¿Por qué nos gusta linchar?

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Linchar* (ver nota a pie de página)

El término linchar debe su origen a Charles Lynch, un juez de Virginia que durante la Guerra de Independencia dio órdenes de ejecutar a un grupo de hombres leales al rey de Inglaterra sin celebrar un juicio previamente.

UN CASO CONCRETO DE LINCHAMIENTOS

No voy a hablar de ninguna muerte, pero sí de linchamientos. Verán, soy el administrador de un grupo de Facebook que cuenta con cerca de 40.000 miembros. En él he aprendido que la mayoría de nosotros tiene tendencia a linchar no sólo a cualquier persona sino también a cualquier cosa. Trataré de explicarme.

Cuando creé este grupo –su temática es comer fuera de casa y cada miembro cuenta su experiencia con fotos y textos–. estaba convencido de que no haría falta moderar los comentarios. La gente, pensaba yo, no tiene por qué mentir sobre cómo le ha ido en sus comidas con amigos o familiares.

Al poco tiempo, aparecieron algunas críticas que hablaban mal de pequeños establecimientos, de su comida, del precio, etc. No le di mayor importancia y hasta creí que era muy sano que cada cual expresara su opinión en completa libertad. Pasaron algunas semanas y caí en la cuenta de que cada vez que entraba un comentario negativo, debajo de él aparecían rápidamente decenas de opiniones en el mismo sentido.

Sin importar que el primer comentario negativo fuera completamente descabellado, sin ninguna lógica o que expresara mala fe, junto a él afloraban otros parecidos, escritos por miembros que no habían comido nunca en aquel establecimiento ni lo habían visitado jamás.

Entonces redacté unas normas en las que se prohibía hablar mal de cualquier negocio de comidas, recomendando no mencionar a los establecimientos que tuvieran deficiencias. De esta manera, se podría recomendar los buenos y silenciar los malos.

La mayor parte de los miembros se atuvieron a la norma, pero otros muchos siguieron con sus críticas desproporcionadas. Fue imposible hacerles cambiar y no tuve otra alternativa que comenzar a bloquearlos, porque estaban perjudicando a una gran cantidad de pequeños negocios familiares.

El grupo siguió creciendo y hoy tiene tantos miembros como una pequeña ciudad, pero cada semana aparece alguien que lanza un ataque furibundo. Si tardo unas horas en borrarlo y bloquear a la persona de la crítica negativa, ese post se llena de muchos otros comentarios hablando mal del establecimiento, de la comida, del precio, de la calidad del vino y hasta de los dueños. Si uno los va analizando, uno a uno, se da cuenta de que son opiniones irrazonables, escritas impulsivamente.

INTERROGANTES

¿Por qué sucede esto?, ¿por qué cuando vemos una crítica negativa hacia algo o alguien sentimos la necesidad de sumarnos y meter el dedo en la herida para agrandar el daño?, ¿por qué en esos casos no nos paramos a pensar detenidamente antes de lanzarnos a criticar y a difamar?, ¿somos imitadores natos como nuestros parientes los monos y no podemos evitar sumarnos a los linchamientos de igual manera que bebemos refrescos de determinada marca o repetimos constantemente muletillas y lugares comunes de que se han puesto de moda?

Todas esas preguntas me las vengo haciendo desde que he sufrido esta desagradable experiencia. Incluso, creo que algo he cambiado en ese aspecto y me fijo más en cómo los contertulios de los programa de radio o de televisión se dejan llevar por las opiniones anteriores a las suyas.

ALGUNAS RESPUESTAS

Por esta razón gozan de tanto éxito los programas del “corazón” que tienen su razón de ser en despellejar a cualquier prójimo o prójima. O cómo algunos periodistas, cuyo único oficio –y no inocente oficio– consiste en promover el linchamiento de un determinado líder político o social, cuentan con millones de seguidores.

A veces, me siento aterrado por los muchos defectos que arrastramos los seres humanos. Una veces de forma colectiva y otras, individualmente. Pero creo que una de las peores flaquezas es esa tendencia incontrolable que tienen muchas personas a linchar a sus semejantes, con razones o sin ellas.

Ahí tenemos lo sucedido en Alemania con los judíos: millones de personas linchado –con sus acciones o con sus omisiones– a sus vecinos judíos.

Ahora, aparece Donald Trump con su cruzada contra los árabes y los hispanos. ¿Alguien piensa que los sesenta millones de compatriotas del juez Lynch que lo votaron no participan en el acorralamiento que están sufriendo esas comunidades de inmigrantes? Presentar a una víctima para machacarla suele tener mucho éxito y hasta se puede ganar las elecciones en el país más poderoso del mundo.

