Shakespeare contra Cervantes: KO en el primer asalto

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Nos han anunciado por tierra mar y aire que se cumplen cuatrocientos años de la muerte de dos genios de las letras: Cervantes y ShakespeareShakespeare y Cervantes. A pocas semanas de finalizar 2016, va llegando la hora de analizar estas conmemoraciones y, con sólo fijarse un poco, se ve que son notables las diferencias entre una conmemoración y otra.

Shakespeare escribió poesía y teatro; Cervantes, novela y teatro. No hace falta decir que la producción dramática y lírica del primero fue superior a la del segundo y que las novelas de don Miguel superaron a las de don William, por la sencilla razón de que el inglés no escribió ninguna. Hasta aquí creo que existe consenso general, excepto en algún español carvernícola y carpetovetónico, que haberlos haylos todavía.

LAS SOSAS EXPOSICIONES SOBRE LITERATOS

Conmemorar cualquier faceta de un escritor, aunque sea su muerte, tiene sus complicaciones. Sólo hay que observar el escaso éxito de las exposiciones sobre cualquier literato. La cuestión es por qué se utiliza este canal, en lugar de otros más apropiados para la difusión de la literatura y de sus artífices, los literatos. Nada es más aburrido que acudir a una sala para ver unos cuantos papeles viejos que casi no se pueden leer, cuadernos amarillentos por el tiempo de los que sólo nos muestran una o dos páginas, alguna pluma, un tintero, una silla o un escritorio, una boina quizás o unas gafas,… En fin, una colección de objetos que no tienen más ídem que llenar algunas vitrinas y justificar una obligada conmemoración. En el caso de Cervantes, ni siquiera eso.

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Vivienda de Cervantes, en la calle Real de Alcalá de Henares.

Es cierto que en su casa de Alcalá de Henares he visto una pequeña cola de visitantes dispuestos a pagar para entrar dentro de sus muros. La pregunta es obvia. ¿Qué puede aportar a un admirador de Cervantes contemplar unos cuartos viejos y algún mueble destartalado?

En mi opinión, solamente la satisfacción de contarle a la familia y a los amigos que “entré en la casa de Cervantes”, como si eso justificara que jamás pasara de la primera página de El Quijote, en el caso de que la haya leído completa.

No tengo nada en contra de que cada uno entre donde quiera, y donde lo dejen entrar, pero tengo la seguridad de que los escritores y las exposiciones son incompatibles, no casan. Las exposiciones son para que los artistas plásticos nos muestren su obra, no para ver folios garabateados ni orinales viejos.

AI WEIWEI Y MIGUEL DE CERVANTES, ¿COLEGUITAS?

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Cartel de la exposición sobre Cervantes con Ai Weiwei en Cuenca.

Esa incompatibilidad la demuestra otra exposición, que todavía en estos días se anuncia a bombo y platillo en las emisora de radio y televisión, titulada “La poética de la Libertad”, dedicada a Cervantes y “decorada” por Ai Weiwei y los llamados pintores informalistas, en la catedral de Cuenca.

Hace unos días, aprovechando un viaje de trabajo a Madrid, me desplacé hasta esa ciudad, con la intención de contemplar lo expuesto por el artista chino, cuya obra admiro desde hace años. Pero no debí haber ido.

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Maravillosa catedral de Cuenca, donde tuvo lugar una exposición de muy bajo interés.

Me compensó la catedral gótica de Cuenca, que en los días despejados se convierte en una auténtica antorcha solar alimentada por la luz que filtran las vidrieras.

También me sentí reconfortado por la obra de dos canarios que participan en la reducida muestra colectiva de pintores informalistas: un fantástico cuadro de Millares y una extraña y bella escultura de Chirino que roba al aire sus espirales y las derrama por el suelo.

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Obra de Chirino.

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Los autores informalistas de las ocho obras expuestas.

En cuanto a la obra Ai Weiwei, confieso que no me gustó, a pesar de que casi toda su producción me parece genial. En esta instalación, titulada S.A.C.R.E.D., se evidencia un narcisismo excesivo e innecesario para denunciar la falta de libertades en su país: seis cajas metálicas (que deben medir unos 5 m de largo, por 2 de ancho y 1,5 de alto) colocadas dentro de otra caja grande, a manera de contenedor.

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Cajas de la instalación de Ai Weiwei.

Dentro de cada una de estas cajas, se encuentran tres esculturas que representan a Ai WeiWei y a un par de policías chinos, cuyo estilo recuerda los juguetes infantiles de hace unos años. Nos cuentan escenas de la detención del artista, siempre custodiado por sus dos guardianes, incluso cuando entra a hacer sus necesidades.

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Interior de una de las cajas de la exposición de Ai Weiwei.

El espectador puede ver todo esto, que está iluminado por una luz fluorescente, utilizando una mirilla colocada en cada caja. No hay nada alegórico: todo tiene un tratamiento realista: todo gira en torno a Ai Weiwei, quien se presenta como el héroe encadenado, cual reencarnación de John Lenon sin Yoko Ono en la cama del hotel Ritz.

