Shakespeare contra Cervantes: KO en el primer asalto

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Nos han anunciado por tierra mar y aire que se cumplen cuatrocientos años de la muerte de dos genios de las letras: Cervantes y ShakespeareShakespeare y Cervantes. A pocas semanas de finalizar 2016, va llegando la hora de analizar estas conmemoraciones y, con sólo fijarse un poco, se ve que son notables las diferencias entre una conmemoración y otra.

Shakespeare escribió poesía y teatro; Cervantes, novela y teatro. No hace falta decir que la producción dramática y lírica del primero fue superior a la del segundo y que las novelas de don Miguel superaron a las de don William, por la sencilla razón de que el inglés no escribió ninguna. Hasta aquí creo que existe consenso general, excepto en algún español carvernícola y carpetovetónico, que haberlos haylos todavía.

LAS SOSAS EXPOSICIONES SOBRE LITERATOS

Conmemorar cualquier faceta de un escritor, aunque sea su muerte, tiene sus complicaciones. Sólo hay que observar el escaso éxito de las exposiciones sobre cualquier literato. La cuestión es por qué se utiliza este canal, en lugar de otros más apropiados para la difusión de la literatura y de sus artífices, los literatos. Nada es más aburrido que acudir a una sala para ver unos cuantos papeles viejos que casi no se pueden leer, cuadernos amarillentos por el tiempo de los que sólo nos muestran una o dos páginas, alguna pluma, un tintero, una silla o un escritorio, una boina quizás o unas gafas,… En fin, una colección de objetos que no tienen más ídem que llenar algunas vitrinas y justificar una obligada conmemoración. En el caso de Cervantes, ni siquiera eso.

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Vivienda de Cervantes, en la calle Real de Alcalá de Henares.

Es cierto que en su casa de Alcalá de Henares he visto una pequeña cola de visitantes dispuestos a pagar para entrar dentro de sus muros. La pregunta es obvia. ¿Qué puede aportar a un admirador de Cervantes contemplar unos cuartos viejos y algún mueble destartalado?

En mi opinión, solamente la satisfacción de contarle a la familia y a los amigos que “entré en la casa de Cervantes”, como si eso justificara que jamás pasara de la primera página de El Quijote, en el caso de que la haya leído completa.

No tengo nada en contra de que cada uno entre donde quiera, y donde lo dejen entrar, pero tengo la seguridad de que los escritores y las exposiciones son incompatibles, no casan. Las exposiciones son para que los artistas plásticos nos muestren su obra, no para ver folios garabateados ni orinales viejos.

AI WEIWEI Y MIGUEL DE CERVANTES, ¿COLEGUITAS?

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Cartel de la exposición sobre Cervantes con Ai Weiwei en Cuenca.

Esa incompatibilidad la demuestra otra exposición, que todavía en estos días se anuncia a bombo y platillo en las emisora de radio y televisión, titulada “La poética de la Libertad”, dedicada a Cervantes y “decorada” por Ai Weiwei y los llamados pintores informalistas, en la catedral de Cuenca.

Hace unos días, aprovechando un viaje de trabajo a Madrid, me desplacé hasta esa ciudad, con la intención de contemplar lo expuesto por el artista chino, cuya obra admiro desde hace años. Pero no debí haber ido.

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Maravillosa catedral de Cuenca, donde tuvo lugar una exposición de muy bajo interés.

Me compensó la catedral gótica de Cuenca, que en los días despejados se convierte en una auténtica antorcha solar alimentada por la luz que filtran las vidrieras.

También me sentí reconfortado por la obra de dos canarios que participan en la reducida muestra colectiva de pintores informalistas: un fantástico cuadro de Millares y una extraña y bella escultura de Chirino que roba al aire sus espirales y las derrama por el suelo.

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Obra de Chirino.

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Los autores informalistas de las ocho obras expuestas.

En cuanto a la obra Ai Weiwei, confieso que no me gustó, a pesar de que casi toda su producción me parece genial. En esta instalación, titulada S.A.C.R.E.D., se evidencia un narcisismo excesivo e innecesario para denunciar la falta de libertades en su país: seis cajas metálicas (que deben medir unos 5 m de largo, por 2 de ancho y 1,5 de alto) colocadas dentro de otra caja grande, a manera de contenedor.

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Cajas de la instalación de Ai Weiwei.

Dentro de cada una de estas cajas, se encuentran tres esculturas que representan a Ai WeiWei y a un par de policías chinos, cuyo estilo recuerda los juguetes infantiles de hace unos años. Nos cuentan escenas de la detención del artista, siempre custodiado por sus dos guardianes, incluso cuando entra a hacer sus necesidades.

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Interior de una de las cajas de la exposición de Ai Weiwei.

El espectador puede ver todo esto, que está iluminado por una luz fluorescente, utilizando una mirilla colocada en cada caja. No hay nada alegórico: todo tiene un tratamiento realista: todo gira en torno a Ai Weiwei, quien se presenta como el héroe encadenado, cual reencarnación de John Lenon sin Yoko Ono en la cama del hotel Ritz.