Para qué seguir buscando ejemplos, si todos sabemos dónde encontrarlos en cualquier parte del mundo o cerca de nuestra casa: niños acosados en los colegios, mujeres apedreadas por ser infieles, futbolistas insultados durante muchos partidos, etc.

Lo que sí va a ser difícil es poner remedio porque, como creyeron los miembros de aquel grupo de Facebook, los linchadores cuando linchan piensan que están ejerciendo su derecho inalienable a la crítica. Una crítica injusta que les proporciona un placer morboso pero cercano, muy cercano a su idea de la felicidad.

A pesar de todo lo dicho, estoy convencido de que si existe alguna cura contra este defecto habrá que buscarla en la educación, aunque no sólo en ella.

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NOTA

linchar: De Ch. Lynch, juez de Virginia en el siglo XVIII 1. tr. Ejecutar sin proceso y tumultuariamente a un sospechoso o a un reo.

El Diccionario de la Real Academia define de esta manera el verbo linchar, pero en la actualidad su significado es mucho más amplio y se emplea para definir los multitudinarios ataques físicos o verbales contra una persona, grupos humanos, instituciones, empresas, obras literarias, etc.

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Congreso Internacional de la Lengua Española en San Juan de Puerto Rico: los académicos españoles muestran al mundo algo más que su mala educación

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Estoy avergonzado de tener el mismo pasaporte que los miembros españoles de la Real Academia Española. Siento tener que escribir esto, pero es difícil sustraerse a la indignación y a la vergüenza ajena.

PRIMERA PARTE

Cuenta mi amiga puertorriqueña, Vilma Molina Casanova, que estaba esperando en el aeropuerto de Miami para subir al avión de America Airline con destino a San Juan de Puerto Rico cuando contempló una escena patética: decenas de miembros de la Real Academia Española colándose en la fila de embarque mientras se reían de su gracieta y de la desesperación de la asistente del aeropuerto. El resto de los pasajeros no podía dar crédito a las muestras de prepotencia, mala educación y machismo exhibidas por los académicos españoles que se dirigían al Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE).

SEGUNDA PARTE

Mi apreciada Vilma, que es descendiente de emigrantes canarios llegados a Puerto Rico en el siglo XIX, se fijó en otro detalle que la indignó: los chicos de la Real Academia se burlaban de la dicción de un canario que iba en el avión, que es tanto como hacerlo de los 500 millones de personas que han nacido en Latinoamérica, las cuales se resisten con toda la razón del mundo a llamar Hispanoamérica a su continente.

CIERTO OLOR A PODRIDO

No sólo una gran parte de la clase política española despide olor a podrido. También las instituciones casposas como la Real Academia deberían renovarse con personas educadas, conscientes de que va siendo hora de que las actitudes colonialistas españolas toquen a su fin.

Estas actitudes forman parte, ni más ni menos, de lo que Mario Moreno Cantinflas llamaba “falta de ignorancia”.

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La rebelión de los adjetivos

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¿LOS MEDIOS ESTÁN DEGRADANDO EL LENGUAJE?

Parece una plaga. ¿Pero, realmente, lo es?, ¿o se trata, únicamente, de un proceso necesario?, ¿existe una relación entre la igualdad de oportunidades y los gazapos gramaticales? y respecto a los logros democráticos… ¿tienen algo que ver con la mala gestión de los adjetivos, travestidos en falda-pantalón y pedestres invasores de los espacios cultos?

Acabo de leer en El País de hoy, día 22 de diciembre, la siguiente frase:

“El autor, el afroamericano Ismaaiyl Brinsley, de 28 años, huyó a una estación de metro, donde se quitó la vida con el mismo arma.”

En este periódico, que presumía hace pocos años de utilizar el manual de estilo más sofisticado de los medios de comunicación en lengua española, aparecen con frecuencia determinantes y adjetivos en género masculino (des)concordando con los sustantivos femeninos que comienzan por la letra /a/ tónica. ¿Es una falta grave? El asunto es más complicado –¡y más interesante!– de lo que parece a primera vista.

POR QUÉ ES UNA INCORRECCIÓN

Se trata de una incorrección gramatical que se debería tener en cuenta desde la educación primaria. El artículo femenino toma la forma “el”, “un” o “algún” para evitar unir la /a/ final de la forma femenina del artículo con la primera /a/ del sustantivo (“la agua”). Es decir, se trata de evitar una aliteración. Sin embargo, eso no quiere decir que el sustantivo haya cambiado su género: sólo cambia su forma y continúa siendo femenino. Sería correcto decir “el agua”, pero no “este agua” o ” el agua fresco”.

