esa es, por ejemplo, la diferencia entre Texas o Florida y Luisiana. Aquí y allá. En realidad, una parte del proceso es similar al que ha servido para conservar algunos elementos tradicionales, como el silbo gomero o el pito herreño, en las islas periféricas: los recursos para su desarrollo se despilfarraron y se ha producido la paradoja de que las penurias de su población fue la mejor cápsula para conservar esas tradiciones; cuando las miserias se alejan, la tradición se convierte en folclore y el folclore –en el sentido más trillado del término– tiende a evolucionar por caminos paralelos a la mass media. Como muestra, basta con fijarse en la evolución de la lucha canaria, el timple, las romerías o el silbo gomero.
No me gustaría terminar este artículo sin antes formular alternativas, puesto que también he vertido críticas. A mi entender, la mejor forma, por no decir la única, de atajar la desaparición del dialecto isleño de Luisiana es convirtiendo a los más viejos en transmisores culturales. Sus alumnos deben ser isleños jóvenes, con preparación suficiente para comprender la importancia de la transmisión del idioma tal como se habla en la actualidad. Y esto es un tema lo suficientemente serio como para abrir un debate donde participen, sobre todo, los propios interesados. Por cierto, existe en la Universidad de Luisiana profesorado en activo que ha estudiado el asunto lingüístico isleño y debería recabarse su opinión. Tal es el caso de la Dra. Patricia Lestrade, con excelentes publicaciones sobre el habla isleña de Luisiana.

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Dra. Patricia Lestrade.

Aquí entra el factor económico: esos aprendices deben ser estimulados con suficientes dotaciones dinerarias para que se dediquen plenamente a su cometido. Por muy caros que salgan sus sueldos, siempre será un gasto menor que el de un profesor enviado desde aquí. Esta es la dirección correcta hacia la que dirigir los esfuerzos, tanto de la administración pública como de cualquier institución cívica o privada. Si no es así, me temo que los intereses reales de prestar “ayuda” más tienen que ver con el provecho personal que con la defensa de nuestro patrimonio trasantlántico.
Creo que toca dejarse de mezquindades. El problema de los isleños de Luisiana es un problema canario y el Gobierno y las instituciones públicas tienen el deber de involucrarse y dejar de mirar para otro lado. De sobra sabemos que hay problemas más urgentes en otras partes del mundo. Pero ellos son los biznietos de una gente que las autoridades alejaron de esta tierra que todavía llevan en el corazón. Y aunque están en la nación más poderosa del mundo, los responsables de su seguridad los han dejado abandonado a su suerte cuando ha sobrevenido el desastre (¿Alguien ha dicho aquí que la mayoría de los 30 ancianos que perecieron en la residencia abandonada eran isleños?). Eso tenemos que conservarlo a toda costa y hay que esforzarse en mantenerlo. Estará bien olvidar las mentiras oficiales de los días posteriores al huracán, pero alguien del Gobierno debería tomar cartas en el asunto y poner firme a quien corresponda. ¿O eso de la identidad canaria en el Estatuto de Autonomía era puro vacilón?

Desde aquí, me atrevo a sugerir que se inicien los trámites para que los Isleños de Luisiana sean declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Sería una buena manera de darlos a conocer y de que los políticos obtengan su rentabilidad haciéndose la foto a su lado.

La buena voluntad –o, al menos, la apariencias de buena voluntad– puede conducir a cometer notables errores históricos en las intervenciones de una comunidad humana sobre otra. En nuestros días, podría pensarse que a poca gente se le ocurriría defender la erradicación o la intromisión externa en la cultura autóctona de una comunidad para “mejorarla” y “actualizarla”, sobre todo si esos rasgos constituyen un patrimonio cultural único.
No obstante, sólo basta indagar un poco para caer en la cuenta de que las justificaciones para la intervención continúan utilizándose. No sólo en los ámbitos políticos, sino en los intelectuales, como muestra el siguiente párrafo de Sebastián Haffner (1902-1999), el historiador y periodista alemán que destacó por su oposición a Hitler, y que he traído a colación por tratarse de un personaje poco sospechoso de apoyar expansionismos de corte nazi y que, sin embargo, defiende y justifica las expansiones colonialistas prusianas, realizadas a sangre y fuego:

“La colonización siempre significa agresión sobre pueblos y civilizaciones más débiles por parte de otros más fuertes. También constituye progreso, porque una civilización más débil y primitiva se sustituye por otras más fuerte y avanzada. De esta manera, siempre es una mezcla de cosas buenas y malas, y su apreciación depende de si la balanza se inclina más a lo positivo que hacia lo negativo.” (Haffner, Sebastian: Prusia ohne Legende, Hamburgo, 1979).

