El pollo que mató a Francis Bacon

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Cuadro «Creación de las aves», de Remedios Varo. (Fotografía propia realizada en la exposición de 2019 en el Museo de Arte Moderno de Ciudad de México).

Aprendamos en cabeza ajena: Francis Bacon murió por sacar un pollo a la calle. Me refiero al primer Francis Bacon, el filósofo y político londinense que la diñó exactamente diez años después de que Shakespeare y Cervantes estuvieran criando malvas.
El mismo Bacon que podría decir hoy a los candidatos al gobierno aquella frase suya: “No hay cosa que haga más daño a una nación como el que la gente astuta pase por inteligente”.

EL MALDITO POLLO
Como filósofo, Bacon tenía una imaginación desbocada. Ingeniosidades de loco, claro: un día pensó que la carne se podía conservar mejor en frío que en sal. ¡A quién se le ocurre!
Como el buen loco que era, Francis pasó de la teoría a la acción: una mañana de invierno compró un pollo. Tenía gente a su servicio, pero se dijo:
–Si alguien se entera de lo que voy a hacer, me encierran por loco.
Así que también tuvo que matar personalmente al pollo. A continuación, en mangas de camisa, se dirigió a una habitación desocupada, donde desplumó al animalito, mientras la nieve caía afuera como debe caer: blanca y silenciosa. Bacon abrió el pollo, le cortó la cabeza y retiró sus entrañas.

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Imagen central del tríptico «Tres estudios para figuras en la base de una crucifixión», del pintor irlandés Francis Bacon.

De inmediato, tomó en sus manos el ave y, presa de la emoción, no se puso un abrigo para salir al exterior. Una vez en la calle, tiritando por el intenso frío, rellenó el pollo con los copos que continuaban cayendo y lo enterró en la nieve.
Un perro desenterró el pollo dos semanas más tarde, porque Francis Bacon no pudo hacerlo. Tenía una razón poderosa: estaba reposando en una tumba, debido a la neumonía que había contraído cuando intentaba demostrar su idea loca y majadera de que el frío conserva mejor que la sal.
Lo peor es que su insensatez se aireó por boca de sus criados y todo Londres estuvo riendo unos cuantos siglos de la ignorancia de aquel filósofo con nombre de panceta.

MORALEJA: ¡Cuidadito con sacar los pollos a la calle, sobre todo si están pintados en una bandera! Los pollos los carga el diablo…