Immanuel Kant, la belleza y el Kanariensekt: cuando se filosofa sobre el vino canario. TERCERA PARTE

El filósofo alemán Enmanuel Kant nació en 1724, en Königsberg (ciudad que entonces pertenecía a Prusia), lo cual nos garantiza que desde su juventud debió conocer el vino canario. Y si no lo bebió de forma temprana, debido a su rígida educación religiosa; al menos, tuvo que oír nombrar a menudo el Kanariensekt, como denominaban los alemanes del siglo XVIII al Malvasía canario, el mismo vino conocido en los países anglosajones como Canary wine.

Kant publicó su famosa obra Crítica del Juicio (Kritik der Urteilskraft) a los sesenta y seis años, una edad a la que ya había tenido tiempo sobrado de saborear los vinos canarios que se exportaban a Centro Europa. Y no hace falta ser muy imaginativo para pensar que el etéreo filósofo tenía una copa de Kanariensekt al alcance de la mano, mientras redactaba su célebre Capítulo Séptimo, titulado Comparación de lo bello con lo agradable y lo bueno, fundada sobre la precedente observación. Y realizo esta afirmación porque en esta parte Kant menciona el vino canario, dando por sentado que se trataba de una bebida de calidad, conocida por todos sus posibles lectores . De manera que para ilustrar la profunda paradoja que enunciaba, debió encontrar el ejemplo ante sus propios ojos.

El párrafo del Kanariensekt está traducido a todos los idiomas y es una cita obligada para cualquier estudioso de Kant, sobre todo en lo relativo a la universalidad de la belleza, la bondad y el gusto. Con seguridad, se trata de la cita sobre el vino canario que más comentarios ha despertado desde que fue escrita y, exceptuando la incluida en el Enrique IV de William Shakespeare, ninguna otra cita sobre el Canary ha sido leída o escuchada por tanta gente en tantos países.

En el inextricable bosque de opiniones filosóficas sobre el párrafo nombrado, cuyos lindes se prolongan hasta la actualidad, he encontrado párrafos sabrosísimos –debidos sobre todo a quienes desconocen el vino canario y su historia–, dignos de figurar en una antología del disparate… filosófico y enológico. Desde la acusación al autor de utilizar un ejemplo poco apropiado y conocido hasta el reproche de menospreciar a los bebedores de otros vinos puesto que “el vínculo estético establecido respecto al mundo parece menos intensa y vívida que el formado entre los que gustan el Canary wine.” Sin embargo, dejaré esos comentarios para otra ocasión porque, en ésta, prefiero incluir completo el famoso texto kantiano, tanto el original como una traducción al español:

Por lo que se refiere a lo agradable, cada uno reconoce que el juicio por el cual se declara que una cosa agrada, fundándose sobre un sentimiento particular, no tiene valor más que para cada uno. Esto es así, porque cuando yo digo que el vino de Canarias es agradable, consiento voluntariamente que se me reprenda y se me corrija, el que deba decir solamente que es agradable para mí; y eso no es aplicable solamente al gusto de la lengua, del paladar o de la garganta, sino también a lo que puede ser agradable a los ojos y a los oídos.

Para éste, el color violeta es dulce y amable; para aquél, empañado y amortiguado. Unos quieren los instrumentos de viento, otros los de cuerda. Sería una locura pretender contestar aquí, y acusar de error el juicio de otro, cuando difiere del nuestro, como si hubiera entre ellos oposición lógica; tratándose de lo agradable, es necesario, pues, reconocer este principio: que cada uno tiene su gusto particular (el gusto de sus sentidos).

Otra cosa sucede tratándose de lo bello. En esto, ¿no sería ridículo que un hombre que se excitara con cualquier gusto, creyera tenerlo todo resuelto, diciendo que una cosa (como por ejemplo, este edificio, este vestido, este concierto, este poema, sometidos a nuestro juicio) es bello por sí?

Es que no basta que una cosa agrade para que se tenga derecho a llamarla bella. Muchas cosas pueden tener para mí atractivo y encanto, y con esto a nadie se inquieta; pero, cuando damos una cosa por bella, exigimos de los demás el mismo sentimiento, no juzgamos solamente para nosotros, sino para todo el mundo, y hablamos de la belleza como si ésta fuera una cualidad de las cosas.

También si digo que la cosa es bella, pretendo hallar de acuerdo consigo a los demás en este juicio de satisfacción, no es que yo haya reconocido muchas veces este acuerdo, sino que creo poder exigirlo de ellos. No se puede decir aquí que cada uno tiene su gusto particular. Esto quiere decir que en este caso no hay gusto: es decir, que no hay juicio estético que pueda legítimamente reclamar el asentimiento universal.

