¿Una réplica surrealista del Ídolo de Tara en el Museo Reina Sofía de Madrid? A propósito de una obra de Ferrant

En una escultura de Ferrant, expuesta al público en una exposición de arte moderno, se advierte algo más que reminiscencias del más famoso ídolo aborigen canario

Hace unos días me detuve para contemplar y fotografiar la obra Majestad (1951), de Ángel Ferrant, en el Museo Reina Sofía. Es posible que ya la hubiese visto, en Valladolid tal vez, pero lo cierto es que si la vi alguna vez no le presté demasiada atención.

En mi última visita a esta galería –coincidiendo con la exposición Piedad y terror en Picasso: el camino a Guernica– la pequeña escultura despertó mi interés. Me recordó de inmediato el Ídolo de Tara, una estatuilla aborigen que se encuentra en el Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria.

De izquierda a derecha: Diosa Grávida, Venus de Lespugue, Ídolo de Tara y Majestad, de Ferrant.

Un vistazo a estas dos figuras –Majetad de Ferrant y el Ídolo de Tara – nos sugiere de inmediato cierta relación entre ellas. Una relación que se acentúa cuando observamos otras venus prehistóricas que, aún siendo figuras relacionadas con la maternidad, no se vinculan de forma tan evidente con Majestad,

De izquierda a derecha: Majestad, de Ferrant, y el Ídolo de Tara, depositado en el Museo Canario.

Las dudas tienden a disiparse cuando prestamos atención al cuello, a la cabeza y a la disposición de los pechos del ídolo de Tara y los comparamos con los mismos elementos de la escultura de Ferrant: las semejanzas son verdaderamente notorias.

Mujer (1950), de Mathias Goeritz.

La Majestad, de Ferrant, data de 1951, sólo un año después de que Goeritz, uno de los principales impulsores de grupo Altamira, realizara la escultura Mujer que dedicó a su amigo Ángel Ferrant (junto con otra similar titulada Hombre).

En esta Mujer es posible reconocer algunos rasgos estilísticos de la que crearía un año más tarde Ferrant. Éste es un dato a tener en cuenta para inferir los antecedentes de Majestad, quizás la obra de Goeritz condujo a Ferrant a descubrir el Ídolo de Tara , si tal circunstancia llegó a producirse.

El Ídolo de Tara,  visto de perfil.

El ídolo de Tara, una venus canaria

El Ídolo de Tara es parte de un regalo del doctor Chil y Naranjo al Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria a finales del siglo XIX. No está claro que fuera hallado en el pueblo de Tara (municipio de Telde) y algunos investigadores opinan que se pudo encontrar en los alrededores de la Cueva Pintada de Gáldar. Desde la década de 1970, a raíz del despertar de la cultura nacionalista, esta figurita ha adquirido una gran popularidad entre la población canaria y se ha difundido en obras de arte, reproducciones cerámicas, libros de texto, medios de comunicación y todo tipo de souvenirs para turistas.

Sobre Ángel Ferrant

Ángel Ferrant, en su estudio, después de haber sufrido un accidente en 1954.

El escultor Ángel Ferrant (Madrid, 1890 – 1961) estaba vinculado con Canarias y parece natural que su obra contuviera algunas resonancias del archipiélago. Casualidad o no, en la pared próxima a su escultura cuelga Pictografía canaria (1951), un cuadro de la etapa guanchista (coincidente con la creación de Majestad y anterior a los muros y a las arpilleras) del canario Manuel Millares, buen amigo de Ferrant. Sobre este último la crítica ha asegurado que fue, después de Joan Miró, “el artista más interesante y completo entre los que se quedaron en España tras la contienda”.1

Detrás de Majestad, de Ferrant, se puede ver el lienzo Pictografía canaria (1951), de Manolo Millares.

La conexión canaria le llegó, principalmente, por el crítico tinerfeño Eduardo Westerdahl, el cual conocía a Ferrant desde los primeros años de la década de 1930, cuando el madrileño participó en la revista Gaceta de Arte , junto a Gertrude Stein, André Gide, Tristan Tzara, etc.

Posteriormente, esta relación se prolongó en el tiempo y se reencontrarían en el grupo Amics de l’Art Nou, la gran Exposición de Arte contemporáneo en el Círculo de Bellas Artes de Tenerife (1936), la creación del grupo Altamira (1948), la revista De Arte, publicada por Westerdahl y García Cabrera (1950), el desaparecido Museo de Arte Moderno del Puerto de la Cruz (1953) con la asistencia de Ferrant que disertó en su inauguración, etc.

En la actualidad, se conserva un dibujo de Ángel Ferrant en el Instituto de Estudios Hispánicos del Puerto de la Cruz.

Eduardo Westerdahl.

Asimismo, en el Archivo Histórico Provincial del Gobierno de Canarias, en Tenerife, es posible consultar las cartas de Ferrant a Westerdahl, en las que se evidencia la gran amistad que los unía. Existe abundante documentación sobre esta relación, habida cuenta de los artículos que Westerdahl escribió sobre el escultor dentro y fuera de Canarias.

Y aquí habría que mencionar el escrito que durante la inauguración del Museo de Arte de Westerdahl entregó a su amigo Manuel Millares para una exposición en Gran Canaria en el año 953.

Indudablemente, estas relaciones en el archipiélago debieron influir en el escultor y, tal vez, proporcionarle el conocimiento de algunos elementos de la cultura aborigen canaria. Ya se ha comentado que en esos momentos Millares pintaba cuadros relacionados con la cultura insular prehispánica y es posible que mencionara el tema a su amigo.

Vista posterior de “Majestad”, de Ferrant.

Como tantos contemporáneos, Ángel Ferrant –a pesar de considerar siempre la figura humana como irrenunciable– evolucionaría de manera apreciable durante su trayectoria artística. Desde sus posiciones iniciales arribaría al primitivismo, a la composición de móviles, a las formas orgánicas,… No fue un surrealista, ni un primitivista, ni un constructivista ni se le puede encasillar en un solo movimiento: bebió de varias fuentes artísticas de su época, pero siempre mantuvo una relación estrecha con el arte abstracto.

Ferrant fue una rara avis cuya abundante obra estaba poco reconocida fuera de un reducido grupo de artistas y críticos hasta el año de su muerte, cuando expuso en la Bienal de Venecia.

En el Patio Herreriano de Valladolid se encuentra, preservado y catalogado, un amplio fondo documental sobre Ángel Ferrant que incluye su biblioteca privada, esculturas, dibujos y otro material de gran interés.

Sin entrar en otras disquisiciones, parece razonable pensar que Ángel Ferrant tenía información sobre el Ídolo de Tara, bien fuera a través de su amigo Manolo Millares, bien por su visita al Museo Canario de Las Palmas o por alguna ilustración publicada en la revista del propio museo.

Sin embargo, no conozco ningún texto de Ferrant, de Westerdahl o de cualquier otro que relacione a ambas esculturas. Desgraciadamente, los canarios que conocieron bien a Ferrant –ya desaparecidos como Manuel Millares o Eduardo Westerdahl– no pueden confirmar o negar esta hipótesis.

De cualquier manera, incluso si no existe la relación que se apunta en este escrito y sí, pongamos por caso, con la cretense diosa de la serpiente,2 creo que ha servido al menos para refrescar la memoria de una relación fructífera entre el gran Ángel Ferrant y los intelectuales canario durante la Segunda República y las dos primeras décadas del franquismo.

