Pensamiento

¿Por qué nos gusta linchar?

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Linchar* (ver nota a pie de página)

El término linchar debe su origen a Charles Lynch, un juez de Virginia que durante la Guerra de Independencia dio órdenes de ejecutar a un grupo de hombres leales al rey de Inglaterra sin celebrar un juicio previamente.

UN CASO CONCRETO DE LINCHAMIENTOS

No voy a hablar de ninguna muerte, pero sí de linchamientos. Verán, soy el administrador de un grupo de Facebook que cuenta con cerca de 40.000 miembros. En él he aprendido que la mayoría de nosotros tiene tendencia a linchar no sólo a cualquier persona sino también a cualquier cosa. Trataré de explicarme.

Cuando creé este grupo –su temática es comer fuera de casa y cada miembro cuenta su experiencia con fotos y textos–. estaba convencido de que no haría falta moderar los comentarios. La gente, pensaba yo, no tiene por qué mentir sobre cómo le ha ido en sus comidas con amigos o familiares.

Al poco tiempo, aparecieron algunas críticas que hablaban mal de pequeños establecimientos, de su comida, del precio, etc. No le di mayor importancia y hasta creí que era muy sano que cada cual expresara su opinión en completa libertad. Pasaron algunas semanas y caí en la cuenta de que cada vez que entraba un comentario negativo, debajo de él aparecían rápidamente decenas de opiniones en el mismo sentido.

Sin importar que el primer comentario negativo fuera completamente descabellado, sin ninguna lógica o que expresara mala fe, junto a él afloraban otros parecidos, escritos por miembros que no habían comido nunca en aquel establecimiento ni lo habían visitado jamás.

Entonces redacté unas normas en las que se prohibía hablar mal de cualquier negocio de comidas, recomendando no mencionar a los establecimientos que tuvieran deficiencias. De esta manera, se podría recomendar los buenos y silenciar los malos.

La mayor parte de los miembros se atuvieron a la norma, pero otros muchos siguieron con sus críticas desproporcionadas. Fue imposible hacerles cambiar y no tuve otra alternativa que comenzar a bloquearlos, porque estaban perjudicando a una gran cantidad de pequeños negocios familiares.

El grupo siguió creciendo y hoy tiene tantos miembros como una pequeña ciudad, pero cada semana aparece alguien que lanza un ataque furibundo. Si tardo unas horas en borrarlo y bloquear a la persona de la crítica negativa, ese post se llena de muchos otros comentarios hablando mal del establecimiento, de la comida, del precio, de la calidad del vino y hasta de los dueños. Si uno los va analizando, uno a uno, se da cuenta de que son opiniones irrazonables, escritas impulsivamente.

INTERROGANTES

¿Por qué sucede esto?, ¿por qué cuando vemos una crítica negativa hacia algo o alguien sentimos la necesidad de sumarnos y meter el dedo en la herida para agrandar el daño?, ¿por qué en esos casos no nos paramos a pensar detenidamente antes de lanzarnos a criticar y a difamar?, ¿somos imitadores natos como nuestros parientes los monos y no podemos evitar sumarnos a los linchamientos de igual manera que bebemos refrescos de determinada marca o repetimos constantemente muletillas y lugares comunes de que se han puesto de moda?

Todas esas preguntas me las vengo haciendo desde que he sufrido esta desagradable experiencia. Incluso, creo que algo he cambiado en ese aspecto y me fijo más en cómo los contertulios de los programa de radio o de televisión se dejan llevar por las opiniones anteriores a las suyas.

ALGUNAS RESPUESTAS

Por esta razón gozan de tanto éxito los programas del “corazón” que tienen su razón de ser en despellejar a cualquier prójimo o prójima. O cómo algunos periodistas, cuyo único oficio –y no inocente oficio– consiste en promover el linchamiento de un determinado líder político o social, cuentan con millones de seguidores.

A veces, me siento aterrado por los muchos defectos que arrastramos los seres humanos. Una veces de forma colectiva y otras, individualmente. Pero creo que una de las peores flaquezas es esa tendencia incontrolable que tienen muchas personas a linchar a sus semejantes, con razones o sin ellas.

