¿Una réplica surrealista del Ídolo de Tara en el Museo Reina Sofía de Madrid? A propósito de una obra de Ferrant

En una escultura de Ferrant, expuesta al público en una exposición de arte moderno, se advierte algo más que reminiscencias del más famoso ídolo aborigen canario

Hace unos días me detuve para contemplar y fotografiar la obra Majestad (1951), de Ángel Ferrant, en el Museo Reina Sofía. Es posible que ya la hubiese visto, en Valladolid tal vez, pero lo cierto es que si la vi alguna vez no le presté demasiada atención.

En mi última visita a esta galería –coincidiendo con la exposición Piedad y terror en Picasso: el camino a Guernica– la pequeña escultura despertó mi interés. Me recordó de inmediato el Ídolo de Tara, una estatuilla aborigen que se encuentra en el Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria.

De izquierda a derecha: Diosa Grávida, Venus de Lespugue, Ídolo de Tara y Majestad, de Ferrant.

Un vistazo a estas dos figuras –Majetad de Ferrant y el Ídolo de Tara – nos sugiere de inmediato cierta relación entre ellas. Una relación que se acentúa cuando observamos otras venus prehistóricas que, aún siendo figuras relacionadas con la maternidad, no se vinculan de forma tan evidente con Majestad,

De izquierda a derecha: Majestad, de Ferrant, y el Ídolo de Tara, depositado en el Museo Canario.

Las dudas tienden a disiparse cuando prestamos atención al cuello, a la cabeza y a la disposición de los pechos del ídolo de Tara y los comparamos con los mismos elementos de la escultura de Ferrant: las semejanzas son verdaderamente notorias.

Mujer (1950), de Mathias Goeritz.

La Majestad, de Ferrant, data de 1951, sólo un año después de que Goeritz, uno de los principales impulsores de grupo Altamira, realizara la escultura Mujer que dedicó a su amigo Ángel Ferrant (junto con otra similar titulada Hombre).

En esta Mujer es posible reconocer algunos rasgos estilísticos de la que crearía un año más tarde Ferrant. Éste es un dato a tener en cuenta para inferir los antecedentes de Majestad, quizás la obra de Goeritz condujo a Ferrant a descubrir el Ídolo de Tara , si tal circunstancia llegó a producirse.

El Ídolo de Tara,  visto de perfil.

El ídolo de Tara, una venus canaria

El Ídolo de Tara es parte de un regalo del doctor Chil y Naranjo al Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria a finales del siglo XIX. No está claro que fuera hallado en el pueblo de Tara (municipio de Telde) y algunos investigadores opinan que se pudo encontrar en los alrededores de la Cueva Pintada de Gáldar. Desde la década de 1970, a raíz del despertar de la cultura nacionalista, esta figurita ha adquirido una gran popularidad entre la población canaria y se ha difundido en obras de arte, reproducciones cerámicas, libros de texto, medios de comunicación y todo tipo de souvenirs para turistas.

Sobre Ángel Ferrant

Ángel Ferrant, en su estudio, después de haber sufrido un accidente en 1954.

El escultor Ángel Ferrant (Madrid, 1890 – 1961) estaba vinculado con Canarias y parece natural que su obra contuviera algunas resonancias del archipiélago. Casualidad o no, en la pared próxima a su escultura cuelga Pictografía canaria (1951), un cuadro de la etapa guanchista (coincidente con la creación de Majestad y anterior a los muros y a las arpilleras) del canario Manuel Millares, buen amigo de Ferrant. Sobre este último la crítica ha asegurado que fue, después de Joan Miró, “el artista más interesante y completo entre los que se quedaron en España tras la contienda”.1

Detrás de Majestad, de Ferrant, se puede ver el lienzo Pictografía canaria (1951), de Manolo Millares.

La conexión canaria le llegó, principalmente, por el crítico tinerfeño Eduardo Westerdahl, el cual conocía a Ferrant desde los primeros años de la década de 1930, cuando el madrileño participó en la revista Gaceta de Arte , junto a Gertrude Stein, André Gide, Tristan Tzara, etc.

