Cuando el aceite de oliva español era un alimento mortal

image

Ya han pasado unos años, pero no tantos como para que esta plaga mortal haya pasado al olvido. No es broma, el aceite de oliva condujo a mucha gente a la tumba, incluso cuando se trataba de aceite virgen extra sin adulterar. Purísimo. Les cuento:
Durante siglos, la Inquisición española, a través de los sermones dominicales de los párrocos, animaba a sus feligreses a denunciar a cualquier judío que se hubiera bautizado y siguiera practicando en secreto el judaísmo.
Los predicadores recomendaban realizar una serie de pesquisas para comprobar estos extremos. Una de las pruebas que debían buscar los buenos cristianos en sus vecinos judíoconversos era si olían a aceite de oliva.
Si se denunciaba a una persona que despidiera ese olor y la Inquisición comprobaba (lo de “comprobar” es un decir) que el denunciado o denunciada consumía aceite de oliva, el castigo podía ser terrible: tortura, cárcel indefinida, procesión vergonzante, latigazos a cientos y, cómo no, la muerte.
Hasta la Inquisición española, tan cruel y arbitraria, tenía cierta lógica dentro de sus despiadados y disparatados principios: sólo a un tonto se le ocurriría consumir aceite vegetal pudiendo saborear la rica manteca de cerdo. ¿Y quiénes, no siendo tontos, se negaba a comerla? ¿Y por qué?
Las razones nada tienen que ver con el colesterol, porque entonces ni se sospechaba que existieran grasas perjudiciales. Las causas fueron otras. Verán, los creyentes de religión judía tienen prohibido comer grasa de origen animal, especialmente de cerdo. Por esta razón el consumo de aceite de oliva sustituía a la manteca animal y, si un vecino cristiano de origen judío la comía, era evidente que seguía practicando el judaísmo en secreto. Es decir, era un “marrano” como se denominaba a estas personas.
Tampoco se escapaban de esta muerte por aceite de oliva los árabes convertidos al cristianismo que, en su huída inconsciente del colesterol, cayeron en la hoguera.
Ya ven cómo cambian los tiempos: los nietos de los que denunciaban el aceite de oliva como signo de maldad, ahora se llenan la boca anunciándolo como el paradigma de todo lo bueno…

Anuncios

El gozoso suicidio del duque de Clarence

Duque de Clarence

Duque de Clarence, hermano del rey Edward IV de Inglaterra.

El siguiente relato forma parte de un capítulo de la novela El discurso de Filadelfia, cuyo tema central es el viaje de Antonio Ruiz de Padrón a Estados Unidos, donde comenzó su lucha por la abolición de la Inquisición española.

“Los ingleses han sentido siempre una irresistible atracción por los vinos malvasías. Tanto es así que se cuenta la siguiente historia sobre el duque de Clarence, hermano del rey Edward IV.

El duque se hallaba preso en la Torre de Londres porque había sido condenado a la horca por alta traición, sin embargo su hermano le otorgó un último deseo. El reo solicitó que le concediera un poco de tiempo y un tonel de malvasía para pensar con tranquilidad lo que pediría.

Se le concedieron ambas gracias: los carceleros depositaron la cuba de vino con algo de comida en su celda y se le dejó en paz, tal como era su deseo. Dos días más tarde, los guardias abrieron de nuevo la puerta del calabozo y encontraron al prisionero con cara de felicidad… Pero, eso sí ¡ahogado dentro del barril de malasia!”

VIAJE DE FILADELFIA_ MANUEL MORA

Esta novela histórica estará en librerías a partir del mes de abril de 2016.

Nivaria Tejera

image

Hace pocos días murió Nivaria Tejera –la gran escritora cubanocanaria– en su adorado París, a donde llegó en 1954. Desde 1959 a 1965, fue mediadora cultural de la embajada cubana en Italia, pero se enfadó con los revolucionarios y regresó a Francia. En el año 1971, ganó en Premio de Novela Biblioteca Breve con su obra “Sonámbulo del sol”, editada por Seix Barral en 1972.

Sobre la mesa en que escribo, reposa un ejemplar de esta primera edición. La sobrecubierta muestra una foto en blanco y negro de una acera de La Habana, original de Paolo Gasparini e incluida en el libro “La ciudad de las columnas” que firmaba junto a Alejo Carpentier.

Este ejemplar de “Sonámbulo…” lo encontré en una plaza de Santiago de Compostela. Fue una casualidad. Había ido yo a esta ciudad, no a recibir las gracias del apóstol, sino a buscar al dueño de una tasca.

