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El presidente ya tiene quien le espíe

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A mí, al contrario que a casi todo el mundo, el estado federal estadounidense me cae bien.  Ello no obsta para que te aconseje no entregar jamás tu número de teléfono móvil a un diplomático americano. Sobre todo, si eres presidente de un país y no quieres que te espíen o te dronen.

Lo más alucinante de todo el actual embrollo del espionaje es que, por un lado, no existe un solo gobierno ni un solo periódico que dude de las informaciones de Edward Snowden y, por otro, ni un solo gobierno ni un solo periódico que crea al presidente norteamericano o a sus portavoces.

La conclusión, o la pregunta, si viviéramos en un mundo medianamente decente, sería: ¿por qué los estadounidenses no eligen presidente a Edward Snowden y encierran a Barack Obama en la cárcel?

Sin embargo, no sólo evitan votar al “bueno” y defenestrar al “malo”, sino que son incapaces de expresar siquiera ese pensamiento públicamente.

El pensamiento del americano medio –y esto también es tan verdadero como alucinante– viene a ser el siguiente: el espionaje, como la guerra contra países lejanos, es necesario para que podamos seguir manteniendo nuestro estilo de vida americano; por esto, admiramos tanto a nuestros agentes secretos como a los muchachos que mueren en el frente, porque son los héroes que nos permiten seguir comiendo hamburguesas, bebiendo cocacola sin freno, inflándonos de cerveza y tajadas de grasa en los estadios y aplaudiendo como locos nuestras grotescas series televisivas. El estilo de vida americano es sagrado y todo lo que se haga por mantenerlo, bien hecho está, caiga quien caiga. Amén.

Sinceramente, no creo que la culpa sea de las instituciones ni de la constitución americanas. A mí, al contrario que a casi todo el mundo, el estado federal estadounidense me cae bien. Creo que la mayor parte de sus leyes son justas, excepto las que no lo son.  Quienes me caen mal son los ciudadanos. Las estructuras democráticas no tienen culpa de que toda esa gente esté sosteniendo con sus votos y sus palmaditas a un gobierno y a un parlamento podridos hasta la médula.

Bajo la sombra de Leviatán: Paul Auster y el 23F

“Leviathan 2000”, cuadro del pintor estaounidense Bo Bartlett.

Los seres humanos o, al menos, una buena porción de seres humanos, albergamos una peregrina idea de la salvación que ronda demasiadas veces la muerte.

Si apelamos a un dios para que nos salve, lo matamos o él mata a miles de hombres y mujeres. No hace falta nombrar ejemplos, pero citaré dos muy conocidos: la muerte del hijo del dios de los israelitas para salvar a su pueblo del pecado de haber comido manzanas en el paraíso y la innecesaria aniquilación de millares de sodomitas y gomorritas con la misma intención higiénica. Los castigos indiscriminados sobre la población egipcia tampoco fueron moco de pavo; su objetivo: salvar a un pueblo esclavizado por el faraón. Naturalmente, al menos desde mi punto de vista, se trata de ficciones bíblicas; no obstante son el reflejo de una manera de pensar y de educar que perviviría hasta nuestros días.

La salvación del género humano a manos del propio género humano también necesita muchos litros de sangre. Nos salvó Hitler, nos salvó Stalin, nos salvó Mussolini, nos salvó Franco, nos salvó Idi Amín, nos salvó Pinochet,…

…y nos quiso salvar la siniestra mano que dirigió al guardia civil  Tejero hacia el Parlamento español para terminar con todas las libertades democráticas, a golpe de tanques y palabras soeces. Un golpe de estado que fracasó de la misma manera opaca que comenzó un 23 de febrero de 1981. Hace hoy 32 años que el Leviatán nos rozó con sus dientes y sentimos su aliento frío sobre nuestras libertades.

Este grabado satírico, coloreado a mano y publicados a principios del siglo XIX,en Londres, lleva por título “A tub for the Whale!” (¡Un tina para la ballena!).

Los salvadores de la patria, del orden y de la raza son el Leviatán[1], ese monstruo que merodea a nuestro alrededor siempre dispuesto a devorar nuestras libertades y a sumirnos en la oscuridad del orden frente a la luz del libre albedrío. Sin embargo, nosotros mismos somos quienes convocamos al monstruo. Al menor indicio de movimiento social, cuando confundimos la transformación con el caos, clamamos a gritos por un líder que contenga la vida dentro de los límites que conocemos, que no la deje expandir ni un metro más allá de las fronteras de nuestra miopía.