Posteriormente, esta relación se prolongó en el tiempo y se reencontrarían en el grupo Amics de l’Art Nou, la gran Exposición de Arte contemporáneo en el Círculo de Bellas Artes de Tenerife (1936), la creación del grupo Altamira (1948), la revista De Arte, publicada por Westerdahl y García Cabrera (1950), el desaparecido Museo de Arte Moderno del Puerto de la Cruz (1953) con la asistencia de Ferrant que disertó en su inauguración, etc.

En la actualidad, se conserva un dibujo de Ángel Ferrant en el Instituto de Estudios Hispánicos del Puerto de la Cruz.

Eduardo Westerdahl.

Asimismo, en el Archivo Histórico Provincial del Gobierno de Canarias, en Tenerife, es posible consultar las cartas de Ferrant a Westerdahl, en las que se evidencia la gran amistad que los unía. Existe abundante documentación sobre esta relación, habida cuenta de los artículos que Westerdahl escribió sobre el escultor dentro y fuera de Canarias.

Y aquí habría que mencionar el escrito que durante la inauguración del Museo de Arte de Westerdahl entregó a su amigo Manuel Millares para una exposición en Gran Canaria en el año 953.

Indudablemente, estas relaciones en el archipiélago debieron influir en el escultor y, tal vez, proporcionarle el conocimiento de algunos elementos de la cultura aborigen canaria. Ya se ha comentado que en esos momentos Millares pintaba cuadros relacionados con la cultura insular prehispánica y es posible que mencionara el tema a su amigo.

Vista posterior de “Majestad”, de Ferrant.

Como tantos contemporáneos, Ángel Ferrant –a pesar de considerar siempre la figura humana como irrenunciable– evolucionaría de manera apreciable durante su trayectoria artística. Desde sus posiciones iniciales arribaría al primitivismo, a la composición de móviles, a las formas orgánicas,… No fue un surrealista, ni un primitivista, ni un constructivista ni se le puede encasillar en un solo movimiento: bebió de varias fuentes artísticas de su época, pero siempre mantuvo una relación estrecha con el arte abstracto.

Ferrant fue una rara avis cuya abundante obra estaba poco reconocida fuera de un reducido grupo de artistas y críticos hasta el año de su muerte, cuando expuso en la Bienal de Venecia.

En el Patio Herreriano de Valladolid se encuentra, preservado y catalogado, un amplio fondo documental sobre Ángel Ferrant que incluye su biblioteca privada, esculturas, dibujos y otro material de gran interés.

Sin entrar en otras disquisiciones, parece razonable pensar que Ángel Ferrant tenía información sobre el Ídolo de Tara, bien fuera a través de su amigo Manolo Millares, bien por su visita al Museo Canario de Las Palmas o por alguna ilustración publicada en la revista del propio museo.

Sin embargo, no conozco ningún texto de Ferrant, de Westerdahl o de cualquier otro que relacione a ambas esculturas. Desgraciadamente, los canarios que conocieron bien a Ferrant –ya desaparecidos como Manuel Millares o Eduardo Westerdahl– no pueden confirmar o negar esta hipótesis.

De cualquier manera, incluso si no existe la relación que se apunta en este escrito y sí, pongamos por caso, con la cretense diosa de la serpiente,2 creo que ha servido al menos para refrescar la memoria de una relación fructífera entre el gran Ángel Ferrant y los intelectuales canario durante la Segunda República y las dos primeras décadas del franquismo.

 

PARA SABER MÁS

  1. Se puede consultar una excelente biografía de Ángel Ferrant en este enlace.
  2. Ángel Ferrant y Eduardo Westerdahl: un diálogo lúcido y continuo, de Carmen Bernárdez Sanchís, en Catharum, pp 046-059, Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias, 2002.
  3. The interpretation of Goddess: interview with Marija Gimbutas. Ir.

NOTAS

  1. Valeriana Bozal: Antes del Informalismo. Monografías de Arte Contemporáneo nº 1, Museo Reina Sofía, Madrid, 1996
  2. Una de las imágenes de Diosa de la Serpiente encontrada en Creta y perteneciente al Paleolítico también podría estar relacionada con la obra de Ferrant, si aceptamos que los dos elementos que descansan sobre las piernas de la figura representan a serpientes, en lugar de espermatozoides que fecundan. No obstante, si  nos fijamos bien, su mayor parecido es con un par de sanguijuelas.   
  3. sanguijuela
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El invierno veranea: poca broma

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     Uno va en camiseta por la Europa del calentamiento global

durante los últimos días de diciembre en este 2016.