Ahí tenemos lo sucedido en Alemania con los judíos: millones de personas linchado –con sus acciones o con sus omisiones– a sus vecinos judíos.

Ahora, aparece Donald Trump con su cruzada contra los árabes y los hispanos. ¿Alguien piensa que los sesenta millones de compatriotas del juez Lynch que lo votaron no participan en el acorralamiento que están sufriendo esas comunidades de inmigrantes? Presentar a una víctima para machacarla suele tener mucho éxito y hasta se puede ganar las elecciones en el país más poderoso del mundo.

Para qué seguir buscando ejemplos, si todos sabemos dónde encontrarlos en cualquier parte del mundo o cerca de nuestra casa: niños acosados en los colegios, mujeres apedreadas por ser infieles, futbolistas insultados durante muchos partidos, etc.

Lo que sí va a ser difícil es poner remedio porque, como creyeron los miembros de aquel grupo de Facebook, los linchadores cuando linchan piensan que están ejerciendo su derecho inalienable a la crítica. Una crítica injusta que les proporciona un placer morboso pero cercano, muy cercano a su idea de la felicidad.

A pesar de todo lo dicho, estoy convencido de que si existe alguna cura contra este defecto habrá que buscarla en la educación, aunque no sólo en ella.

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NOTA

linchar: De Ch. Lynch, juez de Virginia en el siglo XVIII 1. tr. Ejecutar sin proceso y tumultuariamente a un sospechoso o a un reo.

El Diccionario de la Real Academia define de esta manera el verbo linchar, pero en la actualidad su significado es mucho más amplio y se emplea para definir los multitudinarios ataques físicos o verbales contra una persona, grupos humanos, instituciones, empresas, obras literarias, etc.

Una reflexión sobre los electores que votan a los corruptos

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“Me vino a la cabeza una conversación que había mantenido con el escritor portugués José Saramago en su casa de Lanzarote poco antes de su muerte.
–Lo que vota la gente está al margen de la corrupción –me dijo en su peculiar español–, porque la gente no tiene nada para dar, nada para ofrecer.
–¡Pero vota conscientemente la corrupción! –protesté, quizás con demasiada vehemencia.
–¡Y vota mal! ¡No sabe lo que está haciendo! A lo mejor, tampoco podemos exigir que lo sepa. Para saber lo que se está haciendo, se necesita haberlo pensado. ¡La gente no piensa! Hay una manipulación de todo y para todo.
–Pero, entonces, ¿qué actitud tomar, don José?
–Seguir andando, seguir adelante, denunciar lo que está mal. Decir a la gente que la vida no es sólo un coche, ni un campo de golf ni una piscina… La vida merecería mucho más que eso. […].”

Fragmento de: Manuel Mora Morales. “El discurso de Filadelfia”.

Psoe: refundarse o morir

LA CREACION

UNA MILITANCIA HETEROGÉNEA

Así lo creo. Los afiliados del Psoe son demasiado heterogéneos para conformar un solo partido. Quizás ese modelo funcionaba cuando la democracia española estaba en sus albores pero, ahora, ha llegado a su madurez y las opciones, tanto a su izquierda como a su derecha, son múltiples y atractivas; lejos ya de aquellas dos vías iniciales por las que era obligado transitar con el fin de conjurar la golpista espada de Damocles que pendía sobre nuestras cabezas.

En la actualidad, dentro del Psoe –en sus cuadros, en su militancia y en sus afiliados– encontramos desde ultraliberales hasta socialistas, pasando por toda clase de socialdemócratas. Todos tienen algo en común: se sienten incómodos sabiendo que hay grandes sectores de compañeros que difieren en asuntos muy esenciales. Los más impacientes se han decantado por marcharse a Ciudadanos o a Podemos. El resto trata de aguantar, pero sin perder de vista estos dos partidos, como el viajero otea el horizonte buscando una isla o un navío donde sobrevivir si su barco naufraga.

