Los problemas de las traducciones literarias, vistos hace siglo y medio

 

En un artículo publicado en la Revista de La Habana, a mediados del siglo XIX, he encontrado un interesante artículo sobre la traducción literaria que reproduzco íntegramente. Su autor, Ramón Pina (¡Quién sabe si un antepasado de aquel general Enrique Pina que ordenó matar a los emigrantes isleños canarios “hasta que se les canse el brazo”, en el tiempo de la presidencia de su suegro, Gerardo Machado!).

Es curioso observar que muchos de los debates que sostienen los actuales teóricos de la traducción literaria estaban ya apuntados hace más de siglo y medio. El artículo, basado en otro aparecido en un publicación de habla inglesa, nos ofrece una panorámica internacional de las traducciones de la época. He realizado una actualización ortográfica del artículo para facilitar su lectura.

 

Lloremos, pues y traduzcamos, y en ese sentido demos todavía las gracias a quien se tome la molestia de ponernos en castellano, y en buen castellano, lo que otros escriben en las lenguas de Europa.

Larra

 

“Cuando tanto se traduce a nuestro idioma, y cuando por lo mismo han llegado al mayor descrédito las traducciones, oportuno es sin duda recordar lo que deben ser y detenernos en lo que son. Tal es el motivo que me ha inclinado a hacer algunas reflexiones sobre esos dos particulares en el presente artículo.

En uno que publicó en el último siglo la Revista Británica, y que no se desdeñó de traducir algún otro periódico de igual valía, se dijo:

“Una prueba incontestable de la dificultad de traducir, es el reducido número de buenas traducciones que se encuentran en la inmensidad de las existentes. No es fácil de concebir porque razón se considera como un género subalterno, aquel en que se han estrellado los mayores escritores; no siendo posible por otra parte que haya buenos traductores desprovistos de los talentos necesarios para acometer composiciones originales, mientras que vemos muchos grandes genios originales, desprovistos de los talentos del traductor.”

Sucede con las traducciones lo que con la poesía. No hay quien aprenda mal un idioma extranjero, sin estar tampoco muy al cabo del suyo, que no se sienta en disposición de traducir una obra de cualquier género: no hay quien tenga facilidad de buscar consonantes y medir renglones a compás, que no se considere en aptitud de escribir como poeta. Sin embargo, una buena traducción es tan rara como unos buenos versos, y el lamentable abuso que de una y otra cosa se hace, ha traído al descrédito la traducción y nos ha hecho cobrar hastío a la lengua de los dioses.

“Si una traducción, continuó diciendo la Revista Británica, no fuera mas que un ejercicio de memoria y la aplicación mecánica de los términos que guardan correspondencia entre los idiomas; si la fuerza de una obra consistiera en las palabras tomadas separadamente y no en su combinación; y si el verdadero sentido se reprodujera siempre bien con solo darles las correspondientes denominaciones, un buen traductor iría a la par del compilador de un diccionario. Pero si para reproducir con todo su efecto los cuadros de la imaginación de otro, debemos poseer colores propios, y saber emplearlos, si es necesario sentir con delicadeza y expresar con precisión; si es importante concebir con extensión y copiar con fidelidad; y si se considera en fin que es preciso reunir al perfecto conocimiento del idioma de que se traduce, todas las cualidades del estilo de aquel en que se escribe; si es indispensable ser claro sin ser vulgar, sencillo sin ser común, noble sin hinchazón, ó alegre sin mal gusto, y además vivo, animado y variado en las formas; si se considera bien todo eso, digo, nos veremos obligados a convenir en que, en el arte de traducir hay dificultades que sobrepujan a la capacidad de los escritores comunes, y que no siempre son susceptibles de superarse por los grandes talentos.”

Los ingleses se han quejado de la falta de buenos traductores que, ora por una servil exactitud, concluyeron con el genio del original, como Ben Johnson y Hobbs, ora degradaron esos originales contentándose con indicar su sentido en un mal lenguaje como Lestrange y Echard, ora los reprodujeron a su manera exclusiva sin guardarles la debida fe y sin procurar la exactitud, como Dryden en la traducción de Virgilio. Los franceses con mas número de traductores, no han guardado en la mayor parte por cierto, todo lo que de ellos exigía la empresa que acometieron. Sin embargo, cuentan entre sus traductores hombres de mucho mérito como Defancompret, Amadee, Pichot, Leroux y otros. Nuestra literatura española plagada de traducciones sin fin, apenas puede presentar como modelos en el arte al Padre Isla, Marchena, Gallegos y Ochoa con algún otro. Y por lo que respecta a Cuba, si se exceptúa al sabio D. José de la Luz en su traducción del Viaje a Egipto de Vohiey, y a Heredia en la tragedia de Abufar, solo ofrece ensayos, informes en el género, resistiéndose en su mayor parte de esa lastimosa manera de traducir que se observa por lo general en la Península.