QUIÉNES DIFUNDEN EL ERROR GRAMATICAL

No obstante, emisoras de televisión y de radio, prensa, redes sociales, revistas e, incluso, libros de todo tipo cometen y difunden esta incorrección de forma masiva. No hay partido de fútbol radiado o televisado en el que los locutores no digan “este área”. Pocos telediarios se salvan de errores similares:  “este arma”, “ese agua”, “el afilado hacha”, etc.

Por descontado, los futbolistas siguen su ejemplo y los políticos también hacen íntimamente suya la incorrección: “Yo nunca he participado en ese área de gobierno”, “No me atrevo a decir que de este agua no beberé”, etc.

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EL QUE MANDA, MANDA

En parte, es comprensible el error gramatical, porque resulta tan lógico decir “este agua” como “el agua”. ¿Por qué es lógico? La respuesta es simple: existe la misma aliteración en “la agua” que en “esta agua”.

Pero la gramática española no es lógica como el latín, sino académica como la Academia. De modo que la Gramática de la RAE nos advierte:

“El artículo femenino presenta la variante el, que precede a los sustantivos que comienzan con /a/ tónica. En las mismas condiciones, también el artículo indeterminado un y los cuantificadores algún y ningún pueden combi­narse con sustantivos femeninos: {un ~ algún ~ ningún} arma.

Tal asimilación con el masculino se extiende a veces indebidamente a otros determinantes y adjetivos que preceden al sustantivo.

Se trata de usos frecuentes pero incorrectos, que se recomienda evitar: este hacha, ese acta, el otro ave, todo el hambre, poco agua, el primer área, el mismo arma, aquel aula, en lugar de las variantes correctas esta hacha, esa acta, la otra ave, toda el hambre, poca agua, la primera área, la misma arma, aquella aula.[1]

¿CAMBIARÁ LA NORMA?

Esta norma de la RAE es lo académicamente correcto hasta nuestros días. Sin embargo, cabe preguntarse si la ingente acumulación de estas incorrecciones en una gran parte de quienes hablan y escriben para millones de personas –periodistas, futbolistas, actores, políticos, etc.– no terminará por cambiar esta norma gramatical y, con ella, modificar el género de un considerable número de palabras de nuestro idioma que pasarían del femenino al masculino –no al epiceno, puesto que todas no se refieren específicamente a seres vivos– por el simple hecho de comenzar por la letra /a/.

Las lenguas vivas varían su morfología y su sintaxis debido a los pequeños cambios que introducen los hablantes a lo largo de los años. Las incorrecciones de hoy pueden convertirse en las normas académicas de mañana: el español, el francés y el italiano nacieron de un latín mal hablado. Es cómico, pero no tan descabellado, pensar que en el año 2020 el futuro presidente de la Real Academia Española ordene a uno de sus nietos:

Arturín, pásame un vaso de ese agua fresco, porque se me está atragantando un bocado de este ave cocinado por ese  alma de Dios que es nuestro cocinero.

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ASÍ CAMBIARÁ LA NORMA, SI CAMBIA

Evidentemente, si la norma cambia, en los próximos años, no será de una manera tan radical que dé pie a frases como la del párrafo anterior.

Sin embargo, basado en lo que he apuntado más arriba sobre la semejanza de las aliteraciones de los artículos con las de otros determinantes, creo  probable que se permita, en este caso, el uso de los determinantes con forma masculina singular: este, ese, aquel.

En sus formas plurales no parece necesario el cambio. Los posesivos (mi, tu, su), como tampoco producen aliteración, podrían conservar su forma actual. No es probable que los adjetivos femeninos cambien su terminación a formas propias del masculino, aun cuando también produzcan aliteración, puesto que en español es habitual colocarlos después del sustantivo: “agua fría” en lugar de “fría agua”.

DEMOCRATIZACIÓN VERSUS GRAMÁTICA: ¿UNA ECUACIÓN POR RESOLVER O UNA UTOPÍA?

En realidad, aunque reconozco que me suena algo estridente, no siento la menor indignación cuando escucho a diario esta confusión de géneros. Al contrario. Creo que la democratización de la política y la llegada de las clases populares mal escolarizadas a los medios de comunicación y a las instituciones suponen un avance social irrenunciable, aunque se produzcan pequeños desajustes colaterales como éste, referido a la confusión gramatical.