 

PARA SABER MÁS

  1. Se puede consultar una excelente biografía de Ángel Ferrant en este enlace.
  2. Ángel Ferrant y Eduardo Westerdahl: un diálogo lúcido y continuo, de Carmen Bernárdez Sanchís, en Catharum, pp 046-059, Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias, 2002.
  3. The interpretation of Goddess: interview with Marija Gimbutas. Ir.

NOTAS

  1. Valeriana Bozal: Antes del Informalismo. Monografías de Arte Contemporáneo nº 1, Museo Reina Sofía, Madrid, 1996
  2. Una de las imágenes de Diosa de la Serpiente encontrada en Creta y perteneciente al Paleolítico también podría estar relacionada con la obra de Ferrant, si aceptamos que los dos elementos que descansan sobre las piernas de la figura representan a serpientes, en lugar de espermatozoides que fecundan. No obstante, si  nos fijamos bien, su mayor parecido es con un par de sanguijuelas.   
  3. sanguijuela

Un drago en el Edén, a propósito de la exposición de El Bosco en el Museo del Prado

Ningún libro proporciona goces ilimitados. Tampoco un cuadro, una escultura, una fotografía, una sinfonía, una ópera o una pieza dramática; sin embargo, acercarse al arte es una manera especial de estar vivo, de sentir en la punta de los dedos que casi rozamos la verdadera dicha, de intuir que la felicidad en estado puro no se halla demasiado lejos, aunque de sobra sepamos que no existe.

Consecuentemente, nunca logramos apoderarnos de esa felicidad por medio del arte, ni siquiera del Arte con mayúscula como nos gusta decir a los cursis. Tampoco conseguimos este propósito en el amor. Sin embargo, aunque todos sabemos que su dicha es limitada, consideramos una locura renunciar a él por el sólo hecho de que no nos proporcione felicidad eterna.

Iba pensando en esto cuando hace un par de semanas salía ­–casi flotando en el calor del oscurecer madrileño– de la gran exposición de El Bosco en el Museo del Prado. También, tal vez de manera no tan incongruente como me pareció en aquel momento, se mezclaron en mi cabeza algunas imágenes de una exposición de Escher que había contemplado en Milán a mediados de agosto.

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EL JARDÍN DE LAS DELICIAS, DE EL BOSCO

Nunca pensé que encontrarme frente al tríptico original de El Jardín de las Delicias me produciría unas sensaciones tan intensas. Dentro de la exposición de El Bosco en el Museo del Prado, recorrí las salas dedicadas a un pintor que siempre me ha gustado, pero que no he venerado especialmente. Digamos que si hubiera tenido que elegir entre una muestra de la obra de El Bosco y otra de William Turner, por ejemplo, me habría decantado por el segundo. Afortunadamente, no tuve ese dilema.

A pesar de todas estas reservas, hace unos cinco años, dediqué una parte de mi segunda novela histórica sobre Ruiz de Padrón, titulada Canarias, a comentar la inserción de un drago que aparece en el panel izquierdo de El Jardín de las Delicias, pintado probablemente antes de 1480.

EL DRAGO EN EL PARAÍSO

Decía en ese libro que un grabado en madera de Alberto Durero, donde aparece otro drago, debió inspirar a Jheronimus van Aken “Bosch” –El Bosco, en español–, el cual incluyó este árbol en El Jardín de las Delicias: una obra que tiene la particularidad de estar muy vinculada con la alquimia y las doctrinas secretas. En este caso, el drago se encuentra detrás de Adán que sentado en el suelo observa cómo Jesucristo le toma el pulso a una Eva arrodillada.

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Muy cerca se distingue una charca donde numerosas bestezuelas mutantes entran y salen a la espera de que Adán les proporcione un nombre. El resto es indescriptible: seres de diversas especies, en una orgía de colores, formas y deseos de todo tipo, interactúan a lo largo y ancho del panel central de una manera que sobrepasa la imaginación de los antiguos y modernos escritores de fantasía y de ciencia ficción. Inexplicablemente, ni esta obra ni su autor llegaron a ser reducidos a ceniza por el fuego de la Inquisición.

Quizás, la inclusión del drago en el paraíso de El Bosco responde a una intención de dotar su presencia de simbolismo: la sangre de drago es necesaria en la alquimia para la producción del oro: símbolo de la piedra filosofal. El Bosco era miembro de la hermandad Illustre Lieve Vrouwe Broederschap, donde el cisne y otros elementos tenían un fuerte valor simbólico. De cualquier forma, no se puede descartar que el drago sólo cumpla una función meramente decorativa.

Como digo, la contemplación del tríptico ejerció sobre mí una acción devastadora, en el sentido más sublime del término; noté la sensación de estar mirando por primera vez una obra de arte que se ajustaba plenamente a mi mundo onírico, o viceversa; un torrente de fantasía me atravesaba y deslumbraba hasta sobrepasar muchos límites y alcanzar territorios éticos y estéticos que desconocía y que, en cierta manera, siento pudor de confesar.

OTROS DRAGOS, OTROS PINTORES

Es cierto que, aunque no se cultivaban en Europa, los dragos canarios fueron conocidos en este continente desde hace siglos. Los aborígenes de las islas cambiaban la resina que produce su savia por manufacturas europeas a los viajeros que se acercaban a las costas del archipiélago, como puede leerse en las crónicas de los franciscanos que acompañaron al bretón Jean de Bethencourt y a sus caballeros acompañantes,

los canarios les llevan higos y sangre de drago, que cambiaron por anzuelos, hierros viejos y por navajas y recogieron sangre de drago que valía más de 200 doblas de oro y todo lo que ellos cambiaron, no valía la suma de dos francos.

Cuando se forma la resina del drago, el contacto con el aire produce una oxidación de sus componentes y adquiere un color rojo oscuro, como sangre de soldado muerto en campo de batalla. Por este motivo se denominaba “sangre de drago”, utilizada tanto en la medicina como en la alquimia. Ya en el siglo XII, un orfebre llamado Teólifo escribía en su libro

que con el polvo de drago, si se junta a la sangre humana, al vinagre y al rojo de cobre, se obtiene oro español, una mixtura que se utiliza para dorar metales.

Además de su venta en boticas, la sangre de drago se usaba para la producción de tintes y barnices de tonos bermellones. Por esta razón, desde el siglo XV se estableció una explotación inmisericorde de esta resina que ha terminado con la mayor parte de los dragos canarios, exterminándolos casi por completo en La Gomera y El Hierro y reduciéndolos a pocos ejemplares en La Palma, Gran Canaria y Tenerife, donde se encontraban en bosquecillos formados por doscientos árboles o más.

Debido a la extrema sequía que se padecía en Lanzarote y Fuerteventura, nunca los hubo en esas islas hasta tiempos muy recientes, dado que en la actualidad se pueden regar con agua procedente de desalinizadoras. Bien es verdad que hay más tipos de dragos en los archipiélagos macaronésicos y en otras partes del mundo, como Socotora (en el océano Índico) o la península arábiga. Sin embargo, ninguno de ellos alcanza el porte de los dragos canarios.

Quizás, esa majestuosidad vegetal ha propiciado que los pintores europeos hayan incluido los dragos canarios en sus cuadros. Lo curioso es que los maestros de la Europa meridional no pintaron dragos en sus obras, sino los artistas de los países del Norte y Centro de Europa.

