Leyenda de la Laguna Grande

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«Los bosques cercanos al Alto de Garajonay son de un verde intenso, oscuro a veces, como el deseo de los corazones extraviados. Situado en el centro de esos bosques húmedos, existe un calvero, extenso y circular, conocido como La Laguna Grande.
Cuando llegamos a esa zona, sabemos que allí sucede o ha sucedido algo fuera de lo habitual. Ni siquiera hace falta que nos hayan informado antes sobre ciertos rumores que circulan entre la gente, para sentir estas oscuras palpitaciones. Incluso cuando somos conscientes de que eso es un sentimiento absurdo, una conmoción fuera de lugar en el siglo XXI…
Desde tiempos inmemoriales, se ha venido hablando sobre las cosas extrañas que suceden en estos parajes. Esas habladurías se conocen como «La leyenda de La Laguna Grande» y hay personas adultas a las que se les erizan los pelos de la nuca cuando escuchan alguna de las historias que se narran en esta isla.

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Uno de esos relatos cuenta que durante el estío un pastor se había distanciado de la zona donde su ganado comía hierba seca. La razón de su alejamiento era buscar pasto verde y fresco para un cabrito enfermo. Se entretuvo demasiado, la penumbra del bosque le hizo perder la noción del tiempo y la oscuridad lo sorprendió en La Laguna Grande. Aunque era noche de luna llena, decidió no regresar a su casa por el peligroso sendero que bordeaba una profunda cañada. Al lado de un brezo gigante, se preparó una confortable cama con hojas de helechos.
El cansancio de la jornada de trabajo hizo que se durmiera rápidamente. Sin embargo, alrededor de la media noche, se despertó. La luz de la luna inundaba aquel gran espacio sin árboles y de todos lados surgían cuchicheos, crujidos y risas agudas y sofocadas.
El pastor se subió el cuello de la vieja chaqueta. Se sentía así más protegido y seguro, dentro de su coraza de lana. En su pecho anidaban juntos el coraje y la superstición, solapándose y tratando de anularse mutuamente. Así, mientras esta le susurraba que se guardase, aquel le alentaba para que aguzara el oído y averiguase lo que estaba sucediendo. Las risas sonaban cada vez más cercanas. Después, la luz de la luna descubrió al pastor una escena inusual: decenas de mujeres salían de diversos puntos de la muralla vegetal que circundaba La Laguna Grandes y corrían hacia el centro del calvero.

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Mujeres con el cabello suelto, desgreñado, largo, flameando al aire de la noche como banderas sombrías. Brujas que vociferan, chillan, berrean y dan palmadas, avanzando con saltos de geometrías inverosímiles. En algún lugar, comienza a sonar un tambor. Un ruido sordo y lento que va hinchándose y apagando los otros sonidos, adueñándose del gran círculo donde ni la hierba crece, extendiéndose sobre el suelo húmedo de rocío y subiendo por las piernas de las mujeres que han formado un círculo fluctuante.
Las brujas se balancean cadenciosamente. Giran sobre sus pies descalzos. El tajaraste, con simetría errática, con agitada arritmia, con áspero reflejo en el sonido que fluye del tambor de piel de macho cabrío, mueve los brazos, las manos, los dedos que desatan los corpiños y las enaguas que se deslizan hasta el suelo. Los golpes del tambor se aceleran. Las mujeres patalean, bailan más, más rápido, salmodian un pie de romance con voces agudas y monocordes.

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El pastor escuchaba espantado esa escalera de latidos y asistía enajenado al júbilo de los cuerpos desnudos que la iban remontando.
La efervescencia y el arrobamiento van aflorando en los rostros de las brujas. Tambor, tambor, tambor. Los ritmos se dilatan. Pies, brazos, manos, pelo, manos, brazos, pies. Círculos abiertos o cerrados, torbellinos de sombras femeninas agitándose en el suelo. Cada golpe de chácara es una historia hembra: Gara: chácara, chácara, chácara: Iballa: chácara, chácara, chácara: Beatriz: chácara, chácara, chácara. Cada compás, una tragedia: Garajonay: tambor, tambor, tambor: Guahedum: tambor, tambor, tambor: Baja del Secreto: tambor, tambor, tambor.
La bruja más vieja, la que sostiene el tambor en la mano, grita, al borde del paroxismo:
–¡Jorge!

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Los golpes del tambor se avivan.
El pastor hizo la señal de la cruz, sabiendo que las brujas llaman Jorge a Satanás.
–¡Jorge, Jorge! –vocifera el círculo de mujeres, y sus movimientos se hacen más salvajes. Las manos se alzan hacia la luna y empiezan a repicar las chácaras. El eco se despeña en las cañadas. ¡Burbujas y relámpagos de ímpetu! Un universo de escalas se desangra en torno a las danzantes.

Chácara, chácara, chácara;
tambor, tambor, tambor;
chácara, chácara, chácara;
tambor, tambor, tambor.

Las brujas, sin deshacer el círculo, bailan en parejas enfrentadas, contrayendo y expandiendo la rueda, moviendo las chácaras con ardor. Sólo una mujer muy joven permanece en el centro del baile (chácara, tambor, chácara). Una pequeña nube negra oculta la luna por unos instantes, la música se apaga, los gritos son amordazados y un silencio, más ensordecedor que toda la algazara anterior, aferra la oscuridad. La bruja adolescente del centro del círculo se lleva las manos a sus cabellos, tira de ellos, inmisericordemente, y grita con toda la fuerza de sus pulmones:
–¡Joooooooorge! ¡Joooooooorge!
El cielo es la piel azul de un tambor ciclópeo. Un fragor acompañando al relámpago surge de la nube que aún cubre la luna. El rayo, gordo y sucio como las aguas de un barranco en invierno, se precipita hacia el centro del círculo y carboniza a la niña bruja.

