Shakespeare contra Cervantes: KO en el primer asalto

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Nos han anunciado por tierra mar y aire que se cumplen cuatrocientos años de la muerte de dos genios de las letras: Cervantes y ShakespeareShakespeare y Cervantes. A pocas semanas de finalizar 2016, va llegando la hora de analizar estas conmemoraciones y, con sólo fijarse un poco, se ve que son notables las diferencias entre una conmemoración y otra.

Shakespeare escribió poesía y teatro; Cervantes, novela y teatro. No hace falta decir que la producción dramática y lírica del primero fue superior a la del segundo y que las novelas de don Miguel superaron a las de don William, por la sencilla razón de que el inglés no escribió ninguna. Hasta aquí creo que existe consenso general, excepto en algún español carvernícola y carpetovetónico, que haberlos haylos todavía.

LAS SOSAS EXPOSICIONES SOBRE LITERATOS

Conmemorar cualquier faceta de un escritor, aunque sea su muerte, tiene sus complicaciones. Sólo hay que observar el escaso éxito de las exposiciones sobre cualquier literato. La cuestión es por qué se utiliza este canal, en lugar de otros más apropiados para la difusión de la literatura y de sus artífices, los literatos. Nada es más aburrido que acudir a una sala para ver unos cuantos papeles viejos que casi no se pueden leer, cuadernos amarillentos por el tiempo de los que sólo nos muestran una o dos páginas, alguna pluma, un tintero, una silla o un escritorio, una boina quizás o unas gafas,… En fin, una colección de objetos que no tienen más ídem que llenar algunas vitrinas y justificar una obligada conmemoración. En el caso de Cervantes, ni siquiera eso.

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Vivienda de Cervantes, en la calle Real de Alcalá de Henares.

Es cierto que en su casa de Alcalá de Henares he visto una pequeña cola de visitantes dispuestos a pagar para entrar dentro de sus muros. La pregunta es obvia. ¿Qué puede aportar a un admirador de Cervantes contemplar unos cuartos viejos y algún mueble destartalado?

En mi opinión, solamente la satisfacción de contarle a la familia y a los amigos que “entré en la casa de Cervantes”, como si eso justificara que jamás pasara de la primera página de El Quijote, en el caso de que la haya leído completa.

No tengo nada en contra de que cada uno entre donde quiera, y donde lo dejen entrar, pero tengo la seguridad de que los escritores y las exposiciones son incompatibles, no casan. Las exposiciones son para que los artistas plásticos nos muestren su obra, no para ver folios garabateados ni orinales viejos.

AI WEIWEI Y MIGUEL DE CERVANTES, ¿COLEGUITAS?

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Cartel de la exposición sobre Cervantes con Ai Weiwei en Cuenca.

Esa incompatibilidad la demuestra otra exposición, que todavía en estos días se anuncia a bombo y platillo en las emisora de radio y televisión, titulada “La poética de la Libertad”, dedicada a Cervantes y “decorada” por Ai Weiwei y los llamados pintores informalistas, en la catedral de Cuenca.

Hace unos días, aprovechando un viaje de trabajo a Madrid, me desplacé hasta esa ciudad, con la intención de contemplar lo expuesto por el artista chino, cuya obra admiro desde hace años. Pero no debí haber ido.

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Maravillosa catedral de Cuenca, donde tuvo lugar una exposición de muy bajo interés.

Me compensó la catedral gótica de Cuenca, que en los días despejados se convierte en una auténtica antorcha solar alimentada por la luz que filtran las vidrieras.

También me sentí reconfortado por la obra de dos canarios que participan en la reducida muestra colectiva de pintores informalistas: un fantástico cuadro de Millares y una extraña y bella escultura de Chirino que roba al aire sus espirales y las derrama por el suelo.

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Obra de Chirino.

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Los autores informalistas de las ocho obras expuestas.

En cuanto a la obra Ai Weiwei, confieso que no me gustó, a pesar de que casi toda su producción me parece genial. En esta instalación, titulada S.A.C.R.E.D., se evidencia un narcisismo excesivo e innecesario para denunciar la falta de libertades en su país: seis cajas metálicas (que deben medir unos 5 m de largo, por 2 de ancho y 1,5 de alto) colocadas dentro de otra caja grande, a manera de contenedor.