El sol brilla en un cielo azul pintado por Rubén Darío

y en los árboles de plátano algunas hojas refulgen más que los rubíes.

Que nadie se alarme: sólo es un anuncio del final del planeta.

Y será un final espléndido. Pueden creerlo: algo espectacular.

Busquen butaca en primera fila. Desapareceremos

en medio de un apoteósico despliegue de belleza decadente.

Se escribirán libros y se realizarán películas que hablen de tanto, tanto esplendor.

Cuando todo termine, no habrá nadie para leer esas páginas

ni para admirar los sublimes planos cinematográficos.

Pero no se alarmen: todo ese arte quedará ahí depositado,

en la soledad de los estantes,

esperando,

esperando a que se arregle el pasado.

Shakespeare contra Cervantes: KO en el primer asalto

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Nos han anunciado por tierra mar y aire que se cumplen cuatrocientos años de la muerte de dos genios de las letras: Cervantes y ShakespeareShakespeare y Cervantes. A pocas semanas de finalizar 2016, va llegando la hora de analizar estas conmemoraciones y, con sólo fijarse un poco, se ve que son notables las diferencias entre una conmemoración y otra.

Shakespeare escribió poesía y teatro; Cervantes, novela y teatro. No hace falta decir que la producción dramática y lírica del primero fue superior a la del segundo y que las novelas de don Miguel superaron a las de don William, por la sencilla razón de que el inglés no escribió ninguna. Hasta aquí creo que existe consenso general, excepto en algún español carvernícola y carpetovetónico, que haberlos haylos todavía.

LAS SOSAS EXPOSICIONES SOBRE LITERATOS

Conmemorar cualquier faceta de un escritor, aunque sea su muerte, tiene sus complicaciones. Sólo hay que observar el escaso éxito de las exposiciones sobre cualquier literato. La cuestión es por qué se utiliza este canal, en lugar de otros más apropiados para la difusión de la literatura y de sus artífices, los literatos. Nada es más aburrido que acudir a una sala para ver unos cuantos papeles viejos que casi no se pueden leer, cuadernos amarillentos por el tiempo de los que sólo nos muestran una o dos páginas, alguna pluma, un tintero, una silla o un escritorio, una boina quizás o unas gafas,… En fin, una colección de objetos que no tienen más ídem que llenar algunas vitrinas y justificar una obligada conmemoración. En el caso de Cervantes, ni siquiera eso.

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Vivienda de Cervantes, en la calle Real de Alcalá de Henares.

Es cierto que en su casa de Alcalá de Henares he visto una pequeña cola de visitantes dispuestos a pagar para entrar dentro de sus muros. La pregunta es obvia. ¿Qué puede aportar a un admirador de Cervantes contemplar unos cuartos viejos y algún mueble destartalado?

En mi opinión, solamente la satisfacción de contarle a la familia y a los amigos que “entré en la casa de Cervantes”, como si eso justificara que jamás pasara de la primera página de El Quijote, en el caso de que la haya leído completa.

No tengo nada en contra de que cada uno entre donde quiera, y donde lo dejen entrar, pero tengo la seguridad de que los escritores y las exposiciones son incompatibles, no casan. Las exposiciones son para que los artistas plásticos nos muestren su obra, no para ver folios garabateados ni orinales viejos.

AI WEIWEI Y MIGUEL DE CERVANTES, ¿COLEGUITAS?

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Cartel de la exposición sobre Cervantes con Ai Weiwei en Cuenca.

Esa incompatibilidad la demuestra otra exposición, que todavía en estos días se anuncia a bombo y platillo en las emisora de radio y televisión, titulada “La poética de la Libertad”, dedicada a Cervantes y “decorada” por Ai Weiwei y los llamados pintores informalistas, en la catedral de Cuenca.

Hace unos días, aprovechando un viaje de trabajo a Madrid, me desplacé hasta esa ciudad, con la intención de contemplar lo expuesto por el artista chino, cuya obra admiro desde hace años. Pero no debí haber ido.

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Maravillosa catedral de Cuenca, donde tuvo lugar una exposición de muy bajo interés.

