Mariposas, poetas y otra fauna

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Oh mariposa, ¿Qué sueñas cuando agitas tus alas? decía una poetisa japonesa hace trescientos años y, quizás con la misma rebeldía lírica impropia de la hija de un emperador, remachó que si por las mañanas se cierran las campanillas en flor, es por el odio de los hombres.

Las mariposas son juguetonas, inquietas –mecanógrafas del jardín las llamaría Gómez de la Cerna–, hermosas, seductoras, frágiles y sin embargo fuertes,… Los seres humanos las contemplamos con una mezcla de admiración por su belleza y de melancolía por su efímera vida.

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Humanos y antropocéntricos al fin, atribuyéndonos cualidades que pueden ser comunes a otras especies, tendemos a llevarlo todo al propio campo, a convertirlo en una metáfora de nuestra realidad existencial: las mariposas nos sugieren que nuestro paso por la vida también es breve, que somos seres frágiles, que nuestros encantos corporales desaparecen con la juventud,… ¿No sería más adecuado colocarnos en el lugar del ser que observamos y celebrar la duración siempre relativa de su vida, y no utilizarlo como espejo para auto compadecernos o auto ensalzarnos?

Esto sucede, incluso en la cima de la literatura. Mario Benedetti opinaba que la mariposa recordará por siempre que fue gusano, quizás refiriéndose al tipo de personas que no logran redimir su pasado, o reconstruirlo, por mucho que se esfuercen.

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Las comparaciones llegan al campo científico, porque ¿quién ante una mariposa revoloteando en un jardín es capaz de resistirse a buscar similitudes? El mismo Carl Sagan llegó a opinar que los humanos somos como las mariposas que vuelan un día y piensan que lo harán por siempre.
Claro que cada cual arrima la brasa a su sardina. La pintora mexicana Frida Kahlo, postrada en una silla con la columna vertebral destrozada por un accidente de tráfico, se agarró a las mariposas como símbolos de su propio renacimiento, hasta llegar a decir que el arte más poderoso de la vida es hacer del dolor un talismán que cura. ¡Una mariposa renace florecida en fiesta de colores!

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El poeta John Keats, dos años antes de su muerte, le escribía a una joven inglesa una carta para expresar que necesitaba una palabra más radiante que radiante, una palabra más hermosa que hermosa. Casi desearía que fuésemos mariposas y viviésemos sólo tres días de verano. Tres días así contigo los llenaría con más placer que el que jamás cabría en cincuenta años. Su mala salud le ayudaría a cumplir sus deseos de una vida breve, puesto que a la corta edad de 25 años la tuberculosis lo condujo a la tumba de un cementerio romano, en cuya lápida todavía puede leerse: Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua.

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Hasta el propio Friedrich Nietzsche –que por boca de Zaratustra aconsejaba llevar debajo de la capa un látigo para las mujeres malas y dos para las buenas– se dejó ganar por la «idiotez» de las mariposas: ver a estos animales suaves, tontos, gráciles e inconstantes vagando, es algo que me emociona hasta las lágrimas y los versos. A su discípulo intelectual, Adolf Hitler, lo emocionaba su perra pastor, Blondi.

Parece como si el ruso Anton Chéjov hubiera estado observando por un agujerito a las dos malas bestias anteriores, cuando dejó escrito con su genial lirismo inverso: En la naturaleza, una repugnante oruga se transforma en una mariposa encantadora; en cambio, entre los hombres ocurre lo contrario: una encantadora mariposa se transforma en una oruga repugnante.

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No debo terminar estos párrafos sin aludir al efecto mariposa, consecuente con un antiguo proverbio chino –el leve aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo– que nos advierte de que una variación pequeña en los datos iniciales desencadena efectos inesperados en el resultado. Es decir, el más leve aleteo de una mariposa en Australia puede ocasionar una terrible tormenta en Noruega. No hay explicación científica, pero está comprobado que sucede de esta forma.

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Por ello, en esta época, cuando el calentamiento global amenaza la vida en el planeta, bueno será citar a Lee Ann Taylor: Todos somos mariposas. La tierra es nuestra crisálida. Recordar la certera frase de Paul Claudel: Incluso para el simple vuelo de una mariposa, es necesario todo el cielo. Y finalizar con estos versos de Pablo Neruda:

Pasó la hora de las espigas.
El sol, ahora, convalece.
Su lengua tibia me rodea.
También me dice: —Te parece.
La mariposa volotea,
revolotea,
y desaparece.

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