CERVANTES, EN LA PAPELERA

¿Y Cervantes? Su presencia en esa exposición se reduce a cuatro frases en paneles que tratan de justificar una exposición que no visita nadie. En realidad, ¿qué otra cosa se puede hacer para conmemorar a un novelista con una exposición?

Quizás, habría que olvidarse de las exposiciones sobre escritores y de los que viven de montarlas y de conmemorar sus vidas y sus muertes. Quizás, sería más útil popularizar sus libros en emisoras, periódicos, escuelas y universidades.

Naturalmente, hay otras opciones. Me viene a la memoria una visita realizada hace años a la casa de Máximo Gorki, en Heringsdorf (isla de Usedom), donde una actriz contaba de manera fantástica cinco o seis veces al día uno de los cuentos del autor ruso.

Aunque no he tenido la suerte de asistir a alguna representación (excepto un descabellado intento de escenificar El Quijote, que no puedo decir que vi sino que dormí), sé que en este año se han realizado escenificaciones de obras dramáticas de Cervantes. El ruido mediático por esas puestas en escena ha sido poco; y es comprensible, puesto que la muerte de William Shakespeare en el mismo año de 1616 ha actuado como sordina para la obra teatral cervantina.

SHAKESPEARE HASTA EN LA SOPA

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Shakespeare en el Teatro Nacional de Lisboa, en 2016.

Las representaciones de las obras de Shakespeare han sido abundantes y de todo pelaje. He sufrido unas y he disfrutado otras, como la espléndida puesta en escena, en el Teatro Real de Madrid, de la ópera Otelo, de Verdi, inspirada en el drama shakesperiano del mismo nombre (un drama que, por cierto, no se construye sobre los celos de Otelo, sino sobre las insidias de Yago que envenenan el corazón del protagonista); la escenificación de Ricardo III, llevada a cabo en un patio del espectacular castillo del Conde de Niebla, a pocos kilómetros de Palos de la Frontera; la deconstrucción de Romeo y Julieta, en el Teatro Nacional de Lisboa, por los “Artistas da Companhia Nacional de Bailado” de Portugal; la derivación cómica de Macbeth, dentro de las Noches del Fonseca en la Universidad de Salamanca; etc.

En todas estas representaciones la afluencia de público fue numerosa y, como sucedió en el caso de Otelo, en ocasiones las entrada se agotaron varias semanas antes.

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Basta mirar este cartel para comprobar que las obras de Shakespeare han sido más representadas que las de Cervantes, incluso en España, durante el año 2016.

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COMPARACIONES ODIOSAS, COMPARACIONES NECESARIAS

En definitiva, se ha conmemorado sobradamente a William Shakespeare y obligada y solapadamente a Miguel de Cervantes. Es posible que a un novelista no se le pueda sacar tanto partido mediático y popular como a un dramaturgo, pero no es menos cierto que existen ciertos países donde las instituciones públicas consideran una molestia celebrar efemérides culturales de verdadera importancia, mientras otros saben sacar partido a las suyas.

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El Teatro Real de Madrid anuncia la ópera Otelo.

Si alguien desea comparar, sólo tiene que recordar los fastos llevados a cabo en 1992, para conmemorar la llegada a América de los españoles, y la paupérrima celebración que se está llevando a cabo sobre Miguel de Cervantes.

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Estatua de Miguel de Cervantes que preside un parque en Alcalá de Henares.

El incendio de Londres, una cena pantagruélica, el vino canario y el diablo

City Tavern

Se cumple el 350 aniversario de una catástrofe. El 2 de septiembre de 1666 ardió Londres en un terrible incendio que duró tres días. Un grupo de poetas aficionados al maravilloso Canary Wine protagonizó una escena conmovedora frente a un carismático edificio que había sido el santuario de Shakespeare y otros literatos ingleses. ¿Cuál era esa edificación y por qué se relacionó al diablo con su destrucción? La respuesta se encuentra al final de este relato que comienza en América, ciento treinta y un año después del siniestro londinense.

El 27 de septiembre de 1797 se firmó la Constitución de los Estados Unidos y los representantes de los estados decidieron celebrar por todo lo alto aquel acontecimiento en el mejor restaurante de Filadelfia. Sí, nuestro Antonio Ruiz de Padrón se encontraba en la ciudad y éste es el relato de los hechos, según la novela “El discurso de Filadelfia”:

“–La City Tavern –dijo Ruiz de Padrón– ya se había recuperado de la cena militar y otra vez sus instalaciones resplandecían. Las mesas, cubiertas con blancos manteles de lino e iluminadas con enormes candelabros, esperaban a los ilustres comensales.