C’s y Pdm’s EVITAN LA ESCISIÓN DEL PSOE

No es culpa de Ciudadanos ni de Podemos: el descontento existía antes de su llegada al parlamento español. De cualquier manera, el Psoe habría implosionado, víctima de una crisis ideológica que era imposible soslayar. Si no hubieran nacido los nuevos partidos, los psoístas habrían resuelto sus problemas mediante una escisión monumental. Eso se veía venir.

El descafeinamiento del aturdido Pedro Sánchez –una boya a la deriva con ínfulas de trasatlántico que no conducirá a su partido a ninguna parte– tampoco es casual. El Psoe actual no es capaz de soportar a un líder carismático que marque un rumbo de izquierdas. Tampoco aguantaría a un liberal con personalidad propia.

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RENACER O NADA

Un problema Hamletiano cuya solución pasa por un renacimiento ideológico y orgánico, si aparece un puñado de militantes capaz de liderar una refundación tras la anunciada hecatombe que sufrirá el próximo 26J.

HAY ESPERANZA

Con la mano en el agua, espero una refundación positiva del Psoe que le devuelva su ideología y su pragmatismo progresista: no es bueno que desaparezca un patrimonio político de esa envergadura, un valor que aún puede recuperarse, a pesar de todo.

La historia inventada

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Un personaje de la novela La abadía de Northanger, de Jane Austen, decía que la historia “es muy aburrida y, sin embargo, a menudo me parece extraño que sea tan sosa, pues una gran parte de ella debe de ser pura invención.” No le faltaba razón, si se refería a los ensayos y a los libros de texto.

Se puede aceptar una verdad aburrida, pero el colmo es que las mentiras académicas que nos cuentan no nos diviertan. Tanto en la historia civil y militar como en la religiosa.

PRESTIDIGITADORES DE LA VERDAD

Cada poco tiempo recibimos la noticia de que tal o cual acontecimiento histórico no transcurrió como afirmaba la historia aceptada académicamente, sino que sucedió de manera diferente a cómo nos decían. Después, esas enmiendas son retocadas algunos años más tarde por otras correcciones que a su vez también son rectificadas,… así, hasta alcanzar un extraordinario número de desmentidos, que nos hacen pensar en las infinitas imágenes que aparecen cuando un espejo se refleja en otro.

Dejando aparte las tergiversaciones interesadas de los autores de cualquier índole, al estilo del genial 1984 de Orwell, los libros de historia tratan de ofrecernos un relato coherente e ininterrumpido de unos sucesos dignos de mención. El problema surge cuando se presentan lagunas en el relato histórico, cuando el historiador ignora uno o varios acontecimientos causantes de ciertos hechos, o derivados de ellos (una conversación, una amorío, una traición, una muerte,…). En ese momento, es posible que se recurra subrepticiamente a las hipótesis, a inferir qué pudo suceder y cómo. Sobra decir que este fenómeno se acentúa en las publicaciones destinadas a lectores no académicos.

Historia Semana-Santa-en-Toledo

UN ACADÉMICO JUEGO DE LA OCA

Sabemos que gran parte de los historiadores olvidan informarnos expresamente sobre ese hipotético detalle –a veces de capital importancia, pero sin confirmar– que nos ofrecen como un hecho probado. Sin duda, ésta es una de las razones de que haya tantas rectificaciones en las consecutivas ediciones de los libros populares de historia: los nuevos datos descubiertos –o, simplemente, imaginados– se sobreponen a los anteriores con una naturalidad pasmosa.

Llegados a este punto, cabe preguntarse cuál es la diferencia entre una ensayo histórico y una novela histórica. Francamente, en la mayor parte de los casos, considero que la honradez del novelista, al ofrecer como ficción el relato que utiliza para llenar las lagunas históricas, es preferible al texto del historiador que vende sus conjeturas como hechos constatados y olvida que es fundamental establecer las circunstancias y el orden en que se han originado las fuentes consultadas.