CERVANTES, EN LA PAPELERA

¿Y Cervantes? Su presencia en esa exposición se reduce a cuatro frases en paneles que tratan de justificar una exposición que no visita nadie. En realidad, ¿qué otra cosa se puede hacer para conmemorar a un novelista con una exposición?

Quizás, habría que olvidarse de las exposiciones sobre escritores y de los que viven de montarlas y de conmemorar sus vidas y sus muertes. Quizás, sería más útil popularizar sus libros en emisoras, periódicos, escuelas y universidades.

Naturalmente, hay otras opciones. Me viene a la memoria una visita realizada hace años a la casa de Máximo Gorki, en Heringsdorf (isla de Usedom), donde una actriz contaba de manera fantástica cinco o seis veces al día uno de los cuentos del autor ruso.

Aunque no he tenido la suerte de asistir a alguna representación (excepto un descabellado intento de escenificar El Quijote, que no puedo decir que vi sino que dormí), sé que en este año se han realizado escenificaciones de obras dramáticas de Cervantes. El ruido mediático por esas puestas en escena ha sido poco; y es comprensible, puesto que la muerte de William Shakespeare en el mismo año de 1616 ha actuado como sordina para la obra teatral cervantina.

SHAKESPEARE HASTA EN LA SOPA

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Shakespeare en el Teatro Nacional de Lisboa, en 2016.

Las representaciones de las obras de Shakespeare han sido abundantes y de todo pelaje. He sufrido unas y he disfrutado otras, como la espléndida puesta en escena, en el Teatro Real de Madrid, de la ópera Otelo, de Verdi, inspirada en el drama shakesperiano del mismo nombre (un drama que, por cierto, no se construye sobre los celos de Otelo, sino sobre las insidias de Yago que envenenan el corazón del protagonista); la escenificación de Ricardo III, llevada a cabo en un patio del espectacular castillo del Conde de Niebla, a pocos kilómetros de Palos de la Frontera; la deconstrucción de Romeo y Julieta, en el Teatro Nacional de Lisboa, por los “Artistas da Companhia Nacional de Bailado” de Portugal; la derivación cómica de Macbeth, dentro de las Noches del Fonseca en la Universidad de Salamanca; etc.

En todas estas representaciones la afluencia de público fue numerosa y, como sucedió en el caso de Otelo, en ocasiones las entrada se agotaron varias semanas antes.

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Basta mirar este cartel para comprobar que las obras de Shakespeare han sido más representadas que las de Cervantes, incluso en España, durante el año 2016.

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COMPARACIONES ODIOSAS, COMPARACIONES NECESARIAS

En definitiva, se ha conmemorado sobradamente a William Shakespeare y obligada y solapadamente a Miguel de Cervantes. Es posible que a un novelista no se le pueda sacar tanto partido mediático y popular como a un dramaturgo, pero no es menos cierto que existen ciertos países donde las instituciones públicas consideran una molestia celebrar efemérides culturales de verdadera importancia, mientras otros saben sacar partido a las suyas.

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El Teatro Real de Madrid anuncia la ópera Otelo.

Si alguien desea comparar, sólo tiene que recordar los fastos llevados a cabo en 1992, para conmemorar la llegada a América de los españoles, y la paupérrima celebración que se está llevando a cabo sobre Miguel de Cervantes.

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Estatua de Miguel de Cervantes que preside un parque en Alcalá de Henares.

“Señales de humo”, de Reig, una novela para guillotinar a Petrarca y otras vacas sagradas

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“Señales de humo” es una novela que encantará a los amantes de los viajes en el tiempo, de la literatura, de la ironía y de los cimientos de la cultura europea. Sin embargo –aviso para navegantes–, se trata de una obra espinosa que puede causar heridas de diversa consideración en nuestros juicios y prejuicios literarios, en los ladrillos con que nos han construido como seres culturales y en nuestras creencia más firmes sobre la historia de la literatura.

POETAS A LA PICOTA

El autor puede parecer algo pedante en los primeros capítulos. En los últimos, uno se convence de que lo es, pero termina agradeciendo esa pedantería profesoril de medio pelo, porque sin ella tampoco podría el autor haber emitido unos juicios tan sumarísimos como sabrosos sobre los iconos sagrados de la literatura sudeuropea: Petrarca, Garcilaso y otros miembros del famoseo libresco reciben leña hasta en el carnet de identidad. Reig despierta el morbo en el lector que continúa adelante con la esperanza de ver qué cabezas van cayendo en la cesta de la ignominia bajo el hacha del malvado escritor. Confieso avergonzado que llegué hasta el último párrafo de esa maldita novela y que habría seguido mil páginas más, si las hubiese tenido… siempre que el escritor no fuera tan pesado en los últimos capítulos con el culebrón de Cervantes y Lope de Vega. Culpa del maldito quinto centenario, supongo.

