Tajao: de lo bello y sus rocas

SUCEDE que uno pasa mil veces por el mismo lugar y no lo ve. En la siguiente ocasión, igual que un milagro, ante nuestros ojos, como una radiante joya que acabara de nacer, aparece el objeto, la persona o el paisaje que siempre estuvo allí y que de manera incomprensible permaneció incorpóreo para nosotros. Eso fue lo que me ocurrió un ya lejano domingo de 2007, en Tajao, un pueblito marinero, en el Sur de Tenerife.

Sería la hora de la siesta cuando estaba yo leyendo “La Llamarada”, una novela escrita, en su juventud, por el gran escritor boricua Laguerre. Me protegía del fuerte sol, sentado en la parte trasera de una roca de color lechoso que se encuentra en el inicio del muelle. Igual que los pescadores en sus casas, el mar también parecía dormir la siesta, movía con pereza su piel y casi no salpicaba a otra roca situada a pocos metros de tierra firme.

La descripción de la vida en las plantaciones caribeñas durante las primeras décadas del siglo XX me absorbía. Las referencias poéticas de Laguerre a la intensidad de los azules y los verdes en el paisaje de su país me tenían tan fascinado que no me di cuenta de los azules de mi patria hasta que levanté los ojos del libro.

Repentinamente, como surgido de la chistera de un prestidigitador, di con un paisaje índigo: cielo y mar: únicamente interrumpido por la presencia de grandes rocas blancas: insólitas esculturas albinas que parecían haber sido elaboradas, pocos segundos antes, con azúcar aventada desde las plantaciones de caña que yo estaba leyendo. Conmovido por lo que veía, me puse en pie y corrí al coche para buscar la cámara fotográfica, antes de que se desvaneciese aquel prodigio.

Cuando volví, todo seguía en su lugar: lo blanco y lo azul. Comencé a disparar una foto tras otra, rodeando la roca en que me encontraba, desconcertado por no haber percibido antes la belleza que se derramaba ante mis ojos. No sé calcular ahora cuánto tiempo necesité para hacer medio centenar de fotografías; pero tengo la seguridad de que durante esos momentos estaba produciéndose uno de los milagros que más felicidad producen en un ser humano: descubrir la belleza que súbitamente se revela.

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