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Cajas de la instalación de Ai Weiwei.

Dentro de cada una de estas cajas, se encuentran tres esculturas que representan a Ai WeiWei y a un par de policías chinos, cuyo estilo recuerda los juguetes infantiles de hace unos años. Nos cuentan escenas de la detención del artista, siempre custodiado por sus dos guardianes, incluso cuando entra a hacer sus necesidades.

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Interior de una de las cajas de la exposición de Ai Weiwei.

El espectador puede ver todo esto, que está iluminado por una luz fluorescente, utilizando una mirilla colocada en cada caja. No hay nada alegórico: todo tiene un tratamiento realista: todo gira en torno a Ai Weiwei, quien se presenta como el héroe encadenado, cual reencarnación de John Lenon sin Yoko Ono en la cama del hotel Ritz.

CERVANTES, EN LA PAPELERA

¿Y Cervantes? Su presencia en esa exposición se reduce a cuatro frases en paneles que tratan de justificar una exposición que no visita nadie. En realidad, ¿qué otra cosa se puede hacer para conmemorar a un novelista con una exposición?

Quizás, habría que olvidarse de las exposiciones sobre escritores y de los que viven de montarlas y de conmemorar sus vidas y sus muertes. Quizás, sería más útil popularizar sus libros en emisoras, periódicos, escuelas y universidades.

Naturalmente, hay otras opciones. Me viene a la memoria una visita realizada hace años a la casa de Máximo Gorki, en Heringsdorf (isla de Usedom), donde una actriz contaba de manera fantástica cinco o seis veces al día uno de los cuentos del autor ruso.

Aunque no he tenido la suerte de asistir a alguna representación (excepto un descabellado intento de escenificar El Quijote, que no puedo decir que vi sino que dormí), sé que en este año se han realizado escenificaciones de obras dramáticas de Cervantes. El ruido mediático por esas puestas en escena ha sido poco; y es comprensible, puesto que la muerte de William Shakespeare en el mismo año de 1616 ha actuado como sordina para la obra teatral cervantina.

SHAKESPEARE HASTA EN LA SOPA

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Shakespeare en el Teatro Nacional de Lisboa, en 2016.

Las representaciones de las obras de Shakespeare han sido abundantes y de todo pelaje. He sufrido unas y he disfrutado otras, como la espléndida puesta en escena, en el Teatro Real de Madrid, de la ópera Otelo, de Verdi, inspirada en el drama shakesperiano del mismo nombre (un drama que, por cierto, no se construye sobre los celos de Otelo, sino sobre las insidias de Yago que envenenan el corazón del protagonista); la escenificación de Ricardo III, llevada a cabo en un patio del espectacular castillo del Conde de Niebla, a pocos kilómetros de Palos de la Frontera; la deconstrucción de Romeo y Julieta, en el Teatro Nacional de Lisboa, por los “Artistas da Companhia Nacional de Bailado” de Portugal; la derivación cómica de Macbeth, dentro de las Noches del Fonseca en la Universidad de Salamanca; etc.

En todas estas representaciones la afluencia de público fue numerosa y, como sucedió en el caso de Otelo, en ocasiones las entrada se agotaron varias semanas antes.

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Basta mirar este cartel para comprobar que las obras de Shakespeare han sido más representadas que las de Cervantes, incluso en España, durante el año 2016.

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COMPARACIONES ODIOSAS, COMPARACIONES NECESARIAS

En definitiva, se ha conmemorado sobradamente a William Shakespeare y obligada y solapadamente a Miguel de Cervantes. Es posible que a un novelista no se le pueda sacar tanto partido mediático y popular como a un dramaturgo, pero no es menos cierto que existen ciertos países donde las instituciones públicas consideran una molestia celebrar efemérides culturales de verdadera importancia, mientras otros saben sacar partido a las suyas.

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El Teatro Real de Madrid anuncia la ópera Otelo.

Si alguien desea comparar, sólo tiene que recordar los fastos llevados a cabo en 1992, para conmemorar la llegada a América de los españoles, y la paupérrima celebración que se está llevando a cabo sobre Miguel de Cervantes.

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Estatua de Miguel de Cervantes que preside un parque en Alcalá de Henares.