No creo que a estas alturas seamos capaces de pensar siquiera en la posibilidad de sacrificar nuestros pequeños avances en derechos democráticos y en igualdad de oportunidades a cambio de conservar el lustre, la limpieza y el brillo gramaticales.

Para compaginar ambos sería necesario contar con un buen sistema de enseñanza pública que, por desgracia, cada vez parece más lejos del alcance de las clases populares.

No obstante, por contradictorio que parezca, la enseñanza pública se optimizará con la profundización tanto en el sistema democrático como en la igualdad de oportunidades jurídicas, laborales, culturales y sociales para todos los ciudadanos.

Es un camino arduo, pero no existe otro.

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NOTAS

[1]  La RAE insiste sobre la norma que comenta este artículo, puesto que es consciente del mal uso que se hace de ella.

“El agua, esta agua, mucha agua
El sustantivo agua es de género femenino, pero tiene la particularidad de comenzar por /a/ tónica (la vocal tónica de una palabra es aquella en la que recae el acento de intensidad: [água]). Por razones de fonética histórica, este tipo de palabras seleccionan en singular la forma el del artículo, en lugar de la forma femenina normal la. Esta regla solo opera cuando el artículo antecede inmediatamente al sustantivo, de ahí que digamos el agua, el área, el hacha; pero si entre el artículo y el sustantivo se interpone otra palabra, la regla queda sin efecto, de ahí que digamos la misma agua, la extensa área, la afilada hacha. Puesto que estas palabras son femeninas, los adjetivos deben concordar siempre en femenino: el agua clara, el área extensa, el hacha afilada (y no el agua claro, el área extenso, el hacha afilado).
Por su parte, el indefinido una toma generalmente la forma un cuando antecede inmediatamente a sustantivos femeninos que comienzan por /a/ tónica: un área, un hacha, un águila (si bien no es incorrecto, aunque sí poco frecuente, utilizar la forma plena una: una área, una hacha, una águila). Asimismo, los indefinidos alguna y ninguna pueden adoptar en estos casos las formas apocopadas (algún alma, ningún alma) o mantener las formas plenas (alguna alma, ninguna alma).
Al tratarse de sustantivos femeninos, con los demostrativos este, ese, aquel o con cualquier otro adjetivo determinativo, como todo, mucho, poco, otro, etc., deben usarse las formas femeninas correspondientes: esta hacha, aquella misma arma, toda el agua, mucha hambre, etc. (y no este hacha, aquel mismo arma, todo el agua, mucho hambre, etc.).”

Las dudas que no despejen los anteriores párrafos de la RAE sobre el empleo de los determinantes y adjetivos con los sustantivos que comienzan por /a/ son resueltas por los siguientes acápites que se encuentran en el

Diccionario panhispánico de dudas

“2.1. El artículo femenino la toma obligatoriamente la forma el cuando se antepone a sustantivos femeninos que comienzan por /a/ tónica (gráficamente a- o ha-), con muy pocas excepciones (→ 2.3); así, decimos el águila, el aula o el hacha (y no la águila, la aula o la hacha). Aunque esta forma es idéntica a la del artículo masculino, en realidad se trata, en estos casos, de una variante formal del artículo femenino. El artículo femenino la deriva del demostrativo latino illa, que, en un primer estadio de su evolución, dio ela, forma que, ante consonante, tendía a perder la e inicial: illa > (e)la + consonante > la; por el contrario, ante vocal, incluso ante vocal átona, la forma ela tendía a perder la a final: illa > el(a) + vocal > el; así, de ela agua > el(a) agua > el agua; de ela arena > el(a) arena > el arena o de ela espada > el(a) espada > el espada. Con el tiempo, esta tendencia solo se mantuvo ante sustantivos que comenzaban por /a/ tónica, y así ha llegado a nuestros días. El uso de la forma el ante nombres femeninos solo se da cuando el artículo precede inmediatamente al sustantivo, y no cuando entre ambos se interpone otro elemento: el agua fría, pero la mejor agua; el hacha del leñador, pero la afilada hacha. En la lengua actual, este fenómeno solo se produce ante sustantivos, y no ante adjetivos; así, aunque en la lengua medieval y clásica eran normales secuencias como el alta hierba o el alta cumbre, hoy diríamos la alta hierba o la alta cumbre: «Preocupa la actitud de la alta burocracia» (Tiempos [Bol.] 11.12.96). Incluso si se elide el sustantivo, sigue usándose ante el adjetivo la forma la: «La Europa húmeda […] no tiene necesidad de irrigación, mientras que la árida, como España, está obligada a hacer obras» (Tortolero Agua [Méx. 2000]). Ante sustantivos que comienzan por /a/ átona se usa hoy, únicamente, la forma la: la amapola, la habitación. Ha de evitarse, por tanto, el error frecuente de utilizar la forma el del artículo ante los derivados de sustantivos femeninos que comienzan por /a/ tónica, cuando esa forma derivada ya no lleva el acento en la /a/ inicial; así, debe decirse, por ejemplo, la agüita, y no el agüita. Este mismo error debe evitarse en el caso de sustantivos femeninos compuestos que comienzan por /a/ átona, pero cuyo primer elemento, como palabra independiente, comienza por /a/ tónica; así, por ejemplo, debe decirse la aguamarina, y no el aguamarina (→ aguamarina).

