Cómo leer un muro sin morir en el intento

Copyright by Manuel Mora Morales, 2019
PARA VER QUIÉN ES QUIÉN EN ESTE MURAL, HAGA CLICK SOBRE ÉL Y DESPUÉS PULSE EN LOS CÍRCULOS AMARILLOS.
OLYMPUS DIGITAL CAMERA
Fragmento del mural «Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central», de Diego Rivera. PARA VER LA OBRA COMPLETA, HACER CLICK EN LA IMAGEN.

La obra «Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central», del pintor mexicano Diego Rivera, es desmesurada en tamaño, en color, en personajes, en crítica social, en crítica política, en crítica religiosa, en crítica antropológica,… Confieso que contemplarla me sobrepasó y permanecí un rato largo en la puerta de la gran sala, tratando de realizar una aproximación razonable.

–Al fin y al cabo –pensé para tranquilizarme– solamente se trata de pigmentos aplicados sobre un muro.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA
La vendedora de tortas, un niño de clase media y un estudiante de derecho.


Mi primera visita al mural me supuso un fuerte impacto visual y emocional, a pesar de haber visto una multitud de veces reproducciones de esta pintura.
Había llegado temprano y estaba solo en la sala. Me acerqué despacio hasta quedar a poca distancia del mural y me dediqué a mirar los detalles, uno a uno. Después fotografié algunos, como dan fe estas fotos que comparto con ustedes.

Recomiendo hacer click en cualquiera de las imágenes para ver la obra completa e interactuar para conocer historias, anécdotas y curiosidades de los personajes. Es la manera más cómoda y entretenida de entrar en los entresijos de este formidable mural de Rivera.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA
El gendarme que expulsa a los pobres del paseo de la Alameda Central.

Es una lástima que la obra no se pueda exponer en otros países, porque se trata de un muro de hormigón de unos 90 metros cuadrados y un peso de 35 toneladas. Rivera lo pintó en 1947 en una pared del Hotel Prado, el cual se desplomó debido a un terremoto, pero la obra se salvó porque el muro fue trasladado a un solar del Centro Histórico de Ciudad de México donde se levantó un museo a su alrededor con el fin de preservarlo.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA
Entrada al Museo Mural Diego Rivera en Ciudad de México.

Entre los 150 personajes incluidos en este mural encontramos figuras que van desde Hernán Cortés hasta Benito Juárez, pasando por indígenas, trabajadores de todo tipo o el propio Rivera y su esposa Frida Kahlo. El personaje más popular es La Catrina, que representa a la muerte, cuyos huesos parecen avanzar alegremente por el paseo de la Alameda.

CATRINA-CON-DIEGO
Diego Rivera niño, delante de su esposa Frida Kahlo, da la mano a La Catrina. A la derecha, el grabador José Guadalupe Posada.

La Catrina simboliza la muerte, pero también tiene un significado social que se remonta al siglo XIX. La historia de La Catrina empieza durante los gobiernos de Benito Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz.

En estos periodos, se empezaron a popularizar textos escritos por la clase media que criticaban tanto la situación general del país como la de las clases privilegiadas. Los escritos, redactados de manera burlona y acompañados de dibujos de cráneos y esqueletos, empezaron a reproducirse en los periódicos llamados de combate. Se trataba de calaveras –como en otro plano sucedía en laRepúbica Dominicana con el difunto Don Candelo– vestidas con ropas de gala, bebiendo pulque, montadas a caballo, en fiestas de la alta sociedad o de un barrio. Todas para retratar la miseria, los errores políticos, la hipocresía de una sociedad, como es el caso de La Catrina.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Rivera también representa los crímenes de la Inquisición en México. En la imagen se ve on un gorro verde a doña Mariana Violante de Carvajal, una hermosa judía perteneciente una rica familia, que fue juzgada y condenada a la hoguera por el Santo Oficio, bajo la acusación de herejía.
Para la aplicación de la pena capital al ajusticiado se le vestía con una hopalanda y un capirote para conducirlo al cadalso sobre una caballería.