“Señales de humo”, de Reig, una novela para guillotinar a Petrarca y otras vacas sagradas

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“Señales de humo” es una novela que encantará a los amantes de los viajes en el tiempo, de la literatura, de la ironía y de los cimientos de la cultura europea. Sin embargo –aviso para navegantes–, se trata de una obra espinosa que puede causar heridas de diversa consideración en nuestros juicios y prejuicios literarios, en los ladrillos con que nos han construido como seres culturales y en nuestras creencia más firmes sobre la historia de la literatura.

POETAS A LA PICOTA

El autor puede parecer algo pedante en los primeros capítulos. En los últimos, uno se convence de que lo es, pero termina agradeciendo esa pedantería profesoril de medio pelo, porque sin ella tampoco podría el autor haber emitido unos juicios tan sumarísimos como sabrosos sobre los iconos sagrados de la literatura sudeuropea: Petrarca, Garcilaso y otros miembros del famoseo libresco reciben leña hasta en el carnet de identidad. Reig despierta el morbo en el lector que continúa adelante con la esperanza de ver qué cabezas van cayendo en la cesta de la ignominia bajo el hacha del malvado escritor. Confieso avergonzado que llegué hasta el último párrafo de esa maldita novela y que habría seguido mil páginas más, si las hubiese tenido… siempre que el escritor no fuera tan pesado en los últimos capítulos con el culebrón de Cervantes y Lope de Vega. Culpa del maldito quinto centenario, supongo.

UNA NOVELA GOLFA

No me creerán si les cuento que leí la mayor parte de esta obra durante un viaje en coche, en cafeterías de gasolineras, áreas de servicio e iglesias. Y fue en esos lugares porque no podía aguantar las ganas de continuar leyendo antes de llegar a un sitio más apropiado. (Tal vez, sea éste el mejor momento para avergonzarme y pedir perdón a los párrocos por haber leído en lugar sagrado una novela tan golfa como “Señales de humo”.)

Y nada más. Es decir, sí, algo más: voy a repetir algo que dije más arriba: háganme caso: las personas cercanas a profesiones literarias y a quienes simplemente les gusta la literatura así como a cuantos leyeron con placer “El Péndulo de Foucauld”, de Umberto Eco, van a gozar con esta novela un puyero, como dicen los venezolanos (pero también a los que disfrutaron, por ejemplo, con alguna obra parecida del checo Bohumil Hrabal, de la italiana Giulia Alberico o de la británica Penelope Fitzgerald). Si no se quieren gastar un pastón en el libro de papel, cómprenlo por Internet, donde sale muy barato.

SINOPSIS

“Martín es un catedrático recluido en un sanatorio mental. Desde allí recuerda que empezó a realizar auténticos viajes en el tiempo desde que, muy joven, intentó suicidarse. Ahora ya no los controla a voluntad y, sin proponérselo, aparece en una ciudad medieval oyendo cómo cantan las jarchas mozárabes un grupo de brujas, o cómo los juglares escenifican el Cantar de Mío Cid, o cómo el arcipreste de Hita le desvela su libro repleto de anécdotas en verso.”

 

“Mientras seamos jóvenes”, una buena novela de José Luis Correa

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He leído en estos días una novela del canario José Luis Correa que me ha proporcionado más de una agradable sorpresa. Varias. La primera es que me ha parecido una novela bien armada en todos los sentidos, lo cual siempre se agradece. La segunda es sólo una sorpresa a medias, porque la otra mitad es un interrogante: ¿cómo es posible que no hubiese leído nada de este autor de mi tierra, que lleva años publicando y, por lo que he comprobado, publicando bien?

No es que yo sea un buscador impenitente de críticas literarias, pero creo que más o menos me mantengo al día con la nueva literatura e intento acercarme a las obras de los escritores canarios de una manera preferente. Sin embargo, nunca he leído en estas islas un artículo ni he visto u oído una entrevista que resaltara lo suficiente la figura de Correa como escritor de género negro ni de ningún otro. Su novela “Mientras seamos jóvenes” la he leído porque la encontré por casualidad en la web de la Casa del Libro, donde suelo comprar mis e-books con frecuencia. Sí, confieso que he terminado por leer en los cacharros electrónicos; por comodidad y economía, sobre todo.

