Toros en Tenerife: descripción de una animalada

Postal coloreada de la Plaza de Toros de Santa Cruz de Tenerife, publicada en la década de 1920. La última corrida de toros se celebró en el año 1983.

Siempre he creído que la humanidad avanza, a pesar de todo, hacia la nobleza y la bondad. Cierto, el camino no es recto y está plagado de horrores que acechan en cada vuelta, pero si somos generosos con nuestra mirada, comprobaremos que con el transcurso del tiempo hay más personas que no están dispuestas a tolerar los crímenes, las torturas y los abusos que antes se realizaban impunemente contra los seres humanos y los animales. Pongamos, hoy, el dedo en una llaga: el maltrato animal a través del toreo.

Un visitante francés realizó la descripción de una corrida de toros en Tenerife, efectuada en el año 1906. Esta crónica tiene un apreciable valor en la actualidad, cuando tan lejanos quedan esos espectáculos en el archipiélago. En Canarias se prohibió las corridas de toros en 1991, siendo primera comunidad autónoma que lo hizo. La segunda fue Cataluña, en el año 2012.

Plaza de toros

La plaza de toros de Santa Cruz de Tenerife. Al fondo, se puede ver el Hotel Quisisana (foto de 1910).

La construcción de la plaza de toros de Santa Cruz [1] estuvo acompañada de grandes polémicas en la prensa y fuera de ella. Eran muchos los ciudadanos que se oponían, máxime cuando existía otra plaza, construida en La Laguna en el año 1891.

“En el Diario de Tenerife, al mes de inaugurarse la plaza permanecía aún esta polémica. Eduardo Dolkowsky firmaba un artículo en el que manifestaba su pesadumbre por la instauración del gusto por los toros en Canarias:

“Si he hablado de las corridas de toros es por creerlas perjudiciales al país, bajo todos los conceptos, desde el punto de vista económico hasta el de la moralidad pública. En la Península hubiera sido ocioso ocuparse de esa diversión, arraigada en ciudades y villorrios, pero en Canarias que durante cuatro centurias se han librado de sus perniciosos efectos y en una provincia que no produce toros ni toreros, porque con la dulzura de su clima pierden su fiereza hasta las alimañas, es muy de lamentar que a fines del siglo XIX se hayan introducido espectáculos que ninguna utilidad han de reportar”.[2]

Si debe creerse al autor de la crónica insertada a continuación, hace un siglo la afición de los tinerfeños por lo taurino había despertado de forma significativa. En cuanto al ensañamiento con los animales, que se demostraba durante el espectáculo, no era ni más ni menos que el mismo mostrado hoy en día por los aficionados españoles que aplauden salvajemente cada vez que los toreros agreden al toro que de manera irremisible ha de morir ensangrentado a la vista de todos.

Plaza de toros

El episodio de la mujer torera, subida sobre una peana en el centro de la plaza, provocando al toro, es tal vez lo que más sorprende, junto al destripamiento de los caballos y la conducta encarnizada de los espectadores con el toro muerto. De cualquier manera, no debe ocultarse la historia de ningún pueblo, sino sacarla a la luz para aprender de ella y no repetir los mismos errores. Sin más preámbulos, leamos:

“Los entretenimientos no abundan mucho en Santa Cruz. En la plaza de la Constitución, tres noches a la semana se celebra un concierto en el que puede escucharse la música del regimiento de infantería o la de la banda de la ciudad. A veces, en el teatro actúa una compañía bastante buena. Si a ello añadimos algunos bailes en el casino y en ciertas casas particulares, se habrán agotado todos los placeres mundanos que ofrece la capital de Tenerife. Para terminar de pasar agradablemente estos días, sólo quedan las numerosas excursiones que se pueden hacer por los alrededores.

Plaza de toros

Esta foto pertenece, aproximadamente, al mismo año que la crónica que nos ocupa.

Sin embargo, el más apreciado de todos los festejos –no olvidemos que estamos en una región española– es la corrida de toros. Y nosotros asistimos a una de ellas. Esta clase de espectáculo se desarrolla siguiendo un ceremonial inamovible, tradicional y que ha sido tantas veces descrito por los más grandes maestros de la pluma, que dudamos si aventurarnos en un nuevo relato. No obstante, una corrida de toros en Santa Cruz de Tenerife es tal fiesta para sus habitantes, las emociones que ahí se experimentan son tan fuertes, los recuerdos son tan vivos que no nos resistimos al deseo de contar breve y sobriamente lo que hemos visto.  La corrida se anuncia, con bastante antelación, por medio de unos inmensos carteles blancos y negros colocados en todas las calles de Santa Cruz.