Resulta sorprendente que en época tan temprana como el año 1475 (la conquista del archipiélago terminó justo al final del siglo XV), aparezca un drago canario en un grabado sobre madera de Martin Schonghauser, el más prestigioso grabador del prerrenacimiento alemán[i]. Lo asombroso de este árbol incluido en el grabado La huida a Egipto es la minuciosidad del ejemplar representado, algo imposible de lograr sin haber visto jamás un drago o, al menos, tener en sus manos alguna imagen realizada por un buen dibujante.

Si nos situamos frente al grabado de Schonghauser observamos que el burro se ha detenido y trata de mordisquear un cardo; sobre el animal va montada la Virgen con el Niño en brazos; y San José recoge dátiles de una palmera inclinada por cinco angelitos. Al fondo, entre los troncos de los árboles, descansa una pareja de ciervos. Más lejos, hay algunas casas campesinas. Detrás del burro crece un hermoso drago con tres lagartos recorriendo su tronco y una cotorra, posada entre las hojas, que picotea las flores o semillas.

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Huida a Egipto, de Durero.

Otros pintores cometen graves errores al representar estos árboles; no obstante, el drago llega a convertirse en un elemento repetido, incluso en artistas de la talla de Alberto Durero, el cual vuelve a introducirlo, al menos, en otra representación de la huída a Egipto que pude ver en una exposición dedicada a Durero en la ciudad de Wolgast hace quince años. Ya su maestro Wolgemut lo había familiarizado con los dragos, grabados por él mismo en su obra El Paraíso, incluida en la Crónica General de Schedel. Aquí, el drago aparece a la derecha del manzano. Lo notable es que tanto Adán como Eva cubren sus sexos con hojas de drago que sostienen con su mano izquierda.

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El Paraíso, de Wolgemut.

No paran aquí las representaciones de los dragos canarios en la pintura clásica, pues son innumerables las obras que las han incluido, desde las ocho láminas que contienen dragos en la maravillosa edición de Sebastián Brandt de las obras de Virgilio hasta el “San Juan de Patmos”, de Hans Burgkmair.

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San Juan de Patmos, de Hans Burgkmair

ESCHER Y EL BOSCO

Durante el pasado mes de agosto, en el Palacio Real de Milán pude recorrer la mayor exposición jamás realizada sobre M. C. Escher. No voy a descubrir nada si digo que la obra de Escher deja indiferente a poca gente y que sus arquitecturas imposibles proporcionan una buena dosis de placer a quienes contemplan sus obras.

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Un desconcertantes juego de espejos en la exposición de M. C. Escher, en Milán.

Sin embargo, quiero sacar a colación la relación subliminal que existe entre las arquitecturas escherianas y las fantasías de El Bosco: un cordón umbilical hermético pero robusto une a los dos artistas de algún modo que el espectador, al contemplar las obras de ambos, siente que se disparan ciertos resortes estéticos, simétricos entre sí, idénticos casi. Se trata de la contemplación de lo imposible y, sin embargo, visible. Se trata de la sinrazón de la razón, al contrario de la “razón de la sinrazón” cervantina. Se trata de insinuaciones de un caos filosófico que pulsa y nos hace vibrar ciertas fibras no sólo estéticas.

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Aunque no podía sospecharlo, la exposición de la obra de Escher en Milán me preparó para asimilar la de El Bosco en Madrid. Y la de El Bosco, me hizo caer en la cuenta de la fuerza y de la coherencia de muchas sinrazones de Escher.

Un cuadro ni mil cuadros pueden proporcionar felicidad duradera, pero yo no pido tanto; me basta y me sobra con esos chispazos de gozo que proporciona el arte de tarde en tarde, sin aspavientos.

(La exposición de El Bosco en el Museo del Prado se ha prolongado hasta finales de septiembre. Si tienen oportunidad, acudan a disfrutarla).

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NOTAS

[i] “Las relaciones de Alemania con las Canarias tienen una tradición bastante vieja. Ya a principios del siglo XVI existían contactos entre la colonia alemana de Lisboa con las islas atlánticas. Particularmente los Welser de Augusburg hicieron su trato con Madeira, pero también con las Canarias. Lo sabemos gracias al diario de Lucas Rem, uno de los factores mas activos de los Welser. Rem estuvo en España y Portugal desde 1502 hasta 1508.

[…] En el año 1590 entraron al “puerto de Hamburgo tres buques que vinieron de las Canarias”. Hay que suponer que la navegación a las islas atlánticas a menudo se combinase con la visita de puertos portugueses o españoles. Con preferencia se utilizaron las islas atlánticas para el comercio de contrabando con el Caribe y con América del Sur. Cerca de 1605 el alemán Johann Abendrot tenía sus negocios en Las Palmas. Intentó obtener el permiso del Consejo de las Indias para la navegación a América.

[…] Las Canarias quedaron dentro del radius de actuación de los hamburgueses. Particularmente en la segunda mitad del siglo XVII los contactos se estrecharon y en el año 1690 el Senado de Hamburgo estableció un consulado en las Canarias. En la segunda mitad del siglo XVIII, un período que esta mejor documentado y mejor investigado, los maestros solían combinar la ruta de Canarias con aquella que tocaba Lisboa o Cádiz. Entre las mercaderías exportadas encontramos manufacturas, particularmente los diferentes géneros de lienzos y cotonías. Además se exportaban aparejos de cobre para la destilación, hierro en barras y vergas o laborado, artículos de acero y de latón.

La exportación de maderas para la construcción y armación de buques quedaba limitada, pero no faltaban los típicos productos de la región escandinavo-báltica brea y alquitrán, además encontramos las jarcias y la cera entre los artículos exportados; lo mismo era el caso con cristales, botellas, colores, papel y piedras. La mayor parte en la importación desde la Canarias tenían los vinos. Una especialidad, al lado de la Champaña de Málaga y del “secq Xeresisch”, era el “secq Canarisch”. Arroz y zumaque eran otros productos de exportación de las Canarias. Ademas hay que mencionar los productos americanos que por vía de las Canarias se reexportaron en dirección del norte europeo; pensamos por ejemplo a las astas de bueyes, a la madera de Campeche, a maderas de «rosa» y a “droghoz”. Hamburgueses recibían también metales preciosos en pasto o en reales de a ocho, si no abiertamente en contrabando.

Kellenbenz, Hermann: Las relaciones comerciales de Alemania con Canarias hasta comienzos del siglo XIX. VIII Coloquio de Historia Canario-Americana (1988), tomo II, pp. 131– 148. Cabildo Insular de Gran Canaria. Las Palmas de Gran Canaria. 1991.

“En la fase de la Independencia de América Latina las islas atlánticas tuvieron un interesante papel de escala para los maestres de buques nórdicos, así las Islas del Cabo Verde, las Canarias, Madeira y las Azores, pero todavía no sabemos mucho sobre los detalles. Probablemente la escala más importante era la Isla de Mayo por su abundancia de sal, mercancía que podía completar el lastre necesario de los buques en la navegación a los puertos sudamericanos. Otros hicieron escala en Madeira o en la Terceira para tomar agua fresca o vino. Las Canarias ya a fines del siglo XVIII atrajeron maestres del Norte europeo porque se podían vender maderas para la construcción de navíos, además ofrecían un mercado para algunos productos típicos del norte europeo como brea, alquitrán y jarcias, y finalmente para toda suerte de manufacturas como artículos de hierro y otros metales, papel, botellas, cristales, colores, etc.; ciertamente un mercado bastante limitado. Para el cargamento de vuelta se ofrecían vino y otros frutos del país o productos americanos que se habían bajado en «entrepôt», abstracción hecha de los metales preciosos que se transportaban abiertamente o en contrabando.