2.2. La fuerte asociación que los hablantes establecen entre la forma el del artículo y el género masculino —unida al hecho de la apócope frecuente de las formas femeninas del indefinido uno y sus compuestos alguno y ninguno ante sustantivos femeninos que comienzan por /a/ tónica: un alma, algún hada, ningún arma (→ uno, alguno, ninguno)— provoca, por contagio, que se cometa a menudo la incorrección de utilizar las formas masculinas de los demostrativos este, ese y aquel delante de este tipo de sustantivos: este agua, ese hacha, aquel águila, cuando debe decirse esta agua, esa hacha, aquella águila. El contagio se extiende, en el habla descuidada, a otro tipo de adjetivos determinativos, como todo, mucho, poco, otro, etc.: «Desde que nacemos estamos […] con mucho hambre» (Nación [Arg.] 1.7.92), en lugar de mucha hambre; «El balón viajó por todo el área» (Mundo [Esp.] 30.10.95), en lugar de toda el área; «Había poco agua y su coste era bajo» (Tecno [Esp.] 3.01), en lugar de poca agua. Hay que tener presente que el empleo de la forma el del artículo no convierte en masculinos estos sustantivos, que siguen siendo femeninos y, por consiguiente, exigen la concordancia en femenino de los adjetivos a ellos referidos; así pues, debe decirse el águila majestuosa (y no el águila majestuoso), el acta constitutiva (y no el acta constitutivo), etc. El uso erróneo de la forma masculina del adjetivo es más frecuente, pero igualmente inadmisible, cuando el adjetivo va antepuesto al sustantivo: «Los niños […] pueden distinguir cualquier diferencia fonética e integrarla en un único área del cerebro» (Abc [Esp.] 10.7.97); debió decirse una única área del cerebro.

2.3. Hay algunas excepciones al uso de la forma el del artículo ante sustantivos femeninos que comienzan por /a/ tónica. A este respecto ha de tenerse en cuenta lo siguiente:

a) Se usa la y no el ante los nombres de las letras a, hache y alfa: «La p con la a, pa» (País [Esp.] 1.6.85); «La hache es muda» (Miguel Perversión [Esp. 1994]); Apretando estas tres teclas se obtiene la alfa con iota suscrita; ante los nombres propios de mujer, cuando llevan artículo (→ 4): «Era la Ana de los días gloriosos» (Aguilera Caricia [Méx. 1983]); y ante las siglas, cuando el núcleo de la denominación no abreviada (normalmente, la palabra representada por la primera letra de la sigla) es un sustantivo femenino que no comienza por /a/ tónica: «La APA [= Asociación de Padres de Alumnos] ha tomado esta decisión» (Mundo [Esp.] 1.3.94), ya que asociación es un sustantivo femenino cuya /a/ inicial es átona.

