Las tabletas: todos controlados

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Un argentino de Rosario me dijo hace unos días que la gran aceptación de las tabletas o tablets se debe fundamentalmente a la alta capacidad publicitaria de Apple y de su fallecido progenitor.

Completamente de acuerdo. Y algo más…

Una tableta es, simplemente, un ordenador chivato y castrado: le cortaron el teclado y el pendrive o cualquier otra forma de almacenamiento externo que no utilice Internet. ¿Por qué? Para facilitar su labor de espía. A esta labor solapada, los fabricantes la denominan “otro concepto”.

Yo he tenido una teoría que no me atreví a sacarla antes en público por miedo a que los amigos me tildaran de paranoico. Pero ya eso no sucederá. Verán por qué.

Permítanme comenzar con una pregunta retórica: ¿Qué adelanto o qué ganancia supone para un usuario poseer un ordenador que no puede descargar datos en un pendrive, en una tarjeta de memoria o en un disco duro, cuando otros del mismo tamaño sí pueden hacerlo? Aparentemente, ninguna ventaja. Al contrario, parece un paso atrás. Más atrás, incluso, que la capacidad de aquellos ordenadores de los años ochenta que sólo permitían almacenar datos en discos flexibles de 125 kb.

¿Para qué, entonces? ¿Es, únicamente, una moda?

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Estoy convencido de que el invento permite a los grandes poderes (quizás debería escribir con mayúscula Grandes Poderes) saber muchísimo más de cada ciudadano, de cada familia, de cada comunidad, de cada institución,… Cuando todos los datos (imágenes y textos) van a Internet, ya perdemos la privacidad y el dominio completo sobre ellos. ¿Teoría de la conspiración? No. Los últimos acontecimientos sobre el espionaje en la red no permiten ninguna duda al respecto: estamos siendo espiados como nadie pudo soñar en el pasado, ni siquiera Orwell.

Además, la tabletas nos obligan a estar continuamente localizados por GPS. La gran disculpa de los fabricantes es que si se pierde el aparato, se podría ubicar fácilmente dónde se encuentra y evitar el acceso del ladrón a nuestro datos. Paparruchadas para lograr una jugada perfecta: acceder con una facilidad pasmosa a nuestros escritos e imágenes, por privados que sean, y saber por dónde andamos en cada momento. Para protegernos, dicen.

Yo, cada vez que alguien desea protegerme gratis, me pongo a temblar.

Por otra parte, usted se preguntará conmigo, ¿tan importante soy para que me espíen? Individualmente, no. No somos muy importantes de uno en uno, es cierto. Pero nuestros datos unidos proporcionan valiosos informes de opinión. Esos informes, procesados por potentes ordenadores, pronostican las tendencias sociales, consumistas y políticas. Con ellas en la mano y con la capacidad de cambiarlas, por medio de una publicidad personalizada, nos convertimos en plastilina, en manos de los grandes poderes.

Para eso sirven las incómodas tabletas.

También para irnos acostumbrando a guardarlo todo, todo, todo en Internet y a saber que nos tienen vigilados, paso a paso. Ya he visto un nuevo ordenador, una máquina muy potente, que tampoco posee DVD ni puertos USB. Adivinen dónde guardará sus datos el usuario. Sí, en la famosa nube.

Ahora, podemos entender ese empeño de los gobiernos en extender Internet hasta el último rincón de sus respectivos estados. ¿Qué les mueve? Nada de cultura, nada de educación, nada de ocio. Simplemente, control, control y más control. Cada ciudadano enganchado es un ciudadano controlado. Pero, como nos vamos acostumbrando, ya ni se nos ponen los pelos de punta viéndole las orejas al lobo.

Hoy, leyendo un periódico tinerfeño, me llamó la atención una alcaldesa. Sin el menor rubor, declaraba que, ahora, con tres concejales gobierna mucho mejor que antes, cuando eran nueve. Evidentemente. Cuantos menos tienen el control, más fácil es ponerse de acuerdo. Lo sabía muy bien Hitler, lo sabía muy bien Franco, lo sabe muy bien la susodicha alcaldesa y lo saben muy bien los grandes poderes: mucha información en pocas manos. Es decir, lo contrario de la democracia.

Y, a estas alturas, ya nadie necesita que le expliquen quiénes detentan los grandes poderes.

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