Traducir no es hacer una versión del original, porque la mera y exacta reproducción de las palabras, no dice a fe lo que es la obra que se intenta trasladar a otro idioma. No es comentar porque al original no deben hacerse añadiduras de lo que no contiene, cuando el objeto del arte no es pintar a un autor como debió ser, sino como es. No es imitar en fin, porque el que traduce no debe tratar de componer una cosa semejante a la que tiene a la vista, sino de trasladar a otro idioma el cuadro que contempla, con todas sus formas y su verdad y su belleza de colorido.

Provienen de aquí las discusiones en que se han empeñado sobre el asunto los escritores de bellas letras mas aventajados. Marmontel al ocuparse de semejante discusión, adopta un término medio entre esos extremos de la versión y la traducción, para concluir en que el traductor debe reproducir lealmente el pensamiento, haciéndolo con claridad, propiedad, exactitud, precisión y decencia, siéndole permitido suplir al original en lo que falte a estas condiciones, y absolutamente prohibido lo contrario. Así pues la tarea del traductor es todavía mas penosa é importante.

Como cada idioma tiene los dos distintos lenguajes de la prosa y el verso, hay también diferencia en la traducción de ellos. A mi entender el verso debe traducirse en verso también, porque de otro modo no se hará una traducción. La mejor poesía vertida a la prosa pierde casi todo su mérito, porque la poesía aparte de la elevación de las ideas y hermosura de las imágenes tiene también el encanto de la rima, y el artificio de la medida. Todo contribuye en conjunto al arte de la composición, y si a esta le faltan semejantes condiciones la obra desmerece notablemente. Por lo mismo el que vierte en prosa una poesía, no la traduce en el sentido que debe tener la palabra traducción; da una idea de lo que es el poeta, y por aventajada que sea su prosa, es inferior en la mitad por lo menos al original que pretende reproducir. El que traduce en prosa a Homero y a Byron, hace lo que el que tararea una pieza tocada por el violín de Paganini.

Así en el verso sube de punto la dificultad de la traducción; porque el traductor no solamente ha de reproducir con fidelidad las imágenes presentadas por el genio, sino que también ha de hacerlo en versos equivalentes a aquellos con que el original los presentó. El que se propone traducir un poema, en mi opinión se propone luchar como poeta con el poeta original, y en la lucha ha de tener fuerzas equivalentes a la de aquel, para no quedar expuesto a una vergonzosa derrota. Así debió entenderlo el mismo Marmontel citado, cuando dijo que las descripciones y combates de la Iliada, debieran haberse traducido por Pope ó Voltaire, así como el Rolando furioso por el mismo Voltaire ó Lafontaine.

Otro género de traducción que presenta suma dificultad, es la de los clásicos de las lenguas muertas. Sin duda merecen ser traducidas a los modernos idiomas las obras de esos grandes maestros. Pocos son los que entienden aquellos idiomas de manera que puedan comprender toda la belleza de los originales. Si todas sus bellezas tales como son pudieran trasladarse fielmente a nuestro idioma, bien pronto estarían de mas los de aquellos escritores; por demás seria en consecuencia el aprendizaje trabajoso y profundo que es de menester para bien comprenderlos; y la literatura nacional habría hecho sin duda grandes é importantes adquisiciones de buenos modelos. Consiste la dificultad sin embargo en encontrar escritores bastante aventajados, que puedan trasladarnos al justo semejantes bellezas. ¿Acaso los talentos eminentes desdeñarían la empresa, ó les es mas fácil dar producciones originales, puesto que de menos mérito que aquellas traducciones tales como debieran ser?

Un gran talento podría sin duda ocuparse del trabajo de reproducir los de otros talentos eminentes; pero tal vez cede al contemplar toda la importancia de semejante empresa. El que se encuentra a semejante altura puede producir grandes cosas, con mas facilidad que reproducir las de otros aventajados ingenios, porque para lo segundo se encuentra obligado a encerrarse en ciertos límites de que no puede salir, y necesita también otro talento especial de que acaso carece. Basta al escritor original el don de crear, y para ello tiene un vasto campo en que discurrir con libertad; lo que puede desempeña bien, lo que reconoce superior a sus fuerzas no acomete; pero el traductor ha de reproducir con exquisito gusto y difícil imitación, todo lo que el otro genio produjo, sin que trate de serle superior, ni puede contentarse con serle inferior. Grandes hombres sin embargo han hecho traducciones de otros de su clase. Cicerón tradujo arengas de Demóstenes y Esquines, y Chateaubriand no pudo resistir a la tentación de traducir en prosa el inmortal poema de Milton. Una multitud de otros ha quedado siempre muy inferior a su objeto.