Los delegados atravesaron muy animados la terraza situada bajo el toldo exterior, traspusieron la puerta principal y se dirigieron al comedor de la Long Room, la sala más grande de los Estados Unidos, exceptuando el gran salón de la Casa de Gobierno. Mostraban un excelente humor y, aunque no bebieron tanto madeira ni tanto ponche como le habría gustado al dueño de la taberna, sí consumieron lo suficiente para digerir la abundante comida sin necesidad de jugos gástricos.

En esta cena se degustaron en la mesa más de veinte platos diferentes. Había sopa, pescado, jamón, paletilla de cordero, verdura, un asado de caza silvestre, pollo, pavo y otras viandas. También sirvieron ensaladas, salsas y diversos condimentos. En los postres comieron frutos secos, tartas y pasteles regados con vinos Sweet Canarys.

Los brindis se sucedieron hasta bien entrada la noche y, aunque los músicos de Christhilf se esforzaban por interpretar sus piezas tan alto como podían, resultaba imposible escuchar algo que no fuese la algarabía de los políticos. Más de un duro enfrentamiento que tuvo lugar durante los meses anteriores se cerró esa tarde con un fuerte abrazo entre los contendientes. La factura corrió a cargo del amigo de los vinateros canarios, Robert Morris.

En los siguientes días, los delegados regresaron a sus estados de origen. Una vez informaran a sus respectivos parlamentos, se debería iniciar el proceso de votaciones en cada Cámara estatal para la aprobación definitiva del texto constitucional.

Tenías que haber visto a Gouverneur Morris contándome las hazañas etílicas de aquella noche. Según su versión, llegó un momento en que uno de los comensales se levantó con una copa de Canary en la mano, pidió silencio y comenzó a entonar esta canción a la que se sumaron los delegados:

Pero lo que más nos inspira a mi musa y a mí
es una fina copa de rico vino canario
que es de La Sirena, por ahora;
pero que pronto será mía.

Se trataba de un poema del poeta inglés Ben Jonson, el cual, además de ruidoso y fanfarrón, era un gran bebedor. El viejo Jonson acostumbraba a reunirse en una taberna londinense, llamada La Sirena, con sus amigos Selden, Beaumont, Fletcher, Raleigh y Shakespeare a beber Canary Wine y a hablar de literatura. Cuando las jarras se vaciaban, animaba a sus amigos a cantar sus versos para advertir a la señora Quicky que debía servir más vino canario, tal vez importado en uno de los propios barcos de Walter Raleigh. Una vez las ilustres cabezas se saturaban por completo con los vinosos vapores, el filosófico y poético navegante detallaba a los miembros del club las maravillas que había presenciado en sus muchos viajes, las cosas extrañas que había encontrado en las plantaciones de Virginia y las grandes probabilidades que existían de realizar su sueño de encontrar El Dorado.

incendio londres

La Sirena era la más famosa taberna de Londres, ubicada en el barrio de Cheapside, cerca de la catedral de San Pablo, cuya fama no cesaría de crecer con los años y los poetas, a pesar de que fue destruida en el gran incendio de Londres en el año 1666. Decía Gouverneur que mientras unos jóvenes poetas aficionados al Canary Wine contemplaban cómo las llamas devoraban su amada La Sirena, decidieron nombrar las tres últimas cifras de aquella nefasta fecha como el Número del Diablo.”

(Extracto de la novela El discurso de Filadelfia, de Manuel Mora Morales, Ed. Malvasía, 2016, pp 470-472)

 

La pluma en una mano y la botella en la otra

AMONTILLADO
¿Le gustaba a Homero meterse sus buenas cucharadas de vino entre pecho y espalda? Es arriesgado afirmarlo, pero de lo que no cabe duda es que en La Odisea nos ofrece este autor un conocimiento de las consecuencias del alcohol que va mucho más allá de la teoría. Yo siempre he pensado que Homero era un consumado maestro en empinar el codo, lo cual no le deja huérfano en el mundo de las letras, ni mucho menos.

Sin ir muy lejos, ahí tenemos al poeta Ovidio, un romano siempre dispuesto a defender su amado vino, el que, según él, siembra el amor en los corazones. El poeta latino aguantaba lo suyo con el vaso en la mano, según nos dejó escrito; su explicación es loable: la tristeza le impedía emborracharse por mucho que bebiera.

William Shakespeare

De William Shakespeare, Walter Raleigh y el resto de sus poetas compinches de la Taberna la Sirena, ya se sabe la asombrosa cantidad de barriles de vino de Canarias que vaciaban en la fría ciudad de Londres. Uno de estos bebedores era el famoso vate Ben Jonson, que exigió al gobierno británico la entrega de una barrica de vino canario cada año, dentro de la pensión vitalicia a que se había hecho acreedor como “poeta laureado”. He aquí una estrofa del etílico poeta:

Pero lo que más nos inspira a mi musa y a mí
Es una fina copa de rico vino canario
Que es de la Sirena, por ahora;
Pero que pronto será mío.