Este olvido y esas hipótesis inconfesadas facilitan que graves errores historiográficos pasen de obra en obra, incluso de generación en generación, sin que nadie se haya molestado en corregirlos con una sola comprobación rigurosa. He sufrido esa desidia en mi trabajo literario, lo cual me ha obligado a revisar párrafo a párrafo obras enteras, tomadas habitualmente como fuentes fidedignas, que no han resistido un somero análisis superficial.

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UNA CONVERSACIÓN ENTRE CERVANTES Y LOPE

Tal vez, ésta sea una de las razones por las que en la actualidad escribo más novelas históricas que en otras etapas de mi vida. Prefiero la complicidad entre un novelista y un lector para admitir como probable una conversación de Miguel de Cervantes con Lope de Vega o entre George Washington y Antonio Ruiz de Padrón antes que creer a ciegas ciertas afirmaciones dogmáticas de historiadores con sello académico sobre hechos que jamás han verificado –no es suficiente citar y aceptar todas las fuentes de autoridad–, si es que no las han inventado ellos mismos.

La derrota de Minotauro: un bucle histórico

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Esta foto del Minotauro [1] la tomé en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas. Un busto esculpido en mármol: hombre con cabeza de toro o, tal vez, toro con cuerpo de hombre. En todo caso, una leyenda mitológica fácil de convertir en una metáfora tan ajustada a las actualidades política, económica y social como un guante de látex a la mano de un cirujano. Pero esa puesta en escena ya se hizo antes, y se hizo bien.

Jorge Luis Borges penetró en el corazón de la leyenda –que es tanto como decir en el corazón del laberinto de Cnosos, en un almuerzo con Videla y Sabato, en el Fürerbunker o en el corazón de las tinieblas conradianas– y emergió con un cuento titulado “La casa de Asterión”: Minotauro narra su historia de poder desgarrado en primera persona, y nos avisa que espera a su redentor. Ya sabemos que la redención y la muerte nunca andan demasiado lejos

Se trata de un relato muy adecuado para aquéllos que, habiendo abusado de su poder sobre el pueblo, en el fondo de sus mentes saben que su fatal destino está escrito y, de manera inconsciente, colaboran con su Teseo para que logre su objetivo y, así, conseguir escapar del tenebroso laberinto en que los arquitectos de su poder han convertido sus existencias.

Adecuado también es para quienes pasan la vida mano sobre mano, esperando a un redentor que se enfrente al mundo en su nombre y –gratis o a precio de rebajas– los redima de sus miserias. Para todos sirve y a lo largo de los siglos, como sucede en El Día de la Marmota, se repite la historia a pequeña o a gran escala, porque la memoria parece quedar sepultada en los laberintos del tiempo y, una vez y otra, volvemos a repetir los mismos comportamientos. Sólo reproduzco el final del fascinante relato, pero es fácil encontrarlo íntegro en la red:

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos.
Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor.
 Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos.
 Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?
 El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
—¿Lo creerás, Ariadna? —dijo Teseo—. El minotauro apenas se defendió.

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NOTAS

[1] Minotauro significa “Toro de Minos”, y era hijo de Pasífae y el Toro de Creta. Fue encerrado en un laberinto diseñado por el artesano Dédalo, ubicado en la ciudad de Cnosos en la isla de Creta. Pero la curiosa historia de Minotauro comienza antes:

Minos era hijo de Zeus y de Europa y pidió al dios Poseidón apoyo para suceder al rey Asterión de Creta. Poseidón lo escuchó e hizo salir de los mares un hermoso toro blanco que Minos prometió sacrificar en su nombre.

Sin embargo, al quedar Minos maravillado por las cualidades del hermoso toro blanco, lo ocultó entre su rebaño y sacrificó a otro toro en su lugar esperando que el dios del océano no se diera cuenta del cambio. Al saber esto Poseidón inspiró en Pasífae, la esposa de Minos, un deseo irrefrenable por el hermoso toro blanco.