UNA NOVELA GOLFA

No me creerán si les cuento que leí la mayor parte de esta obra durante un viaje en coche, en cafeterías de gasolineras, áreas de servicio e iglesias. Y fue en esos lugares porque no podía aguantar las ganas de continuar leyendo antes de llegar a un sitio más apropiado. (Tal vez, sea éste el mejor momento para avergonzarme y pedir perdón a los párrocos por haber leído en lugar sagrado una novela tan golfa como “Señales de humo”.)

Y nada más. Es decir, sí, algo más: voy a repetir algo que dije más arriba: háganme caso: las personas cercanas a profesiones literarias y a quienes simplemente les gusta la literatura así como a cuantos leyeron con placer “El Péndulo de Foucauld”, de Umberto Eco, van a gozar con esta novela un puyero, como dicen los venezolanos (pero también a los que disfrutaron, por ejemplo, con alguna obra parecida del checo Bohumil Hrabal, de la italiana Giulia Alberico o de la británica Penelope Fitzgerald). Si no se quieren gastar un pastón en el libro de papel, cómprenlo por Internet, donde sale muy barato.

SINOPSIS

“Martín es un catedrático recluido en un sanatorio mental. Desde allí recuerda que empezó a realizar auténticos viajes en el tiempo desde que, muy joven, intentó suicidarse. Ahora ya no los controla a voluntad y, sin proponérselo, aparece en una ciudad medieval oyendo cómo cantan las jarchas mozárabes un grupo de brujas, o cómo los juglares escenifican el Cantar de Mío Cid, o cómo el arcipreste de Hita le desvela su libro repleto de anécdotas en verso.”

 

“Mientras seamos jóvenes”, una buena novela de José Luis Correa

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He leído en estos días una novela del canario José Luis Correa que me ha proporcionado más de una agradable sorpresa. Varias. La primera es que me ha parecido una novela bien armada en todos los sentidos, lo cual siempre se agradece. La segunda es sólo una sorpresa a medias, porque la otra mitad es un interrogante: ¿cómo es posible que no hubiese leído nada de este autor de mi tierra, que lleva años publicando y, por lo que he comprobado, publicando bien?

No es que yo sea un buscador impenitente de críticas literarias, pero creo que más o menos me mantengo al día con la nueva literatura e intento acercarme a las obras de los escritores canarios de una manera preferente. Sin embargo, nunca he leído en estas islas un artículo ni he visto u oído una entrevista que resaltara lo suficiente la figura de Correa como escritor de género negro ni de ningún otro. Su novela “Mientras seamos jóvenes” la he leído porque la encontré por casualidad en la web de la Casa del Libro, donde suelo comprar mis e-books con frecuencia. Sí, confieso que he terminado por leer en los cacharros electrónicos; por comodidad y economía, sobre todo.

¿EL HAMMET CANARIO?

El estilo de Correa es de frases super cortas, que disparadas página tras página en párrafos que parecen ráfagas de ametralladora, podrían parecer al lector no avisado que se halla ante una novela escrita por aquel viejo colectivo que dio en llamarse Marcial Lafuente Estefanía que redactaba novelas del Oeste también con frases cortas y párrafos escuálidos. Pero no. José Luis Correa sigue la tradición de novelistas norteamericanos del género negro con detectives privados que narran más o menos descarnadamente sus aventuras, a veces sucias aventuras, en primera persona. Simplificando mucho su adscripción literaria, se trata de un Dashiell Hammet isleño que nos hace recorrer Las Palmas de Gran Canaria desde la Isleta al Refugio y al Muelle Grande, y nos obliga a seguirle por las terrazas de Las Canteras y los pubs de Vegueta hasta Tafira Baja, y aun hasta Valsequillo a las tantas de la madrugada para comer un plato de carne mechada con un vaso de vino pirriaca en un bar de mala muerte. Un detective criollo que se come las pastillas de Almax a puñados.

LAS COMPARACIONES NUNCA SON BUENAS

El siguiente párrafo de la novela “Cosecha roja”, de Hammet, puede servir de punto de referencia:

“–Una broma. –Se apoyó en el respaldo de la silla para reírse–. Mire. Quería sacar a la luz asuntos poco claros. Yo tenía alguna información: documentos y cosas que había guardado por si algún día valían algo. Soy muy curiosa. Conservé esos papelotes. Cuando Donald empezó su cruzada moral, le ofrecí mi mercancía. Vino a verla y comprobó que era canela fina. Sin duda. Hablamos del precio. Se mostró roñoso, aunque no tanto como usted. Hasta ayer estuvo el negocio abierto.”

De punto de referencia de este u otro párrafo de “Mientras seamos jóvenes”, de Correa:

“A mal árbol se arrimaba. Yo entendía poco de relaciones. Mantenía una desde hacía tiempo con una farmacéutica guapísima, vital, fuerte, pero de casi el doble de edad que la italiana. Me limitaba a vivir ese amor día tras día como si se fuera a acabar el mundo. Me limitaba a ser feliz. Pero ni siquiera entendía por qué Beatriz Guillén continuaba a mi lado. Así que ya podía imaginarse el profesor mi capacidad de entendimiento en amores.”