Con la consolidación política en Europa y en los Estados independientes en América y con la expansión del comercio transatlántico de las Ciudades Hanseáticas las relaciones con las Canarias recibieron nuevos impulsos, lo que se manifestó en el establecimiento de consulados. Los hamburgueses tomaron la iniciativa, y en 1823 el Senado de la ciudad nombró a Anton Berüff su cónsul en Santa Cruz de Tenerife.”

Kellenbenz, Hermann: Relaciones consulares de las ciudades hanseáticas con las Canarias. IX Coloquio de Historia Canario-Americana (1990), tomo II, pp. 731-753. Cabildo Insular de Gran Canaria. Las Palmas de Gran Canaria. 1993.

El entierro de Clavijo

El Pensador de Clavijo

EL INSOMNIO

En un capítulo de la novela “El discurso de Filadelfia”, Antonio Ruiz de Padrón se encuentra prisionero en el monasterio de Cabeza de Alba, en los fríos montes de León. Esa madrugada “no puede averiguar el motivo de su zozobra se resigna y dirige sus letanías a Morfeo, pero sus párpados no quieren cerrarse. Sus pensamientos vuelan hacia Madrid y pronto se convierten en susurros. Es casi un duermevela, pero no llega a serlo porque está consciente de sus cavilaciones y escucha sus propios bisbiseos.”

Por su memoria, tal vez retorcida por la fiebre, pasa la vida de su ilustre paisano José de Clavijo, perseguido por el poeta Beaumarchais a causa de un lío amoroso con su hermana Lisette, cuyos lances terminarían por aparecer varios libros. El propio Goethe convirtió al canario en protagonista de una otra teatral. El insomnio de Ruiz de Padrón también repasa el velatorio de Clavijo:

EL DIFUNTO JOSÉ DE CLAVIJO

“Te encaminas con prisas hacia la casa de José de Clavijo y Fajardo que murió con ochenta años cumplidos mientras bebía una taza de chocolate a las nueve de la mañana. Te ayudó a la vuelta de tu viaje por Europa y entendió a la perfección ese periplo que necesitabas recorrer como un paso más hacia tu inevitable destino. Llueve en Madrid. La luz de los edificios cambia, sus fachadas se ennoblecen y te proporcionan una ternura que no acabas de comprender. El bueno de Clavijo y su extraña historia. El canario más famoso en Europa, protagonista de obras dramáticas escritas por Goethe y Beaumarchais. Nada menos. Sonríes cuando piensas en la envidia que sentiría Cristóbal del Hoyo si se enterasen de estas noticias sus huesos enterrados en alguna capilla de San Cristóbal de La Laguna, donde se remueven cada vez que una monjita novicia posa su menudo pie sobre el mármol que los cubre.
El difunto José de Clavijo nació en Lanzarote en el año […].”

KLOP, KLIP, KLOP, KLOP

En la casa del finado hay pocos alemanes y no demasiados franceses. Afrancesados sí, muchos. No faltan algún agente velado del Santo Oficio ni personajes de la Corte, periodistas, intelectuales, naturalistas, miembros del cuerpo diplomático, algún canario y mucha gente de diferente condición. El muerto es nada menos que José de Clavijo y Fajardo, un hombre dedicado a incentivar y mejorar la formación intelectual de la comunidad, admirado y querido por muchos. El incidente con la mademoiselle francesa quizás habría repercutido en su mala fama en otro país, pero en España estos asuntos crean cierta aureola de romanticismo alrededor del casanova de turno.

El prisionero continúa sumido en un estado letárgico y revive sus recuerdos en presente. Ruiz de Padrón se traslada en su soliloquio insomne al año 1806. Antonio José, entras en la sala del velatorio. Te acercas al difunto. No le encuentro mala cara, piensas. Sólo desentona su piel cérea, que parece haber muerto un año antes que él. Tener la nariz gruesa favorece en la muerte y esa peluca empolvada al viejo estilo yo diría que lo tonifica. Don José, casi tiene usted tan buen aspecto como esa espléndida momia guanche que por sus diligencias viajó desde Tenerife al Real Gabinete de Historia Natural. Una vida interesante, don José: marcha usted con las alforjas cargadas de buenas esencias. Tenga cuidado con la entrada al cielo: a buen seguro Pierre Beaumarchais lleva seis años esperando en la puerta para reclamarle de nuevo sus amores con Lisette.

Rozas levemente el frío de su mano terrosa y te acercas a los más allegados para darles el pésame. Un hombre que tuvo buena y mala suerte: dos veces le plagiaron El Pensador. En la habitación contigua una criada sirve chocolate en tazas de porcelana.
–Por cierto, querida –las palabras enguantadas proceden de una marquesa velada por la sombra infinitesimal de un perchero–, cuando don José de Clavijo y Fajardo fue nombrado primer director del Teatro de los Reales, ordenó que se estrenara El Barbero de Sevilla, una obra de Pierre Louis de Beaumarchais, el hermano de Lisette.
No habría podido el canario haber rematado esta parnasiana historia con un estrambote más elegante, piensas. Y ahora yace muerto, nada… ni siquiera la certeza de oír el surtidor del patio puntuar gota a gota el eterno silencio en un sollozo rítmico. Klop, klip, klop, klop, klip, klop… Ruiz de Padrón, bajas la escalera. Al llegar a la calle, una ráfaga de aire te produce un acceso de tos y se te ocurre pensar que muchos seres humanos nunca han podido comprobar si las promesas de los amantes son ligeras como el viento, y sus dulzuras trampas engañosas, ocultas bajo las flores. ¿Dónde, piensas con melancolía, han quedado las sombras de tu amada Carmen Guadalupe, dónde la pasión desbordada de Juliana Craig, dónde los poemas de la Divina Comedia recitados en el lecho por la dulce Beatriz Ristori? ¿Escuchas los versos, Antonio, puedes oírlos todavía?

El agua que ves no brota de ninguna vena
que sea renovada por los vapores
que el frío del cielo convierte en lluvia…

Como nuevo Dante descendido a este Leteo del alba, desde el duro soñadero diriges tus ojos hacia el tiempo definitivamente perdido, mientras fuera ya rumorea insípido el piar matinal de los pájaros.
Se escapa el alba. Como se desvaneció Eurídice bajo la mirada de Orfeo a su regreso de la tinieblas del infierno. Vuelve a crujir la escarcha y, junto con los pájaros, los recuerdos y el doblar de las campanas, el viento arrastra cañada arriba los sueños del convento.”

 

(Fragmento de: Manuel Mora Morales (copyright): “El discurso de Filadelfia”)

VIAJE DE FILADELFIA_ MANUEL MORA

En librerías desde abril de 2016.

El Caballero de Santiago que nació en Chipude

Ministerio de Cultura. España

He nombrado a José García de Llarena Carrasco en las tres novelas sobre Antonio Ruiz de Padrón que he publicado en los últimos años (La isla transparente, Canarias, El discurso de Filadelfia). Y no sólo porque me pareciera un personaje interesante. José García nació en 1749 en Chipude (La Gomera, Islas Canarias), vivió casi toda su vida en La Orotava (Tenerife), donde fue un hombre con gran influencia, y obtuvo el título de Caballero profeso de la Orden de Santiago, uno de los  más codiciados por la aristocracia canaria: sólo unos pocos miembros pertenecía a esta Orden. En los siglos XVII y XVIII,  era un alto honor contarse entre sus miembros y quienes, como Francisco de Quevedo y otros personajes encumbrados, eran admitidos en su seno, se mostraban muy ufanos de haberlo conseguido.