No soy inocente. Hace pocas semanas, me sorprendí a mí mismo pronunciando una frase que jamás pensé decir: “A veces, creo que es mejor aguantar a un represor inteligente que a un mandamás descerebrado.” No me refería a un país ni siquiera a una población, sino a una pequeña institución y a una situación temporal. Sin embargo, en esta frase está contenida la semilla del Leviatán, la que al desarrollarse termina por segar las propias cabezas de quienes le han invocado. Soy consciente de que esta frase no es casual: proviene de una educación represora, heredada de la corrosión que suponen largos siglos destilando pensamientos cautivos de las liturgias del poder.

La transformación no puede darse sin crisis. Tendemos a pensar que la evolución es lo contrario de la revolución, pero no es así. Ambas significan transformación y ambas nos alejan de las crisis, a diferente velocidad; pero la ventaja de la evolución social, política y económica es que podemos controlar mejor su trayectoria, obviando los salvapatrias sanguinarios. Lo contrario de la evolución es el estancamiento en la crisis, la dejación del poder en manos de quienes nos seducen con sus ropajes externos de fuegos artificiales, la inacción que nos conduce al deterioro irreversible de cuanto nos rodea hasta que termina por podrirse definitivamente.

El monstruo Leviatán, representado en un fresco titulado “El Juicio Final”, que Giacomo Rossignolo pintó hacia 1570/80, en la iglesia Nuestra Señora de los Bosques, en la población francesa de Boves, en la región de Picardía.

Esta crisis no es el Acabose, sino la transformación en crisálida de un sistema económico que renacerá de manera más esplendorosa y justa. Ignoro cuántos años nos llevará el proceso ni las víctimas que se ha de cobrar, pero tengo la seguridad de que los movimientos sociales conducirán la producción y el consumo –esto es la economía real, pues el mercado es la coyuntural– hacia un florecimiento económico que no ha conocido la humanidad hasta ahora. Es evidente que fuera de este esquema quedan muchos países que no poseen capacidad ni para entrar en crisis y que, a estas alturas de la Historia, sólo podrán levantarse si los estados más poderosos –o las estructuras que los sustituyan– les tienden su mano abierta.

La otra solución es el Leviatán con sus caminos de muerte y de orden, marcados al paso de las botas militares y las ráfagas de ametralladoras, para imponer la paz de los muertos. No conviene perder de vista esta posibilidad, porque siempre está acechando en cada cruce del sendero, merodeando hediondamente.

También este año, ¡cómo no!, leo en febrero la novela Leviatán, de Paul Auster; un ritual que me acompaña desde hace muchos años y que me hace reflexionar sobre el supuesto orden y las supuestas libertades, y los caminos que nos acercan y nos alejan del monstruo bíblico.

Luego vino mi encuentro con Iris, y la locura de aquellos dos años terminó bruscamente. Eso ocurrió el 23 de febrero de 1981: tres meses después del día de Acción de Gracias, un año después de que Fanny y yo rompiésemos nuestra relación amorosa, seis años después de que empezase mi amistad con Sachs.

[…]

El 16 de enero de 1988 estalló una bomba delante del tribunal de Tumbull, Ohio, volando una pequeña réplica a escala de la Estatua de la Libertad. La mayoría de la gente supuso que se trataba de una travesura de adolescentes, un pequeño acto de vandalismo sin motivaciones políticas, pero, dado que se había destruido un símbolo nacional, las agencias de noticias informaron brevemente del incidente al día si­guiente. Seis días después volaba otra Estatua de la Libertad en Danburg, Pennsylvania. Las circunstancias eran casi idénticas: una pequeña explosión a medianoche, ningún herido, ningún daño material excepto la pequeña estatua. Sin embargo, era imposible saber si en los dos casos estaba implicada la misma persona o si la segunda explosión era una imitación de la primera. A nadie pareció importarle mucho entonces, pero un eminente senador conservador hizo una declaración conde­nando “estos actos deplorables” y apremiando a los culpables a cesar en sus gamberradas inmediatamente. “No tiene gracia”, dijo. “No sólo han destruido una propiedad privada, sino que han profanado un icono nacional. Los americanos aman su estatua y no les agrada este tipo de broma pesada.”

