Lagartos de Tenerife, una sinfonía de colores

TODAS LAS FOTOS PUEDEN VERSE A MAYOR FORMATO, PULSANDO EL BOTÓN DERECHO DEL RATÓN Y, A CONTINUACIÓN, “ABRIR IMAGEN EN PESTAÑA NUEVA”

Creo que fue H. P. Lovecraft, antes que ningún otro, quien afirmaba que entre nosotros camina gente que tiene la sangre fría y son descendientes de los reptiles. No sé a quiénes se refería el escritor maldito, pero estoy dispuesto a creerle si hablaba de Donald Trump, de su gobierno y de los señores del FMI. ¿A qué otros reptiloides podría gustarles vestir suntuosamente, llevar relojes carísimos y cuidar sus zarpas delicadas mientras representan para la mayor parte de los ciudadanos lo mismo que representaba la loba para Roma?

Aunque, tal vez, sean recuerdos inexactos, porque leí a Lovecraft hace muchos años y es posible que el parecido de los lagartos con los reyes de las finanzas internacionales sea aún mayor que el recordado por mi flaca memoria literaria. Lo cierto es que no pude sustraerme a tales odiosas comparaciones –¡qué culpa tendrán los pobres lagartos, señor!– mientras fotografiaba a estos pequeños saurios que embellecen nuestros campos con sus colores y su inocencia, tan ajenos a los amaños financieros que nos están matando.

De cualquier manera, no quiero privarme de mostrarles algunos retratos digitales de estos inofensivos reptiles que tuve el placer de visitar en su propio hábitat. Todos los lagartos fotografiados estaban en libertad, en su medio natural y no utilicé flash ni otros artefactos agresivos para tomar las fotos.

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Taborno, Anaga, Tenerife: buscando el paraíso

Hay quien busca el paraíso hasta en el infierno. No me parece ni bien ni mal. Cada uno de sus pasos está encaminado a asediar la felicidad, a conminarla a rendirse, a forzarla si preciso fuera. Nunca he sabido si logran atraparla, porque cuando uno le pregunta a alguien ajeno si es feliz, siempre obtiene como respuesta una sonrisa desconcertada e incrédula que jamás he sabido cómo interpretar.

Por mi parte, nunca he pensado que el paraíso haya que conquistarlo ni que se esconde tras una fortaleza amurallada que se debe asaltar por las buenas o por las malas, o sortearla introduciendo un caballo de madera. Creo, más bien, que los paraísos nos encuentran y nuestro cometido consiste en reconocerlos y valorarlos, en su justa medida, lo cual no es siempre sencillo.

Estoy convencido de que cada paraíso se presenta sólo a quienes saben saborear sus frutos, especialmente los prohibidos; que cada edén se acerca a quienes están dispuestos a dejarse tentar por sus demonios y a ser expulsados de él en cualquier momento. Esto incluye a quienes caminan por los senderos de Taborno y reconocen la felicidad mientras la lluvia –desmembrada en jirones blandos, fríos y olorosos– empapa sus cabellos.

Las abejas no aman, aman las mariposas

Mentiría si dijera que admiro a las abejas.

Las abejas me recuerdan demasiado los regímenes totalitarios, en los que millones de personas trabajan ciegamente para elevar más y más el vértice de la pirámide social donde se encuentra un grupo de caraduras, ebrios de poder. Un grupo que arenga a los ciudadanos para que obedezcan y trabajen en nombre de Dios, de la Revolución o de la Libertad. A veces, también en nombre de la Economía.

Dime sobre lo que te arengan tus gobernantes y te diré lo que no piensan darte jamás.

 

No me gustan las abejas, porque me recuerdan a los clientes de los bancos, buscando afanosamente dinero como si fuera néctar, para pagar créditos que engordan cada vez más a las abejas reinas financieras y a los dueños de la colmena.

 

No me gustan las abejas. Trabajando de sol a sol, ahorrando y ahorrando, depositando y depositando un capital que nunca van a utilizar ellas ni sus descendientes.

 

No me gustan las abejas. Su prisa por almacenar y su avaricia les impiden comprender que todo el fruto de su trabajo es robado una y mil veces sin recibir nada a cambio.

 

No me gustan las abejas, ni me gusta su organización, ni me gusta su reina ni me gusta su obtuso modo de vida. La colmena es el espejo donde me reflejo yo mismo, mis vecinos y los vecinos de mis vecinos que sólo sentimos felicidad cuando recaudamos unas gotas de néctar para obtener la aprobación de la colmena que nos premiará dejándonos escuchar sus aplausos, su aprobador zumbido de idiotas… cada vez que depositemos nuestro néctar en el panal que alimenta a los amos.

 

 Admito que me asombra su trabajo y hasta sus siluetas aproximándose a las flores. Incluso, que me gustan como metáfora de los errores humanos.

Puestos a elegir, prefiero el borroso vuelo de las avispas que tanto odian los humanos porque no trabajan para ellos y porque, al contrario que las abejas, no se mueren desgarradas cuando pican.