Los ramos de las modernas bellas letras cuando presentan obras acabadas, ofrecen sin duda casi las mismas dificultades que los escritores antiguos. Preciso es al trasladarlos a distinto idioma presentarlos con todo el mérito que ofrecen los originales, y eso es muy difícil bajo mas de un concepto. La distinta índole de los idiomas, la diversidad de sus giros y la multitud de sus modismos, ofrecen a cada paso graves obstáculos para que el traslado del original lo presente de modo que no menoscabe su mérito.

Sube de punto esta dificultad en aquellas obras bien concebidas y mejor desempeñadas, donde campean la jocosidad en las ideas y el donaire en el decir. Es al extremo difícil que el traductor sea gracioso donde lo es el original, que represente sus ideas con la sal que las enunció, que no sea insípido ó bajo donde aquel fue decentemente chistoso, y que no aparezca su estilo forzado y poco natural, en reemplazo del otro suelto y bien acomodado. En ese género es donde mas se ostentan los modismos, los equívocos, y las frases mas vulgares de los idiomas, que es necesario reproducir con arte, y con profundo conocimiento de los recursos de la lengua a que se traduce en semejante ramo. Para traducir con buen éxito a Scribe, es preciso ser un Vega ó un Breton de los Herreros. Cuando dijo Cervantes hablando de su Quijote, que había de ser traducido a todos los demás idiomas, no dio a su obra todo el mérito que realmente tiene: de otra manera habría dicho que en vano se intentaría traducirla a los demás idiomas. En el Quijote con efecto, en esa obra maestra de la alegría humana como dice M. Janin, además de la combinación de la fábula y de las ingeniosas escenas que con ellas se proporcionan, hay una melodía en las frases, una gracia en el decir, y unos modismos tan peculiares de nuestro hermoso idioma, que harán desesperar a todos los que acometan la empresa de trasladar la obra tal como es, a cualquier idioma extranjero. En cuanto se parezcan al Hidalgo manchego las que se intenten traducir, en tanto proporcionarán insuperables obstáculos a los traductores.

Mas fácil y necesaria es la traducción de las obras correspondientes a las ciencias y a las artes. Las naciones que van al frente de los conocimientos y de la civilización, se apresuran a hacer suyas, por medio de las traducciones, las obras que los hombres de genio producen en las otras naciones que se encuentran en igual altura, y aun de las que valen menos. Así sucede con la Revista Británica y otras muchas. A nosotros que todavía estamos algo mas atrás, mas indispensable nos es todavía traducir esos libros en que se consignan los adelantos de las ciencias y de las artes. El que no sabe adopta el ajeno saber: el que no produce aprovecha las producciones de loa otros. De mayor necesidad es todavía la traducción en materia de artes, cuando pueden servir para hacerlas andar en manos de personas a quienes sus ocupaciones destinadas al sostenimiento de su vida, no permiten el estudio de los idiomas extranjeros.

Así como en legislación y medicina aprovechamos el adelanto de aquellas naciones, trayendo en español a nuestros códigos y nuestras cátedras los adelantos de esas ciencias, así también nos es preciso importar las de los otros ramos del saber y de la industria. Para hacer con buen resultado sin embargo semejantes traducciones, a mas de un conocimiento regular de nuestro idioma y de aquel de que se traduce, es preciso tener nociones de los ramos científicos ó artísticos a que se refiere la traducción. De otro modo el traductor se expone a incurrir en mil barbarismos, sin llenar por lo tanto el buen objeto de sus traducciones. Los nombres técnicos han de ser expresados con acierto, y los nuevos que hacen preciso crear los mismos adelantos de los conocimientos humanos, igualmente han de acomodarse a la índole del idioma a que se llevan.

Personas hay que miran con desden una traducción solo porque no es original, y que dan mérito a un original solo porque no se presenta como traducción. Vale infinitamente mas sin embargo una buena y aun una mediana traducción, que un mal original. Escribir una obra de la última clase para decir con ningún trabajo en ella mal y menos de lo que contiene otra extranjera bien escrita, es acto que se resiente de una fatuidad ridícula. Hagamos original lo que podemos y traduzcamos todo lo que merezca serlo, agregándole si nos es posible, cuanto tenga inmediata aplicación a las cosas que nos son peculiares. Pero al traducir evitemos hacerlo de esa manera que generalmente se acostumbra. Si no nos es dable conseguir traducciones acabadas, por lo menos no dejemos en Frances (idioma del que mas traducimos) lo que nos proponemos prohijar en castellano. No contribuyamos a que nuestro hermoso idioma acabe de sucumbir a los golpes de malos traductores, que sin duda son los que mas han contribuido a tenerle tan mal parado como lo está. Acaso de este modo consigamos volverle algo en sí, a menos que Dios en sus altos juicios no tenga determinado que a mas andar el habla de Castilla venga a quedar siendo un dialecto Frances.

Ramón Pina”

 

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