Para consumar su unión con el toro, Pasífae requirió la ayuda de Dédalo, que construyó una vaca de madera recubierta con piel de vaca auténtica para que ella se metiera. El toro yació con ella, creyendo que era una vaca de verdad. De esta unión nació el Minotauro, llamado Asterión.

El Minotauro sólo comía carne humana y conforme crecía se volvía más salvaje. Cuando la criatura se hizo incontrolable, Dédalo construyó el laberinto de Creta, una estructura gigantesca donde el Minotauro fue abandonado.

Poco después, el rey de Creta declaró la guerra a los atenienses. Minos atacó el territorio ateniense y conquistó Megara e hizo rendir a Atenas. La victoria de Minos imponía varias condiciones por la rendición. Una de las condiciones era entregar cada nueve años a nueve jóvenes como sacrificio para el Minotauro: eran internados en el laberinto, donde vagaban perdidos durante días hasta encontrarse con la bestia, sirviéndole de alimento.

Años después, Teseo, hijo de Egeo, se dispuso a matar al Minotauro y así liberar a su patria de Minos y su condena. Teseo conoció entonces a Ariadna, hija del rey, quien se enamoró de él. Ariadna, viendo la valentía del joven, ideó un plan que ayudaría a Teseo a encontrar la salida del laberinto en caso de que derrotara a la bestia. En realidad ese plan fue solicitado por parte de Ariadna a Dédalo, quien se las había ingeniado para construir el laberinto de tal manera que la única salida fuera usar un ovillo de hilo, el cual Ariadna le entregó para que, una vez que hubiera ingresado en el laberinto, atara un cabo del ovillo a la entrada. Así, a medida que penetrara en el laberinto el hilo recordaría el camino y, una vez que hubiera matado al Minotauro, lo enrollaría y encontraría la salida.

Teseo recorrió el laberinto hasta que se encontró con el Minotauro, lo mató y para salir de él, siguió de vuelta el hilo que Ariadna le había dado.

Una valoración agridulce sobre Antonio Ruiz de Padrón, publicada en Filadelfia

Antonio Ruiz de Padrón, por Manuel Mora Morales.

Le Brun fue un liberal reformista que conoció en primera persona los dos períodos constitucionales españoles de principios del siglo XIX. Cuando Fernando VII cerró las Cortes de Madrid, Le Brun marchó a Filadelfia y se convirtió en ciudadano estadounidense. Allí se desempeñó como Intérprete del Gobierno de Pensilvania, al tiempo que traducía unos libros y escribía otros.

Dentro de una serie de sátiras sobre diputados españoles que publicó en Filadelfia, en el año 1826, he encontrado un texto referido al canario Antonio Ruiz de Padrón.

Ciertamente, Ruiz de Padrón sale bien librado en esta sátira, si la comparamos con las de sus compañeros de Cortes [1], pero el analfabetismo ilustrado y la altanería de Le Brun deforman su vida y su figura de manera tan injusta para el canario como desacreditadora para el propio autor.

Le Brun no tiene otra alternativa que reconocer los méritos de Antonio Ruiz de Padrón en frases como las siguientes, que he marcado con cursiva en el artículo:

Merece sin duda el agradecimiento público, porque era de los que no querían diezmos, señoríos, mayorazgos, estancos, inquisición ni frailes; …

Escribió una memoria sobre la gloria de Cádiz, en que obran también sus deseos de cariño a éste pueblo más que su instrucción, que sin embargo resalta en el escrito. [¿Se puede escribir un comentario más absurdo?]

El señor Padrón ha hecho más todavía, ha seguido el consejo de Horacio, se ha atrevido a saber, sapere aude, que en España éste solo conato necesita más valor que el que sería necesario, para emprender solo su conquista con una caña, pues es exponerse a ser despreciado, perseguido, befado, tratado como loco, y tenido por impío, digno del fuego de este mundo y del otro. El señor Padrón ha arrostrado todos estos peligros, y ha adoptado, a pesar de ellos, nuevo plan de instrucción, –el idioma de la razón,– y el de la religión y la política ...