En una visita al Archivo Histórico Nacional, encontré unos documentos sobre el chipudano José García de Llarena que llamaron mi atención lo suficiente para profundizar  en su biografía, la cual me proporcionó abundantes datos para la redacción de la novela histórica La isla transparente. Pero comencemos por el principio.

LA ORDEN MILITAR DE SANTIAGO

La Orden militar de Santiago fue fundada en el año 1170 por trece crápulas residentes en Cáceres, los cuales formaban una camarilla de nobles degenerados. Entre ellos estaban Pedro Fernández de Fuentencalada, Pedro Arias, Rodrigo Álvarez de Sarriá, Rodrigo Suárez, Pedro Muñiz, Fernando Odoarez, etc. Todos eran condes, duques, marqueses,… a los que unía un fuerte vínculo, el de la degeneración.

No se sabe si fue por los lazos del demonio o a consecuencia de alguna resaca, estos señores se arrepintieron de la vida licenciosa que llevaban y decidieron fundar un grupo que defendiera a los peregrinos que recorrían el camino de Santiago y las fronteras de Extremadura. Cinco años más tarde, el rey Alfonso VIII elevó el grupo a la categoría de Orden religiosa. Así, la Orden de los Caballeros de Santiago quedó constituida como una “milicia de Cristo” en la que, como ya se sabe, la espada era la cruz y la cruz era la espada.

Dado que sus componentes se podían casar, pronto tuvo numerosos miembros y, en poco tiempo, las riquezas de esta orden eran inmensas. Si bien durante siglos fue una Orden independiente, Fernando el Católico consiguió convertirse en su administrador. A partir de este momento, los reyes españoles estarían a la cabeza de los Caballeros de Santiago.

LOS ANTEPASADOS

Cuando José nació, su padre, Juan García Medina de Salazar (1716), había cumplido los 33 años y vivía con su esposa, Francisca de Llarena Carrasco, en la aldea de Chipude, situada en la gran meseta que forman los altos de La Gomera, al borde del bosque de laurisilva que hoy se conoce como Parque Nacional de Garajonay.

A los 8 años de edad, el día 2 de marzo de 1757 asistió en el convento de Santo Domingo, en Hermigua, al entierro de su abuelo materno, Alonso Carrasco. El hecho de que su madre llevase el “Carrasco” como segundo apellido no era extraño en esa época, en la que había frecuentes cambios para destacar la genealógica línea más prestigiosa o conocida.

Cuando cumplió los 12 años, José marchó a La Orotava y vivió con sus tías maternas, que se ocuparon de proporcionarle una educación que en La Gomera no podía recibir, debido al aislamiento secular que padecía la isla.

Su abuelo paterno era Bernabé García y Alonso (hijo del regidor Domingo García y de María Clemente, ambos de Arure), nacido en Chipude en 1672 y bautizado por el cura Miguel Toxva de Acevedo. Se casó con Elena de Salazar (hija de Alexo Rodríguez y de María de Salazar).

LA SOLICITUD

En 1780, a los 31 años de edad, José García de Llarena Carrasco vivía en La Orotava, era Teniente Capitán de Granaderos de las Milicias de Tenerife y se decidió a solicitar el título de Caballero de Santiago, aprovechando que tenía algún pariente viviendo en Madrid.

Como se declara en la solicitud del título de Caballero de Santiago, todos sus abuelos estaban “reputados como caballeros, hijosdalgos notorios de sangre, cristianos viejos, sin tocarles mezcla de judíos, moros o conversos de ningún grado.”

Se casó con la VIII Señora de Alegranza, conocida como María Benítez, pero anotada en su partida de nacimiento como María Rafaela Magdalena de la Caridad Benítez de las Cuevas Ponte Lugo Arias de Saavedra Alzola y Angulo.

Su hijo, Marcos Antonio Miguel García y Urtus-Áustegui, nació el 14 Mar 1790 en La Orotava y murió 16 abril de 1866, en la misma población. Se casó el 26 de abril de 1813 con Úrsula María de Gracia Manuela Francisca de Urtus-Áustegui, la cual murió durante el parto de su primer hijo en 1815.

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El legajo finaliza con esta fe que valida el sacerdote y notario José Blas Ruiz y Armas, hermano de Antonio Ruiz de Padrón, que en ese año residía en América.

LA ENCUESTA

Para poner en marcha la solicitud se exigían muchos requisitos, entre ellos un detallado informe de su vida y de la vida de sus antepasados, con la declaración de numerosos testigos que hicieron alusiones a muchos datos etnográficos de gran interés. Uno de esos testigos fue un pariente de Antonio Ruiz de Padrón, llamado fray Antonio Cubas, R.P. Predicador General del orden de San Francisco y Comisario del Santo Tribunal, que contaba con 65 años de edad cuando se hizo la encuesta. Los autores del Auto de información son José de Armiaga y el prior fray Domingo de Fuentes.

Copio algunos párrafos que revelan de manera clara las exigencias de “limpieza de sangre”  no sólo para los Caballeros de Santiago, sino para lo frailes, los miembros del Santo Oficio y, prácticamente, cualquiera que aspirara a una profesión o cargo de cierta relevancia. También se pone de relieve la mala consideración que se tenía de los mercaderes, cambiadores y gentes que hayan ejercido un oficio vil, bajo o mecánico.

El informe se concluyó el día 9 de septiembre del año 1789 y en la última página figura el nombre de José Blas Ruiz y Armas, hermano de Antonio Ruiz de Padrón (que se había cambiado el segundo apellido).

Se lee en el documento 6 (página 55 del legajo):

“Que es igualmente notorio que doña Elena de Salazar y Dª Teresa de Salazar, abuelas paterna y materna del Pretendiente y todos sus antecesores y parientes están y estuvieron tenidos y reputados por limpios cristianos viejos, sin mezcla alguna, y por ilustres, y como tales tales han sido tratados, y distinguidos generalmente. Que estas abuelas tomaron el apellido Salazar de sus madres, siguiendo la ya citada costumbre, pues el padre de la primera se nombraba don Alexo Rodríguez y el de la segunda D. Enrique Morales, quiso también variar su apellido, tomado de su madre que era el de Mora y registra con unos instrumentos correspondientes al citado don Enrique Morales, poniéndose así en unos y en otros Mora, que es motivo que ha tenido el declarante para imponerse en esto, como que Dn Alexo Rodríguez fue Capitán y Dn Enrique Regidor y Alférez Mayor.

Que no ha llegado a su noticia que el es precedente ni sus padres, ni Abuelos paternos o maternos hayan sido Mercaderes, Cambiadores ni ejercido oficio vil, baxo o mecánico, y que antes bien sabe que el otro pretendiente y sus parientes por todas líneas están y estuvieron con empleos, y cargos distinguidos, manteniéndose de sus Haciendas y Mayorazgos, y con arbitrios, que no se oponen a su nobleza.

Que le consta la buena fama del Pretendiente como la Distinción y aprecio con que es mirado en la Villa de La Orotava, y la todos sus ascendientes, sin haver ohido ni entendido cosa en contrario.