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“El Padre las Casas”, de Parra.

Desde que el Padre de Las Casas puso el dedo en las llagas del Nuevo Mundo, en el siglo XVI, pasando por  Joseph Conrad y su soberbio alegato contra Leopoldo II de Bélgica con su obra  El corazón de las tinieblas, la discusión sobre los perjuicios y los beneficios de la invasión y el dominio protector de unos pueblos sobre otros no han cesado. Mientras unos centran los beneficios en la comunidad supuestamente protectora, los otros alegan que los supuestamente protegidos son los beneficiados, dado que se trata de dotarles de herramientas culturales para que afronten la modernidad.
Sobradamente conocidas son las guerras entre diversos países que disputaban su contribución a la mejora de algunas poblaciones, como fue el caso de Francia, Inglaterra y España en los territorios de Luisiana y la Florida. El exiguo número actual de indígenas y su nula entidad social nos indican a las claras los resultados de tan piadosos y desinteresados esfuerzos.
En realidad, todos estos cambalaches de territorios eran el resultado de intereses más o menos velados que poco tenían que ver con sus habitantes. Cuando España negoció Luisiana con Francia, estaban usándola como moneda de cambio para sus intereses en Europa y cuando España ayudó a Washington contra Inglaterra fue porque estaba enemistada con la monarquía británica. Ciertamente, todo esto es historia y, por lo tanto, tenemos la obligación de extraer sus enseñanzas en lo positivo y en lo negativo.
Lo que pretendo indicar es que las intervenciones de unas comunidades sobre otras en raras ocasiones son filantrópica y, la mayor parte de las veces, responden a intereses camuflados.
Las intrusiones culturales funcionan de manera similar a las políticas y militares y, si bien no hay derramamiento de sangre ni  desplazamientos de fronteras, las tácticas y los intereses personales no se encuentran tan alejados como cabría suponer.
Evidentemente, todo lo expuesto hasta ahora no es algo novedoso, sino que desde hace años lo comparte la mayor parte de las personas de nuestro entorno. No obstante, las divergencias comienzan cuando se trata de llevar a cabo actuaciones concretas […].

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11 pensamientos en “Canarias y Luisiana

  1. Muy interesante la historia sobre los canarios de Luisiana. Además, me viene muy bien para ampliar, con las licencias oportunas, mi libro “La odisea de los canarios de Texas y Luisiana”, editado por Anroart. Tuvo la oportunidad de conocer y hablar con varias personas destacadas de Saint Bernard Parish, entre los cuales figuraban Irvan Pérez y su primo Alfred, la señora Molero O,Toole y Henry Rodríguez.,.

    • Hola Guanche (muy bien el nombre, como un poco de mi ADN), Me llamo Robert y soy descendiente Canario de Luisiana (Isleño) (soy descendiente de las islas de Gomera, Tenerife y Gran Canaria) soy de la familia Gutierrez de San Bernardo, Luisiana, USA. La mujer de Wimpy es mi prima. Un saludo para ti, desde mi hogar, mi tierra, San Bernardo, Luisiana con un fuerte abrazo.

  2. Hola, soy una canaria . Ayer me llamaron de Estados Unidos un señor que esta buscando a sus antepasados ya que uno de mis apellidos condice con los suyos y mas o menos eran de la zona de donde yo procedo (San Mateo y Santa Brígida ) de la isla Gran Canaria.Antiguamente a estos lugares se le llamaba Vega de Enmedio aproximadamente por el siglo XVIII. Me gustaría poder ayudarle pero el caso que solo tengo un numero del cual llamo. Mi apellido es Déniz, antiguamente se escribía Denis.

    • Hola Carmen, investigo el apellido Deniz en Canarias. Tengo una pequeña base se datos con nombres y fechas de las personas que llevaron el apellido Deniz. También tengo una pagina en facebook “apellido Deniz Denis y De Niz. Quedo a la orden por si puedo colaborar con alguna informacion. Saludos.

      • Hola Hilda, soy Francisco Hernandez Delgado el Cronista Oficial de Teguise, en la Isla de Lanzarote Canarias, estamos organizando un banco de datos genealógicos y el apellido Niz o Deniz, esta en nuestra base, podiamos intercambiar información del mismo y asi ayudarnos todos.