No obstante, la mayor parte del artículo lo dedica a desprestigiar al personaje insistiendo en una premisa disparatada: que su instrucción es tardía, refiriéndose al aprendizaje de las habilidades políticas; como si ello fuera causa de deshonra, en el caso de que hubiera sido cierto. Al mismo tiempo, confiesa apreciar al canario por su decisión y amor a la causa de la libertad

Por otra parte, sorprende mucho que Le Brun, residente en Filadelfia y conocedor del Dictamen contra la Inquisición, no dedique una sola frase a la estancia de Ruiz de Padrón en esa ciudad durante el período constitucional de los Estados Unidos. La explicación para este lapsus es simple: el autor tuvo que escamotear este hecho, porque contradecía su afirmación sobre la inexperiencia política de Ruiz de Padrón. He aquí el artículo entero:

“RUIZ–PADRON.

Liberal de buena fe, y sacerdote, que es cosa rara. Aunque transpiraba todavía en su estilo e ideas algo de escolasticismo teológico, su conducta en las cortes constituyentes, de que fue miembro, fue muy consiguiente a los principios liberales, que eran de moda en aquel congreso, siempre que se hablaba en él ó se discutía. Lo que es el lenguaje no tiene que hacer, que fue liberal, –y aun los deseos, parece que se podría también asegurar, que lo eran en parte, salvas las reliquias que precisamente habían de dejar la educación y los hábitos.

La falta mayor estaba en las cabezas, que se deslumbraron con los primeros libros que leyeron, y con el retrato de la libertad, que no tiene duda que es seductor, –en un si es no es de egoísmo y propio negocio– otro poquito de manía de figurar, algo también de petulancia, que ya se sabe que salta por sí misma á. las primeras levadas del saber, en que cree el hombre haber hecho un descubrimiento desconocido a los demás, y se engríe y ridiculiza –en ….– pero el señor Ruiz Padrón pudo (¿quién sabe?) participar de algunos de estos defectos, porque era hombre, fraile, clérigo, teólogo y escolástico; mas él se aficionó de corazón al liberalismo; y hubiera sido con el tiempo un liberal puro, como Dios quiere las almas. Su discurso sobre la Inquisición, que imprimió por separado, dice cosas buenas; pero el descrédito e infamia de la Inquisición, mejor que en lo que ha hecho, se ha de buscar, y está en lo que es; en su naturaleza mejor que en sus acciones; en la filosofía mejor que en los cánones. El señor Padrón tiene instrucción (tardía acaso,) pero la tiene; mas ya hace muchos días que dijo un filosofo, que el saber consiste en pensar, y no en leer. Merece sin duda el agradecimiento público, porque era de los que no querían diezmos, señoríos, mayorazgos, estancos, inquisición ni frailes; pero en el no querer, como en el querer, hay también su carta de más y su carta de menos; por que hay bienes, que son males por las circunstancias, y males que son bienes; porque preparan el bien y evitan males mayores; por esa razón se ha dicho siempre, que lo mejor es el mayor enemigo de lo bueno. El señor Padrón dio un salto extraordinario de la teología a la política, y se encontró en un nuevo mundo de repente, que lo llenó de confusiones. Objetos nuevos, idioma nuevo, principios nuevos, vistas nuevas, nuevo sol, nueva luz, nuevo mundo, nuevos hombres y todo nuevo. La teología le hacía todavía cosquillas en medio de este universo desconocido para él hasta entonces; y se escapaba, sin sentir, a los principios y al lenguaje del país, en que había nacido y se había criado. No podía echar de su entendimiento toda esa broza como se echan las tentaciones de la voluntad, contentándolas; se hubieran irritado más por este medio. Era menester tiempo para aclimatarse en el nuevo país de la política y de la libertad; y se veía, y se deseaba, para cumplir con sus deseos y con sus antiguas propensiones. Trabajaba, sí señor, trabajaba para conseguirlo; y no parecía ya nada de lo que era él había sido; pero no había pasado todavía de la clase de aficionado.