Me compensó la catedral gótica de Cuenca, que en los días despejados se convierte en una auténtica antorcha solar alimentada por la luz que filtran las vidrieras.

También me sentí reconfortado por la obra de dos canarios que participan en la reducida muestra colectiva de pintores informalistas: un fantástico cuadro de Millares y una extraña y bella escultura de Chirino que roba al aire sus espirales y las derrama por el suelo.

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Obra de Chirino.

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Los autores informalistas de las ocho obras expuestas.

En cuanto a la obra Ai Weiwei, confieso que no me gustó, a pesar de que casi toda su producción me parece genial. En esta instalación, titulada S.A.C.R.E.D., se evidencia un narcisismo excesivo e innecesario para denunciar la falta de libertades en su país: seis cajas metálicas (que deben medir unos 5 m de largo, por 2 de ancho y 1,5 de alto) colocadas dentro de otra caja grande, a manera de contenedor.

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Cajas de la instalación de Ai Weiwei.

Dentro de cada una de estas cajas, se encuentran tres esculturas que representan a Ai WeiWei y a un par de policías chinos, cuyo estilo recuerda los juguetes infantiles de hace unos años. Nos cuentan escenas de la detención del artista, siempre custodiado por sus dos guardianes, incluso cuando entra a hacer sus necesidades.

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Interior de una de las cajas de la exposición de Ai Weiwei.

El espectador puede ver todo esto, que está iluminado por una luz fluorescente, utilizando una mirilla colocada en cada caja. No hay nada alegórico: todo tiene un tratamiento realista: todo gira en torno a Ai Weiwei, quien se presenta como el héroe encadenado, cual reencarnación de John Lenon sin Yoko Ono en la cama del hotel Ritz.

CERVANTES, EN LA PAPELERA

¿Y Cervantes? Su presencia en esa exposición se reduce a cuatro frases en paneles que tratan de justificar una exposición que no visita nadie. En realidad, ¿qué otra cosa se puede hacer para conmemorar a un novelista con una exposición?

Quizás, habría que olvidarse de las exposiciones sobre escritores y de los que viven de montarlas y de conmemorar sus vidas y sus muertes. Quizás, sería más útil popularizar sus libros en emisoras, periódicos, escuelas y universidades.

Naturalmente, hay otras opciones. Me viene a la memoria una visita realizada hace años a la casa de Máximo Gorki, en Heringsdorf (isla de Usedom), donde una actriz contaba de manera fantástica cinco o seis veces al día uno de los cuentos del autor ruso.

Aunque no he tenido la suerte de asistir a alguna representación (excepto un descabellado intento de escenificar El Quijote, que no puedo decir que vi sino que dormí), sé que en este año se han realizado escenificaciones de obras dramáticas de Cervantes. El ruido mediático por esas puestas en escena ha sido poco; y es comprensible, puesto que la muerte de William Shakespeare en el mismo año de 1616 ha actuado como sordina para la obra teatral cervantina.

SHAKESPEARE HASTA EN LA SOPA

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Shakespeare en el Teatro Nacional de Lisboa, en 2016.

Las representaciones de las obras de Shakespeare han sido abundantes y de todo pelaje. He sufrido unas y he disfrutado otras, como la espléndida puesta en escena, en el Teatro Real de Madrid, de la ópera Otelo, de Verdi, inspirada en el drama shakesperiano del mismo nombre (un drama que, por cierto, no se construye sobre los celos de Otelo, sino sobre las insidias de Yago que envenenan el corazón del protagonista); la escenificación de Ricardo III, llevada a cabo en un patio del espectacular castillo del Conde de Niebla, a pocos kilómetros de Palos de la Frontera; la deconstrucción de Romeo y Julieta, en el Teatro Nacional de Lisboa, por los “Artistas da Companhia Nacional de Bailado” de Portugal; la derivación cómica de Macbeth, dentro de las Noches del Fonseca en la Universidad de Salamanca; etc.

En todas estas representaciones la afluencia de público fue numerosa y, como sucedió en el caso de Otelo, en ocasiones las entrada se agotaron varias semanas antes.

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Basta mirar este cartel para comprobar que las obras de Shakespeare han sido más representadas que las de Cervantes, incluso en España, durante el año 2016.