Que no ha llegado a mí noticia que el Pretendiente ni sus padres y Abuelos paternos y maternos, ni alguno de estas familias haya sido corregido, procesado ni amonestado por el Sto. Tribunal de Ynquisición, ni por Juez aclesiástico, o regular en cosa que desdore su fama, y que cuanto lleva dicho es la verdad por el juramento que tiene prestado baxo el qual abono por seguro, de toda la verdad, crédito y noticias a Dn Pedro Casañas a fr. Antonio Cubas y a Dn Cristóbal Padrón y haviendole leído su dicho se ratificó en él, y lo firmó y firmamos.”

(Aparecen las firmas de Joseph de Armiagas, Fr, Domingo de Fuentes (prior) y de Felipe Delacroix que actúan como testigos de la declaración de don Pedro Casañas, natural de Adeje y vecino de La Orotava).

PORTADAs-blog

He nombrado a José García de Llarena Carrasco en las tres novelas sobre Antonio Ruiz de Padrón que he publicado en los últimos años. Y no sólo porque me pareciera un personaje interesante…

En el documento 17 prosigue:

“Y que aunqe sus primeros apellidos eran Llarena Carrasco usava muchas veces en instrumentos, que ha visto, del apellido Peña que era el segundo de su Abuela paterna, siguiendo la práctica o abuso de usar de los apellidos de Abuelas, tíos o parientes:

Que aunque no hace memoria de haver conocido a los Abuelos paternos está bien asegurado de que fueron el Capitán y Governador Militar Dn. Bernabé García de Medina y Dª Elena de Salazar, como de que eran vecinos de otro lugar de Chipude y naturales, el primero de otro lugar y la segunda del Valle de Hermigua.

Que conoció a los Abuelos Maternos del otro pretendiente que lo fue Dn Antonio de Llarena Carrasco, natural de El Realejo partido de La Orotava en la Isla de Tenerife y Dª Teresa de Salazar natural del Valle de Hermigua en esta Gomera, y estuvieron avecindados en este Valle hasta que murieron, habiendo venido este Dn Alfonso de la Isla de Tenerife a casarse con la citada Dª Teresa por ser una y otro de las familias más esclarecidas en estas Islas.

Y que eran tales padres, hijos y Abuelos como llevo dicho, es público y notorio, sin cosa en contrario, pero mayor comprobación se remita a las partidas que se hallarán en las parroquias de Chipude y Hermigua, y a los testamentos que también estaban en ellas, o en el oficio de vecinos de esta Villa, si no se han extraviado algunos instrumentos como generalmente ha sucedido por las repetidas invasiones que ha havido en esta Ysla, en las que se extraviaron muchos papeles.”

EPÍLOGO

Murió José García de Llarena en 1793, a los 44 años de edad, en la Villa de La Orotava. Su viuda lo abrevivió hasta 1817 en que falleció a los 64 años.

El matrimonio tuvo tres hijos:

– José Rafael Blas Miguel Bartolomé García Benítez de Ponte y Cuevas Lugo y Arias de Saavedra (1789-?), el cual murió a edad temprana.

-Miguel Rafael Florentín García Benítez de las Cuevas, IX Señor de Alegranza (1790-?) se casó el 26 de abril de 1813 con Úrsula María de Gracia Manuela Francisca de Urtus-Áustegui ( -1815).

-María del Rosario Rafaela Ramona Juliana García Benítez de las Cuevas (1793 – 1832), que murió soltera.

Entre sus nietos, estaba el X Señor de Alegranza, José Bernabé Miguel Rafael García Benítez de las Cuevas Ponte Alzola y Angulo Arias de Saavedra (1812-?).

Como he dicho antes, el mayor interés de este legajo es la cantidad de información colateral sobre la vida cotidiana en la isla de La Gomera. Se alargaría mucho este artículo si incluyera esos sabrosos datos que el lector interesado puede encontrar en la novela La isla transparente.

Una valoración agridulce sobre Antonio Ruiz de Padrón, publicada en Filadelfia

Antonio Ruiz de Padrón, por Manuel Mora Morales.

Le Brun fue un liberal reformista que conoció en primera persona los dos períodos constitucionales españoles de principios del siglo XIX. Cuando Fernando VII cerró las Cortes de Madrid, Le Brun marchó a Filadelfia y se convirtió en ciudadano estadounidense. Allí se desempeñó como Intérprete del Gobierno de Pensilvania, al tiempo que traducía unos libros y escribía otros.

Dentro de una serie de sátiras sobre diputados españoles que publicó en Filadelfia, en el año 1826, he encontrado un texto referido al canario Antonio Ruiz de Padrón.

Ciertamente, Ruiz de Padrón sale bien librado en esta sátira, si la comparamos con las de sus compañeros de Cortes [1], pero el analfabetismo ilustrado y la altanería de Le Brun deforman su vida y su figura de manera tan injusta para el canario como desacreditadora para el propio autor.

Le Brun no tiene otra alternativa que reconocer los méritos de Antonio Ruiz de Padrón en frases como las siguientes, que he marcado con cursiva en el artículo:

Merece sin duda el agradecimiento público, porque era de los que no querían diezmos, señoríos, mayorazgos, estancos, inquisición ni frailes; …

Escribió una memoria sobre la gloria de Cádiz, en que obran también sus deseos de cariño a éste pueblo más que su instrucción, que sin embargo resalta en el escrito. [¿Se puede escribir un comentario más absurdo?]

El señor Padrón ha hecho más todavía, ha seguido el consejo de Horacio, se ha atrevido a saber, sapere aude, que en España éste solo conato necesita más valor que el que sería necesario, para emprender solo su conquista con una caña, pues es exponerse a ser despreciado, perseguido, befado, tratado como loco, y tenido por impío, digno del fuego de este mundo y del otro. El señor Padrón ha arrostrado todos estos peligros, y ha adoptado, a pesar de ellos, nuevo plan de instrucción, –el idioma de la razón,– y el de la religión y la política ...

No obstante, la mayor parte del artículo lo dedica a desprestigiar al personaje insistiendo en una premisa disparatada: que su instrucción es tardía, refiriéndose al aprendizaje de las habilidades políticas; como si ello fuera causa de deshonra, en el caso de que hubiera sido cierto. Al mismo tiempo, confiesa apreciar al canario por su decisión y amor a la causa de la libertad

Por otra parte, sorprende mucho que Le Brun, residente en Filadelfia y conocedor del Dictamen contra la Inquisición, no dedique una sola frase a la estancia de Ruiz de Padrón en esa ciudad durante el período constitucional de los Estados Unidos. La explicación para este lapsus es simple: el autor tuvo que escamotear este hecho, porque contradecía su afirmación sobre la inexperiencia política de Ruiz de Padrón. He aquí el artículo entero:

“RUIZ–PADRON.

Liberal de buena fe, y sacerdote, que es cosa rara. Aunque transpiraba todavía en su estilo e ideas algo de escolasticismo teológico, su conducta en las cortes constituyentes, de que fue miembro, fue muy consiguiente a los principios liberales, que eran de moda en aquel congreso, siempre que se hablaba en él ó se discutía. Lo que es el lenguaje no tiene que hacer, que fue liberal, –y aun los deseos, parece que se podría también asegurar, que lo eran en parte, salvas las reliquias que precisamente habían de dejar la educación y los hábitos.

