El club de los gritones

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Cuando lo que dice no interesa a nadie, la gente suele gritar para estar segura de que alguien la escucha.

Hay un rincón en El Médano, una localidad costera de Tenerife, donde me gusta pasar algunas mañanas, leyendo o escribiendo. Corre una brisa fresca y el sonido de las pequeñas olas favorece la tranquilidad que se respira junto al mar. Hay otros lugares en la isla tan hermosos o más que El Médano, pero difícilmente más relajados.

Sin embargo, esta mañana comenzó a atronar un altavoz, a poca distancia de la arena, con una voz chillona y desagradable que llamaba a contemplar cómo unos hombres cocinaban en una improvisada carpa. Cual si se tratara de un partido de fútbol radiado, aquel altavoz describía y repetía hasta la saciedad la manera en que se hacía una vinagreta para una ensalada y, después, no sé cuántas otras recetas que iban desarrollando aquellos cocineros. Pocos se acercaron al sitio de los gritones, porque ni el asunto ni los gritos despertaban el mínimo interés.

Sin embargo, toda la playa, las cafeterías, los restaurantes,… tuvieron que soportar durante mucho tiempo aquella pejiguera monótona, pagada por el ayuntamiento para –según su propia publicidad– mejorar la salud de los vecinos.

Supongo que muchos, igual que yo, huyeron de El Médano en busca de un lugar más tranquilo, donde los altavoces no le pongan a uno los nervios a flor de piel y la machaconería del locutor no le triture las neuronas. En resumen, parece que la contaminación acústica extrema es imprescindible para concienciar al público de que debe cuidar su salud, sin siquiera dejarle disfrutar tranquilamente del asueto del fin de semana.

Naturalmente, ni el señor de los gritos ni el ayuntamiento tienen la menor intención de prevenir las enfermedades de los vecinos. Lo único que pretenden es difundir el mensaje de que desean hacerlo y que, además “están en ello”. Por eso, utilizan enormes altavoces, sin importarles el bienestar de quienes se hallan en los alrededores rezando para que se acabe este suplicio municipal lo antes posible.

Pero es que cuando lo que dice no interesa a nadie, la gente suele gritar para que la oigan.

Es rara la mañana que no escucho hablar a cierta mujer a gritos. Siempre dice lo mismo: hace mucho frío o hace mucho calor (¡en Tenerife!) y se siente mal de (ponga usted aquí cualquier cosa que ella ya se habrá quejado de eso diez veces). La mujer otea para cerciorarse sobre quien tiene más cerca, luego le clava la mirada para impedirle huir y con su vozarrón de voceador de barrenos le endilga el sermón durante muchos minutos. Como siempre repite la misma cantaleta, cualquiera de sus oyentes conoce por adelantado cuanto va a decirle. No obstante, la víctima no se levanta de su silla por no tener menos educación que esta señora mal educada.

Ya digo, cuando lo que la gente dice no interesa a nadie, suele gritar para que la oigan… y, después, mirar alrededor para observar, ufanamente, el efecto de sus gritos.

Lo mismo sucede con muchos políticos hueros, que gritan hasta desgañitarse diciendo memeces; o muchos profesores para que los alumnos no se atrevan a preguntarles sus ignorancias; o muchos médicos que reprenden al enfermo que no han sabido curar antes de que proteste; o muchos mentirosos a los amigos que encuentran en el bar; o muchos… En fin, toda esa gente que suele gritar para que la oigan, porque si hablara en voz baja, nadie escucharía sus majaderías.

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