El día en que se celebra es declarado «festivo»: los comercios cierran a mediodía, nadie quiere trabajar y sus habitantes antes se privarían de comer que de faltar a la corrida. El público, en efecto, es todavía mas ardiente, más entusiasta, más apasionado, si cabe, que en España. ¡No hay que olvidar que estamos al sur de Madrid y de Sevilla!  Una hora antes del espectáculo la gente se amontona en la única puerta de la plaza. La aristocracia ocupa las entradas de sombra y el pueblo se agolpa en las entrada de sol. El inmenso circo al aire libre recuerda las antiguas arenas. Tanto el exterior como el interior están blanqueados con cal y la mayoría de los espectadores se sientan en gradas de piedra.

Plaza de toros

Lucha Canaria en la plaza de toros, en la década de 1920.

Algunas localidades tienen cojines de cuero y ciertos palcos poseen sillas, entre otros el del ayuntamiento, que dirige la corrida y está llamado a resolver todas las dificultades que puedan presentarse. El palco presidencial se halla situado enfrente del toril. En las corridas en que intervienen los picadores, éstos se colocan cerca de ese palco, frente al toro, de tal manera que no es raro ver cómo éste, al salir del establo, se precipita sobre uno de los caballos y lo despedaza a los pies del mismo alcalde. Sin duda, ésta es la parte más repugnante de la corrida. El destripamiento de los caballos por el toro es una de las sensaciones más penosas que se puede experimentar; cuando la cornada del furioso animal no ha alcanzado a los desafortunados caballos en el corazón, estos se levantan para escapar y se enredan en los intestinos que se les escapan de sus espantosas heridas. Afortunadamente, se nos ahorró este brutal espectáculo, ya que la corrida a la que asistimos no contaba con la intervención de los picadores.

Plaza de toros

La Plaza de Toros de Santa Cruz fue muy utilizada para encuentros de Lucha Canaria, primero, y la celebración de bailes de carnaval y conciertos de rock o salsa, más tarde.

 El aspecto del inmenso circo en un día de corrida es algo digno de admiración. El sol lo ilumina vivamente y bajo sus rayos, tan intensos que llegan a quemar, se produce una verdadera explosión de colores con tonos y matices incomparables, haciendo que toda la gama del Trópico alegre la vista. Las mujeres, todas hermosas, con sus grandes ojos oscuros, sus moños negros con flores resplandecientes y sus delicadas mantillas amarillas, negras o blancas, aportan a este decorado maravilloso el encanto de la elegancia y la emoción de la belleza.

Plaza de toros

Una guagua deja al público en la entrada de la plaza de toros para asistir a unos de los actos del carnaval chicharrero de 1988.

Los gritos, las risas, los gestos forman un tumulto gozoso, ensordecedor, que mantiene o incluso eleva el estruendo de una música endiablada. Hay en todo este bullicio y en todo este jaleo una vitalidad realmente extraordinaria.  Nada más sentarse el gobernador de la isla en el sillón presidencial, resuena una trompeta: los toreros hacen su entrada. Hasta sus más pequeños movimientos evidencian una agilidad y una flexibilidad prodigiosas y sus semblantes respiran valor y sangre fría. Sus trajes resplandecen de seda y oro, el tejido de sus elegantes ropas desaparece bajo un brillante revoltijo de bordados. Hacen el paseíllo y se inclinan ante el palco del ayuntamiento. Una vez se ha cerrado el toril con llave colocan en medio de la arena una pequeña peana, ya que la corrida incluye hoy la proeza que recuerda a la de don Tancredo, que desafió la furia de un toro.