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COMPARACIONES ODIOSAS, COMPARACIONES NECESARIAS

En definitiva, se ha conmemorado sobradamente a William Shakespeare y obligada y solapadamente a Miguel de Cervantes. Es posible que a un novelista no se le pueda sacar tanto partido mediático y popular como a un dramaturgo, pero no es menos cierto que existen ciertos países donde las instituciones públicas consideran una molestia celebrar efemérides culturales de verdadera importancia, mientras otros saben sacar partido a las suyas.

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El Teatro Real de Madrid anuncia la ópera Otelo.

Si alguien desea comparar, sólo tiene que recordar los fastos llevados a cabo en 1992, para conmemorar la llegada a América de los españoles, y la paupérrima celebración que se está llevando a cabo sobre Miguel de Cervantes.

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Estatua de Miguel de Cervantes que preside un parque en Alcalá de Henares.

El cuadro maldito

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El famoso autorretrato de Victor Brauner.

En una visita que realicé hace unas semanas al museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Niza (MAMAC), encontré un cuadro de Victor Brauner que me trajo a la memoria la siguiente historia, relacionada con otra obra del mismo pintor. Me refiero a un cuadro que fue pintado en París, que tiene relación con Canarias y se creyó que estaba embrujado. Esta historia increíble, pero cierta y que cualquiera puede comprobar fácilmente, es la siguiente.
Como he dicho, el pintor se llamaba Victor Brauner,[1] un rumano que fue amigo de André Breton y que expuso en Tenerife en la exposición surrealista de 1935. Es decir, era un personaje importante y lo sigue siendo cincuenta años después de muerto, con obras en los principales museos del mundo.
A este hombre se le ocurrió pintar un autorretrato tuerto en el año 1931. Como se evidencia en la imagen, se pintó a sí mismo con un ojo menos, aunque él veía perfectamente por los dos suyos.

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El pintor surrealista Esteban Francés.


Bruner era amigo del pintor tinerfeño Óscar Domínguez, al cual no le disgustaba tener una pelea a puñetazos de vez en cuando. Un día del verano de 1938 se encontraba en un bar parisiense peleando con su colega el catalán Esteban Francés[2]. La verdad es que Óscar estaba machacando a Francés y un amigo de ambos trataba de sujetar al canario. Por su parte, Brauner también intentó proteger a Esteban Francés interponiendo su cuerpo. En mala hora.

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Óscar Domínguez, pintor nacido en Tenerife (Islas Canarias).


Domínguez agarró un vaso que tenía a mano, se bebió de un trago lo que contenía y, a continuación, se lo arrojó al catalán. Sin embargo, erró el tiro, le acertó a Brauner en un ojo y lo dejó tuerto, siete años después de que el pintor rumano se pintara a sí mismo con un ojo menos.
Con la ayuda del canario Óscar Domínguez, se cumplió la autoprofecía surrealista de Victor Brauner.
Muchos creyeron que el cuadro estaba estaba maldito y que no se debe hacer bromas con según qué cosas. Una superstición como otra cualquiera, pero no me digan que no es para sorprenderse con casualidades como ésta.

 

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[1] Victor Brauner (15 de junio de 1903 – 12 de marzo de 1966) fue un pintor rumano.

Nació en Piatra Neamţ. Se estableció con su familia en Viena durante varios años. Estudió en la Academia de Bellas Artes de Bucarest (1919-1921) y en la escuela privada de pintura de H. Igiroşeanu. En 1925 llevó a cabo su primer viaje a París, del que regresó en 1927. En el período 1928-1931 contribuyó a la revista Unu (una publicación periódica de vanguardia con tendencias dadaístas y surrelistas), que publicó reproducciones de la mayor parte de sus cuadros y obras gráficas.

En 1930 se estableció en París, donde conoció a Constantin Brancusi, quien le instruyó en los métodos de la fotografía artística. En esta misma época se convirtió en amigo del poeta rumano Benjamin Fondane y conoció a Yves Tanguy, quien más tarde le introdujo en el círculo de los surrealistas. En 1931 pintó un autorretrato con un ojo tuerto, un tema premonitorio.

En 1933, André Breton escribiría el texto para el catálogo de la primera exposición individual de Brauner en París, en la Galerie Pierre. Posteriormente fue incluido en la exposición surrealista de Tenerife, organizada por Óscar Domínguez en 1935, año en que Brauner regresó a Bucarest. Allí se unió a las filas del Partido Comunista Rumano durante un breve período, sin una convicción muy firme.