Creo que no hace falta comentar la similitud en la construcción de los dos textos citados que se parecen no sólo en la sintaxis sino en el tono narrativo aunque, como es natural, en el libro de Correa se nota la influencia estilística de escritores posteriores a Hammet. Y lo que acabo de decir es un elogio, porque no es fácil construir un “Krimi” ubicado en la actual ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, narrado en primera persona con ese tono de detective más quemado que el palo de un churrero, sin hacer el ridículo más espantoso. José Luis Correa lo consigue y, además, logra que el lector llegue al final sin aburrirse. Incluso, lo logra si se trata de un lector canario que, por esa familiaridad confianzuda que proporciona la vecindad geográfica, puede caer en la tentación de buscar los errores reales o imaginados de la novela y quedarse únicamente en eso.

SOCIAL Y CRÍTICA

Además de negra, “Mientras seamos jóvenes”, tiene aspiraciones a ser novela psicológica y es sin duda alguna una novela social que realiza un repaso rápido de los males que aquejan la sociedad. Bien es verdad que el detective Ricardo Blanco se limita a una crítica general y bonachona sin entrar a saco en asuntos o personajes políticos, pero deja bien claro en qué parte del campo juega el partido, lo cual es de agradecer en un tiempo en que los aduladores del poder se prodigan en publicaciones de cualquier especie.

MUCHO CUENTO EN LAS VENAS DEL RELATO

La obra de José Luis Correa es una novela, pero subterráneamente corre hacia el final como si se tratara de un cuento de Poe o de Cortázar: jamás se pierde el hilo conductor que lleva a la solución del enigma ni los personajes actúan fuera de los carriles paralelos que acompañan a la vía principal. Cuando más, las expediciones del autor hacia los aledaños del relato principal sirven para robustecer la personalidad de los protagonistas: el presunto asesino, el detective y el cadáver.

Como en otros relatos criminales, a los lectores nos da por pensar que el verdadero asesino debió recibir alguna pincelada más: una pincelada tenue pero suficiente para que en el último párrafo dijésemos: “¡Tenía la prueba delante de mis narices y no supe verla!” Sin embargo, esta conclusión es una falacia, porque cada lector necesita un brochazo diferente para caer en la cuenta de que podría haberlo sabido antes de que el autor se lo dijera de forma clara. Sólo en contadas novelas han logrado los maestros del suspense deslumbrar a todos los lectores con el escamoteo del asesino hasta la última página, después de presentarles con la antelación suficiente pruebas evidentes de su culpabilidad.

PÁGINA A PÁGINA, LA NOVELA MEJORA

A medida que avanza la novela de Correa los párrafos se van consolidando y se fortalecen sus cimientos estilísticos. Al contrario de lo que sucede en la mayoría de las obras publicadas actualmente en las que los errores de todo tipo se multiplican en las últimas páginas por descuido o por cansancio de los autores y de sus correctores, cuando los tienen. No es el caso de esta obra, desde luego, cuyo final está especialmente cuidado, aunque parezca cortado con navaja de afeitar y de un solo tajo.

Con estos párrafos apresurados, no tengo ni la más remota intención realizar una crítica literaria detallada ni dilatada de todos los aspectos del libro de Correa, que tiene muchos prismas. En absoluto. En primer lugar, porque no me considero sino un aprendiz de lector de un género literario que tiene sus propios mecanismos. Simplemente, esbozo alguna pincelada para despertar la curiosidad y recomendar su lectura tanto a quienes gusten de las novelas de detectives como a los que no lean este género con frecuencia –como es mi caso–, porque estoy seguro de que descubrirán con sorpresa a un escritor ameno y con muchas cosas que decir, cuyas novedades literarias no conviene perder de vista.

 

Un drago en el Edén, a propósito de la exposición de El Bosco en el Museo del Prado

Ningún libro proporciona goces ilimitados. Tampoco un cuadro, una escultura, una fotografía, una sinfonía, una ópera o una pieza dramática; sin embargo, acercarse al arte es una manera especial de estar vivo, de sentir en la punta de los dedos que casi rozamos la verdadera dicha, de intuir que la felicidad en estado puro no se halla demasiado lejos, aunque de sobra sepamos que no existe.

Consecuentemente, nunca logramos apoderarnos de esa felicidad por medio del arte, ni siquiera del Arte con mayúscula como nos gusta decir a los cursis. Tampoco conseguimos este propósito en el amor. Sin embargo, aunque todos sabemos que su dicha es limitada, consideramos una locura renunciar a él por el sólo hecho de que no nos proporcione felicidad eterna.

Iba pensando en esto cuando hace un par de semanas salía ­–casi flotando en el calor del oscurecer madrileño– de la gran exposición de El Bosco en el Museo del Prado. También, tal vez de manera no tan incongruente como me pareció en aquel momento, se mezclaron en mi cabeza algunas imágenes de una exposición de Escher que había contemplado en Milán a mediados de agosto.