¿EL HAMMET CANARIO?

El estilo de Correa es de frases super cortas, que disparadas página tras página en párrafos que parecen ráfagas de ametralladora, podrían parecer al lector no avisado que se halla ante una novela escrita por aquel viejo colectivo que dio en llamarse Marcial Lafuente Estefanía que redactaba novelas del Oeste también con frases cortas y párrafos escuálidos. Pero no. José Luis Correa sigue la tradición de novelistas norteamericanos del género negro con detectives privados que narran más o menos descarnadamente sus aventuras, a veces sucias aventuras, en primera persona. Simplificando mucho su adscripción literaria, se trata de un Dashiell Hammet isleño que nos hace recorrer Las Palmas de Gran Canaria desde la Isleta al Refugio y al Muelle Grande, y nos obliga a seguirle por las terrazas de Las Canteras y los pubs de Vegueta hasta Tafira Baja, y aun hasta Valsequillo a las tantas de la madrugada para comer un plato de carne mechada con un vaso de vino pirriaca en un bar de mala muerte. Un detective criollo que se come las pastillas de Almax a puñados.

LAS COMPARACIONES NUNCA SON BUENAS

El siguiente párrafo de la novela “Cosecha roja”, de Hammet, puede servir de punto de referencia:

“–Una broma. –Se apoyó en el respaldo de la silla para reírse–. Mire. Quería sacar a la luz asuntos poco claros. Yo tenía alguna información: documentos y cosas que había guardado por si algún día valían algo. Soy muy curiosa. Conservé esos papelotes. Cuando Donald empezó su cruzada moral, le ofrecí mi mercancía. Vino a verla y comprobó que era canela fina. Sin duda. Hablamos del precio. Se mostró roñoso, aunque no tanto como usted. Hasta ayer estuvo el negocio abierto.”

De punto de referencia de este u otro párrafo de “Mientras seamos jóvenes”, de Correa:

“A mal árbol se arrimaba. Yo entendía poco de relaciones. Mantenía una desde hacía tiempo con una farmacéutica guapísima, vital, fuerte, pero de casi el doble de edad que la italiana. Me limitaba a vivir ese amor día tras día como si se fuera a acabar el mundo. Me limitaba a ser feliz. Pero ni siquiera entendía por qué Beatriz Guillén continuaba a mi lado. Así que ya podía imaginarse el profesor mi capacidad de entendimiento en amores.”

Creo que no hace falta comentar la similitud en la construcción de los dos textos citados que se parecen no sólo en la sintaxis sino en el tono narrativo aunque, como es natural, en el libro de Correa se nota la influencia estilística de escritores posteriores a Hammet. Y lo que acabo de decir es un elogio, porque no es fácil construir un “Krimi” ubicado en la actual ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, narrado en primera persona con ese tono de detective más quemado que el palo de un churrero, sin hacer el ridículo más espantoso. José Luis Correa lo consigue y, además, logra que el lector llegue al final sin aburrirse. Incluso, lo logra si se trata de un lector canario que, por esa familiaridad confianzuda que proporciona la vecindad geográfica, puede caer en la tentación de buscar los errores reales o imaginados de la novela y quedarse únicamente en eso.

SOCIAL Y CRÍTICA

Además de negra, “Mientras seamos jóvenes”, tiene aspiraciones a ser novela psicológica y es sin duda alguna una novela social que realiza un repaso rápido de los males que aquejan la sociedad. Bien es verdad que el detective Ricardo Blanco se limita a una crítica general y bonachona sin entrar a saco en asuntos o personajes políticos, pero deja bien claro en qué parte del campo juega el partido, lo cual es de agradecer en un tiempo en que los aduladores del poder se prodigan en publicaciones de cualquier especie.

MUCHO CUENTO EN LAS VENAS DEL RELATO

La obra de José Luis Correa es una novela, pero subterráneamente corre hacia el final como si se tratara de un cuento de Poe o de Cortázar: jamás se pierde el hilo conductor que lleva a la solución del enigma ni los personajes actúan fuera de los carriles paralelos que acompañan a la vía principal. Cuando más, las expediciones del autor hacia los aledaños del relato principal sirven para robustecer la personalidad de los protagonistas: el presunto asesino, el detective y el cadáver.