Fray Juan de Zumárraga, primer arzobispo de la Nueva España, en 1539 mandó a quemar vivo por idolatría a un nieto de Nezahualcóyotl, quien se convirtió en la primera víctima de la Inquisición en tierras mexicanas.
El quemadero de la Santa Inquisición se instaló en los terrenos pertenecientes al Convento de los Dieguinos que luego se convirtieron en parte de la Alameda Central.

Dios Rivera

Este mural se escondió al público a causa de una frase que Rivera incluyó en la pintura: «Dios no existe, afirmó y demostró experimentalmente, Ignacio Ramírez”. La frase estaba escrita en un papel que sostenía uno de los personajes del extremo izquierdo del mural y se refería al título de una conferencia. [*]

Cuando vio la frase, el arzobispo Martínez se negó a bendecir la obra y el asunto se convirtió en un gran escándalo aireado por la prensa, la cual llegó a calificar a Rivera de «pintamonos» y a pedir que se destruyera el mural. El hotel cubrió el mural con una cortina, pero un grupo de ultraderecha entró al salón y destruyó la frase con un martillo y un cincel. Tras varios incidentes más, el salón fue clausurado durante ocho años.

Para tornar la situación aún más surrealista, desde 1948, se podía escuchar a Pedro Infante cantar la canción «Dios sí existe» hasta que la voluntad divina decidió cerrarle la boca definitivamente derribando el avión que pilotaba.

 

rivera pintando

En 1956, Diego Rivera accedió a cambiar la frase y escribir en su lugar «Conferencia en la Academia de Letrán-1836”.

En 1957, por justicia poética, murieron, consecutivamente, Diego Rivera y Pedro Infante: así, el «Dios no existe» y el «Dios sí existe» fueron unificados por La Catrina.

SUBJETIVAMENTE RIVERA

No puedo pedir más en esta mañana de invierno mexicano, deambulando en solitario por esta enorme sala que no parece suficiente para contener esta arriesgada mezcla de cargas emocionales y estéticas.

Hipnotizado frente al muro, trato en vano de alejarme de prejuicios. Por mi cabeza pasa el combate de Doña Cuaresma y don Carnal, de Pieter Breugel, como si se tratara de una página web que compara las características de dos smartphones; no puedo evitar el recuerdo de los murales institucionales debidos al pincel hábil de mi paisano el fascista José de Aguiar; ni siquiera la visiones abigarradas del Juicio Final, de Miguel Ángel Buonarroti, los apartamentos de Las cosas, de Georges Perec, o los personajes de Guerra y Paz, de León Tolstoi. Todo gira como una espiral de Chirino extendiendo sus nervios de fibra de vidrio hasta mi estómago.

Diego Rivera empeña por completo su arte, su intelectualidad y su sensibilidad social en este mural que me ofrece una lectura en planos superpuestos y yuxtapuestos entre los que vislumbro uno de la realidad y otro de la ensoñación. Ambos fundidos en la evocación que cada soñador hace de las etapas históricas del México decimonónico finisecular y de las primeras décadas del siglo XX.

Advierto que los espacios marcan diferencias y se sitúan cronológicamente de izquierda a derecha: comienzan por Hernán Cortés y finalizan con un estudiante de leyes en el siglo XX. La altura de cada elemento también tiene un orden establecido: arriba se concentran la vegetación y la arquitectura; un poco más abajo, aparecen figuras influyentes en la historia contemporánea, desde Juárez a Zapata; le siguen personajes de relevancia política y social; por último, en la zona inferior, están los personajes que sueñan: intelectuales, artistas, niños, peones, desocupados, charros, policías, aristócratas, burgueses, vendedores y, presidiéndolo todo, La Catrina, descarnada y emperifollada como una gran dama criolla.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

LA HUIDA

Por fin logro despertar, después de permanecer horas atrapado en el gran mural de Rivera, a punto de convertirme en un personaje más, resoñando los sueños de otras vidas propias y ajenas que fueron o que nunca pudieron ser. Huyo por la puerta de salida rumbo a un mercado artesano de sombreros, guitarras y sandalias donde bebo un café de olla que me ciega parte de las fisuras que logró abrirme La Catrina.