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EL JARDÍN DE LAS DELICIAS, DE EL BOSCO

Nunca pensé que encontrarme frente al tríptico original de El Jardín de las Delicias me produciría unas sensaciones tan intensas. Dentro de la exposición de El Bosco en el Museo del Prado, recorrí las salas dedicadas a un pintor que siempre me ha gustado, pero que no he venerado especialmente. Digamos que si hubiera tenido que elegir entre una muestra de la obra de El Bosco y otra de William Turner, por ejemplo, me habría decantado por el segundo. Afortunadamente, no tuve ese dilema.

A pesar de todas estas reservas, hace unos cinco años, dediqué una parte de mi segunda novela histórica sobre Ruiz de Padrón, titulada Canarias, a comentar la inserción de un drago que aparece en el panel izquierdo de El Jardín de las Delicias, pintado probablemente antes de 1480.

EL DRAGO EN EL PARAÍSO

Decía en ese libro que un grabado en madera de Alberto Durero, donde aparece otro drago, debió inspirar a Jheronimus van Aken “Bosch” –El Bosco, en español–, el cual incluyó este árbol en El Jardín de las Delicias: una obra que tiene la particularidad de estar muy vinculada con la alquimia y las doctrinas secretas. En este caso, el drago se encuentra detrás de Adán que sentado en el suelo observa cómo Jesucristo le toma el pulso a una Eva arrodillada.

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Muy cerca se distingue una charca donde numerosas bestezuelas mutantes entran y salen a la espera de que Adán les proporcione un nombre. El resto es indescriptible: seres de diversas especies, en una orgía de colores, formas y deseos de todo tipo, interactúan a lo largo y ancho del panel central de una manera que sobrepasa la imaginación de los antiguos y modernos escritores de fantasía y de ciencia ficción. Inexplicablemente, ni esta obra ni su autor llegaron a ser reducidos a ceniza por el fuego de la Inquisición.

Quizás, la inclusión del drago en el paraíso de El Bosco responde a una intención de dotar su presencia de simbolismo: la sangre de drago es necesaria en la alquimia para la producción del oro: símbolo de la piedra filosofal. El Bosco era miembro de la hermandad Illustre Lieve Vrouwe Broederschap, donde el cisne y otros elementos tenían un fuerte valor simbólico. De cualquier forma, no se puede descartar que el drago sólo cumpla una función meramente decorativa.

Como digo, la contemplación del tríptico ejerció sobre mí una acción devastadora, en el sentido más sublime del término; noté la sensación de estar mirando por primera vez una obra de arte que se ajustaba plenamente a mi mundo onírico, o viceversa; un torrente de fantasía me atravesaba y deslumbraba hasta sobrepasar muchos límites y alcanzar territorios éticos y estéticos que desconocía y que, en cierta manera, siento pudor de confesar.

OTROS DRAGOS, OTROS PINTORES

Es cierto que, aunque no se cultivaban en Europa, los dragos canarios fueron conocidos en este continente desde hace siglos. Los aborígenes de las islas cambiaban la resina que produce su savia por manufacturas europeas a los viajeros que se acercaban a las costas del archipiélago, como puede leerse en las crónicas de los franciscanos que acompañaron al bretón Jean de Bethencourt y a sus caballeros acompañantes,

los canarios les llevan higos y sangre de drago, que cambiaron por anzuelos, hierros viejos y por navajas y recogieron sangre de drago que valía más de 200 doblas de oro y todo lo que ellos cambiaron, no valía la suma de dos francos.

Cuando se forma la resina del drago, el contacto con el aire produce una oxidación de sus componentes y adquiere un color rojo oscuro, como sangre de soldado muerto en campo de batalla. Por este motivo se denominaba “sangre de drago”, utilizada tanto en la medicina como en la alquimia. Ya en el siglo XII, un orfebre llamado Teólifo escribía en su libro

que con el polvo de drago, si se junta a la sangre humana, al vinagre y al rojo de cobre, se obtiene oro español, una mixtura que se utiliza para dorar metales.

Además de su venta en boticas, la sangre de drago se usaba para la producción de tintes y barnices de tonos bermellones. Por esta razón, desde el siglo XV se estableció una explotación inmisericorde de esta resina que ha terminado con la mayor parte de los dragos canarios, exterminándolos casi por completo en La Gomera y El Hierro y reduciéndolos a pocos ejemplares en La Palma, Gran Canaria y Tenerife, donde se encontraban en bosquecillos formados por doscientos árboles o más.

Debido a la extrema sequía que se padecía en Lanzarote y Fuerteventura, nunca los hubo en esas islas hasta tiempos muy recientes, dado que en la actualidad se pueden regar con agua procedente de desalinizadoras. Bien es verdad que hay más tipos de dragos en los archipiélagos macaronésicos y en otras partes del mundo, como Socotora (en el océano Índico) o la península arábiga. Sin embargo, ninguno de ellos alcanza el porte de los dragos canarios.