Como en otros relatos criminales, a los lectores nos da por pensar que el verdadero asesino debió recibir alguna pincelada más: una pincelada tenue pero suficiente para que en el último párrafo dijésemos: “¡Tenía la prueba delante de mis narices y no supe verla!” Sin embargo, esta conclusión es una falacia, porque cada lector necesita un brochazo diferente para caer en la cuenta de que podría haberlo sabido antes de que el autor se lo dijera de forma clara. Sólo en contadas novelas han logrado los maestros del suspense deslumbrar a todos los lectores con el escamoteo del asesino hasta la última página, después de presentarles con la antelación suficiente pruebas evidentes de su culpabilidad.

PÁGINA A PÁGINA, LA NOVELA MEJORA

A medida que avanza la novela de Correa los párrafos se van consolidando y se fortalecen sus cimientos estilísticos. Al contrario de lo que sucede en la mayoría de las obras publicadas actualmente en las que los errores de todo tipo se multiplican en las últimas páginas por descuido o por cansancio de los autores y de sus correctores, cuando los tienen. No es el caso de esta obra, desde luego, cuyo final está especialmente cuidado, aunque parezca cortado con navaja de afeitar y de un solo tajo.

Con estos párrafos apresurados, no tengo ni la más remota intención realizar una crítica literaria detallada ni dilatada de todos los aspectos del libro de Correa, que tiene muchos prismas. En absoluto. En primer lugar, porque no me considero sino un aprendiz de lector de un género literario que tiene sus propios mecanismos. Simplemente, esbozo alguna pincelada para despertar la curiosidad y recomendar su lectura tanto a quienes gusten de las novelas de detectives como a los que no lean este género con frecuencia –como es mi caso–, porque estoy seguro de que descubrirán con sorpresa a un escritor ameno y con muchas cosas que decir, cuyas novedades literarias no conviene perder de vista.

 

INVITACIÓN A PRESENTACIÓN

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Tengo el placer de invitarles a la presentación de mi última novela, “El discurso de Filadelfia”, sobre el ilustre canario Antonio Ruiz de Padrón.

Esta presentación se realizará el Día de canarias. 30 de mayo a las 11:30 a.m. en el Parque García Sanabria De Santa Cruz de Tenerife

Será presentada por el profesor y escritor Antonio Javier Fernández Delgado, acompañado del autor. La entrada es gratuita y forma parte de los actor organizados por la Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife.

QUIÉN ERA ANTONIO RUIZ DE PADRÓN

El personaje central de este libro es Antonio Ruiz de Padrón, el canario más conocido en el mundo durante gran parte del siglo XIX.

La razón principal de esa fama se debe a su discurso sobre la tolerancia, en Estados Unidos, y a su Dictamen en las Cortes de Cádiz, que logró la derogación de la Inquisición española.

QUÉ RELATA ESTA NOVELA

Mientras se redactaba la Constitución norteamericana en Filadelfia, el joven Ruiz de Padrón asistió a tertulias y trabó amistad con Benjamín Franklin y George Washington. En ese mismo período pronunció un discurso contra la Inquisición española que fue traducido al inglés y repartido en Estados Unidos, donde causó una enorme y grata impresión.

Ese apasionante período de su vida constituye el núcleo de esta novela histórica. La novela mira el mundo ilustrado americano desde la perspectiva de un isleño, desde el punto de vista del joven Ruiz de Padrón, el mismo que más tarde sería diputado en las Cortes de Cádiz, látigo contra la esclavitud en Cuba, testigo directo de las revoluciones europeas, principal artífice de la derogación de la Inquisición española,… La juventud del protagonista (28 años) ofrece una narración dinámica y divertida que al mismo tiempo nos va mostrando cómo se forjó una nueva nación americana, que partiendo de una revolución democrática logró redactar la primera constitución republicana del mundo y establecer un gobierno surgido del sufragio universal.

DECENAS DE HISTORIA Y ANÉCDOTAS

Junto a la historia principal, se han sido recuperadas decenas de semblanzas y anécdotas. Los personajes que desfilan por la novela son de todo tipo y condición. Algunos juegan papeles muy secundarios, pero otros se agigantan y son parte esencial del relato histórico: el filósofo Benjamín Franklin, el general George Washington, el futuro arzobispo John Carroll, los presidentes Hamilton y Jefferson, el político y millonario Robert Morris, el comerciante Francisco Caballero Sarmiento, el parlamentario Gouverneur Morris, la señora conocida como Queen Morris, el músico y compositor Henri Capron, el embajador español Diego María de Gardoqui, etc.