La visión turbia que el alcohol proporciona posee el doble poder de una piedra filosofal: por una parte, sublima los textos de un escritor genial y, por otra, enreda las palabra de un escribidor mediocre. Ahí tenemos al genial Edgard Allan Poe, el cual rezumaba vino amontillado por todas sus páginas y esplendor por todos sus cuentos. Fue seguido de cerca por Verlaine tanto en la magia de sus versos como en la de sus crecidos tragos. Tampoco se quedó atrás, Baudelaire que se justificaba alabando la dimensión estética y cognitiva del cualquier cosa que lo embriagara para – según el verso de Valle Inclán– verlo todo…

Todo a una turbia luz azulenca de alcohol.

Lope de Vega

Anterior a ellos, bebió y vivió el prolífico Lope de Vega, el cual descubrió en las tabernas madrileñas el vino peleón como combustible alcohólico alternativo para poner a tope sus motores creativos de comediógrafo. Como hombre de sano juicio, Lope sacaba a relucir en cada obra las cosas con que más familiarizado estaba: el papel y el vino:

y perdona, pues bastaba
tratar de vino el papel
para que aun las mismas manos
viniesen dando traspiés.

quevedo

¿Y qué me dicen de don Francisco de Quevedo y Villegas, el borrachito camorrista más famoso de la Corte española? Para muestra, un soneto:

Tudescos moscos de los sorbos finos,
Caspa de las azumbres más sabrosas,
Que porque el fuego tiene mariposas,
Queréis que el mosto tenga marivinos.

Aves luquetes, átomos mezquinos,
Motas borrachas, pájaras vinosas,
Pelusas de los vinos envidiosas,
Abejas de la miel de los tocinos,

Liendres de la vendimia, yo os admito
En mi gaznate pues tenéis por soga
Al nieto de la vid, licor bendito.

Tomá en el trazo hacia mi nuez la boga,
Que bebiéndoos a todos, me desquito
Del vino que bebistes y os ahoga.

marivinos: mosquitos que van al vino.
luquetes: ruedecitas de limón o naranja que se echa en el vino.

Dostoyevski

Fedor Dostoyevski la emprendió con el vodka cuando murió su odiado padre: sus borracheras lo convertían en un auténtico tipo violento, sumergido en el más puro existencialismo nihilista (Por qué San Petersburgo está más triste los domingos que los días de trabajo? ¿Será por el vodka?), y en un tan escritor brillante como una gota de vino rodando por un cristal de Bohemia.

Rubén Darío

La cristalina prosa y la poesía azul danubio de Rubén Darío también tendrían algo que ver con las tajadas que se cogía en Buenos Aires, Madrid, París, La Habana,…

Diluir mi tristeza
en un vino de noche
en el maravilloso cristal de las tinieblas…

hemingway

Sobre Ernest Hemingway me contaba un parrandista cubano –que vivía junto a la casa de Gregorio, aquel viejo de Lanzarote que no se llamaba Santiago y que casi no se muere porque no bebía ni una gota de ron sino únicamente fumaba en su cachimba puros de la Vega Baja, chico–, me contaba que algunos domingos llegaba al Floridita con el autor de El viejo y el mar y, cuando salían de allí, ninguno de los dos podía sostener derecho el cuerpo de su compañero. Al escritor se le puso el hígado más grande que la barriga mientras el cubano tenía que conformarse con tocar la guitarra a palo seco.

Faulkner

William Faulkner, Scott Fitzgerald, Tennesse Williams o Dylan Thomas eran auténticos responsable del creciente auge del negocio del whisky en los Estados Unidos. En cuanto a Truman Capote, es mejor correr un misericordioso velo sobre su afición a la coctelería, y nadie piense que va a escribir como un dios ni a vivir como un chiflado, sólo por beber esta receta del Dry Martini con que Truman se cogía las trancas:

5.5 cl de y 1.5 cl de Martini seco que se remueven bien
con cubitos de hielo y, luego, se sirve en una copa sin hielo,
exprimiendo una piel de limón.

Y, detrás de cinco iguales a éste, el escritor se mandaba una espuela roja: pero de esa receta hablamos otro día.

¡Cómo no acordarnos de Jack Kerouac, que confesó sus deseos de beberse a sí mismo! Empezó en la Ruta 66, siguió con su maravillosa novela En el camino y terminó tan alcoholizado que, poco antes de diñarla a los 47 años, decía no entender cómo un cuerpo podía resistir tanto alcohol durante tanto tiempo.

Para relajarnos necesitábamos whisky, especialmente yo. Salí y recorrí doce manzanas a toda prisa hasta que encontré un sitio donde me vendieron una botella. Volví lleno de energía.
Terry estaba en el cuarto de baño arreglándose la cara. Llené un vaso de whisky y bebimos grandes tragos. ¡Oh, aquello era dulce y delicioso! ¡Todo mi lúgubre viaje había merecido la pena! Me puse detrás de ella ante el espejo, y bailamos así por el cuarto de baño.

