El pedagogo que se instala en la pedagogía demagógica mal pedagogo será

Miguel de Unamuno estaba convencido de que únicamente los idiotas y los locos pueden ser felices. Tal vez, por esta razón, los seres humanos incidimos tantas veces en la locura y en la estupidez cuando perseguimos utopías sociales, políticas, mediáticas o pedagógicas, sin qucaer en la cuenta de que la regla de Unamuno jamás funciona a nivel colectivo. La estupidez colectiva conduce a la alienación y a la opresión, y la locura de la masa produce la tragedia.

Para encontrar ejemplos, no es preciso retroceder hasta la Segunda Guerra Mundial. Sin ir más lejos, podemos echar un vistazo a nuestro sistema educativo: una máquina compuesta de engranajes viejos, atascados, que saltan en pedazos cuando se presenta la menor dificultad, pero  mil veces pintados con la purpurina de los nuevos planes ministeriales para proporcionarles una apariencia deslumbrante.

Pocos parecen darse cuenta de que esa máquina no produce ni puede producir otra cosa que frustración y desencanto. Infelicidad, en suma. Lo que dice una Ley de educación es intrascendente, si los encargados de llevarla a las aulas continúan refocilándose en su jerga pedagógica en lugar de comprometerse con el cambio. Si trasladásemos esto a la Cirugía,  en los hospitales se impartirían desmañados cursos técnicos sobre el rayo láser para que en el quirófano se continuara operando con bisturí.

Cuando una Ley habla de libertad de enseñanza, la autoridad educativa incompetente entiende protocolo  en la enseñanza. En sus cabezas no cabe que es una robusta formación del profesorado la que va a educar al alumno, en lugar de estereotipados métodos asentados en el malabarismo didáctico que tantas víctimas infantiles y juveniles está empujando por los caminos que conducen a la incompetencia social y laboral.

Cada vez que aparece una nueva Ley de enseñanza, el comportamiento  de los antes nombrados es perfectamente predecible: componer o plagiar cuatro reglas pedagógicas -en realidad, las mismas de siempre- y revestirlas con nombres recién traducidos. A continuación, comienzan a cobrar dietas para formar al profesorado con el fin de que transmita idénticos conocimientos con el nuevo método, quizás más caótico que el anterior. Esa formación del profesorado puede durar ocho, doce o dieciséis horas (les encantan los múltiplos de cuatro) impartidas por cuatro ponentes que se contradicen aun en lo más elemental, mientras el personal se amodorra o aprovecha para escuchar las últimas grabaciones de su mp4. Y poco más, excepto los calurosos aplausos a los oradores cuando les permiten volver a casa.

En realidad, no es esto lo grave. Incluso, si los nuevos protocolos fueran trasladados de manera masiva al aula, el problema continuará siendo que los estudiantes siguen recibiendo la misma bazofia algorítmica, en lugar de preparar sus mentes para investigar y ser críticas con la realidad que les rodea. Se les entrega pescado podrido y se les niega el anzuelo para realizar su propia pesca. Bien poco le importa al sistema educativo que el alumnado sea capaz de buscar por sí mismo las fuentes del conocimiento. ¡Si los psicopedagogos, imbuidos de un cognitivismo tanto o más anquilosado que el conductismo,  diagnostican a un alumno por la cantidad de faltas de ortografía que comete o por su conocimiento de la tabla de multiplicar, qué se puede esperar del resto de este sistema! ¡Pobre del infeliz que caiga en sus manos!

Si no se pone pronto remedio, que no se pondrá, los resultados visibles en el sistema educativo español van a pasar de la actual alienación de los jóvenes a una tragedia que ya está enseñando sus garras en las nuevas generaciones nini. Mientras tanto, las autoridades educativas incompetentes continúan en su estado de autocomplacencia y felicidad, en el sentido más unamuniano del término, naturalmente.

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