En total hay ciento treinta réplicas a escala de la Estatua de la Libertad en lugares públicos por todos los Estados Unidos. Se pueden encontrar en los parques, delante de los ayunta­mientos, en lo alto de los edificios. Al contrario de lo que ocurre con la bandera, que tiende a dividir a la gente tanto como a unirla, la estatua es un símbolo que no causa ninguna controversia. Si hay muchos americanos que están orgullosos de su bandera, hay otros tantos que se sienten avergonzados de ella, y por cada persona que la considera un objeto sagrado, hay otra que querría escupirle, o quemarla, o arrastrarla por el fango. La Estatua de la Libertad es inmune a estos conflictos. Durante los últimos cien años ha trascendido la política y la ideología, alzándose en el umbral de nuestro país como un emblema de todo lo que hay de bueno en todos nosotros. Representa la esperanza más que la realidad, la fe más que los hechos, y sería difícil encontrar una sola persona dispuesta a denunciar las cosas que representa: democracia, libertad, igual­dad ante la ley. Es lo mejor que los Estados Unidos pueden ofrecer al mundo y, por mucho que a uno le apene el que los Estados Unidos no hayan logrado estar a la altura de estos ideales, los ideales mismos no se ponen en cuestión. Han dado consuelo a millones de personas, nos han infundido a todos la esperanza de que algún día podremos vivir en un mundo mejor.

[…]

Pero eso era todo. El Fantasma era una señal de la ausencia de mi amigo, un catalizador del dolor personal, pero pasó más de un año hasta que me fijé en el propio Fantasma. Eso fue en 1989 y sucedió cuando encendí el televisor y vi a los estudian­tes del movimiento democrático chino descubrir su torpe imitación de la Estatua de la Libertad en la Plaza de Tianan­men. Me di cuenta de que había subestimado el poder del símbolo. Representaba una idea que pertenecía a todos, al mundo entero, y el Fantasma había desempeñado un papel crucial en la resurrección de su significado. Me había equivo­cado al ignorarlo. Había conmovido las profundidades de la tierra y las ondas estaban empezando a subir a la superficie, afectando a todas las zonas al mismo tiempo. Algo había sucedido, algo nuevo flotaba en el aire, y hubo días esa primavera en que al andar por la ciudad casi imaginaba que las aceras vibraban bajo mis pies.

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NOTAS

[1] El Leviatán, animal bíblico marino, a menudo evocado en el Libro de Job, en los Salmos y en el Apocalipsis, es un monstruo al que no conviene despertar. Su nombre proviene de la mitología fenicia que lo presenta como “un monstruo del caos primitivo” que amenaza con destruir el orden existente. Enfadada esta serpiente es “capaz de engullir momentáneamente al sol”.

Votar por votar. El eurogolpe de los banqueros

Saturno devora a sus hijos (pintura atribuida a Goya).

Saturno devorando a sus hijos. (Pintura al óleo de Rubens).

Nunca me gustó la manera que tuvo Occidente de derrocar a los gobiernos del Magreb, desde Egipto hasta Libia, empleando con furor la misma muerte al por mayor que criticaba. Y no me gustó, en primer lugar, porque no me produce placer la muerte ajena y, en segundo, porque estas formas de implantar las democracias justifican, universalmente, cualquier método homicida para lograr fines políticos o económicos. Volvamos la vista a Colombia, donde la presencia de los paramilitares ha sido el mejor abono para mantener viva la guerrilla durante muchos decenios. Los muertos llaman a los muertos.

En cuanto a las democracias implantadas, basta contemplar Egipto para darse cuenta de lo fácil que resultaba predecir su fracaso: ahora, la población egipcia se concentra en calles y plazas para que sus “salvadores” abandonen el poder que ocuparon con las armas en las manos. ¿No es patético? Lo mismo, o quizás algo peor, sucederá en Libia. ¿Seguiremos aplaudiendo el terror, venga de donde venga? Por supuesto que sí. Aplaudiremos el terror, aplaudiremos a los verdugos y aplaudiremos la muerte con sólo escuchar tres o cuatro noticieros de la CNN y de la BBC y de la TVE diciéndonos que es imprescindible matar a unos muchos con cualquier disculpa. Aplaudiremos, y aplaudirán nuestros genes, porque la sangre es el combustible que mueve las doradas ruedas de la ambición y de la intolerancia: sobre ellas se bambolea, retrocede y avanza la Historia humana.