Marguerite Duras

Marguerite Duras, autora de Hiroshima mon amour, recorría todos los bistrots de la noche parisina, acompañada de su amiga Jeanne Moreau y, a veces del psicoanalista Lacan, hasta ponerse ciega. Evidentemente, la vida de Marguerite fue un encadenamientos de tragedias que ella optó por unir con el alcohol. Seguramente, no había probado ni una gota cuando escribió:

Los alcohólicos, incluso a nivel de vertedero, son unos intelectuales. El proletariado, que ahora es una clase más intelectual que la clase burguesa, de muy lejos, tiene una propensión al alcohol, en el mundo entero. El trabajo manual es sin duda de todas las ocupaciones del hombre la que le lleva más directamente hacia la reflexión, es decir hacia la bebida. Ved la historia de las ideas. El alcohol hace hablar. Es la espiritualidad hasta la demencia de la lógica, es la razón que intenta comprender hasta la locura por qué esta sociedad, por qué este Reino de la Injusticia… y que siempre concluye con una misma desesperación. Un borracho es a veces grosero, pero raramente obsceno. Algunas veces se encoleriza y mata. Cuando se ha bebido demasiado, se vuelve al principio del ciclo infernal de la vida. Se habla de felicidad, se dice que es imposible, pero se sabe lo que quiere decir la palabra.

Graham Greene, el autor de Nuestro hombre en La Habana, comenzaba una de sus novelas poniendo en boca de un personaje la auténtica y desgarradora  verdad sobre el color tan claro que tiene el whisky JB y la causa de su rotundo éxito: ¡uno puede bebérselo sin rebajar y nadie sospecha que no tiene ni una gota de agua! De ahí a definirse como un ateo católico, no hay más que media docena de botellas semanales de ese mismo elixir tan claro. Castle, protagonista de la novela El factor humano es tan aficionado al JB como su creador y se pasa todo el libro comprando, buscando y bebiendo la misma condenada marca:

Castle siempre compraba el J. & B, por su color: un generoso whisky de esta marca, con un poco de soda, no parecía más fuerte que un breve sorbo de cualquier otra marca.

bukowski

Otra vida ejemplar es la del irreverente Charles Bukowski, de tan ingrato recuerdo para los censores franquistas. El autor de Música de cañerías llegaría a decir:

Me gusta cambiar de licorería con frecuencia, porque los empleados aprenden tus hábitos. Si vas día y noche y compras en gran cantidad, puedo verlos peguntándose por qué todavía no estoy muerto, y eso me hace sentir incómodo. Probablemente, no piensen nada de eso, pero un hombre se vuelve paranoico cuando tiene trescientas resacas al año.

Algunos ha habido que, a imitación del galo Obelix, posiblemente cayeran de pequeños en una barrica de Ribeiro: jamás parecieron necesitar una copa de vino para explayarse diciendo o escribiendo los mayores disparates. Como Camilo José Cela, tan censor y tan simpático.

¿Para qué seguir? Sólo quiero hacer un post, no escribir un libro con olor a vino. Aunque materia habría para una enciclopedia, ¡miren que bonita lista para comenza!: Allen Ginsberg, William Burroughs, Raymond Carver, Catulo, Raymond Chandler, Lawrence Durrell, Omar Jayyam, Malcolm Lowry, O. Henry, O´Neill, Li Po, Joseph Roth, Algernon Charles Swinburne, Hunter S. Thompson, Victor Hugo,…

Friedrich von Schiller y sus alusiones al vino de las Islas Canarias, en su famosa “Canción del Ponche”. SEXTA PARTE

“Como la luz de un ardiente manantial, se desborda del tonel el vino con púrpura espuma cristalina.”

Friedrich von Schiller (1759 – 1805) escribió el poema Punschlied Im Norden zu singen (Canción del ponche para cantar en el Norte), que yo entiendo como un cántico fervoroso a la vida, a través del vino; si bien fue calificado por los críticos alemanes del XIX como una alegoría moral. Contiene doce estrofas de cuatro versos cada una que han llegado al público a través de una canción para dos voces, musicalizada por el compositor Franz Schubert, en 1815, conocida como Auf der Berge.[1] La undécima estrofa tiene un particular interés:

Fernhin zu den sel’gen Inseln
Richtet sie der Schiffe Lauf,
Und des Südens goldne Früchte
Schüttet sie im Norden auf.

Lejos de las Islas afortunadas
[la Naturaleza] vigila el navegar de los barcos,
Y los dorados frutos del Sur
Vierte en el Norte.

Las razones de Schiller para incluir esta mención a las Islas afortunadas o bienaventuradas no se entendería sin conocer la primera estrofa del poema:

Auf der Berge freien Höhen,
In der Mittagssonne Schein,
An des warmen Strahles Kräften
Zeugt Natur den goldnen Wein.

En las altas cumbres de las montañas,
Con los rayos  del sol a mediodía,
Bajo la  fuerza de los cálidos destellos
La Naturaleza produce el dorado vino.