 

Avispas que decidieron, tal vez hace un millón de años, tomar el néctar justo que les permitiera sobrevivir, sin acumular por acumular, avariciosamente.

 

 También liban las mariposas en las mismas flores, sabiendo que es absurdo acumular cuando la vida tiene el tiempo contado.

Abejas y mariposas trabajan en lo mismo, a veces codo con codo, pero las separan la avaricia, el orden de la colmena, la obediencia ciega y el desamor por la vida. Las abejas no aman, aman las mariposas.

Erotismo vegetal

Platanera.

¿Sienten las plantas el apremio de la reproducción de su especie de una forma similar a la de los sres humanos y el resto de los animales? ¿Encuentran placer los vegetales al reproducirse? ¿Se enamoran? ¿Les alcanzan conceptos tales como la fidelidad, el rechazo, los celos o el hastío respecto a una pareja?

Platanera.

Sobre la sexualidad de las plantas se ha vertido mucha tinta y se han realizado diversas teorías y clasificaciones, desde Darwin a Linneo; pero, siempre, insistiendo en las mismas dos premisas: cómo se realiza la polinización o su equivalente y qué hace la planta para atraer al agente polinizador, como podría ser un insecto.

Platanera.

Sin embargo –al menos que yo sepa– jamás la comunidad científica se ha interesado por averiguar qué es lo que mueve a un vegetal a reproducirse.

Si los animales necesitan un premio, como el goce sexual, con el fin de estar estimulados para reproducirse, ¿no parece imposible que las plantas se reproduzcan sin ningún estímulo erótico?

Platanera.

Si se pudiera hablar de algún tipo de sensación placentera en la planta que es polinizada, no sería descabellado pensar que la cercanía de individuos del sexo opuesto también habría de causarle algún cambio metabólico, produciendo algún equivalente a la serotonina.

Platanera.

Es posible que nada de esto suceda y que los vegetales se comporten como robots inmóviles, diseñados para multiplicarse y servir de alimento a seres superiores. Pero, a mi entender, esto es más difícil de creer en un universo donde nada se mueve sin impulsos egoístas. Incluyendo la rotación de los astros y la aparición de los agujeros negros.

Platanera.

Nos falta entender demasiadas cosas, por mucho que creamos saber cómo funciona el mundo que nos rodea. Nuestra sociedad, y nuestros científicos con ella, está convencida de que tiene la verdad del universo al alcance de sus manos, cuando ni aun sabe cómo son esas manos. Adoramos a los científicos como si fueran capaces de explicarnos el universo, lo mismo que nuestros antepasados adoraban a los sabios de la Antigüedad que afirmaban solemnemente la inmutabilidad del Cosmos sin saber explicar siquiera por qué vemos el cielo de color azul.

Sobre la existencia de una pulsión sexual, Sigmund Freud llegó a afirmar que “nadie ha podido demostrar aún la existencia de un instinto general de superevolución en el mundo animal y vegetal, a pesar de que tal dirección evolutiva parece indiscutible”.  Esperemos que algún día se demuestre o se descarte científicamente.

Platanera.

La filosofía nietzcheniana habla de una pulsión de perfeccionamiento en la naturaleza que se asemejaría mucho a un impulso sexual evolutivo en todos los seres vivos. Naturalmente, éste es un camino peligroso de transitar para quienes desean justificar filosóficamente que su raza es más perfecta que el resto. Cuarenta millones de muertos en una guerra han sido el resultado.

Bouganvilla.

El psicoanálisis freudiano asegura que son los instintos quienes tienden a asegurar la vida de los seres vivos: si la reproducción fallida de dos células termina con la muerte de ambas, es necesaria una fuerza que las impulse hacia una unión productiva. ¿En las plantas también? Todo parece indicar que sí, porque ¿no participan de la misma ley general de procreación o extinción que parece sustentar cualquier tipo de vida?

Drago canario.

Si es cierto que las pulsiones sexuales de los seres vivos desembocan, necesariamente, en el Eros, no hay razón para que este erotismo universal se encuentre ausente de las plantas.

Platanera.

No puedo concebir el erotismo sin que intervengan los sentidos, aunque esos sentidos sean diferentes de los humanos. Hay que percibir sensaciones agradables provenientes del exterior –o del interior, en el caso de las plantas hermafroditas– para que la necesidad de reproducción se produzca. Incluso en los vegetales el erotismo debe manifestarse para asegurar su supervivencia.

Filadelfia y Antonio José Ruiz de Padrón. FOTOS. Primera parte.

Antonio José Ruiz de Padrón, el hombre que logró derribar la Inquisición española, vivió en Filadelfia desde 1785 hasta 1788. Estas fotografías muestran el centro histórico e imágenes de la entonces capital de los Estados Unidos de América.

(Copyright by Manuel Mora Morales, 2011, para todas las fotos de este álbum)
 
 
Todas las fotos se pueden ver ampliadas, pulsando el botón derecho del ratón y, a continuación, “ver imagen”.
 
Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Parque del Amor (JFK Plaza). Filadelfia

George Washington mantuvo contactos con Ruiz de Padrón, en Filadelfia.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Una vista típica de una calle de Filadelfia.

