John Updike y el amor

John Updike, en 1966.

(Recreación mía sobre una foto propiedad de Time Life Pictures/Getty Images).

Si uno analiza la vida amorosa de los escritores y la compara con sus referencias literarias al amor, podría llegar a la conclusión errónea de que la mayoría de ellos no tiene idea de lo que está escribiendo. La realidad es que el literato extrae la materia prima de su trabajo más de la observación que de la experiencia. Si Julio Verne hubiese tenido que viajar a la Luna o bajar al centro de nuestro planeta para escribir sus novelas, pocas de ellas hubieran sido publicadas. Tampoco habrían visto la luz Atala y otras obras del escritor francés Chateaubriand si hubiese tenido que atenerse a su azarosa vida amatoria.
Ya se sabe que, como los ojos de las mariposas, los sentimientos poseen millones de facetas que se muestran o se ocultan dependiendo de quién las observe; sobre todo el amor. ¡Y qué diferentes son las descripciones del amor entre un autor y otro! A veces, no parece sino que se hablara de distintos sentimientos, aunque los textos se refieran al mismo. Este hecho me llamó  poderosamente la atención durante años y se me ha ocurrido que quizás algún lector podría compartir mi curiosidad insana de comparar textos de grandes escritores sobre el amor.
El primero que inserto en este mismo artículo corresponde al novelista norteamericano John Updike, cuando se está cumpliendo el primer aniversario de su muerte. Lo he extraído de su novela Brasil, en la que se narran las aventuras y desventuras de la joven, millonaria, rubia Isabel y del joven, pobre, negro Tristão que se enamoraron locamente la mañana en que sus ojos se encontraron en una playa de Río de Janeiro. Comentar los aspectos sociales de la magnífica obra daría para mucho más, pero me limitaré a insertar únicamente un párrafo sobre el amor cuando los protagonistas erraban por las soledades del Mato Groso:

“El amor de Isabel por él adquiría nueva forma alargada, como un enorme lazo que daba vueltas en el cielo, en la infatigable amplitud, y luego giraba retrocediendo, sorprendiéndola con su fuerza, una fuerza dormida y despertada por algún repentino ángulo de su rostro rara vez visto –desde arriba, digamos, de manera que la ancha frente seria y cuadrada ocultaba sus ojos semejantes a ventanas hacia la negrura, y la curva en escorzo de su mandíbula se recostaba en el hueco de su hombro musculoso– o por el vislumbre de su cuerpo inclinado y doblado, con el perfil curvado en la faena de encender el fuego, con los nudos de su espina dorsal visibles como las gibas brillantes de una corriente de agua en rápida agitación. A veces, cuando Tristão se acuclillaba junto a la fogata sobre sus largos talones pálidos para revisar el cuerpecillo agotado y paciente de Azor en busca de garrapatas, piojos, sanguijuelas y lombrices, o cuando en plena noche le llevaba a la acongojada Cordélia para que mamara –dado que hasta sus tetas sin leche consolaban a la criatura–, Isabel se sentía al borde de las lágrimas por su extraño goce, el goce de que él la hubiera elegido, que se hubiese acercado a ella bajo la cegadora luz de la playa y se hubiese grabado en su retina, en sus suaves fibras jóvenes, dando claridad a su vida. Tristão la había escogido, tomado y aceptado, asumiendo incluso a esos hijos como propios y como propio el destino de ser perseguido por el padre de ella. Cuando lo miraba moverse desprevenido, lo sentía andar en su interior, de modo que sus tripas se bamboleaban acuosas y asustadas, dolorosamente extendidas, en éxtasis. Cuando ella, con los demás por fin tranquilos –Azor y Cordélia dormidos y entrelazados con la vieja Kupehaki, bajo un único mosquitero sujeto por estacas–, se deslizaba a través de suelo arenoso del campamento para recordarle el amor compartido, con complaciente rapidez a él le crecía el ñame. La impotencia de los tiempos de la mina había desaparecido, aunque la potencia de Tristão, antes fruto de su cercanía como una semilla que brota en una grieta húmeda, ahora llegaba desde cierta distancia, como el murmullo de un trueno que se niega a producir lluvia. En el desierto, y como único hombre de la partida, Tristão se había vuelto evasivamente grande, una luna que aparece del mismo tamaño que un botón muy próximo al ojo.” (John Updike. Brasil. Pp. 165-166. Tusquets Ediciones. Barcelona. 1998).

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(1)  John Hoyer Updike (18 de marzo de 1932, Reading, Pensilvania – 27 de enero de 2009, Beverly Farms, Massachusetts) fue un importante escritor estadounidense y autor de novelas, relatos cortos, poesías, ensayos y críticas literarias, así como un libro de memorias personales.

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