Si unimos el vino a las Islas Afortunadas y a la época en que vivió Schiller –finales del siglo XVIII y prolegómenos del XIX–, la ecuación es fácil de resolver. El poeta se refiere, sin la menor duda, al vino canario o Kanariensekt.

Esto ya lo señaló Heinrich Düntzer, en el siglo XIX, cuando escribió en el segundo tomo de su obra Schillers lyrische gedichte el siguiente párrafo:

11º estrofa. El arte también nos trae los frutos del Sur a quienes necesitamos estímulos. El hecho de que, asimismo, la navegación aquí esté referida como un arte, como algo que cae, nos hace experimentar un sobresalto. A las Islas Afortunadas, nombradas por Hesíodo, ya el rey Juba II quería identificarlas con las Islas Canarias. Desde estas islas se exportan el  Kanariensekt, los limones y las naranjas más hermosas.[2]

Arriba: una versión del poema Punschlied “Im Norden zu singen” fue musicalizada por Franz Schubert. La partitura tiene fecha de 18 de agosto de 1815. Abajo: una interpretación de las tres primeras estrofas del poema.



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NOTAS

[1] Versión de Franz Schubert contiene las doce estrofas del poema de Schiller, si bien muchas interpretaciones, como la que se incluye en el vídeo de esta página, sólo usan las tres primeras. A continuación, incluyo el texto completo del poema y una traducción de las primeras estrofas, debida a Eduardo Almagro (2011).

Punschlied – Im Norden zu singen

Auf der Berge freien Höhen,
In der Mittagssonne Schein,
An des warmen Strahles Kräften
Zeugt Natur den goldnen Wein.

Und noch Niemand hat’s erkundet,
Wie die große Mutter schafft;
Unergründlich ist das Wirken,
Unerforschlich ist die Kraft.

Funkelnd wie ein Sohn der Sonne,
Wie des Lichtes Feuerquell,
Springt er perlend aus der Tonne,
Purpurn und krystallenhell.

Und erfreuet alle Sinnen,
Und in jede bange Brust
Gießt er ein balsamisch Hoffen
Und des Lebens neue Lust.

Aber matt auf unsre Zonen
Fällt der Sonne schräges Licht;
Nur die Blätter kann sie färben,
Aber Früchte reift sie nicht.

Doch der Norden will auch leben,
Und was lebt, will sich erfreun;
Darum schaffen wir erfindend
Ohne Weinstock uns den Wein.

Bleich nur ist’s, was wir bereiten
Auf dem häuslichen Altar;
Was Natur lebendig bildet,
Glänzend ist’s und ewig klar.

Aber freudig aus der Schale
Schöpfen wir die trübe Flut;
Auch die Kunst ist Himmelsgabe,
Borgt sie gleich von ird’scher Glut.

Ihrem Wirken freigegeben
Ist der Kräfte großes Reich;
Neues bildend aus dem Alten,
Stellt sie sich dem Schöpfer gleich.

Selbst das Band der Elemente
Trennt ihr herrschendes Gebot,
Und sie ahmt mit Herdesflammen
Nach den hohen Sonnengott.

Fernhin zu den sel’gen Inseln
Richtet sie der Schiffe Lauf,
Und des Südens goldne Früchte
Schüttet sie im Norden auf.

Drum ein Sinnbild und ein Zeichen
Sey uns dieser Feuersaft,
Was der Mensch sich kann erlangen
Mit dem Willen und der Kraft.

Canción del ponche. Para cantar en el Norte

Sobre la altas cumbres de las montañas,
bajo los radiantes rayos del mediodía
y al calor de sus destellos,
el dorado vino surge de la naturaleza.

Nadie sabe
cuál es el secreto de la madre;
trabajando sin descanso
con su inaprensible poder.

Radiante como un hijo del sol,
como la luz de un ardiente manantial,
se desborda del tonel
con púrpura espuma cristalina.

Alegra todos los sentidos
y sobre los pechos de los temerosos
insufla la dulce esperanza
del placer de vivir.

[2] “Str. 11. Die Kunst bringt uns auch die Früchte des Südens, deren wir zum Punsche bedürfen. Daß auch die Schiffahrt hier als Kunst bezeichnet wird, fällt doch etwas auf, wir empsinden einen Sprung.  Die bereits von Hesiod erwähnten seligen Inseln wollte schon König Juba II in den Kanarischen Inseln sinden. Von diesen Inseln kommen außer dem Kanariensekt die schönsten Zitronen und Orangen.” (H. D., 1866).

Sobre cómo, dónde y por qué Shakespeare, Raleigh y Jonson se ponían morados de Canary-wine. QUINTA PARTE

Cuadro “Shakespeare y sus amigos en la Taberna de la Sirena”, pintado por John Faed, en 1850.

Vuelvo a traer a colación el poema Inviting a Friend to Supper de Benjamin Jonson[1], porque se convirtió en un texto muy popular durante los siglos siguientes a su publicación y, consecuentemente, fue tan comentado como plagiado y citado por otros literatos.