En 1938 regresó a Francia. El 28 de agosto perdió su ojo izquierdo al mediar en una violenta discusión entre Óscar Domínguez y Esteban Francés. Brauner intentó proteger a Esteban y fue golpeado por un cristal lanzado por Domínguez: la premonición se había hecho realidad. Ese mismo año conoció a Jaqueline Abraham, que se convirtió en su esposa.

Abandonó París durante la invasión alemana de Francia de 1940, junto con Pierre Malbille. Vivió durante un tiempo en Perpiñán, en casa de Robert Rius, luego en Cant-Blage, en los Pirineos Orientales y en Saint Feliu d’Amont, donde quedó recluido forzosamente.

En 1959, estableció el taller en la calle Lepic. En 1961 viajó de nuevo a Italia. Ese mismo año, la Galería Bodley de Nueva York montó una exposición individual de la obra de Brauner. Se estableció en Varengeville en Normandía, donde pasó la mayor parte de su tiempo trabajando.

Murió en París como resultado de una larga enfermedad. El epitafio de su tumba en el cementerio de Montmartre es una frase de su cuaderno de notas: «Peindre, c’est la vie, la vraie vie, ma vie» («Pintar es la vida, la verdadera vida, mi vida»).

[2] ESTEBAN FRANCÉS. Pintor surrealista nacido en Portbou, Gerona en 1913, pasó sus primeros años en Figueras hasta 1925, año en el que se traslada con su familia a Barcelona. En esta ciudad, cursó la carrera de Derecho, abandonándola poco antes de finalizarla mientras asistía a la Escuela de la Lonja. En la década de 1930, Francés se implicó sentimentalmentemente con la pintora catalana Remedios Varo.

Tras el estallido de la Guerra Civil española, en el año 1937 se exilió a París, donde se integró en el grupo de los surrealistas. La segunda guerra europea le llevó, en 1940, a México, y dos años después a Estados Unidos. Estableció su residencia definitiva en Nueva York y allí coincidió con otros surrealistas, como André Breton, Yves Tanguy, Óscar Domínguez, Victor Brauner, Roberto Matta y Gordon Onslow Ford y Max Ernst.

Irène Hamoir cuenta, como anécdota, una discusión y pelea en 1938, entre Óscar Domínguez, sujetado por Louis Scutenaire, y Francés, inmovilizado por Victor Brauner, quien intentando proteger a Esteban fue alcanzado por un vaso arrojado por Domínguez, y perdió permanentemente su ojo izquierdo. También estaban presentes Paul Éluard, Georges Hugnet, Wolfgang Paalen, Benjamin Péret y Yves Tanguy.1

Esteban Francés falleció en Deiá, Palma de Mallorca en 1976.

 

Ruiz de Padrón, foto a foto (7ª entrega: su camino a las Cortes de Cádiz: desde Orense a Vigo)

ARPcabecera Ruiz de Padrón (Canarias, 1757-1823, Galicia) viajó por América y por Europa durante parte de los siglos XVIII y XIX. Seguir sus pasos en la actualidad no ha sido sencillo, a pesar de contar con medios de transporte infinitamente más rápidos.

Para novelar su vida (cuatro novelas: La isla transparente, Canarias, El discurso de Filadelfia y El Diputado), durante años, he tratado de recorrer sus mismas rutas en ambos continentes. He aprovechado mis viajes para capturar muchas horas de vídeo y miles de imágenes fotográficas en los lugares que visitó el ilustre personaje. Asimismo, incluyo pinturas y grabados que guardan relación con sus desplazamientos.

En esta serie de páginas virtuales publico las fotografías más interesantes y representativas de esas rutas, sin tener en cuenta un orden cronológico, pero con los comentarios pertinentes para orientar a los visitantes de este blog.

Bienvenidos todos.

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SÉPTIMA ENTREGA

RUMBO A LAS CORTES DE CÁDIZ. VIAJE DESDE ORENSE A VIGO

En el año 1811, Antonio Ruiz de Padrón recibió una carta desde Canarias con su nombramiento como Diputado del Congreso por las islas de La Gomera, La Palma, Lanzarote y Fuerteventura.