b) En el caso de los sustantivos que comienzan por /a/ tónica y designan seres sexuados, si tienen una única forma, válida para ambos géneros, se mantiene el uso de la forma la del artículo cuando el referente es femenino, ya que este es el único modo de señalar su sexo: la árabe, la ácrata. Si se trata, en cambio, de sustantivos de dos terminaciones, una para cada género, la tradición nos ha legado el uso de la forma el del artículo ante el nombre femenino, como en el caso de ama o aya: «Ya vienen hacia ustedes el ama de llaves y dos mozos» (Montaño Andanzas [Méx. 1995]); «La señora paseaba con el aya y el doncel don Domènec, en las plácidas tardes de otoño» (Faner Flor [Esp. 1986]). Sin embargo, en los sustantivos que, teniendo asimismo dos terminaciones, han comenzado a usarse solo recientemente en femenino, los hablantes, de forma espontánea, tienden a usar la forma la del artículo, pues se carece, en estos casos, de tradición heredada; es el caso de la palabra árbitra (→ árbitro), con la que los hablantes usan, espontáneamente, la forma la y no el: «Pilar Guerra Lorenzo, la árbitra de 16 años que el pasado sábado fue agredida salvajemente en Valladolid, […] medita no volver a dirigir ningún partido» (País [Esp.] 4.2.99). Es muy probable que la razón de que los hablantes digan, espontáneamente, la árbitra (y no el árbitra) sea que, perdida ya toda conciencia de que la forma el ante nombres femeninos procede, por evolución, de un femenino ela, en el sistema actual, la forma el se asocia exclusivamente con el género masculino y la con el femenino; quizá por ello, en los nuevos usos, cuando el sustantivo se refiere a seres sexuados, tiende a rechazarse la aplicación de la antigua norma.

c) Cuando el artículo acompaña a topónimos femeninos que comienzan por /a/ tónica (→ 5), el uso es fluctuante. Con los nombres de continente se emplea la forma el: «Existen […] diferencias grandes entre el África, el Asia y la América Latina» (Tiempo [Col.] 4.9.97); «Los pueblos del África subsahariana no habían desarrollado movimientos nacionalistas» (Tusell Geografía [Esp. 1995]); en el caso de las ciudades o los países, en cambio, se emplea con preferencia la forma la, que incluso forma parte del nombre propio en el caso de La Haya: «El Tribunal de La Haya rechazó la apelación libia» (Expreso [Perú] 15.4.92); «En la Ámsterdam lluviosa de ayer, este no era el único asunto» (Mundo [Esp.] 12.9.95); «Lo expulsaron de la Austria católica» (Paso Palinuro [Méx. 1977]).”

La didáctica de la Ética y la ética de la Didáctica: la manipulación como ejemplo

UNA ENSEÑANZA COOPERATIVA A LA CARTA

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Las malas praxis de excelentes teorías no sólo producen daño a quienes las sufren y las ponen en práctica, sino que su generalización puede terminar contaminando por completo una buena teoría. Para muestra, un botón didáctico.

Hace poco tiempo, escuché a un profesor hablar sobre los beneficios de lo que él denominaba “Enseñanza Cooperativa”. Resumiendo mucho, se trataba de dividir la clase en grupos de cuatro alumnos que debían realizar actividades en las que todos sus componentes “remaran” en la misma dirección para que ese equipo alcanzara una meta determinada. Expuesto de esta manera no se encuentran muchas objeciones al método; sin embargo, a medida que el profesor ponente iba profundizando en el asunto, sentí que me saltaban todas las alarmas. No por la enseñanza cooperativa, sino la falta de ética que latía en la teoría expuesta por este docente.

LIBERTAD AL ESTILO “MATRIX”

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Su recomendación era que los alumnos tuvieran sensación de libertad en la clase. Pero no de una libertad cabal, sino de una falsa libertad, canalizada a través de una serie de actividades-trampa preparadas por cada profesor.

Un ejemplo: un profesor de Matemáticas prepara para su clase unas actividades sobre álgebra; sin embargo, en lugar de entregar una hoja con los ejercicios a cada alumno, prepara dos hojas aparentemente distintas (pero esencialmente iguales) y les dice a los alumnos que tienen la libertad de escoger una u otra.

Así, el alumnado tendrá la sensación de haber elegido con libertad sus ejercicios, mientras el profesor sabe que cualquiera de las dos opciones es la misma. Es decir, simple y llanamente, una falacia.

Siguió hablando de otras opciones parecidas, cuyo común denominador era el engaño al alumnado para que hiciera sus elecciones y sus propuestas con la sensación de una libertad que, evidentemente, no existía. Este hombre se tiene, y lo tienen, por un profesor progresista que lleva a las aulas un tipo de pedagogía avanzada y respetuosa con el alumnado. No dudo de que estas valoraciones sean bienintencionadas, pero tanto el método como los resultados me parecen aberrantes, por muy extendidos que  se encuentren dentro de las recomendaciones de algunas instituciones de enseñanza.

LOS MEDIOS Y EL FIN

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Dudo que los chicos y chicas que padezcan esta didáctica, ¡tan falta de ética!, estén siendo educados correctamente. En la enseñanza, como en otras facetas de la vida, el fin pocas veces justifica los medios falaces. Un profesor no puede educar –no educa– para la democracia a un alumno al que engaña para que se sienta libre.