Ruedas que también transitan, cada vez con más soltura, por la decrépita Europa. Sin respeto a sus canas, ya se ha iniciado el desalojo forzoso de algunos Gobiernos europeos. Eurogolpes de estado que sin mediar elecciones (condicio sine qua non de cualquier golpe de estado que se precie) han puesto de patitas en la calle a los presidentes elegidos por los ciudadanos, sustituyéndolos por banqueros sin corazón, fríos y rígidos como peces congelados.

Para remediar el mal de los ratones, que somos nosotros, consentimos en colocar gatos a gobernarnos, con el encargo de ponerse ellos mismos los cascabeles. En Europa los fusiles de asalto del Magreb han sido reemplazados por análisis torticeros de las agencias calificadoras, mientras que las ejecuciones sumarias han devenido en ejecuciones de hipotecas y los repartos de comestibles de la Cruz Roja en comedores sociales para los desempleados. Golpes lights, fríos y ligeros como yogur helado, ideales para adelgazar cada vez más las líneas… de crédito.

Según la Ilíada, los troyanos introdujeron en la ciudad a sus enemigos griegos, ocultos en el interior de un gran caballo de madera.
 

Evidentemente, a partir de ahora, los dos primeros países ocupados, Grecia e Italia, tendrán unas relaciones muy fluidas con el Fondo Monetario Internacional, con el Banco Central Europeo y con Los Mercados, que se han convertido en un auténtico Monstruo del doctor Frankenstein, el cual crece y crece, alimentado por aquel dinero nuestro que tantos sudores nos costó ganar y que ahora esconden los banqueros, en los zulos de sus paraísos fiscales, con el fin de agradar a sus anónimos dueños. Los banqueros. Ellos. Sí. No los mendigos ni los políticos ni los policías ni los mecánicos ni los industriales ni la clase media ni usted ni yo. Sino esos banqueros especuladores que amotinados, en nombre del Monstruo, han comenzado a acceder a los puestos de mando de las naciones. Utilizan la misma táctica que tan buenos resultados deparó en la guerra del Magreb: atemorizar a los gobiernos; después, asaltarlos;  finalmente, derrocarlos y sustituirlos. Son los mismo banqueros que nos prestaron dinero durante una temporada para engordarnos, igual que la bruja malvada engordaba a Hansel y Gretel  para asarlos en el horno. Son los banqueros que nos bajaron los intereses  para entrar en nuestras casas como troyanos informáticos y desvalijarlas, igual que los griegos con su caballo de madera  se introdujeron y saquearon Troya. Sólo que, esta vez,  resurgiendo como ave Fénix, troyanos y caballos han vuelto para metérsela doblada a los griegos. ¡Nadie podrá negar el valor simbólico de comenzar el desollamiento democrático por la prístina cuna de la Democracia!

Saturno devorando a su hijo (Pintura de Goya).

No obstante, teniendo en cuenta lo poco que a los banqueros les importa la cultura, si no es para especular, ¿para qué rayos quieren estos eurogolpistas empuñar las riendas de gobiernos arruinados? ¿Para salvarlos? No, ni soñarlo. Para salvarlos no. Lo que desean, y lo desean fervientemente, es terminar de realizar un trabajo en el que son especialistas: exprimir los bolsillos de la población hasta el último euro, raspar el caldero de las economías nacionales hasta dejarlo limpio como una patena. Entonces, sólo entonces, dejarán que los políticos elegidos por nosotros regresen a robarnos moderadamente de esa forma  amateur que nosotros les toleramos, como si fueran inocentes niños traviesos.

Sólo nos cabe esperar que no suceda igual que tras la crisis económica mundial de los años treinta y se desencadene otra terrible guerra mundial, provocada por algún nuevo salvapatria o salvacrisis con bigote o sin él.

