El muy gracioso caso del fraile Juan de Villalpando y la Madre Catalina

GARACHICO
Garachico, el pueblo de Tenerife donde nació Juan de Vollalpando.
 
En la provincia franciscana de San Diego de Canarias se recomendaba a los educadores de los conventos extremar el cuidado respecto a la oración mental dadas las desviaciones que se habían producido durante los años pasados en los frailes alumbrados como el maestro Juan de Villalpando.
Este monje, sospechoso de herejía y de actos vergonzantes, era natural de Garachico, un pueblo situado al norte de la isla de Tenerife.
Fue juzgado junto a la Madre Catalina por la Inquisición de Sevilla en uno de los casos más escandalosos de su época. Perteneció a la secta de los alumbrados: muy populares todavía en el siglo diecisiete por su desmesurada afición a la oración mental.
Afirmaban que si se practicaba ésta no era necesario ningún otro acto piadoso para alcanzar la salvación. Por supuesto que alguien debía poner fin a aquella herejía que trataba de puentear a los ministros de la Iglesia.
El Santo Oficio no tardó mucho en seguir sus pasos de cerca. Se acusó a fray Luis de Granada por su Libro de la Oración y Meditación y un calificador llamado Domingo Farfán denunció nada menos que cincuenta proposiciones de alumbrados en la Noche oscura de San Juan de la Cruz. Tampoco se escaparon el beato Juan de Ávila y muchos otros personajes de los siglos XVII y XVIII.

Todos querían contemplar el morboso auto

Pero ninguno de los acusados fue tan estrafalario como el tinerfeño Villalpando cuyo juicio se celebró el 28 de febrero de 1627 en Sevilla con asistencia de una morbosa muchedumbre que llegó de toda Andalucía y de otras partes de la Península Ibérica. Puro morbo. Quedaría escrito en las actas del Santo Oficio:
“Con ser este aucto particular, vino a ser el más solemne y de mayor concurso de gente, assí de la ciudad como forastera, que jamás se ha visto en otro.”
A los ojos del pueblo la madre Catalina de Jesús y el Maestro Juan se habían convertidos en auténticos héroes multitudinarios y en víctimas de la odiada y temida Inquisición que los mantuvo presos durante cuatro años antes de que fueran juzgados.

El juicio duró desde el amanecer hasta la noche

Al tinerfeño lo acusaron doscientos sesenta y dos testigos de ochocientas proposiciones heréticas erróneas malsonantes y vergonzantes. Únicamente se le pudieron probar doscientas cincuenta y nueve. Los instructores del caso se lamentaban del ingente trabajo que habían tenido que realizar para diligenciar esa causa. El fraile y la madre Catalina de Jesús se quejaron de haber recibido malos tratos de los dominicos que actuaban como secretarios en los interrogatorios. Entre otros centenares de pecados a ella la acusaron de haber manifestado
“que estando muy inflamada en el amor de Dios, en cierta ocasión le dixo nuestro Señor, que con el fuego y la sangre que ella tenía saya embevida en su alma; cozida en su pecho: se avía de hazer leche para que la comunicara a todas las almas que tratasse.”

Los pechos de la Madre Catalina de Jesús

Los pechos de la madre Catalina eran también muy venerados por el maestro tinerfeño según se deduce de la declaración de otro testigo que afirmaba de la madre Catalina
“que, publicando de sí tanta sanctidad, se tratava regaladamente y se entretenía en comidas y cenas de conversación, y en huelgas en el campo, con clérigos sus devotos, y que con uno en particular tenía tanta comunicación y amistad que se estava con ella todas las noches hasta las diez y las onze, y muchas vezes solos y a escuras. El cual tenía llave maestra de una puerta falsa de casa la susodicha, por donde entraba de noche y de día; y que viniendo él de fuera de Sevilla y saliendo a predicar, y va a ver a la susodicha antes de entrar en su casa, haziéndose sospechar que no era bueno su trato.”
En los ratos que le dejaban libre la veneración de los pechos de la madre Catalina parece que el maestro Juan Villalpando
“predicava que nadie se podía salvar sin oración mental, y que esto era de fee, y que la vocal importava poco; y que la mental sola bastava para salvarse, sin la penitencia; y que era mejor tener mucha oración mental que hazer mucha penitencia, y que para recogerse en oración mental, no avía necessidad de Imágenes.”

Las manos en los pechos y la lengua en la boca

No obstante lo que molestó sobremanera a sus jueces fue “que cerrassen los ojos para comulgar y no se parassen para oyr Missa, aunque elevassen el Santísimo Sacramento y que era impossible entrar los casados en el cielo” consejo que según el Santo Tribunal repartía el tinerfeño para tener más sensibles a las señoras que transitaban su iglesia. Extremo que confirman indirectamente otros testigos, al relatar “que en otra ocasión dixo, confessando a una muger, que a sus hijas de confessión las besava y les metía las manos en los pechos y la lengua en la boca y que en aquello se merezía más. Y que confessando a otra, fue visto alçar el braço y como que se lo metía a la susodicha debaxo del manto.”

El inesperado castigo

Su condena resultó leve para la que pudo haberse llevado pero al mismo tiempo ha de considerarse muy dura para un hombre tan acostumbrado a disfrutar de su parroquia: cuatro años de reclusión en un monasterio ¡masculino! y la obligación de retractarse en un Auto de Fe público.
Tuvo suerte de que no consideraran que había puesto en duda algún dogma cristiano porque en ese caso el castigo habría sido de los que hacen época. Lo más probable es que los dominicos le dejaran marchar de rositas con tal de no llevar a cabo el agotador trabajo que les habría producido continuar con más averiguaciones, dado que había cientos de feligresas que sólo cantaban sus alabanzas.
 
(Copyright by Manuel Mora Morales. Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción sin permiso escrito del autor. Texto procedente de la novela histórica Canarias, de Manuel Mora Morales, 2012)

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