Conocí a ese hombre en una aldea perdida de Galicia y me dijo que en su casa de Santiago tenía guardado un libro manuscrito –autoría de un difunto tío suyo– que demostraba el parentesco de una antepasada de la familia con el diputado doceañista canario Antonio Ruiz de Padrón. Concretamente, afirmaba que una sobrina de Ruiz de Padrón se había casado con uno de sus tatarabuelos.

–Sin problemas, Manuel. Te pasas por allí y te lo dejo, o bien le hacemos una fotocopia para que tengas la documentación.

No me creí la historia, pero sí confié en su buena fe. Sin embargo, él no debió pensar que yo me presentaría en su tugurio de Santiago de Compostela a recordarle su promesa el día que habíamos acordado. Lo sucedido en Santiago, lo consigné en mi diario. Escribí esa noche:

me lo encuentro cuando llega a la puerta cerrada de su tasca con unas bolsas de la compra. Lo saludo, me saluda apretándome con fiereza la mano con sus manazas, como suele hacer la gente insegura. Me dice que no ha encontrado el libro de su tío, que tenía muchas cosas y que ha encontrado todo, excepto los libros que a mí me interesaban. Intento ser flemático y le contesto que eso era lo que yo me imaginaba, que sí, que eso es exactamente lo que yo había pensado. Le di las gracias, no la mano –por temor a perderla con un segundo apretón– y me fui, pretextando prisas.

Ahora sé que para no encontrarme, cerró la tasca anoche y esta mañana. Probablemente, el asunto del libro había sido una fanfarronada para presumir delante de los que estábamos reunidos. En fin, creo que el cura José Trujillo Cabrera tenía razón, cuando en su libro sobre Ruiz de Padrón definió, o casi definió, a esa familia como patanes y mentirosos.

Algo he ganado en este viaje. Antes de ver a …, compré en una librería de ocasión al aire libre un libro sobre la Inquisición y otro de Nivaria Tejera: una novela que fue premio Seix Barral de 1971 y que se llama “Sonámbulo del sol”. Leí algo mientras comía en la Bodeguita de San Roque y me tiene entusiasmado.

Así que gracias a aquel tabernero mentiroso, me hice con la primera edición de ese libro. Por otro lado, ya conocía “Barranco”, la impactante novela de Nivaria sobre la guerra civil española vista por los ojos de una niña en Tenerife. Sin embargo, la lectura de “Sonámbulo del sol” me fascinó de tal manera que ya no pude soltar el libro hasta que leí el último párrafo: “a ver si se pudre con los días…”.

La obra consiste en doscientas páginas que contienen el hipnótico monólogo de un cubano que recorre La Habana. La narración está realizada en una prosa experimental cercana a la de Vargas Llosa y a los autores del boom latinoamericano, pero también cercana a otras fuentes literarias, como las obras de la escritora Gertrude Stein.

En la contraportada del libro hay una foto de pasaporte de Nivaria Tejera cuando debía tener treinta y ocho o treinta y nueve años. Ojos grandes, bien marcados con lápiz de cejas, una cabellera peinada a lo Gina Lollobrigida y un gesto de determinación en sus labios. El resto de su personalidad la conozco por lo que me contó el profesor Ulises Martín, cuya madre era amiga íntima de Nivaria desde los largos años en que ésta había vivido en Tenerife. Nada más natural que residir en una de las Islas Canarias, puesto que, como tantas otras familias, el padre de Nivaria era canario y su madre cubana.

Su biografía y su bibliografía se encuentran con facilidad en Internet. Recomiendo la lectura de alguna obra de Nivaria Tejera a quienes desconozcan su producción literaria. Con seguridad, se sorprenderán y se conmoverán, porque es imposible que no se remuevan los sentimientos con cualquiera de sus libros.
Sus libros… es lo que nos queda de Nivaria. Descanse en paz.

Adolfo Suárez: en busca de la memoria alterada

image

Resulta paradójico que a Suárez, uno de los principales protagonistas de la Transición y depositario fundamental de su memoria, se le extraviasen sus propios recuerdos y se viera obligado a vivir largo tiempo en la zona gris del olvido, como si se tratara de un personaje ideado por Samuel Beckett para representar sobre un escenario la fragilidad de lo transitorio. Como si buscando el Paraíso hubiera subido a la cima de la montaña del Purgatorio de Dante para beber las aguas del río Leteo que borran la memoria. Quién sabe si igual que en el poema de Allen Ginsberg se bajó en una orilla llena de humo y se quedó allí mirando cómo la barca se perdía en las oscuras aguas del Leteo. ¡Quién puede saberlo!