Quizás, esa majestuosidad vegetal ha propiciado que los pintores europeos hayan incluido los dragos canarios en sus cuadros. Lo curioso es que los maestros de la Europa meridional no pintaron dragos en sus obras, sino los artistas de los países del Norte y Centro de Europa.

Resulta sorprendente que en época tan temprana como el año 1475 (la conquista del archipiélago terminó justo al final del siglo XV), aparezca un drago canario en un grabado sobre madera de Martin Schonghauser, el más prestigioso grabador del prerrenacimiento alemán[i]. Lo asombroso de este árbol incluido en el grabado La huida a Egipto es la minuciosidad del ejemplar representado, algo imposible de lograr sin haber visto jamás un drago o, al menos, tener en sus manos alguna imagen realizada por un buen dibujante.

Si nos situamos frente al grabado de Schonghauser observamos que el burro se ha detenido y trata de mordisquear un cardo; sobre el animal va montada la Virgen con el Niño en brazos; y San José recoge dátiles de una palmera inclinada por cinco angelitos. Al fondo, entre los troncos de los árboles, descansa una pareja de ciervos. Más lejos, hay algunas casas campesinas. Detrás del burro crece un hermoso drago con tres lagartos recorriendo su tronco y una cotorra, posada entre las hojas, que picotea las flores o semillas.

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Huida a Egipto, de Durero.

Otros pintores cometen graves errores al representar estos árboles; no obstante, el drago llega a convertirse en un elemento repetido, incluso en artistas de la talla de Alberto Durero, el cual vuelve a introducirlo, al menos, en otra representación de la huída a Egipto que pude ver en una exposición dedicada a Durero en la ciudad de Wolgast hace quince años. Ya su maestro Wolgemut lo había familiarizado con los dragos, grabados por él mismo en su obra El Paraíso, incluida en la Crónica General de Schedel. Aquí, el drago aparece a la derecha del manzano. Lo notable es que tanto Adán como Eva cubren sus sexos con hojas de drago que sostienen con su mano izquierda.

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El Paraíso, de Wolgemut.

No paran aquí las representaciones de los dragos canarios en la pintura clásica, pues son innumerables las obras que las han incluido, desde las ocho láminas que contienen dragos en la maravillosa edición de Sebastián Brandt de las obras de Virgilio hasta el “San Juan de Patmos”, de Hans Burgkmair.

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San Juan de Patmos, de Hans Burgkmair

ESCHER Y EL BOSCO

Durante el pasado mes de agosto, en el Palacio Real de Milán pude recorrer la mayor exposición jamás realizada sobre M. C. Escher. No voy a descubrir nada si digo que la obra de Escher deja indiferente a poca gente y que sus arquitecturas imposibles proporcionan una buena dosis de placer a quienes contemplan sus obras.

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Un desconcertantes juego de espejos en la exposición de M. C. Escher, en Milán.

Sin embargo, quiero sacar a colación la relación subliminal que existe entre las arquitecturas escherianas y las fantasías de El Bosco: un cordón umbilical hermético pero robusto une a los dos artistas de algún modo que el espectador, al contemplar las obras de ambos, siente que se disparan ciertos resortes estéticos, simétricos entre sí, idénticos casi. Se trata de la contemplación de lo imposible y, sin embargo, visible. Se trata de la sinrazón de la razón, al contrario de la “razón de la sinrazón” cervantina. Se trata de insinuaciones de un caos filosófico que pulsa y nos hace vibrar ciertas fibras no sólo estéticas.

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Aunque no podía sospecharlo, la exposición de la obra de Escher en Milán me preparó para asimilar la de El Bosco en Madrid. Y la de El Bosco, me hizo caer en la cuenta de la fuerza y de la coherencia de muchas sinrazones de Escher.

Un cuadro ni mil cuadros pueden proporcionar felicidad duradera, pero yo no pido tanto; me basta y me sobra con esos chispazos de gozo que proporciona el arte de tarde en tarde, sin aspavientos.

(La exposición de El Bosco en el Museo del Prado se ha prolongado hasta finales de septiembre. Si tienen oportunidad, acudan a disfrutarla).

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NOTAS

[i] “Las relaciones de Alemania con las Canarias tienen una tradición bastante vieja. Ya a principios del siglo XVI existían contactos entre la colonia alemana de Lisboa con las islas atlánticas. Particularmente los Welser de Augusburg hicieron su trato con Madeira, pero también con las Canarias. Lo sabemos gracias al diario de Lucas Rem, uno de los factores mas activos de los Welser. Rem estuvo en España y Portugal desde 1502 hasta 1508.

[…] En el año 1590 entraron al “puerto de Hamburgo tres buques que vinieron de las Canarias”. Hay que suponer que la navegación a las islas atlánticas a menudo se combinase con la visita de puertos portugueses o españoles. Con preferencia se utilizaron las islas atlánticas para el comercio de contrabando con el Caribe y con América del Sur. Cerca de 1605 el alemán Johann Abendrot tenía sus negocios en Las Palmas. Intentó obtener el permiso del Consejo de las Indias para la navegación a América.