Estatua de Benjamín Franklin, amigo, vecino y contertulio de Ruiz de Padrón.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

La arquitectura institucional de la época revolucionaria tiende a repetir las construcciones clásicas, tanto en las columnas como en el resto de la fachada de los edificios.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Cementerio de la iglesia de Santa María. Filadelfia. En esta parroquia se desempeñó el canario Ruiz de Padrón, en su época de Padre Lector franciscano.

Cento de visitantes Independencia. Un recorrido por los avatares de la guerra contra Gran Bretaña, en el siglo XVIII.

Una calle de Filadelfia, a finales del siglo XVIII. Grabado. Esta debió ser la imagen que ofrecía la ciudad durante la estancia de Ruiz de Padrón.

Los escaparates de las tiendas de Filadelfia tienen decorados muy originales.

La hija de Benjamin Franklin, Sarah Franklin Bache. Cuando Ruiz de Padrón arribó a Filadelfia, ella contaba con 42 años y él con 27.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Mapa antiguo de Filadelfia. Era la mayor ciudad de los Estados Unidos, en el siglo XVIII.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Souvenirs vestidos con trajes del siglo XVIII.

Velero frente a Filadelfia. Óleo. Museo Oceanográfico. Cuando Ruiz de Padrón visitó Filadelfia, su puerto era muy activo y mantenía frecuente tráfico con las Islas Canarias.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Interior del Centro de Visitantes de la Independencia

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Carta Magna de los Estados Unidos. Centro de Visitantes de la Independencia.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Monumento a los emigrantes. Filadelfia. Además de Ruiz de Padrón, otros canarios arribaron a estas tierras y se sumaron al movimiento democrático americano.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Grabado sobre los muelles de Filadelfia en el siglo XVIII.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Jardín con estilo del siglo XVIII. Filadelfia.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Detalle del monumento a los emigrantes. Filadelfia.

La Campana de la Libertad.

Cartel pegado en la calle.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Curioso recibo por dólares españoles de la época revolucionaria.

Continúa…

Un isleño con 200 años de historia

Hoy comí, en Tenerife, con Wimpy Serigné, su esposa y un grupo de amigos. Wimpy es un personaje emblemático, descendiente de emigrantes canarios, nacido a la orilla de un bayú del Misisipi hace unos setenta años. Lo conocí un poco antes del huracán Katrina; luego volvimos a vernos y proseguimos nuestra amistad mientras Nueva Orleans estaba sepultada bajo toneladas de barro y lágrimas, y, más adelante, coincidimos casualmente en un festival internacional celebrado en San Antonio de Texas, justo debajo del restaurante que gira sin cesar sobre la Torre de las Américas. Esta vez nos reencontramos en La Laguna de Aguere, cuna de sus ancestros.

Wimpy Serigné se expresa con el habla canaria del siglo XVIII, porque sus antepasados supieron guardar muy bien el dialecto español que algunos miles de isleños llevaron a las tierras pantanosas de Luisiana. Los gobernantes, los pequeños académicos de la lengua y todos los habitantes de las Islas Canarias deberían cuidar a Wimpy como su principal tesoro nacional, porque es uno de los últimos “Islanders” de Luisiana que conservan esa reliquia lingüística del pasado que está a punto de desaparecer para siempre. Sin embargo, no lo hacen, principalmente, porque Canarias es un archipiélago culturalmente subdesarrollado en el que gran parte de las mayorías y de las minorías piensan que la cultura consiste en regalar Los pilares de la Tierra, El código Davinci o la última parida de Pérez Reverte, en el día de San Valentín o de la Madre. Y que importa muy poco que desaparezca para siempre su habla del siglo XVIII, milagrosamente viva en una pequeña comunidad al otro lado del planeta. Más que penoso, parece extraordinario. ¿Se imaginan qué diría el mundo si los españoles no valorasen el español hablado por los judíos sefardíes?

Wimpy vive junto a Nueva Orleans, en el mismo pueblo donde nació Alcides “Yellow” Nunez, otro isleño descendiente de canarios que se sumó a la corriente jazzistica (más correcto sería decir jassistica), a principios del siglo XX, y se convirtió en un músico muy conocido en Nueva York. Varias veces a la semana, Wimpy camina desde su casa hasta el Museo de los Isleños, en San Bernardo, y arregla algo de lo que rompió el huracán. Poco a poco, todo va recuperando su antiguo esplendor y los visitantes vuelven a admirar fotografías, patos de madera, barras de saloons y otros cachivaches que conforman la curiosa historia de este pueblo que conservó su idioma y su idiosincracia en un medio natural y humano que le fue hostil durante doscientos años.

Compartir mesa y mantel con Wimpy Serigné, además de un orgullo, es un lujo extraordinario del que no puedo menos que presumir. Aunque bien es cierto que al verlo marchar me queda la sensación de que con él se aleja de Canarias un trozo importante de su historia que sus gobernantes, una vez más, son incapaces de atisbar siquiera. Así le va a esta tierra que ocupa el último lugar del último país en la clasificación educativa y cultural de Europa, según el riguroso Informe Pisa.