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El pastor quiso llevarse las manos al rostro, pero el terror le impedía mover un solo músculo. Una lechuza, posada sobre un haya cercana, no cerró sus ojos a tiempo y murió fulminada; su caída rajó el aire del estío y dejó escapar una corriente helada.
El viento gélido llega hasta el centro del calvero, se arremolina, esparce las cenizas de la bruja y las convierte en un ser absurdo compuesto por tres mitades imposibles: mitad animal, mitad hombre, mitad cosa: protuberancias minerales en la cabeza, lengua bífida, cuerpo velludo y patas de cabra. Debajo de su frente, chisporrotean las brasas de sus ojos purpúreos, tan grandes como los de una lechuza, tan inestables como si estuviesen recién injertados. De las profundidades de su garganta surgen resonancias profundas, roncas, perturbadoras. El aire se torna ardiente, con un penetrante olor a urea y azufre.

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La luna ilumina de nuevo La Laguna Grande y las mujeres se acercan a la aparición. No es la primera vez que se reúnen con Jorge. Las brujas repican las chácaras: suavemente: reproduciendo el sonido del agua que cae en las fuentes: engendrando notas de burbujas bañadas por la luna: malpariendo palabras de madera licuada. Gritan y gimen. La bestia les murmura y ellas ríen, ríen, ríen, mientras la luna se recrea en tejer y destejer los caminos para extraviar a los caminantes.

Habían transcurrido ya varias horas cuando el pastor logró mover una mano y pellizcarse la mejilla, tratando de ahuyentar la pesadilla pavorosa. Cerró y abrió los ojos y, en ese instante, la luna fue velada de nuevo por la nube. El bosque se oscureció y sólo pudo ver cómo algunas estrellas parpadeaban en el cielo. Miró hacia el centro del calvero y no distinguió ningún rastro de las brujas ni de la bestia. Un silencio funesto y una tranquilidad empozada estaban convirtiendo en piedra el aire que respiraba. El pastor se frotó los ojos y, por fin, pudo desarrollar un pensamiento sensato: ¿Lo habría soñado todo, le engañó su fantasía, lo perturbó su miedo o…?
Era tenido por hombre valeroso, acostumbrado a caminar solo por los caminos del monte y de la costa, pero aquella noche no dio un paso fuera del lugar donde se encontraba. Aun cuando volvió a aparecer la luna, permaneció allí, erguido sobre la cama de helechos, con la mirada fija en el claro del bosque, incapaz de comprender si lo que había vivido era un sueño.
Las primeras luces del alba inauguraron un día que se preveía caluroso. El pastor se puso en pie, tomó el morral con sus pobres pertenencias y se aprestó para volver a su casa. Sin embargo, después de dar algunos pasos, algo le hizo retroceder con el estómago encogido: a pocos metros de su improvisado lecho, en la mitad del camino, yacía el cuerpo de una lechuza sin vida… y sin ojos.
Igual que el fuego corre por un reguero de pólvora, se extendió este relato por la isla y se unió a otras historias parecidas sobre La Laguna Grande.
Se narraba la de un hombre de Chipude, a quien también sorprendió la noche cuando volvía a su casa con un recado desde San Sebastián. Había dicho que se encontraba sentado en una piedra, en la mitad del claro, cuando escuchó crujidos, chillidos y risas sofocadas, y que le habían tirado piedras. Para demostrar la veracidad de su historia, enseñaba a todo el mundo una cicatriz en la cabeza. Ciertamente, no había visto a nadie, pero, según él, las risas y los alaridos procedían de las mismas brujas que el pastor había adivinado haciendo sus tratos con el diablo.
Algo parecido refirieron dos hombres, uno del pago de Tamargada y otro de Erque: les habían tirado piedras en La Laguna Grande. Incluso, aquellos que decían en voz alta y clara que no creían esas historias y que sólo eran cuentos de viejas evitaron acercarse de noche a La Laguna Grande, «porque no tenían nada que demostrar».
Poco tiempo después de estos acontecimientos, surgieron los primeros rumores sobre los caminantes. En sus idas y venidas por el bosque, cerca de La Laguna Grande, al atardecer e, incluso, en pleno día, oían risas sofocadas y, al instante, no encontraban los caminos conocidos: muchos relataron que se habían perdido.
Un caminante contaba que durante días estuvo dando vueltas en el monte y otro decía que, repentinamente, se había encontrado caminando por la costa, a mucha distancia de allí.
Hace años, recuerdo haber oído a un anciano del caserío de Guadá que recomendaba tres máximas a los caminantes: no sentarse debajo de una higuera, no dormir a la luz de la luna y llevar un amuleto para protegerse en los caminos del monte. Este talismán consistía en un duro antiguo o una moneda de plata envuelta en un pañuelo blanco y adherida al ombligo: si se tornaba negra, era señal de que la bestia no andaba lejos.
Y no digo que todo esto sea cierto ni que a las brujas les diviertan especialmente los descreídos; pero, así y todo, es mejor andarse con cuidado si se camina cerca de La Laguna Grande.

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(Leyenda extractada de la obra EL CORAZÓN DE LA GOMERA, de Manuel Mora Morales. Todos los derechos de reproducción reservados.).

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