La falta mayor estaba en las cabezas, que se deslumbraron con los primeros libros que leyeron, y con el retrato de la libertad, que no tiene duda que es seductor, –en un si es no es de egoísmo y propio negocio– otro poquito de manía de figurar, algo también de petulancia, que ya se sabe que salta por sí misma á. las primeras levadas del saber, en que cree el hombre haber hecho un descubrimiento desconocido a los demás, y se engríe y ridiculiza –en ….– pero el señor Ruiz Padrón pudo (¿quién sabe?) participar de algunos de estos defectos, porque era hombre, fraile, clérigo, teólogo y escolástico; mas él se aficionó de corazón al liberalismo; y hubiera sido con el tiempo un liberal puro, como Dios quiere las almas. Su discurso sobre la Inquisición, que imprimió por separado, dice cosas buenas; pero el descrédito e infamia de la Inquisición, mejor que en lo que ha hecho, se ha de buscar, y está en lo que es; en su naturaleza mejor que en sus acciones; en la filosofía mejor que en los cánones. El señor Padrón tiene instrucción (tardía acaso,) pero la tiene; mas ya hace muchos días que dijo un filosofo, que el saber consiste en pensar, y no en leer. Merece sin duda el agradecimiento público, porque era de los que no querían diezmos, señoríos, mayorazgos, estancos, inquisición ni frailes; pero en el no querer, como en el querer, hay también su carta de más y su carta de menos; por que hay bienes, que son males por las circunstancias, y males que son bienes; porque preparan el bien y evitan males mayores; por esa razón se ha dicho siempre, que lo mejor es el mayor enemigo de lo bueno. El señor Padrón dio un salto extraordinario de la teología a la política, y se encontró en un nuevo mundo de repente, que lo llenó de confusiones. Objetos nuevos, idioma nuevo, principios nuevos, vistas nuevas, nuevo sol, nueva luz, nuevo mundo, nuevos hombres y todo nuevo. La teología le hacía todavía cosquillas en medio de este universo desconocido para él hasta entonces; y se escapaba, sin sentir, a los principios y al lenguaje del país, en que había nacido y se había criado. No podía echar de su entendimiento toda esa broza como se echan las tentaciones de la voluntad, contentándolas; se hubieran irritado más por este medio. Era menester tiempo para aclimatarse en el nuevo país de la política y de la libertad; y se veía, y se deseaba, para cumplir con sus deseos y con sus antiguas propensiones. Trabajaba, sí señor, trabajaba para conseguirlo; y no parecía ya nada de lo que era él había sido; pero no había pasado todavía de la clase de aficionado.

¡Es mucha obra la de arrancar de raíz de una cabeza todas las ideas que se han identificado con ella desde la niñez; y más, si se las han dado revueltas con Dios y el diablo! Hasta que lo llegue a lograr el señor Ruiz–Padrón, es acreedor a nuestro reconocimiento y a nuestro elogio por sus deseos y por sus esfuerzos. Escribió una memoria sobre la gloria de Cádiz, en que obran también sus deseos de cariño a éste pueblo más que su instrucción, que sin embargo resalta en el escrito. Se echa siempre menos. en sus memorias y discursos el espíritu de análisis y de filosofía. Su educación teológica y claustra es un obstáculo para adquirirlo, que le ha de costar mucho trabajo vencer. Ha ganado toda la cabeza, donde tiene que trabajar; está en su cerebro, en sus obras, en sus sentidos, en todo su sistema fisiológico, y no es fácil darle ya un nuevo temple con deseos solamente y con libros. No hemos dado tan francamente nuestra opinión sobre el señor Padrón, a quien apreciamos por su decisión y amor a la causa de la libertad, sino porque queríamos desengañar al público sobre la diferencia que hay entre saber y querer saber, y entre comenzar y concluir.

Sus discursos, y sus escritos estamos seguros, de que abonarán nuestra opinión, y serán a nuestro favor unos testigos imparciales. Siempre es, y será un fenómeno entre los frailes y eclesiásticos uno que quiera libertad, ––que abandone su estrafalaria y ridícula instrucción–– y que haga voluntariamente su entrada solemne en el mundo de los hombres, de la naturaleza, y de la razón. El señor Padrón ha hecho más todavía, ha seguido el consejo de Horacio, se ha atrevido a saber, sapere aude, que en España éste solo conato necesita más valor que el que sería necesario, para emprender solo su conquista con una caña, pues es exponerse a ser despreciado, perseguido, befado, tratado como loco, y tenido por impío, digno del fuego de este mundo y del otro. El señor Padrón ha arrostrado todos estos peligros, y ha adoptado, a pesar de ellos, nuevo plan de instrucción, –el idioma de la razón,– y el de la religión y la política, que se hermanan, y contradecía su antigua educación, que le quisiera todavía trabar hoy, para que adelantara poco o nada en el camino de la verdad, que es el de la sabiduría; pero él la resiste con una constancia, que aumenta Fernando por irritación con sus persecuciones, destierros, y castigos.”

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NOTA

[1] Un ejemplo de la dureza de su sátira, más cruel que justificada, es la siguiente, referida al político liberal catalán Antonio Capmany Suris.

CAPMANY.

Anciano Catalán, escritor célebre por la parte del castizo lenguaje castellano, que se le resbalaba sin embargo alguna vez, y se escapaba a Francia. Diputado de Cortes con dos opiniones, una pública y otra secreta; pero que se traslucía, como hija de clérigo, y realmente era eclesiástica y servil; aunque la pública era liberal por temor de las galerías, y por ver si podía contrapesar el crédito que tenía Argüelles entre los voceadores y palmadistas.

Era el domine de las Cortes y el maestro de ceremonias del castellano de los decretos. Una P. o una R. hacían alguna vez el objeto de sus discursos; y un pretérito perfecto o un gerundio entretenía otras a las Cortes un largo rato.

A fuer de escritor tenía vergüenza de no pasar por más que todos en el Congreso, y hacía esfuerzos ridículos para lograrlo. Por este motivo era alguna vez gracioso, otras valiente, siempre con fondos de cobarde, despreocupado a su turno también con fondos de fanático, y siempre jugando su afectada maestría en el lenguaje, que, como hemos insinuado, no dejaba de ser gálico algunas veces.

Los literatos no tenían lugar en su corazón, solamente porque lo eran, y porque no eran él. En fin tenía en lo político, en lo social y en lo literato cosas de hombre mayor. No hizo bien ni mal a la causa, y se cree por algunos, que lo trataron con inmediación, que habiendo muerto de mucho mas de 70 años, todavía, creía en duendes.

Presentación de la novela “Nuestro Ruiz de Padrón: Canarias”

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Canarias es una novela sobre  Antonio Ruiz de Padrón, un canario que fue  principal artífice de la desaparición de la Inquisición española.
Antonio José Ruiz de Padrón nació en San Sebastián de La Gomera (Islas Canarias), en 1757, y murió en Villamartín de Valdeorras (Orense), en 1823. Su vida se convirtió en un apasionante viaje por diversos países, ideas y movimientos religiosos, políticos y sociales de los siglos dieciocho y diecinueve. Esta figura puede considerarse, junto a la del escritor Benito Pérez Galdós, como la más relevante de su archipiélago natal.
Ningún otro personaje canario ha sido tan conocido y reconocido fuera de las islas. Fundamentalmente, su fama se debe a su labor como Diputado, en las Cortes de Cádiz, para lograr la derogación del Voto de Santiago y la abolición de la Inquisición Española. Aun siendo sacerdote, logró ambos objetivos. El resto de su vida transcurrió de manera novelesca.
Canarias, se inicia con la llegada a Tenerife del joven Antonio José Ruiz y Armas –no adoptaría los apellidos Ruiz de Padrón hasta varios años más tarde–. A los quince años entró en la Orden de San Francisco e inició los estudios sacerdotales en la ciudad de La Laguna, capital de Canarias.
Su relación con los ilustrados tinerfeños y su entrada como socio destacado en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife determinaron un rumbo vital que le llevó a ser testigo presencial y, a veces, protagonista de los más relevantes movimientos históricos de su tiempo, en un increíble periplo por los Estados Unidos, Cuba y buena parte de Europa.