Entonces, se colocan todos en su sitio, los chulos y los banderilleros, así como el espada se resguardan tras los refugios dispuestos alrededor de la arena. Una mujer joven se queda sola en el centro del inmenso espacio vacío y se sitúa sobre la pequeña peana. Una vez se abren las puertas del toril, un magnífico toro entra lentamente. Husmea a derecha e izquierda, sorprendido por la muchedumbre y por el ruido. De repente divisa a la mujer y se lanza contra ella, pero ésta ya está lejos cuando la bestia destroza de una embestida la peana a la que se había subido unos segundos antes. Todos aplauden la valentía de la torera

Entonces comienza el turno de los chulos o de los capeadores. Los chulos precisan sobre todo ser ágiles y ligeros; su única arma es un capote de tela roja que pasan uno tras otro delante de los ojos del toro con el fin de excitarlo. La bestia tanto sacude nerviosamente la cabeza para desembarazarse de ese velo que obsesiona su visión como lo pisotea rabiosamente cuando logra arrancárselo de las manos a su enemigo. En ocasiones, sin embargo, cuando se trata de un animal un poco menos bravo, busca con una mirada inquieta la puerta por la que entró, ansioso por encontrar la tranquilidad de su establo. Entonces es cuando se produce un tumulto indescriptible en el coso, abruman al toro con insultos, le lanzan toda clase de proyectiles y los gritos y voceríos sólo cesan con la señal del presidente que ordena a los banderilleros que entren en escena.

[…] delante de él y deja a un lado la muleta. Planta el pecho a unos centímetros de los cuernos del toro. Un silencio impresionante, un silencio de muerte, reina en todo el coso. Finalmente, en el preciso momento en que el animal va a embestir al hombre, éste le hunde la espada en el corazón hasta la empuñadura. El animal se queda clavado en el sitio, sus corvejones se agitan con un temblor nervioso, sacude lastimosamente la cabeza, oscila a derecha e izquierda y se derrumba sobre las rodillas.

Plaza de toros

En La Laguna, a 10 km de Santa Cruz de Tenerife, también había una plaza de toros, fabricada con madera, en el año 1891, donde se celebraban corridas, como atestigua esta foto. Se encontraba junto a la iglesia de San Juan.

Una tormenta de aplausos retumba en toda la plaza, los vivas y los gritos de alegría saludan la destreza del espada. Los músicos tocan la muerte del toro y las puertas del coso se abren ante un tiro de tres mulas espléndidamente enjaezadas que vienen al trote para llevarse el cadáver de la magnífica bestia, tan plena de fortaleza hasta hace unos instantes y que ahora es arrastrada de manera tan mísera entre el polvo de la arena. Aquel día se mataron seis toros y el espectáculo prosiguió sin interrupción hasta el final. Pero, apenas fue herido el último toro, todos los espectadores de las gradas inferiores saltaron a la arena para ensañarse con golpes e insultos con la pobre bestia agonizante. Ante tales excesos de brutalidad y la furia salvaje de esa gente ebria de carnicería, lamentamos haber compartido las emociones de un público que aplaude al ver la sangre, el dolor y la muerte.” [3]

Plaza de toros

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NOTAS:

[1] La plaza de toros de Santa Cruz de Tenerife fue levantada entre 1892 y 1893, bajo la dirección del arquitecto Antonio Pintor que también habría de intervenir en las iglesias de Agulo y Vallehermoso, en La Gomera.  Este arquitecto municipal, ateniéndose a un bando municipal que prohibía el uso de madera en los entramados arquitectónicos, utilizó hierro en su construcción, un material innovador en aquella época. Sufrió un incendio en 1924 que casi la destruyó por completo, pero fue reedificada en 1927.

En 1947, se pensó seriamente en derribar la plaza y construir edificios, cuyos planos llegaron a efectuarse. En 1986, fue recubierta por un toldo blanco y azul que años más tarde se desplomaría sin causar víctimas. Desde su inauguración, en este recinto se han celebrado actos de todo tipo. En los últimos tiempos se ha destinado casi exclusivamente a actividades culturales y deportivas, si bien ha permanecido cerrado y carece de uso, a la espera de llevar a cabo planes para construir centros comerciales y espacio de recreo, salidos de un concurso de ideas que convocó el ayuntamiento capitalino en el año 2008.

En este mes de abril de 2013, el Cabildo ha declarado la plaza de toros Bien de Interés Cultural (BIC), junto a la zona residencial donde se encuentra, lo cual garantiza que el inmueble no será derribado y que no se llevará a cabo el proyecto municipal de 2008.

[2]  Gloria Elsa González Martín: Tradición e innovación: la plaza de toros de Santa Cruz de Tenerife.

[3] Louis Proust, Joseph Pitard: Las islas Canarias: descripción de Tenerife.

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