He señalado ya el caso de John Keats, con la magnífica alusión al poema de Jonson en su Lines on the Mermaid Tavern, publicado sólo dos años antes de su desoladora y prematura muerte. Hoy, traigo otro texto a colación, aparecido en una revista neoyorquina del siglo XIX, en el que su autor trata de recrear el ambiente que debió reinar en las tertulias de escritores, en la Taberna de la Sirena, mientras, seguramente, se escuchaban las campanas de la cercana catedral de San Pablo, en Londres.

¿Y cuál era en combustible que ponía en marcha estas tertulias, el elemento que congregaba en La Sirena a tan selecta clientela, el precioso vínculo que los mantenía unidos por encima de sus naturales celos y suspicacias? Sin la menor duda, el vino canario que se deslizaba por las gargantas y plumas de los divinos contertulios, los cuales salían iluminados de La Sirena, rumbo a sus obras literarias, en las que necesariamente tenía que emerger su adorado Canary-wine.

“Sir Walter Raleigh, antes de verse envuelto en problemas políticos, organizó encuentros regulares de los ingenios de su época, que se reunieron en “La Sirena”, una popular taberna de Londres por esa época. Alrededor de esta mesa redonda, reunió más genio y talento de que lo que antes el mundo había visto y, probablemente, jamás volverá a ver.

Entre los asistentes habituales estaban Selden, Beaumont, Fletcher, Ben Jonson y Shakespeare. Si las conversaciones de estos maravillosos hombres se hubieran podido conservar tal como transcurrieron, dejando fluir los sentimientos de amistad y los torrentes de ingenio, ¿qué libro poseemos ahora que pudiera igualar en interés tales recuerdos?

Jonson era, sobre todo, un calavera y, sin lugar a dudas, el más ruidoso de la tertulia. El viejo Ben ostentaba cierto carácter fanfarrón que producía un sutil contraste con la conducta de sus compañeros. Podemos imaginarle con Shakespeare a un lado y Raleigh al otro, cantando una de sus canciones, y poniendo un énfasis particular en estos versos:

Pero lo que más nos inspira a mi musa y a mí
Es una fina copa de rico vino canario
que es de la Sirena, por ahora; pero que pronto será mío.

Entonces la Señora Quicky, perteneciente al establecimiento, aparecería con el nombrado vino canario, tal vez importado en uno de los propios barcos de Raleigh, mientras que el filosófico y poético navegante detallaba a los miembros del club las maravillas que había presenciado en sus muchos viajes, las cosas extrañas que había encontrado en las plantaciones de Virginia, y las probabilidades que existían de realizar su sueño de encontrar El Dorado.”

Así era la desaparecida Taberna de La Sirena

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NOTAS

La afición de Ben Jonson por el Canary-wine se hizo legendaria. Además de sus frecuentes visitas a la taberna regentada por la señora Quickly, exigió al gobierno de Londres que le suministrara una barrica de vino canario cada año, dentro de la pensión vitalicia a que se había hecho acreedor como “poeta laureado”, tal como se expresa en la siguiente cita.

Ben Jonson delighted in copious draughts of Canary wine, and even contrived to have a pipe of that liquor added to his yearly pension as poet-laureate.
(Harper’s magazine, Volumen 11, 1855)

El síndrome del mayordomo

Recientemente, he conocido un triste caso que le sucedió a un bondadoso anciano casi octogenario, el cual, aunque se halla con buena salud, ha terminado por meterse dentro de un pijama sin querer salir más a la calle, a causa de las maledicencias de un vecino suyo. Este acontecimiento, que contado por su sobrina no parece demasiado trascendente, me ha estado obsesionando desde hace semanas, mostrándome, sin que pudiera evitarlo, una de las zonas más patéticas de nuestra condición humana. Incluso, he llegado a pensar que cuando admiremos a alguien, no conviene hacernos amigo suyo, porque terminaremos por verlo reflejado en el espejo de nuestra propia vulgaridad y, poco a poco, se nos irá enfriando la admiración.

La idea no es nueva y está recogida, desde hace mucho tiempo, en los Ensayos de Montaigne (1533-1592): peu d’hommes ont esté admirez par leurs domestiques: nul a esté prophete non seulement en sa maison, mais en son païs, dict l’experience des histoires (pocos hombres han sido admirados por sus criados: ninguno ha sido profeta no solamente en su casa, sino tampoco en su país, dice la experiencia de la historia)[1]. Al parecer, la idea está tomada de una frase pronunciada por una famosa parisiense del siglo XVII, Madame Cornuel: Il n’y a point de héros pour son valet de chambre.[2] Posteriormente pasaría al inglés, de la mano de John Florio[3] (1603), como: No man is a hero to his valet. Para arribar finalmente al catellano: Nadie es un héroe para su mayordomo.[4]

Es indudable que esta frase contiene mucha retranca, pero también es cierto que responde a una conducta humana que todos conocemos; y, a veces, reconocemos en nosotros mismos.