Pasado mañana hay elecciones en España. Gane quien gane nos va a gobernar otro tiburón con piel de besugo, como en Grecia, en Italia, en Irlanda y en Portugal. No nos engañemos, hemos dejado crecer al Monstruo y, como Neptuno a sus hijos, ahora nos devora. No es la primera vez ni será la última: si cualquier mentecato banquero, o bancario, como ahora le gusta llamarse al director o al apoderado de la sucursal que nos engañó con el contrato de la hipoteca, nos pone delante media docena de brillantes abalorios –con forma de casa, de coche o de crucero- le entregamos a cambio nuestra alma, tan adecuadamente simbolizada por esos billetes arrugados que nos limosnean cada fin de mes a quienes tenemos la desdichada dicha de seguir trabajando… Pero, a pesar de todo, no creamos esa milonga de la inocencia de los bancos, como si los banqueros y los especuladores no formaran parte de la misma Cosa. Siguiendo ese razonamiento, a la mano del ladrón no alcanza la culpa de robar carteras, porque sólo obedece las órdenes del cerebro. Pero sabemos que sí es parte esencial del delito: sin ella, el ladrón deseará robar, pero no podrá. Lo mismo que los especuladores sin los bancos.

Vayamos a votar. Pero no perdamos el derecho a disentir. Muramos con las botas de la dignidad puestas.

Cuando los pescadores revuelven el río

Quizás, pronto lleguemos a la conclusión de que Internet es un infortunado sucedáneo de la información y de la cultura. Quién sabe si lo que hoy nos parece un mundo fascinante e infinito de información, mañana se nos presente como el Árbol del Bien y del Mal del que nunca debimos haber comido sus frutos. No estoy demasiado seguro de si todo esto tiene que ver con la democracia o con su contrario; sin embargo, empiezo a albergar sospechas de que nos están poniendo a buscar nuestras libertades en ese pozo ciego y virtual, con el fin de mantenernos ocupados con el chocolate del loro, mientras alguien hace y deshace en el mundo real a su antojo. Para muestra, un botón.
Existe un hermoso mapa de San Sebastián de La Gomera (Canarias), dibujado por Pedro Agustín del Castillo, en 1686. En él, figura el cauce de un barranco que divide esta pequeña villa: a la derecha se figura el casco urbano con su iglesia; a la izquierda, un grupo pequeño de casas, la Torre del Conde y el convento franciscano.

San Sebastián de La Gomera (s. XVII), según Pedro Agustín del Castillo.

Cualquiera que conozca San Sebastián de La Gomera advertirá de inmediato que, en el plano referido, el barranco desemboca más a la derecha que en la actualidad. Hoy, la Torre del Conde no está separada del casco urbano por el ancho cauce.
Como suelen decir los fiscales de Hollywood: hasta aquí, los hechos. Pero los problemas comienzan con su interpretación. En el caso del mapa, he visto textos en Internet que comentan las circunstancias mencionadas de la siguiente manera:
“Mapa de San Sebastián De La Gomera dibujado por Agustin Castillo en 1686. Obsérvese que el barranco de La Villa separaba la Torre Del Conde y el Convento de San Francisco del resto de La Villa.”
Así, se da por sentado, en la red de redes, que el cauce del barranco sufrió un considerable desvío a lo largo de estos años. Sin embargo, a mí me pareció poco verosímil que los constructores de la Torre del Conde la ubicasen tan lejos de la población que debía defender, dejando, además, el cauce del barranco en medio.

Mapa de Google (s. XXI). El barranco desemboca a la izquierda de la Torre.

El caso es que, para un trabajo literario, yo necesitaba  definir con exactitud la situación de la pequeña fortaleza. Mi desconfianza hacia las fuentes de Internet me llevó a buscar planos de diversas épocas. En ninguno de ellos la Torre y el convento estaban a la izquierda del cauce, como sucedía en el de Pedro Agustín del Castillo. Al contrario, su ubicación correspondía, exactamente, a la que actualmente tiene. Es fácil comprobarlo en las imágenes que ilustran estos párrafos. No obstante, esa interpretación apresurada que yo había encontrado en un blog supuestamente fiable, ya está pasando a otros artículos y de allí entrará a formar parte de algún libro. Evidentemente, esta cadena de errores también se producía antes de existir Internet; pero, ahora, la velocidad con que se multiplican sus eslabones hace que sea prácticamente imposible de corregir.
El ejemplo del plano, aunque no revista demasiada importancia, nos sirve perfectamente para ilustrar la acumulación y difusión de los datos erróneos en Internet.