Los más inteligentes y audaces de esos jóvenes llegarán a la madurez aplicando los mismos métodos en que han sido educados. Si arriban a la política, serán demagogos que presentarán falsas opciones a sus electores, repitiendo el patrón de conducta con que fueron educados. Y quienes sean menos espabilados crecerán sometiéndose mansamente al engaño de las falsas opciones, creyendo de buena fe que están ejerciendo su libertad, tanto con su voto a programas políticos o sociales engañosos, como con la adquisición de productos comerciales idénticos pero etiquetados de manera distinta, etc.

Éste es  el camino de la falta de ética en la Didáctica. Patética y paralelamente, quizás, el mismo profesor, se esfuerza, inútilmente, en impartir clases de Ética a esos mismos alumnos para lograr ciudadanos conscientes.

LOS EJEMPLOS ARRASTRAN

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Así, desembocamos, ineludiblemente, en el adagio latino que es la columna vertebral de todo sistema educativo, por mucho que se acicale: “Verba docent, exempla trahunt”.

Sí, las palabras enseñan, los ejemplos arrastran: cuando se hace trampa con la libertad Al alumnado, no se formarán alumnos libres, sino alumnos manipuladores y alumnos manipulables. ¿Es esto lo que deseamos?

Más de una autoridad educativa contestaría que sí.

¿Los medios electrónicos amodorran a los niños?

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 Blog de Manuel Mora Morales

Sí, alimentar también puede significar alienar, y ya se sabe que de lo que se come, se cría…

UNA EXPERIENCIA PERSONAL

No hace mucho, estuve observando a los niños que sus padres habían depositado (ya verán por qué éste es el término adecuado) en el parque infantil de una gran superficie. Yo estaba situado en un cuarto piso y ellos se encontraban en una especie de patio, de manera que me era fácil observarlos sin que lo notaran. Allí estuve bastante tiempo, mirando cómo medio centenar de niños y niñas, en edad de saltar y correr, permanecían tendidos e inmóviles sobre un césped artificial, mientras estaban pendientes de una pantalla de unos dos metros de largo y una resolución desastrosa en la que veían una pésima película de dibujos animados.

La primera sensación que tuve fue la de que aquellos chicos y chicas estaban drogados. Que ante mis ojos se estaba proyectando la antipelícula de “La rosa del Cairo” y que eran los niños quienes entraban en la pantalla, devorados por ella, en lugar de los actores saltar al mundo real.  Me parecía imposible que a su edad aguantaran tanto tiempo en la misma postura, como si fuesen heridos de guerra a quienes les hubieran inyectado un narcótico en el propio campo de batalla. Les aseguro que no salí de mi asombro, incluso después de haber pasado por la experiencia de tener un hijo que fue muy tranquilo en su infancia… ¡pero no tanto! En realidad, si le hubiese visto así, no habría dudado en llevarlo urgentemente a un psicólogo.

PRIMERA REFLEXIÓN

Cuando uno cae en la cuenta de estas cosas, no le cabe otra opción que la de reflexionar sobre qué está pasando con la multimedia y la infancia. Y no me refiero sólo en casa, sino en los centros de enseñanza donde se utilizan las pizarras digitales y los ordenadores.

Me pregunto si en las aulas se estará teniendo en cuenta lo que me permito denominar el “Síndrome de la Modorra”, como respuesta espontánea de los alumnos a la utilización indiscriminada de las multimedias. Por supuesto, no me refiero a que los profesores entreguen los ordenadores a sus alumnos para que pasen las horas tranquilos, sin molestar, aunque siempre haya alguno que lo haga. Hablo del uso “didáctico” y  “normalizado” de pizarras digitales, proyectores de vídeo y ordenadores, sin observar diariamente las reacciones del alumnado para motivarlo a rebelarse frente al amodorramiento físico e intelectual que se puede producir con suma facilidad.

¡No hay que perder de vista que los centros de enseñanza comienzan a adoptar únicamente libros de texto electrónicos, abandonando el formato en papel, dado sus altos precios para esta época de crisis económica!

A GRANDES MALES, GRANDES REMEDIOS

Sólo un dinamismo físico e intelectual, parejo al manejo de la multimedia, puede alejar el sopor que ésta produce en los más pequeños. Padres y profesores deberían motivar a los niños para que no pasen más de media hora sentados, contemplando una pantalla, aun cuando estén realizando algún ejercicio escolar. Hay que moverlos de su sitio con sus ordenadores portátiles en la mano, o llamarlos a interactuar en las pizarras digitales o detener la proyección de una película para que cambien su postura y critiquen con dureza lo que están viendo. Dada la intensidad de los impactos visuales y sonoros que reciben, sólo una reacción fuerte es capaz de ahuyentar con eficacia el efecto hipnótico que las pantallas ejercen sobre el alumnado.