He observado el proceso más de una vez. Una persona busca desesperadamente la amistad de alguien de su pueblo, de su barrio o de su ciudad. Por ejemplo, en el caso que nos ocupa, de un ciudadano que tiene cierta fama de bondad entre los vecinos. Aunque no es de su entorno inmediato, el admirador comienza a hacerse el encontradizo hasta que terminan juntos tomándose unos cortados en el quiosco de la plaza de la iglesia o en la cafetería del parque.

Como el asediador no tiene una conversación acorde con la categoría humana del asediado, y a éste le da pena despedir a su admirador o conversar de asuntos humanitarios que parecen no interesarle, los temas que van tratando son cada vez más canallescos. Pasado un tiempo, como si tuviese una revelación divina, el devoto personaje llega a la conclusión de que su héroe no dice nada del otro mundo, nada que valga la pena escuchar, nada que le distinga de su propia vulgaridad y que toda esa bondad tan admirada anteriormente sólo era un espejismo. De manera que lo más apropiado que encuentra es humillarle diciéndoselo sinceramente a la cara, convertirse en su enemigo y explicar a los cuatro vientos su decepción.

Así somos de canallas los seres humanos. Proyectamos nuestros reflejos más vulgares sobre seres angelicales y empezamos a despreciarlos cuando vamos reconociéndonos en ellos. Sucede en todos los campos de la vida. Por ejemplo, en las parejas que ayer se admiraban de novios y hoy se apuñalan de casados. Por ejemplo, en los socios de una empresa que despotrican todo el día unos de otros cuando antes se elogiaban mutuamente. Por ejemplo, con los actores que se reúnen para interpretar una obra o en los cocineros que montan un congreso gastronómicos. Y es una lástima, porque en realidad se trata de odio hacia nosotros mismos que descargamos sobre el espejo que comienza a reflejarnos. ¡Vaya si es una lástima!


[1] En una nota a pie de la pág. 262 del tomo III de los Ensayos, de Montaigne, en su edición francesa de 1802: Il faut être bien héros, disoit le maréchal de Catinat, pour l’être aux yeux de son valet de chambre. C. (Él ha de ser muy héroe, decía el mariscal de Catinat, para serlo a los ojos de su mayordomo. C[ornuel].).

La traducción al inglés de John Florion (1603): Few men have beene admired of their familiars. No man hath beene a Prophet, not onely in his house, but in his owne country,’ saith the experience of histories.

[2] La frase de Madame Cornuel fue citada por los más célebre escritores del XVIII, como Rousseau (vid. Julie ou la Nouvelle Heloïse) que sale en defensa de los empleados domésticos, Hegel (“Es gibt keinen Helden für den Makkerdiener: nicht aber weil jener nicht ein Held, sondern weil dieser – der Kammerdiener ist”. vid. Phänomenologie des Geistes) o Goethe (“Es gibt, sagt man, für Kammerdiener keinen Helden.”  vid. Die Wahlverwandtschaften).

En unas cartas, redactadas entre 1726 y 1733, Madmoiselle Aissé contaba a Madame C. lo siguiente: Je vous renvoye á ce qui disoit madame Cornuel, qu’il n’y avoit point de héros pour les valets de chambre (Te remito a lo que decía Madame Cornuel, que no había ningún héroe para los mayordomos).

[3] John o Giovanni Florio (1553-1625), nació en Londres y, además de ser el primer traductor de la obra de Michel Eyquem de Montaigne al inglés, también ha sido señalado por algunos investigadores como el autor real de la obra de William Shakespeare.

[4] La interpretación que hace José Cadalso (1741-1782) de esta frase, difiere un tanto de la realizada por otros autores, acercándose más a la de J. J. Rousseau:

“Para ellos [los malos políticos], todo inferior es un esclavo, todo igual es un enemigo, todo superior es un tirano. La risa y el llanto en estos hombres son como las aguas del río que han pasado por parajes pantanosos: vienen tan turbias, que no es posible distinguir su verdadero sabor y color. El continuo artificio, que ya se hace segunda naturaleza en ellos, los hace insufribles aun a sí mismos. Se piden cuenta del poco tiempo que han dejado de aprovechar en seguir por entre precipicios el fantasma de la ambición que les guía. En su concepto, el día es corto para sus ideas, y demasiado largo para las de los otros. Desprecian al hombre sencillo, aborrecen al discreto, parecen oráculos al público, pero son tan ineptos, que un criado inferior sabe todas sus flaquezas, ridiculeces, vicios y tal vez delitos, según el muy verdadero proverbio francés, que ninguno es héroe para con su ayuda de cámara. De aquí nace revelarse tantos secretos, descubrirse tantas maquinaciones y, en sustancia, mostrarse los hombres ser hombres, por más que quieran parecerse semidioses.”