Plano de Torriani (siglo XVI): el barranco está a la izquierda de la Torre.

Catedráticos, doctores, licenciados, mecánicos, políticos, espiritistas, militares, jueces, obispos, monaguillos y alumnos de todas las edades vierten toneladas de datos equivocados en Internet. Antes de que esas informaciones se enfríen, ya hay innumerables internautas reutilizándolas dentro de ese Gran Puchero Virtual y construyendo con ellas otros bloques destinados a engrosar un edificio acultural patético y descomunal que, poco a poco, se va convirtiendo en el auténtico armazón de nuestra civilización.
Todo esto, a pesar del caos que provoca, es perfectamente asumible y, hasta es posible que sea capaz de auto regularse a sí mismo, como si fuese una estrella de mar, el rabo de una lagartija o el caparazón de un caracol regenerándose. Sin  embargo,…
El gran problema de Internet son las informaciones tendenciosamente falsas que introducen gobiernos y grandes corporaciones. Estudiados a la perfección, estos mensajes van dirigiendo en un sentido o en otro no sólo las opiniones de los internautas, sino sus propias producciones virtuales, convirtiéndoles en correas de transmisión de cuanto bulo les interesa propagar. Y esto que estoy diciendo no es alarmismo, sino una realidad constatable a diario.

Con no tan inocentes vídeos, imágenes y palabras se redirige la economía de un país, se aniquila una ideología en otro, se potencia una religión, se sube el precio de un combustible, se convierte en una burbuja financiera lo que antes eran sólidas inversiones, o viceversa, y se logra expulsar a un gobernador, a un alcalde o al mandatario de un país cuya población lo admiraba hasta la semana anterior. La maniobras del gordo Domingo, protagonista en la sombra de la novela El hombre que fue Jueves, de Chesterton, sólo serían arrumacos de una tierna palomita al lado de lo que está sucediendo a dos clicks de distancia de nuestros sumisos ratones de plástico.
Desgraciadamente, estas maniobras son los cimientos y el tejado de la red de redes. El aparente tráfico caótico que producen las comunicaciones entre los cibernautas es un magnífico material conductor para acercar a cada rincón del planeta los tentáculos infodeformativos que intentan, cada día con más fuerza, capitanear nuestras vidas, como tan acertadamente vaticinó George Orwel cuando publicó su 1984 en 1948.
No sé lo que se puede hacer contra esto, si es que se puede hacer algo. Lo que sí percibo es que nos estamos ahogando en este marasmo creado por nuestra propia ingenuidad, y que pronto será difícil diferenciar lo falso de lo verdadero, lo blanco de lo negro y lo alto de lo bajo. Nos dirán, y nos diremos nosotros mismos, que esto es la democracia. O, probablemente, pensemos mañana que ese camino nos conduce a la felicidad, previa escala en la estupidez o, quién sabe si ahora tenemos realmente en nuestra mano alcanzar y sobrepasar esa meta tan ansiada por los maestros del Zen: el vacío más absoluto no sólo dentro de nuestras mentes, sino también de nuestros bolsillos.

Oda a los japoneses sosegados

Kamikazes japoneses.

Kamikazes japoneses.

En el planeta,

todos estamos encantados con las sonrisas de los japoneses,

tan ordenados y tan mansos, tan tranquilos y tan crédulos,

¡tan buenos ciudadanos mientras la radiación nuclear les va cercando por tierra, mar y aire!

¡Qué sana envidia nos producen!

.
Ya quisiéramos nosotros, todos,

sentir cómo se queman nuestros estómagos y nuestras lenguas

sin perder la sonrisa.

Ya quisiéramos nosotros, todos,

amar a nuestros reyes y presidentes cuando nos recomienden sufrir

sin quejarnos.

Ya quisiéramos nosotros, todos,

enfrentarnos a nuestros apocalipsis futuros con esa entereza de espíritu

sin una sola lágrima.

.
¡Gloria a los gozosos kamikazes

cuyas sonrisas cadavéricas aparecen entre los hierros del avión estrellado!

¡Vivan los que se pliegan a su destino

y no huyen como conejos ante los dientes afilados del plutonio!

¡Tres hurras a las madres que alimentan a sus bebés con leche contaminada

seguras de que su divino emperador les salvará!