ASÍ SE HIZO ESTE LIBRO

La novela contiene diversas capas narrativas y no siempre la voz del narrador pertenece al mismo personaje. Entre estas capas, se encuentra un relato paralelo que recorre la novela como un camino subterráneo, donde el autor revela la lucha que los escritores viven mientras escriben su obra. El lector puede acceder a las casualidades, reflexiones, dudas, frustraciones, momentos de euforia, descubrimientos, conversaciones, desánimos y sentimientos que lo asaltaron mientras construía la novela y, de esta manera, entender mejor la trayectoria vital del ilustre Antonio Ruiz de Padrón.

¿Podemos saber cómo hablaba el canario Antonio Ruiz de Padrón?

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Hacia 1939, esta Isleña canaria de San Bernardo (Luisiana) y sus hijos hablaban igual que sus antepasados llegados en la década de 1780.

Sí, se puede. En la década de 1780, Antonio Ruiz de Padrón arribó a la ciudad de Filadelfia, que por entonces era la capital de los Estados Unidos. En esa misma década, varios miles de canarios llegaron a Luisiana y se establecieron en los alrededores de la ciudad de Nueva Orleans, junto al río Misisipi.

Aunque la coincidencia cronológica de ambas arribadas pueda parecer casual, no lo es, porque en aquellos años la emigración de los canarios hacia América se había convertido en un flujo imparable, propiciado por la miseria isleña y la necesidad de colonos que necesitaba el reino de España para frenar las ansias territoriales de Francia y del Reino Unido. Es decir, los canarios se necesitaban como barrera protectora, aunque pacífica, contra cualquier intento de invasión silenciosa con colonos anglosajones o franceses como había sucedido en la isla de Santo Domingo.

Allí –entre pantanos insalubres, caimanes, nutrias, huracanes y piratas– se establecieron estos isleños. Cuando Luisiana pasó a ser un estado de los Estados Unidos, los canarios continuaron hablando el español que llevaron desde sus islas y se negaron a comunicarse en inglés. También rechazaron el francés que hablaban sus vecinos cayunes.

Hasta la Segunda Guerra Mundial, constituían un núcleo poblacional que tenía pocas relaciones con el exterior, y aun con sus vecinos, y muy pocos hablaban otra lengua que no fuera el “canario” en que se habían expresado su antepasados. El gobierno estadounidense les impuso la obligación de aprender inglés en la escuela, pero en casa seguían comunicándose en el mismo español del siglo XVIII que usaban sus padres y sus abuelos.

A partir de 1945, este pueblo canario del sur de los Estados Unidos comenzó a mezclarse con la población cayún, de raza y habla francesa, y con la anglosajona. Paulatinamente, su lengua fue perdiéndose en las nuevas generaciones. En la actualidad, ya no son muchos los que hablan la hermosa lengua con acento canario que llegó a Luisiana en la misma década en que Antonio Ruiz de Padrón residió en Filadelfia.

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Isleños canarios en Delacroix Island (Luisiana), en la primera mitad del siglo XX. Hablaban español canario y su trabajo consistía en cazar ratas almizcleras en los canales del río Misisipi para vender sus pieles.

Si hoy usted va a Luisiana, a algunas de las poblaciones donde residen los Isleños o Islanders (San Bernardo, Delacroix Island, Violeta, etc.), todavía encontrará personas que hablan exactamente igual que lo hacía Ruiz de Padrón.

Lo triste es que poco se hace para conservar ese tesoro lingüístico. Casi cualquier país se emplearía a fondo para proteger y garantizar un futuro seguro a una riqueza semejante. Nosotros no, preferimos dedicar esos fondos a comprar películas del Oeste americano para ponerlas cada día en nuestra televisión autonómica para educar a nuestros hijos.

