Oswald, Mailer y Pessoa, en el río (1)

Corazón

Confieso que en algunos amaneceres me ha traspasado el deseo de estar jugando al ajedrez a la sombra de un árbol, como los ajedrecistas persas de Fernando Pessoa, bebiendo un sorbo de vino fresco depués de haber movido una pieza. Y continuar la partida sin importarme que se inicie una guerra a diez metros de mí o que las casas a mi alrededor ardan y sean saqueadas. Ser únicamente un jugador de ajedrez que juega al ajedrez sin escuchar los gritos de los hombres apuñalados en una jaima, de las mujeres violadas al borde del desierto ni de los invasores que caen ensangrentados en las calles sin luz. Continuar jugando el mismo juego sin hacer caso a la vida, sabiendo que las patrias, las glorias y las virtudes son menos importantes que las magnolias o que un hermoso gambito de rey.

Mentiría si no reconociera que más de una vez quise convertirme en Ricardo Reis, el alter alias del poeta Pessoa, y sentarme con Lidia en la orilla del río (sin enlazar siquiera nuestras manos) para contemplar juntos la vida pasar; y pensando que podríamos, si quisiéramos, cambiar besos y abrazos y caricias, pero que más valía estar sentados uno junto al otro, oyendo correr el río. Sosegadamente.

Admito que nunca pude hacerlo. Siempre quise saber a dónde iba la corriente, deslizarme junto a ella por lejos que me llevase y observar los rostros de quienes gritaban aterrorizados; pero, sobre todo, averiguar en qué lugares nacía el río, cómo eran sus aguas antes de unirse, por qué no había luz en la calle donde el invasor murió apedreado y asomarme a sus ojos vidriosos para ver si alguna vez fue niño. Entender por qué la suma de tantos infortunios empuja la vida hacia el amor y la belleza, finalmente.

Supongo que al difunto Norman Mailer tuvo que sucederle algo parecido. Mientras escribió su Oswald, debió haber pensado mil veces que hubiera sido mejor sentarse en la orilla del río o a la sombra del semáforo que crece junto al edificio del New Yorker, en Manhatan, antes que embarcarse corriente arriba para entender a un asesino. Más exactamente, a un presunto asesino.

Leí hace años ese libro. Por mucho tiempo lo he tenido olvidado, pero anoche, mientras jugaba una partida de ajedrez, sentado sobre una alfombra (que se me antojó persa, aunque debía ser de Ikea), una jugada de mi contrincante me recordó los dos poemas de Pessoa y empecé a preguntarme por qué nos gusta tanto complicarnos la vida. No me vino a la cabeza Mailer, sino su biografiado, Lee Harvey Oswald, el asesino oficial de John F. Kennedy.

A lo largo de novecientas páginas, el autor y sus corresponsales recorren durante años un auténtico calvario –dentro y fuera de los agentes y de los archivos de la KGB, dentro y fuera de los de la CIA y del FBI– para explicar qué sucedió durante las horas que antecedieron y siguieron al asesinato del presidente americano. Y, sobre todo, por qué el joven Oswald pudo o no pudo haber apretado el gatillo aquella mañana en Dallas.

La novela –si es que así se puede calificar a un libro biográfico, casi periodístico– comienza en Moscú. Mil novecientos cincuenta y nueve Lee Harvey Oswald es un jovencito que llega a la capital de la temida Unión Soviética con un grupo de turistas norteamericanos ¡y decide quedarse! No es fácil, pero lo consigue.

Ahí tenemos a un muchacho idealista o desequilibrado (¿dónde está la frontera entre ambos calificativos, al que también podríamos agregar el de conservador?) que se aleja de la orilla y corre hacia el corazón del huracán. Las peripecias de Oswald en Rusia, donde trabaja, se casa y hasta tiene un hijo, malviviendo de un sueldo en una fábrica no constituyen algo extraordinario. En el exterior todo es normal, excepto que la KGB tiene alquilado el piso de arriba y graba sus conversaciones y fotografía sus movimientos. Pero durante mucho tiempo eso es irrelevante para Oswald, puesto que lo desconoce. La verdadera aventura se libra en su interior. Y en ese espacio íntimo, manantial donde nacen los impulsos futuros, Norman Mailer fija sus ojos y los nuestros, y nos invita a acompañarle en el viaje río arriba.

Si se le hubiese preguntado al propio Oswald, habría considerado esa vida interior como irrelevante, al menos en esos momentos, como nos sucede a casi todos los seres humanos cuando tratamos de valorar nuestros pensamientos. Si embargo, Mailer demuestra que no es así. Que si una mariposa bate sus alas en Moscú, puede desbordar un río en Dallas.

(Continúa)

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4 pensamientos en “Oswald, Mailer y Pessoa, en el río (1)

  1. Hola. No recuerdo en qué sitio leí algo sobre la emigración Canaria a Puerto Rico, y quisiera recordar que era obra tuya. Estarías dispuesto a refrescarme la memoria?

    • Podría ser en el periódico “El Nuevo Día” de San Juan de Puerto Rico. He escrito bastante sobre eso y hace unos años presenté en Puerto Rico un documental sobre la historia de la emigración canaria a esa isla. Saludos cordiales.

  2. Buenos Dias Manolo.
    Soy Mirella.
    No te he podido escribir en estos ultimos meses porque he tenido muchos examenes. El día que no tenia un examen estaba estudiando para otro. ¡Feliz año nuevo!

    Un saludo, Mirella.

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