¡Es mucha obra la de arrancar de raíz de una cabeza todas las ideas que se han identificado con ella desde la niñez; y más, si se las han dado revueltas con Dios y el diablo! Hasta que lo llegue a lograr el señor Ruiz–Padrón, es acreedor a nuestro reconocimiento y a nuestro elogio por sus deseos y por sus esfuerzos. Escribió una memoria sobre la gloria de Cádiz, en que obran también sus deseos de cariño a éste pueblo más que su instrucción, que sin embargo resalta en el escrito. Se echa siempre menos. en sus memorias y discursos el espíritu de análisis y de filosofía. Su educación teológica y claustra es un obstáculo para adquirirlo, que le ha de costar mucho trabajo vencer. Ha ganado toda la cabeza, donde tiene que trabajar; está en su cerebro, en sus obras, en sus sentidos, en todo su sistema fisiológico, y no es fácil darle ya un nuevo temple con deseos solamente y con libros. No hemos dado tan francamente nuestra opinión sobre el señor Padrón, a quien apreciamos por su decisión y amor a la causa de la libertad, sino porque queríamos desengañar al público sobre la diferencia que hay entre saber y querer saber, y entre comenzar y concluir.

Sus discursos, y sus escritos estamos seguros, de que abonarán nuestra opinión, y serán a nuestro favor unos testigos imparciales. Siempre es, y será un fenómeno entre los frailes y eclesiásticos uno que quiera libertad, ––que abandone su estrafalaria y ridícula instrucción–– y que haga voluntariamente su entrada solemne en el mundo de los hombres, de la naturaleza, y de la razón. El señor Padrón ha hecho más todavía, ha seguido el consejo de Horacio, se ha atrevido a saber, sapere aude, que en España éste solo conato necesita más valor que el que sería necesario, para emprender solo su conquista con una caña, pues es exponerse a ser despreciado, perseguido, befado, tratado como loco, y tenido por impío, digno del fuego de este mundo y del otro. El señor Padrón ha arrostrado todos estos peligros, y ha adoptado, a pesar de ellos, nuevo plan de instrucción, –el idioma de la razón,– y el de la religión y la política, que se hermanan, y contradecía su antigua educación, que le quisiera todavía trabar hoy, para que adelantara poco o nada en el camino de la verdad, que es el de la sabiduría; pero él la resiste con una constancia, que aumenta Fernando por irritación con sus persecuciones, destierros, y castigos.”

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NOTA

[1] Un ejemplo de la dureza de su sátira, más cruel que justificada, es la siguiente, referida al político liberal catalán Antonio Capmany Suris.

CAPMANY.

Anciano Catalán, escritor célebre por la parte del castizo lenguaje castellano, que se le resbalaba sin embargo alguna vez, y se escapaba a Francia. Diputado de Cortes con dos opiniones, una pública y otra secreta; pero que se traslucía, como hija de clérigo, y realmente era eclesiástica y servil; aunque la pública era liberal por temor de las galerías, y por ver si podía contrapesar el crédito que tenía Argüelles entre los voceadores y palmadistas.

Era el domine de las Cortes y el maestro de ceremonias del castellano de los decretos. Una P. o una R. hacían alguna vez el objeto de sus discursos; y un pretérito perfecto o un gerundio entretenía otras a las Cortes un largo rato.

A fuer de escritor tenía vergüenza de no pasar por más que todos en el Congreso, y hacía esfuerzos ridículos para lograrlo. Por este motivo era alguna vez gracioso, otras valiente, siempre con fondos de cobarde, despreocupado a su turno también con fondos de fanático, y siempre jugando su afectada maestría en el lenguaje, que, como hemos insinuado, no dejaba de ser gálico algunas veces.

Los literatos no tenían lugar en su corazón, solamente porque lo eran, y porque no eran él. En fin tenía en lo político, en lo social y en lo literato cosas de hombre mayor. No hizo bien ni mal a la causa, y se cree por algunos, que lo trataron con inmediación, que habiendo muerto de mucho mas de 70 años, todavía, creía en duendes.