.
Ave, Fukushima,

los que van a morir te saludan relajados.

.
Señoras, señores, les esperamos en la próxima edición de nuestro telediario.

Buenas noches.

El higiénico látigo de Sir Henry Morton Stanley – [en el río (2)]

Esta Segunda Parte es la continuación de “Pessoa, Mailer y Oswald, en el río”

Lee Oswald tenía diecinueve años; el avatar de Norman Mailer ya había cumplido los setenta y uno; la mariposa estaba naciendo; Fernando Pessoa llevaba veinticuatro años suicidado; mi amada Lidia no sabía qué hacer con tantas flores en su regazo; en la madrugada de Washington, John Kennedy se apretaba contra los huesos de Jackie y, en Los Ángeles, Marilyn Monroe luchaba insomne contra su mala conciencia por engañar al presidente de su país con Arthur Miller, su esposo.

No existen ríos en Dallas ni mariposas en el invierno ruso, pero, igualmente, los cauces podrían haberse desbordado y las alas quedar atrapada en un vagón del tren que une Moscú con Minsk. El día 7 de enero de 1960, mientras en el exterior de la estación nevaba, el espectro literario de Norman Mailer subió a ese tren con Oswald, tratando de no perder de vista el mínimo aleteo de las mariposas.

Salgo de Moscú en tren hacia Minsk, en Bielorrusia. […] aún tengo un montón de dinero y de esperanza. He escrito cartas a mi madre y a mi hermano, diciéndoles: “No quiero volver a ponerme en comunicación con vosotros. Estoy comenzando una nueva vida y no quiero saber nada de la vieja.”

Mientras se alejaba de Moscú, el tren fue adquiriendo velocidad, cubriéndose de nieve, hasta que se convirtió en un gusano blanco que atravesaba el invierno. Invierno en la tierra, no en la mente. El lector comienza a identificarse con este adolescente determinado a dar cuerpo a sus sueños. Norman es el Diablo y nosotros somos la Margarita de Bugákov; Mailer logra que firmemos el pacto y que abandonemos las riberas del libro y que nuestro aliento cabalgue a lomos de la mariposa, transmutado ya en un futuro presunto asesino. Cuanto más tranquila está la conciencia de Oswald, más angustiada encontramos la nuestra porque la sentimos rumbo al horror indefinido, y no sabemos hasta qué punto debemos empatizar.

Tenemos miedo a no sentir plenamente el horror normalizado que se encuentra remontando el río Congo junto al Kurtz de Joseph Conrad o de Francis Coppola. Pánico a tolerar el látigo belga manejado  higiénicamente por el Henry Stanley de Vargas Llosa. No nos sobresaltamos si nos piden que reconozcamos nuestra vilezas, sino cuando se nos exige convivir con el germen de las ajenas sin aclararnos en qué momento de su desarrollo debemos repulsarlas; sin un guía que, página a página, nos indique cuándo ha comenzado el horror.

La maestría de Mailer en remover la conciencia arrancando su corteza a tiras consiste en colocar nuestra inteligencia y nuestros sentimientos junto a la normalización del horror en una réplica del corazón tenebroso apuntado por Conrad. Igual que le sucede al protagonista de El padre Sergio, de Tolstoi, cada cambio de actitud o de conducta describe una órbita que primero nos acerca a parajes candorosos donde podemos repostar el combustible adecuado para llegar a los dominios del horror en el extremo de la elipse.

Ajeno a todo ello, Lee Harvey Oswald fue recibido por una comisión de la Cruz Roja en la estación de Minst y comenzó su vida de refugiado político, como si fuera un emigrante poco cualificado.

En Moscú y en Minst, Oswald hace aspavientos y lucha contra la corriente para que no lo devuelva a la orilla; porque desea ser observado y admirado mientras demuestra su arrojo en el centro del río. Mailer, Conrad y Tolstoi entran en la corriente para observar, comprobar y describir cuanto sucede en ella. Pessoa contempla la corriente y cree que la aurora raya siempre cualquiera sea quien venza y que las hojas mueren en el otoño después de nacer en la primavera tanto si Oswald como si Kennedy como si Marilyn como si Kurtz. Lidia roza el agua con su pie descalzo. El río tirita, pero ella no lo sabe.

(continúa)