Para un hombre que había asistido al nacimiento de la Constitución de los Estados Unidos y recorrió Europa durante los estertores del Antiguo Régimen y el nacimiento de las democracias modernas, no podía haber una noticia mejor.

Ruiz de Padrón salió de Valdeorras (Orense) en dirección a Vigo, con la intención de atravesar Portugal –libre de tropas napoleónicas– y llegar a Cádiz sin caer en manos de los franceses.

Esta fatigosa y larga ruta era la más segura. Le condujo por Rivaldavia, Vigo, Tui, Valença do Minho, Viana do Castelho, Oporto, Coimbra, Santarem, Lisboa, Montijo, Évora, Beja, Faro, Vila Real, Ayamonte y otras poblaciones intermedias. Una vez en Ayamonte, se dirigió a Isla Canela y embarcó hacia Cádiz.

He recorrido esos caminos, siguiendo los pasos de Ruiz de Padrón. Muchos son los vídeos y las fotos que guardo de la ruta. En esta serie de artículos, se pueden encontrar algunas de esas fotografías.

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Ruta seguida por Ruiz de Padrón en su viaje desde Valdeorras (Orense)  a finales de 1811 para tomar posesión de su acta de diputado en las Cortes de Cádiz. La línea azul indica su desplazamiento en barco desde Isla Canela, en Ayamonte, hasta la bahía de Cádiz.

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Todavía se encuentran reminiscencias de antiguas costumbres agrícolas en la ruta, como estas mazorcas de maíz o de millo puestas a secar a la sombra de un balcón en Castrelo de Miño, donde se cultivan las viñas que producen el famoso Ribeiro.

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Viñedos de San Andrés, junto a la iglesia parroquial con su torre.

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La misma torre de San Andrés, vista desde un punto del antiguo camino.

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Ribadavia, un pueblo orensano ubicado en la comarca de Ribeiro.

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En la comarca de Ribeiro, cuya principal fuente de economía es la producción de vino, durante el verano se celebran abundantes ferias relacionadas con la vendimia.

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Más adelante, se encuentra el Mosteiro de Santa María de Melón, el cual, como su nombre indica, se encuentra en el pueblo de Melón. Este monasterio fundado en el siglo XII, que perteneció a la orden del Císter hasta la desamortización de Mendizábal el siglo XIX.

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Imagen tatuada en piedra. Cementerio del Monasterio de Santa María de Melón.

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Iglesia de Gandarela.

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Balneario de Mondariz. Evidentemente, no lo pudo conocer Ruiz de Padrón, aunque haya pasado por este pintoresco lugar, porque el lujoso complejo fue fundado en 1873 y ha sobrevivido hasta la actualidad.

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Gaiteros de Prado, reunidos en Mondariz.

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Castelo de Sobroso (Mondariz).

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Trajes típicos de la zona, expuestos en el castillo Sobroso, en el municipio de Mondariz.

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Torre de la iglesia de Ponteareas.

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Un Rancho de Reyes, formado por vecinos de Guláns, en Ponteareas, que recorrían los caseríos amenizando con sus bailes y su música de gaitas y tambores la festividad de los Reyes Magos. La foto es de principios del siglo XX.

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Las islas Cíes, vista desde las afueras de Vigo durante la puesta de sol.

ENTRADA

“La muerte del Inquisidor General”, un excepcional relato de António Borges Coelho

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“La muerte del Inquisidor General” es un relato que da título a una obra del historiador portugués António Borges Coelho. Se trata del sexto tomo de “Cuestionar la Historia”, una “saga” que el escritor comenzó a publicar en 1983. Como el resto de volúmenes, contiene un número reducido de páginas –en este caso, 123– con una letra Times de cuerpo 12 muy legible y un generoso interlineado. Son detalles que se agradecen.

La narración principal sólo ocupa 21 páginas –habría merecido algunas más, tanto por su interés narrativo como histórico– y, como ya he dicho, es la que proporciona el título del libro: “La muerte del Inquisidor General”.

El tema a tratar se presenta desde el primer párrafo: el ilustrísimo y reverendísimo Obispo Inquisidor General de Portugal, don Francisco de Castro, de 78 años de edad, se está muriendo en su habitación del palacio del Santo Oficio, ubicado en la plaza del Rossio.