[…] Las Canarias quedaron dentro del radius de actuación de los hamburgueses. Particularmente en la segunda mitad del siglo XVII los contactos se estrecharon y en el año 1690 el Senado de Hamburgo estableció un consulado en las Canarias. En la segunda mitad del siglo XVIII, un período que esta mejor documentado y mejor investigado, los maestros solían combinar la ruta de Canarias con aquella que tocaba Lisboa o Cádiz. Entre las mercaderías exportadas encontramos manufacturas, particularmente los diferentes géneros de lienzos y cotonías. Además se exportaban aparejos de cobre para la destilación, hierro en barras y vergas o laborado, artículos de acero y de latón.

La exportación de maderas para la construcción y armación de buques quedaba limitada, pero no faltaban los típicos productos de la región escandinavo-báltica brea y alquitrán, además encontramos las jarcias y la cera entre los artículos exportados; lo mismo era el caso con cristales, botellas, colores, papel y piedras. La mayor parte en la importación desde la Canarias tenían los vinos. Una especialidad, al lado de la Champaña de Málaga y del “secq Xeresisch”, era el “secq Canarisch”. Arroz y zumaque eran otros productos de exportación de las Canarias. Ademas hay que mencionar los productos americanos que por vía de las Canarias se reexportaron en dirección del norte europeo; pensamos por ejemplo a las astas de bueyes, a la madera de Campeche, a maderas de «rosa» y a “droghoz”. Hamburgueses recibían también metales preciosos en pasto o en reales de a ocho, si no abiertamente en contrabando.

Kellenbenz, Hermann: Las relaciones comerciales de Alemania con Canarias hasta comienzos del siglo XIX. VIII Coloquio de Historia Canario-Americana (1988), tomo II, pp. 131– 148. Cabildo Insular de Gran Canaria. Las Palmas de Gran Canaria. 1991.

“En la fase de la Independencia de América Latina las islas atlánticas tuvieron un interesante papel de escala para los maestres de buques nórdicos, así las Islas del Cabo Verde, las Canarias, Madeira y las Azores, pero todavía no sabemos mucho sobre los detalles. Probablemente la escala más importante era la Isla de Mayo por su abundancia de sal, mercancía que podía completar el lastre necesario de los buques en la navegación a los puertos sudamericanos. Otros hicieron escala en Madeira o en la Terceira para tomar agua fresca o vino. Las Canarias ya a fines del siglo XVIII atrajeron maestres del Norte europeo porque se podían vender maderas para la construcción de navíos, además ofrecían un mercado para algunos productos típicos del norte europeo como brea, alquitrán y jarcias, y finalmente para toda suerte de manufacturas como artículos de hierro y otros metales, papel, botellas, cristales, colores, etc.; ciertamente un mercado bastante limitado. Para el cargamento de vuelta se ofrecían vino y otros frutos del país o productos americanos que se habían bajado en «entrepôt», abstracción hecha de los metales preciosos que se transportaban abiertamente o en contrabando.

Con la consolidación política en Europa y en los Estados independientes en América y con la expansión del comercio transatlántico de las Ciudades Hanseáticas las relaciones con las Canarias recibieron nuevos impulsos, lo que se manifestó en el establecimiento de consulados. Los hamburgueses tomaron la iniciativa, y en 1823 el Senado de la ciudad nombró a Anton Berüff su cónsul en Santa Cruz de Tenerife.”

Kellenbenz, Hermann: Relaciones consulares de las ciudades hanseáticas con las Canarias. IX Coloquio de Historia Canario-Americana (1990), tomo II, pp. 731-753. Cabildo Insular de Gran Canaria. Las Palmas de Gran Canaria. 1993.

INVITACIÓN A PRESENTACIÓN

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Tengo el placer de invitarles a la presentación de mi última novela, “El discurso de Filadelfia”, sobre el ilustre canario Antonio Ruiz de Padrón.

Esta presentación se realizará el Día de canarias. 30 de mayo a las 11:30 a.m. en el Parque García Sanabria De Santa Cruz de Tenerife

Será presentada por el profesor y escritor Antonio Javier Fernández Delgado, acompañado del autor. La entrada es gratuita y forma parte de los actor organizados por la Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife.

QUIÉN ERA ANTONIO RUIZ DE PADRÓN

El personaje central de este libro es Antonio Ruiz de Padrón, el canario más conocido en el mundo durante gran parte del siglo XIX.

La razón principal de esa fama se debe a su discurso sobre la tolerancia, en Estados Unidos, y a su Dictamen en las Cortes de Cádiz, que logró la derogación de la Inquisición española.

QUÉ RELATA ESTA NOVELA

Mientras se redactaba la Constitución norteamericana en Filadelfia, el joven Ruiz de Padrón asistió a tertulias y trabó amistad con Benjamín Franklin y George Washington. En ese mismo período pronunció un discurso contra la Inquisición española que fue traducido al inglés y repartido en Estados Unidos, donde causó una enorme y grata impresión.