Aquí no tomamos medida alguna que evite la desaparición de una de las hablas más bellas que ha habido dentro del idioma español. Mientras en Radio Exterior de España se dedican decenas de programas anuales al español sefardí, en Canarias en los medios oficiales nadie mueve un dedo por el “ español canario” del siglo XVIII.

Es el mismo abandono sufre la figura del político más grande que ha salido de este archipiélago, Antonio Ruiz de Padrón. Su honradez y vasta cultura sería un mal ejemplo para nuestros hijos… Así nos va.

Novela histórica "El discurso de Filadelfia", de Manuel Mora Morales

Antonio Ruiz de Padrón, amigo de Franklin Y Washington durante su estancia en Filadelfia.

 

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La historia inventada

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Un personaje de la novela La abadía de Northanger, de Jane Austen, decía que la historia “es muy aburrida y, sin embargo, a menudo me parece extraño que sea tan sosa, pues una gran parte de ella debe de ser pura invención.” No le faltaba razón, si se refería a los ensayos y a los libros de texto.

Se puede aceptar una verdad aburrida, pero el colmo es que las mentiras académicas que nos cuentan no nos diviertan. Tanto en la historia civil y militar como en la religiosa.

PRESTIDIGITADORES DE LA VERDAD

Cada poco tiempo recibimos la noticia de que tal o cual acontecimiento histórico no transcurrió como afirmaba la historia aceptada académicamente, sino que sucedió de manera diferente a cómo nos decían. Después, esas enmiendas son retocadas algunos años más tarde por otras correcciones que a su vez también son rectificadas,… así, hasta alcanzar un extraordinario número de desmentidos, que nos hacen pensar en las infinitas imágenes que aparecen cuando un espejo se refleja en otro.

Dejando aparte las tergiversaciones interesadas de los autores de cualquier índole, al estilo del genial 1984 de Orwell, los libros de historia tratan de ofrecernos un relato coherente e ininterrumpido de unos sucesos dignos de mención. El problema surge cuando se presentan lagunas en el relato histórico, cuando el historiador ignora uno o varios acontecimientos causantes de ciertos hechos, o derivados de ellos (una conversación, una amorío, una traición, una muerte,…). En ese momento, es posible que se recurra subrepticiamente a las hipótesis, a inferir qué pudo suceder y cómo. Sobra decir que este fenómeno se acentúa en las publicaciones destinadas a lectores no académicos.

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UN ACADÉMICO JUEGO DE LA OCA

Sabemos que gran parte de los historiadores olvidan informarnos expresamente sobre ese hipotético detalle –a veces de capital importancia, pero sin confirmar– que nos ofrecen como un hecho probado. Sin duda, ésta es una de las razones de que haya tantas rectificaciones en las consecutivas ediciones de los libros populares de historia: los nuevos datos descubiertos –o, simplemente, imaginados– se sobreponen a los anteriores con una naturalidad pasmosa.

Llegados a este punto, cabe preguntarse cuál es la diferencia entre una ensayo histórico y una novela histórica. Francamente, en la mayor parte de los casos, considero que la honradez del novelista, al ofrecer como ficción el relato que utiliza para llenar las lagunas históricas, es preferible al texto del historiador que vende sus conjeturas como hechos constatados y olvida que es fundamental establecer las circunstancias y el orden en que se han originado las fuentes consultadas.

Este olvido y esas hipótesis inconfesadas facilitan que graves errores historiográficos pasen de obra en obra, incluso de generación en generación, sin que nadie se haya molestado en corregirlos con una sola comprobación rigurosa. He sufrido esa desidia en mi trabajo literario, lo cual me ha obligado a revisar párrafo a párrafo obras enteras, tomadas habitualmente como fuentes fidedignas, que no han resistido un somero análisis superficial.

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UNA CONVERSACIÓN ENTRE CERVANTES Y LOPE

Tal vez, ésta sea una de las razones por las que en la actualidad escribo más novelas históricas que en otras etapas de mi vida. Prefiero la complicidad entre un novelista y un lector para admitir como probable una conversación de Miguel de Cervantes con Lope de Vega o entre George Washington y Antonio Ruiz de Padrón antes que creer a ciegas ciertas afirmaciones dogmáticas de historiadores con sello académico sobre hechos que jamás han verificado –no es suficiente citar y aceptar todas las fuentes de autoridad–, si es que no las han inventado ellos mismos.