MIREN A SU ALREDEDOR…

Quizás, parezca excesivo lo que he dicho, pero no es hablar por hablar. Miren a su alrededor y se darán cuenta de que muchísima gente parece inyectarse cada día en vena millones de píxeles que le hace deambular, tanto en su ocio como en su trabajo, como si estuviera sonámbula: vean a muchos policías, que debían estar pendientes del tráfico, moviendo febrilmente sus dedos en el móvil (celular) en cualquier esquina de las ciudades; fíjense en los dependientes de los comercios, los curas, los médicos, los diputados, los ministros o los mecánicos como siempre encuentran un momento para guasapear cualquier cotilleo sin importancia. ¿Es que son idiotas? No. Están abducidos por las inteligencias digitales. Como lo estaba el grupo de niños a que me refería al principio de este escrito.

HEMOS DE MIRAR HACIA UN FUTURO NO TAN IMPERFECTO

¿Debemos abandonar la enseñanza con instrumentos multimedia? No lo creo. Pero sí debemos aprender a utilizarla a favor de los niños y niñas, impidiendo que caigan, incautamente, en sus redes. En caso contrario, las nuevas generaciones serán dóciles ovejas dispuestas a dejarse ordeñar cuando les convenga a los pastores y a dejarse comer cuando les apetezca a los lobos.

¿Es esto lo que queremos para la futura sociedad? ¿Un ejército de zombies, controlados a través de chucherías electrónicas, que harán todo los que les pidan, sin rechistar, con tal de obtener su dosis diaria de felicidad digital? Los ordenadores, como el dinero, pueden ser de una enorme utilidad, usándolos con sabiduría para producir riqueza y cultura; pero si son ellos los instrumentos que otros usan para gobernarnos, comenzamos a deslizarnos por una auténtica senda del opio.

Recordando las viejas escuelas

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Una imagen vale más que mil palabras: así eran nuestras escuelas hasta hace pocas décadas. Por desgracia, no todos los pueblos pueden decir, hoy, que aquellos tiempos escolares fueron peores.

En gran parte del mundo, la escuela que vemos en esta imagen no es un recuerdo, sino una aspiración difícil –a veces, imposible– de convertir en realidad.

En ocasiones, perdemos la perspectiva temporal y no somos capaces de valorar nuestros avances culturales, porque la velocidad impuesta a las sociedades de consumo nos inclina a juzgarlo todo desde el corto plazo.

Como método de venta, se nos incita a pensar que quien no es un consumidor de productos informáticos no puede tener cultura, que quien no domina el Microsoft Word es un analfabeto, que quien no posee un televisor digital en su casa vive en la más absoluta ignorancia,…

Otras veces, es la falta de perspectiva espacial la que nos impide evaluar con mesura a otros pueblos alejados de nuestros ombligos culturales y económicos. Y llegamos a creer que los avances culturales  son globales, que las mejoras educativas alcanzan a todos los países, cuando, en estos momentos, más del 15% de la población mundial es analfabeta.[1]

No es tarea fácil, pero hay que remontar el vuelo más allá del ruido mediático de los noticieros, de los espacios publicitarios y de los mítines, para juzgar con cierta proyección las transformaciones que suceden en  los países y en los individuos. Y donde digo juzgar, también quiero decir arrimar el hombro.

Quizás, por esas razones, me gustan tanto los poemas de Juan de la Cruz, aquel fraile perseguido a sangre y fuego por la Inquisición, aquella institución que era, a la vez, el principal enemigo del pensamiento libre y el mayor emporio informativo de su época.

Cuanto más alto llegaba
de este lance tan subido,
tanto más bajo y rendido
y abatido me hallaba;
dije: ¡No habrá quien alcance!
Abatime tanto, tanto,
que fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

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[1] Entre los objetivos de la UNESCO se encuentra lograr que para  el 2030  haya 9 años de educación primaria obligatoria en todo el mundo. Para mayor información, ver el  “Documento de posición sobre la educación después de 2015“, recientemente publicado por la UNESCO (2014).

También puede consultarse el Mapa interactivo de niños no escolarizados, del Instituto de Estadísticas de la UNESCO.

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