  3. Ay ay Leyendo éste artículo, tenemos la impresión que en el sur de Luisiana sólo hay acadianos y canarios a llegar y quedarse en la región!!!!

    Hay tantos errores históricos en éste artículo que ni consigo señalar todos!!!

    1 ejemplo:

    “Sin estudiar la comunidad acadiana o cayún, es difícil que pueda entenderse la colectividad isleña de Luisiana.”

    “Los términos acadiano y cajun son sinónimos. Cajun (pronunciado kayán en inglés) se deriva de la pronunciación inglesa de acadian (akadján ® kadyán ® kayán). Así que toda la música cajun de Luisiana, es decir, la country music de ese Estado, procede de la comunidad acadiana, igual que una especial gastronomía mezclada con la cocina de los isleños.”

    – Los Acadianos son Canadenses y no Luisaneses. Nacer en Luisiana de cultura latina da una persona criolla de Luisiana, no un otro Acadiano.

    Por cierto, no llegaron más de 2,500 Acadianos, y 1,700 a 2,000 Canarios, por una población de casi 20,000 habitantes, la mitad éstes sendo esclavos del Oeste de Africa.

    No entiendo por qué ni cómo las personas hablan de nuestra región cómo si hubieron unicamente Acadianos (y en éste artículo Canarios, cuándo éstes ultimos eran una minoría y que los otros habitantes eran mucho más numerosos (Wolof, Bambara, Mandingas, Congos, Francohablantes de todas partes, Amerindios de varias comunidades lingüísticas).

    Además, los Acadianos eran de Canadá, dónde la temperatura queda super baja, y endonde no hay ni bayous, pantanales, humedad, quingombó, frijoles, etc. Ellos con los Canarios tuvieron que aprender de alguien que ya estaba y que conocía el tiempo, la tierra. Sino, cómo sobreviver?!!! Eso todo falta en éste artículo.

    Lo siento, pero no puedo acceptar una historia tan exclusiva y errada por mi región.

    • Estimado Landry,
      En ningún momento he intentado escribir la historia de su región, Luisiana; sino retazos de la historia de los isleños canarios que llevan 200 años en ella. ¿No le parece normal que si alguien escribe la historia de estos isleños hable, preferentemente, de ellos?
      Su susceptibilidad no debe llevarle a pensar que cualquiera que sea el tema que se trate de Luisiana tenga que centrarse, esclusivamente, en su etnia, por muy importante que haya sido para el desarrollo del territorio. Porque en caso contrario, cada vez que hablásemos de la importancia internacional de los japoneses, pongamos por caso, deberíamos hacer un repaso de la historia universal para que nadie en el planeta se sienta excluido.
      Quede, pues, claro que no he ignorado a nadie, sino que he relatado las experiencias de unas personas que salieron de mi tierra y de sus descendientes. Nada más. Espero que esto no le parezca mal a nadie. O, al menos, a casi nadie…

  4. Pingback: Padronel » [*Otros}– Los isleños, los acadianos y la identidad canaria en Louisiana / Manuel Mora Morales

  5. Vaya burrada acabas de decir daniel, la mezcla entre tinerfeños, gomeros y lanzaroteños NO es un caso de mestizaje pues los habitantes de las siete islas somos todos de la misma raza y compartimos una misma cultura.

  6. Estimado amigo:

    Es muy curioso ver todavia en los locales de

    La Luisiana,donde se enseña y populariza los bailes y las

    canciones “cajun”, ver colgadas del techo las banderas

    Española(con el escudo de Carlos III) y la Francesa asi

    como la propia de los Acadianos.

    De verdad este es un tema apasionante.

    Un saludo

  7. Hola,, naci, me crié y vivo en Tenerife, hablando, tanto con mi padre, madre, abuelos e incluso bisabuelo, pues llegué a conocerlos, se que tengo sangre, aparte de Tenerife, pues de La Gomera, Lanzarote y Gran Canaria, SUPONGO que tambien alguna o algunas otras partes. En definitva, mestizaje, que es lo que ha ocurrido en Las Islas.
    Me ha gustado mucho tu artículo, ya habia leido alguna que otra información sobre los canarios de estados unidos, pero muy vagamente. Pienso que relamente quien tiene que cuidar el legado de ser isleño de Louisiana pues son las mismas autoridades de allí, pues como bien dices ya lo único que tenemos en común es que corren por nuestras venas antepasados Canarios y en esencia algunas tradiciones.
    Bueno un saludo y me ha gustado mucho tus videos en YOUTUBE, seguiré viendo los mismos, pues tienes bastantes.

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