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Venanceo

El pícaro poeta Venanceo

Recuerdo ver en mi niñez a un poeta que recorría las islas a pie vendiendo hojas de colores impresas con poemas. Decía que eran suyos y no tengo motivos para dudarlo, aunque parece que también había romances tradicionales que la gente de los campos apreciaba mucho y compraba por unas pocas pesetas. Tendría este hombre setenta años y una barba blanca y poblada, a lo Walt Whitman, que impresionaba contemplar junto a su imponente estatura. Un bastón y una cartera que le colgaba en bandolera completaban su atuendo. Al parecer, era originario de La Gomera, pero recorría todo el archipiélago canario con sus poemas a cuesta. Por desgracia, no recuerdo su nombre.

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Blog de Manuel Mora Morales

Adolfo Suárez: en busca de la memoria alterada

Resulta paradójico que a Suárez, uno de los principales protagonistas de la Transición y depositario fundamental de su memoria, se le extraviasen sus propios recuerdos y se viera obligado a vivir largo tiempo en esa zona gris del olvido, como si se tratara de un personaje ideado por Samuel Beckett para representar sobre un escenario la fragilidad de lo transitorio. Como si buscando el Paraíso hubiera subido a la cima de la montaña del Purgatorio de Dante para beber las aguas del río Leteo que provocan el olvido. Quién sabe si igual que en el poema de Allen Ginsberg se bajó en una orilla llena de humo y se quedó allí mirando cómo la barca se perdía en las oscuras aguas del Leteo. ¡Quién sabe!

Las inundaciones sufridas por los isleños canarios en 1927 y una canción de Randy Newman

Nada más deplorable que la actuación felona de las autoridades de Nueva Orleans, espoleadas por los banqueros, volando los diques de contención e inundando las tierras de Plaquemines y San Bernardo Parish: Poydras, Caernarvon, Violet, Delacroix Island,… Entonces, Randy Newman compone una canción irónica con la frase siguiente: «El Presidente dice: Pequeño hombre gordo, ¿no es una vergüenza lo que el río ha hecho a estas pobres tierras de mierda?»

Pessoa, Mailer y Oswald, en el río (1)

Ahí tenemos a un muchacho idealista o desequilibrado (¿dónde está la frontera entre ambos calificativos, al que también podríamos agregar el de conservador?) que se aleja de la orilla y corre hacia el corazón del huracán. En el exterior todo es normal, excepto que la KGB tiene alquilado el piso de arriba y graba sus conversaciones y fotografía sus movimientos. Pero durante mucho tiempo eso es irrelevante para Oswald, puesto que lo desconoce. La verdadera aventura se libra en su interior.