Y parece, ahora, que las mesas de redacción están faltas de olorosas magdalenas y los periodistas no logran evocar la auténtica memoria. O no quieren. Por si esto fuera poco obstáculo para el afloramiento de la verdad, el hedor del dinero se propaga y, emulando al tango Cambalache, engrasa los ejes de la corrupción y todo lo inunda, todo lo contamina. Hasta la dolorosa Transición española se deconstruye y vuelve a armarse como un juguete de Lego, cambiándose de manera arbitraria las piezas y los colores, con el único fin de tergiversar la verdad histórica.

No obstante, la tozuda realidad se niega a desaparecer por completo. Quienes vivimos la época de la Transición sabemos de sobra que los hechos transcurrieron de manera muy diferente a como los grandes medios de comunicación tratan de “venderlos” en la actualidad.

image

Quién sabe lo que Suárez habría dicho o escrito en su última etapa, si esa desgraciada enfermedad no lo hubiese afectado. Quién sabe si en un arranque de esa sinceridad que muchas personas tienen la final de su existencia, cuando la dignidad de la conciencia sustituye a las dignidades mundanas, habría contado con pelos y señales lo que muchos queremos saber sin que jamás nos hayan informado. Y no sólo me refiero al 23 de febrero.

No ha sucedido tal cosa, por supuesto. Ahora, el micrófono y la pluma se apresuran a suplantar la verdad real con medias verdades adulteradas, a canonizar y a demonizar por doquier, a decirnos en la cara y a tratar de convencernos de que todo lo que vimos y oímos no sucedió jamás.

Ironías del destino. Suárez, contra el que se manifestó tanta gente –y con tanta frecuencia– por su tendencia a favorecer a los grandes poderes económicos en detrimento de las clases humildes, ese mismo Adolfo Suárez González, cuya memoria personal se había perdido definitivamente, agonizaba a poca distancia de donde se desarrollaba la mayor manifestación de la historia española. Una multitudinaria manifestación convocada para protestar por las mismas injusticias sociales que hace algo más de treinta años se le echaban en cara al propio Suárez.

image

La tumba de Suárez no está en Ávila; la tumba de Suárez es su memoria. Una memoria que yace desfigurada bajo una pesada losa de mentiras, una memoria maquillada con medias verdades.

Seamos sinceros. Lo cierto es que los ciudadanos de aquellos años detestaban a Suárez. Ahora, algunos lo venden como un líder amado por el pueblo, como un auténtico ángel democrático; sin embargo, nadie quiso darle su voto desde que fueron conocidas sus actuaciones como presidente. Ciertamente, Adolfo Suárez no era una alimaña política, pero tampoco un santo varón ni un político apreciado por su pueblo.

¡Qué falta de respeto, no sólo hacia el auténtico señor Suárez, sino hacia cuantos hemos vivido, gozado y padecido bajo su gobierno…, qué falta de respeto por parte de quienes están tergiversando su memoria, tratando de que sus elogios falaces terminen por imponerse como verdades! A veces, las mentiras, sobre todo las grandes mentiras, producen el efecto contrario al que se esperaba cuando fueron urdidas. Como un cuerpo arrojado al mar, terminan por salir a la superficie y mostrar sus heridas y su auténtico rostro.

Más allá de cualquier mixtificación, sólo resta esperar que descanse en paz Adolfo Suárez González y su memoria auténtica, con sus aciertos y sus errores, con sus luces y sus sombras. Con el mismo respeto que merece la mayor parte de los seres humanos. Son el mismo respeto que merece la verdad histórica.

image

Mae se fue, y muchas cosas buenas con él

MaeResulta raro, pero nunca he escuchado a alguien hablar mal de don Antonio Castro, el Mae, ¡incluso, cuando estaba vivo! Ahora, que ha muerto, a los 85 años de edad, tengo la sensación de haber perdido un referente valioso, un espejo cristalino en el que uno se  podía mirar y calibrar cuánto le faltaba para ser una persona cabal, idealista, crítica, afable y provechosa.

Su figura fue glosada hace unos días en un magnífico artículo, publicado por Tinerfe Fumero, en un periódico tinerfeño, de manera que no voy a contar mucho de su vida, excepto dos anécdotas y algunas referencias imprescindibles: era maestro –de ahí su cariñoso apodo de Mae–, regentó un colegio de ideología progresista en Santa Cruz de Tenerife y se enfrentó a injusticias sociales, a pecho descubierto, incluyendo a las que generan las entidades bancarias.