Nosotros hallamos, sin embargo, que aun respecto al sujeto de lo agradable puede haber cierto acuerdo entre los juicios de los hombres: en atención a este acuerdo es por lo que rehusamos el gusto a algunos y lo concedemos a otros, no considerándolo solamente como a sentido orgánico, sino como una facultad de juzgar de lo agradable en general. Así se dice de un hombre que sabe distraer a sus conciudadanos con toda especie de encantos (de placeres) que tiene gusto. Pero todo esto se hace aquí, por vía de comparación, y no se puede hallar más que reglas generales (como todas las reglas empíricas), y no reglas universales, como aquellas a las que puede apelar el juicio del gusto, tratándose de lo bello. Esta especie de juicios son relativos a la sociabilidad en tanto que ésta descansa sobre reglas empíricas. Relativamente a lo bueno, nuestros juicios tienen también el derecho de pretender un valor universal; pero lo bueno no se representa como el objeto de una satisfacción universal más que por un concepto, lo que no es cierto de lo agradable ni de lo bello. [1]

(Immanuel Kant: Crítica del Juicio, 1790)

NOTAS

[1] 7. Vergleichung des Schönen mit dem Angenehmen und Guten durch obiges Merkmal

In Ansehung des Angenehmen bescheidet sich ein jeder: daß sein Urteil, welches er auf ein Privatgefühl gründet, und wodurch er von einem Gegenstande sagt, daß er ihm gefalle, sich auch bloß auf seine Person einschränke. Daher ist er es gern zufrieden, daß, wenn er sagt: der Kanariensekt ist angenehm, ihm ein anderer den Ausdruck verbessere und ihn erinnere, er solle sagen: er ist mir angenehm; und so nicht allein im Geschmack der Zunge, des Gaumens und des Schlundes, sondern auch in dem, was für Augen und Ohren jedem angenehm sein mag. Dem einen ist die violette Farbe sanft und lieblich, dem andern tot und erstorben. Einer liebt den Ton der Blasinstrumente, der andre den von den Saiteninstrumenten. Darüber in der Absicht zu streiten um das Urteil anderer, welches von dem unsrigen verschieden ist, gleich als ob es diesem logisch entgegengesetzt wäre, für unrichtig zu schelten, wäre Torheit; in Ansehung des Angenehmen gilt also der Grundsatz: ein jeder hat seinen eigenen Geschmack (der Sinne).

Mit dem Schönen ist es ganz anders bewandt. Es wäre (gerade umgekehrt) lächerlich, wenn jemand, der sich auf seinen Geschmack etwas einbildete, sich damit zu rechtfertigen gedächte: dieser Gegenstand (das Gebäude, was wir sehen, das Kleid, was jener trägt, das Konzert, was wir hören, das Gedicht, welches zur Beurteilung aufgestellt ist) ist für mich schön. Denn er muß es nicht schön nennen, wenn es bloß ihm gefällt. Reiz und Annehmlichkeit mag für ihn vieles haben, darum bekümmert sich niemand; wenn er aber etwas für schön ausgibt, so mutet er andern eben dasselbe Wohlgefallen zu: er urteilt nicht bloß für sich, sondern für jedermann, und spricht alsdann von der Schönheit, als wäre sie eine Eigenschaft der Dinge. Er sagt daher, die Sache ist schön; und rechnet nicht etwa darum auf anderer Einstimmung in sein Urteil des Wohlgefallens, weil er sie mehrmalen mit dem seinigen einstimmig befunden hat, sondern fordert es von ihnen. Er tadelt sie, wenn sie anders urteilen, und spricht ihnen den Geschmack ab, von dem er doch verlangt, daß sie ihn haben sollen; und sofern kann man nicht sagen: ein jeder hat seinen besondern Geschmack. Dieses würde so viel heißen, als: es gibt gar keinen Geschmack, d. i. kein ästhetisches Urteil, welches auf jedermanns jeder manns Beistimmung rechtmäßigen Anspruch machen könnte.

Gleichwohl findet man auch in Ansehung des Angenehmen, daß in der Beurteilung desselben sich Einhelligkeit unter Menschen antreffen lasse, in Absicht auf welche man doch einigen den Geschmack abspricht, andern ihn zugesteht, und zwar nicht in der Bedeutung als Organsinn, sondern als Beurteilungsvermögen in Ansehung des Angenehmen überhaupt. So sagt man von jemanden, der seine Gäste mit Annehmlichkeiten (des Genusses durch alle Sinne) so zu unterhalten weiß, daß es ihnen insgesamt gefällt: er habe Geschmack. Aber hier wird die Allgemeinheit nur komparativ genommen; und da gibt es nur generale (wie die empirischen empirischen alle sind), nicht universale Regeln, welche letzteren das Geschmacksurteil über das Schöne sich unternimmt oder darauf Anspruch macht. Es ist ein Urteil in Beziehung auf die Geselligkeit, sofern sie auf empirischen Regeln beruht. In Ansehung des Guten machen die Urteile zwar auch mit Recht auf Gültigkeit für jedermann Anspruch; allein das Gute wird nur durch einen Begriff als Objekt eines allgemeinen Wohlgefallens vorgestellt, welches weder beim Angenehmen noch beim Schönen der Fall ist.

(Immanuel Kant, Kritik der Urteilskraft)

(Continuará)

Ver anterior artículo de esta serie:

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