Es el primer día del año 1653. Las recias puertas y las paredes de piedra forradas de tapices tan gruesos como soberbios no son capaces de amortiguar los desgarrados lamentos que suben desde las salas de tortura hasta la lujosa habitación del moribundo. No obstante, no turban al enfermo, acostumbrado durante años a escucharlos con una beatífica sonrisa en los labios. Alabadas sean las muestras de arrepentimiento que salen de los labios de los odiosos judíos que ofenden a Nuestro Señor. Tres veces amén.

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Plaza del Rossio (cuyo nombre oficial actual es Praça de D. Pedro IV), en Lisboa. Ha cambiado poco desde la época del Inquisidor General Francisco de Castro.

A partir de esta escena –descrita de manera milimétrica por Borges Coelho, el cual se ocupa de mostrarnos absolutamente todas las posesiones del clérigo: desde las abundantes joyas de oro y las lujosas palanganas donde lava sus criminales manos cada mañana el Inquisidor General hasta el escupidor de plata y los vestidos fastuosos confeccionados en la India o en Holanda–, el autor nos traslada a la fecha de nacimiento de Francisco de Castro, y nos conduce a velocidad de vértigo por su respetable e ignominiosa vida de ascensos en la pirámide religiosa, inquisitorial y política: tres caras de la misma moneda como tres son las personas de un solo Dios que lo protege. Ya se sabe: lo que está abajo es igual a lo que está arriba.

A finales de la década de 1620, Felipe IV de España lo nombra Inquisidor General de Portugal, a falta de las bulas papales que debería conseguir espiando el funcionamiento de tres importantes inquisiciones portuguesas (Coímbra, Évora y Lisboa) denunciadas por los cristianos nuevos. Naturalmente, don António es consciente, a su vez, de que está vigilado por el Conde Duque de Olivares.

Nada es gratis, aunque uno sea nieto de un virrey portugués. Su trabajo le había costado conseguir que le ofrecieran un empleo tan elevado. Valga este ejemplo de sus encomiables trabajos: sustraer los dineros de la Universidad de Coímbra para entregarlos a la catedral de la misma ciudad sin ser denunciado por gente de fundamento ni mucho menos juzgado. Una tarea complicada que realizó sólo con sus sacrificios personales y la ayuda divina. Tarde o temprano alguien se lo agradecería, tal vez en este mundo, si tenía un poco de fortuna.

No seguiré resumiendo la vida del inicuo y poderoso Inquisidor General, porque mejor y con más propiedad, lo hace Borges Coelho en un libro que juzgo muy interesante, no sólo para quienes estamos “fascinados” por las fechorías de los inquisidores y la complacencia de sus millones de víctimas quienes, como en la obra de Brecht, no se dieron cuenta de que si toleraban que encarcelaran y quemaran a sus vecinos, un día podrían sentir las llamas lamiendo sus propios cuerpos.

El histórico relato de Borges Carvalho nos muestra la dolorosa aunque incontrovertible verdad de que los facinerosos, los fanáticos, los torturadores, los ladrones y los asesinos pueden vivir muchos años rodeados por toda clase de lujos y morir en paz, sosegadamente, en sus cómodos lechos, recibiendo todas las bendiciones de la Iglesia de Dios. Tal como sucedió con el ilustrísimo y reverendísimo Obispo Inquisidor General de Portugal, don Francisco de Castro.

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Acueducto y muralla de Évora. Tal vez, a alguien le pueda interesar la curiosa palmera que se ve a la derecha de la imagen.

En el libro que comento hay mucho más que leer. Por ejemplo, es de gran interés una parte de este VI volumen, dedicada a Évora, una ciudad muy conocida por cuantos han hecho turismo en Portugal. En su universidad renacieron las doctrinas aristotélicas de la mano de Pedro da Fonseca o del jesuita español Francisco Suárez, tan alabado por Leibniz, por haber defendido en su obra “Defensio Fidei” (1613) que el poder de los reyes no proviene de Dios, sino del pueblo, el cual, en caso de tiranía, tiene derecho a rebelarse. Naturalmente, el libro de Suárez fue inscrito con todos los honores en el “Índice” y quemado en la hoguera. Faltaría más.