Mi relación con él no fue ni muy íntima ni muy frecuente, pero siempre que nos encontrábamos en la calle terminábamos en alguna cafetería hablando un par de hora de lo divino y de lo humano. Algunas veces, bebíamos algo en La Hierbita, ahora un restaurante de moda, pero que en otros tiempos fue un guachinche donde se reunían los republicanos durante el franquismo para beber un vaso de vino, comentar las últimas noticias de Radio Praga y no sentirse tan solos, represaliados  y abandonados, como en realidad estaban.

El Mae era amable, pero no tenía pelos en la lengua. Hace unos años, después de que yo estrenara un trabajo audiovisual, al que él asistió junto a una gran cantidad de público que estuvo aplaudiendo durante mucho rato, me dijo:

–Manolo, yo no te aplaudí, porque este trabajo habría sido bueno si hubieras contado con los medios adecuados para llevarlo a cabo. Me gusta el guión, pero el resultado final no puedo decir que haya sido excelente, y tú lo sabes.

Fue la única crítica que tuve en cuenta, a pesar de ser la menos “caritativa”, porque sabía que estaba hecha desde la sabiduría y la buena intención. De inmediato, me di cuenta de que no debía continuar con aquella línea de trabajo que sin la ayuda de Mae nunca habría abandonado, porque, a veces, uno confunde rentabilidad con profesionalidad.

Hay otra anécdota que ahora, con el desconsuelo a cuestas, me viene a la memoria.

En otra ocasión, encontré a Mae en la calle Villalba Hervás de Santa Cruz de Tenerife y, después de saludarnos, entramos a la cafetería Waikiki a tomar un barraquito mientras terminábamos de contarnos nuestras últimas andanzas. De pronto, me di cuenta de que había una persona esperándome.

Me aguardaba un Santo. No un santo de madera ni de cartón piedra, sino un Santo español de carne y hueso que era venerado como tal por miles de personas en Bolivia. Y no es broma.

Unos años antes, yo había conocido al hermano del Santo, cuando se dirigió a mí para organizar y publicar un par de libros. Se trataba de un misionero franciscano recién jubilado que se había instalado provisionalmente en el convento de San Miguel de las Victorias, en La Laguna. Un tipo interesante. Hablábamos muchas veces, durante mis visitas al convento o las suyas a mi oficina o a mi casa, y fuimos haciendo amistad. Terminó por hablarme de su hermano, misionero como él, que ejercía su profesión en un pueblo boliviano. El asunto es que este hombre había realizado varios presuntos milagros, que ahora sería prolijo pormenorizar, y que su comunidad lo había elevado a la condición de Santo, lo cual era reconocido en gran parte del país andino.

Pues bien, un día recibí una llamada telefónica del Santo, diciéndome que se hallaba de paso en el convento franciscano que se encuentra junto a la Plaza del Príncipe, en Santa Cruz de Tenerife, y que dos días más tarde reanudaría su viaje. Ni que decir tiene: de inmediato tomé una grabadora y una cámara fotográfica y salí disparado hacia el convento. No se habla personalmente con un Santo todos los días.

Pero al encontrarme en la calle con Mae y, nunca mejor dicho, se me fue el Santo al cielo… Salimos ambos del Waikiki ya de noche y, ¡parco consuelo!, sólo entonces me confesó que él también llevaba prisa.

Por terminar la anécdota del Santo: al día siguiente fui a verlo, sin previo aviso, y me deshice en disculpas, las cuales me aceptó de buen grado. A continuación, sacó un gran foto de una iglesia que había construido, con el campanario en forma de manos unidas en oración, y, después de anotar algo en su reverso, me la entregó.

–Don Manuel –me dijo el Santo–, le he anotado el número de mi cuenta corriente, detrás de la fotografía… Intente ser generoso con este pobre misionero.

Fin de la entrevista. Se levantó, se despidió y se fue. Yo me quedé con la foto en la mano, con la boca abierta de estupefacción y pensando en lo afortunado que había sido encontrando la tarde anterior a Mae, el auténtico Santo de esta historia casi inverosímil, pero verdadera.

Cinco minutos en el cielo

Los escasos minutos que dura la “Meditación” de la ópera “Taïs”, de Jules Massenet, bastan para serenar nuestros corazones, tantas veces ocupados por inquietudes banales. ¡Quién, como la hermosa Taïs, pudiera morir escuchando esta melodía! Cinco minutos celestiales como antesala del cero perfecto que nos espera.