Ese apasionante período de su vida constituye el núcleo de esta novela histórica. La novela mira el mundo ilustrado americano desde la perspectiva de un isleño, desde el punto de vista del joven Ruiz de Padrón, el mismo que más tarde sería diputado en las Cortes de Cádiz, látigo contra la esclavitud en Cuba, testigo directo de las revoluciones europeas, principal artífice de la derogación de la Inquisición española,… La juventud del protagonista (28 años) ofrece una narración dinámica y divertida que al mismo tiempo nos va mostrando cómo se forjó una nueva nación americana, que partiendo de una revolución democrática logró redactar la primera constitución republicana del mundo y establecer un gobierno surgido del sufragio universal.

DECENAS DE HISTORIA Y ANÉCDOTAS

Junto a la historia principal, se han sido recuperadas decenas de semblanzas y anécdotas. Los personajes que desfilan por la novela son de todo tipo y condición. Algunos juegan papeles muy secundarios, pero otros se agigantan y son parte esencial del relato histórico: el filósofo Benjamín Franklin, el general George Washington, el futuro arzobispo John Carroll, los presidentes Hamilton y Jefferson, el político y millonario Robert Morris, el comerciante Francisco Caballero Sarmiento, el parlamentario Gouverneur Morris, la señora conocida como Queen Morris, el músico y compositor Henri Capron, el embajador español Diego María de Gardoqui, etc.

ASÍ SE HIZO ESTE LIBRO

La novela contiene diversas capas narrativas y no siempre la voz del narrador pertenece al mismo personaje. Entre estas capas, se encuentra un relato paralelo que recorre la novela como un camino subterráneo, donde el autor revela la lucha que los escritores viven mientras escriben su obra. El lector puede acceder a las casualidades, reflexiones, dudas, frustraciones, momentos de euforia, descubrimientos, conversaciones, desánimos y sentimientos que lo asaltaron mientras construía la novela y, de esta manera, entender mejor la trayectoria vital del ilustre Antonio Ruiz de Padrón.

En este mayo se cumplen 231 años del viaje de Antonio Ruiz de Padrón

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En estas fechas de mayo de 2016, se cumplen 231 años de la salida desde Canarias de Antonio Ruiz de Padrón con dirección a América.

El canario que gozó de mayor fama en el mundo durante el siglo XIX se llamaba Antonio José Ruiz de Padrón. Su sermón contra la Inquisición en Estados Unidos lo convirtió en todo un personaje en los últimos años del siglo XVIII –una historia que relata la novela “El discurso de Filadelfia”, publicada hace pocos días–, pero su gran reconocimiento llegó con su “Dictamen” en las Cortes de Cádiz sobre la Inquisición española que propició la inmediata derogación de la infame institución.

Debido a otro logro suyo, la supresión del llamado “Voto de Santiago” que privó a la Iglesia española de un abusivo impuesto a los campesinos, la parte más rancia del clero deseaba vengarse de aquel cura canario culto, justo, valiente y liberal. A la vuelta del Fernando VII, el cual disolvió las Cortes democráticas de Cádiz, un tribunal eclesiástico de Astorga condenó a Ruiz de Padrón a cadena perpetua, en una escandalosa farsa judicial.

En estos días de mayo de 2016, se cumplen doscientos treinta y un años del embarque de Antonio Ruiz de Padrón en Tenerife hacia su destino americano que le llevaría a la ciudad de Filadelfia, primera capital de la nueva nación estadounidense.

Cuando se despidió de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, envió la siguiente carta:

Muy Sr. mío:

He pensado hacer un viaje a La Havana por año y medio, y será dentro de pocos días.

Mi repentina resolución y algunos molestos embarazos de que me he visto rodeado no me han permitido lugar para hacerlo saber a V. más antes.

Espero que usted me haga el favor de participarlo de mi parte a la Real Sociedad, asegurándola que no voy olvidado de los 2 elogios que me encomendó y cuyo desempeño no ha estado en mi mano satisfacer. Más de diez veces pedí al señor don José de Mont-verde, las memorias o anécdotas de su suegro y siempre lo estorbaron a dármelas sus ocupaciones. Esperaba ya a recoger las del señor Dr. D. Carlos Yañez cuando me resolví a viajar.

Yo soy siempre muy reconocido al honor que he merecido a ese venerable cuerpo. Siempre me glorio de ser uno de sus individuos y de que me proporcione ocasiones para manifestar mi celo.

Santa Cruz y mayo 4 de 1785

L. M. a Vm. su afmo. servidor y amigo.

Fray Antonio Ruiz.

Dirigida al Sr. don Fernando Molina

Ruiz de Padrón contaba entonces con 27 años de edad y, a pesar de afirmar que se diría a La Habana, en realidad desembarcó en Filadelfia, donde permaneció algunos años. Después, sí, navegaría hasta Cuba, donde se enfrentó a los traficantes y a los dueños de esclavos.