Los personajes que desfilan por la novela son de todo tipo y condición. Algunos juegan papeles muy secundarios, pero otros se agigantan y son parte esencial del relato histórico, por su cercanía a Ruiz de Padrón o por la trascendencia de su intervención en los procesos sociales, políticos e, incluso, artísticos que tuvieron lugar a finales del siglo dieciocho y principios del diecinueve, o en los dos o tres siglos anteriores.

En resumen, “CANARIAS” es una novela histórica escrita con la intención de que fuera intensa, amena y, sobre todo, divertida. Junto a la historia principal, he recuperado decenas de semblanzas y anécdotas que espero cautiven al lector tanto como me cautivaron a mí cuando las conocí.
“CANARIAS”  contiene una parte importante de nuestra Historia. Una parte imprescindible que nadie debería desconocer, y no solamente los canarios, sino los españoles y latinoamericanos, cuyas sociedades se conformaron, en buena parte, a partir de las importantes acciones llevadas a cabo por el protagonista de esta obra.
Por otra parte, las Islas Canarias constituyen un enorme puchero que lleva siglos cocinándose en siete ollas sobre el mismo fuego. Lenguas, folklores, filosofías, oficios, libertades, represiones, razas, creencias, comportamientos sociales y culturales de todo tipo son algunos de los ingredientes. En consecuencia, de vez en cuando, parece saludable levantar las tapas de los calderos, mirar, probar cómo va el guiso, averiguar qué se ha estado cociendo…
Precisamente, esta es la propuesta de la novela “CANARIAS”, conducida por un personaje singular: Antonio Ruiz de Padrón. Su fantástica vida puede servirnos de crisol para entender no sólo zonas desconocidas de la historia, sino los mecanismos que la mueven.
Mirar a Canarias, a España y al mundo, metiéndonos en los zapatos de Ruiz de Padrón, propicia un examen de la realidad desde posiciones racionales, al tiempo que posibilita un análisis sereno sobre cuándo, por qué, cómo, desde dónde y hasta dónde ha evolucionado cada uno de los elementos que conforman nuestro contexto social. Me gustaría compartir este punto de vista con ustedes: esta es la razón principal de haber escrito Canarias.

DATOS TÉCNICOS DE LA NOVELA
Título: Canarias
Autor: Manuel Mora Morales
Colección: Nuestro Ruiz de Padrón
Editor: Editorial Malvasía
Interior: 520 páginas en papel ahuesado
Cubierta: todo color
ISBN en papel: 978-84-938983-8-0
ISBN e-book: 978-84-938983-9-7
Encuadernado: tapa dura

ALGUNOS PERSONAJES DE LA OBRA

•    Antonio Ruiz de Padrón, diputado doceañista, artífice de la derogación de la Inquisición.
•    José de Viera y Clavijo, autor de la Historia de Canarias.
•    José Clavijo, autor de El Pensador, traductor, etc.
•    José Clavijo, autor de El Pensador, traductor, etc.
•    Johann Wolfgang von Goethe, autor que escribió la obra “Clavijo” sobre José Clavijo.
•    Domingo García Abreu, artífice del nombramiento como diputado de Ruiz de Padrón.
•    Ignacio Llarena, clérigo, tío del Fernando Llarena y amigo de Domingo García.
•    Fernando Llarena, diputado doceañista canario.
•    Amaro “Pargo” Rodríguez Felipe, pirata canario.
•    Alonso Fernández Benítez de Lugo, conquistador de Tenerife.
•    Lope Antonio de la Guerra, autor de unas famosas Memorias.
•    Fernando de la Guerra, ilustrado que fue presidente de la RSEAPT.
•    Benjamín Franklin, padre de la patria norteamericana y científico.
•    Tomás de Nava y Grimón, fundador de la Real Sociedad Económica de Tenerife.
•    José Blas Ruiz y Armas, hermano de Antonio Ruiz de Padrón.
•    Fernando de Molina y Quesada, ilustrado canario.
•    Cristóbal del Hoyo, el aventurero marqués de San Andrés.
•    Juana del Hoyo, famosa por sus tertulias.
•    Agustín de Bethencourt, ingeniero canario.
•    Marquesa de Pompadour, famosa madama parisién.
•    Domenico Caracciolo, abolió Inquisición en Sicilia.
•    Juan Martín El Empecinado, guerrillero español contra Napoleón Bonaparte.
•    Javier de Miranda, hermano de Francisco Miranda.
•    Francisco de Miranda, precursor y libertador de Venezuela.
•    Juan Rodríguez de la Oliva, pintor canario, famoso retratista de vivos y de cadáveres.
•    Varios obispos de Canarias que tuvieron destacadas intervenciones.
•    Juan de Iriarte, gramático procedente del Puerto de la Cruz con altos cargos en la Corte.
•    Tomás de Iriarte, fabulista, sobrino de Juan de Iriarte.
•    Pascual de Sossa, marino canario que indirectamente produjo una guerra con Marruecos.
•    James Cook, famoso marino inglés que hizo escala en Tenerife.
•    William Bligh, capitán que sufrió el motín del Bounty y llegó a Canarias junto a Cook.
•    Jacinto Mora, tío de Ruiz de Padrón que se destacó en La Habana.
•    Baltasar Ruiz, padre de Ruiz de Padrón, nacido en El Hierro y casado en La Gomera.
•    Miguel Álvarez de Abreu, obispo canario de Oaxaca.
•    Obispo Servera, famoso obispo con sede en Las Palmas.
•    Carlos III, rey de España que intentó renovar las estructuras económicas.
•    Fernando VII, nieto de Carlos III que traicionó a su país.
•    Manuel García Herreros, diputado desterrado a La Gomera, amigo de Ruiz de Padrón.
•    Juan Duns Escoto, teólogo irlandés conocido como Doctor Sutil.
•    Matías Rodríguez Carta, tratante de tabaco con gran poder económico.
•    Capitán General de Canarias Juan Mur.
•    Capitán General de Canarias Miguel Fernández de Heredia.
•    Capitán General de Canarias Eugenio Fernández, marqués de Tabalosos.
•    José Antonio Abreu Bertodano, canario, académico de la Lengua.
•    Matías de Gálvez, Gobernador de Nueva España que pasó muchos años en Tenerife.
•    Bernardo de Gálvez, gobernador de Luisiana, criado en Tenerife.
•    Tomás de Saviñón, ilustrado canario, regidor del Cabildo de Tenerife.
•    Manuel Pimienta y O., impulsor de la Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife.
•    Jean-Charles de la Borda, francés encargado de experimentos científicos en Canarias.
•    La Capitana, famosa prostituta canaria del siglo XVIII.
•    Antonio Domínguez Alfonso, famoso curandero canario en Madrid, protegido por el rey.
•    Diego Hernández Remiendos, padre del Médico de Monagas.
•    Andrés Médico de Monagas, curandero antepasado del marqués del Buen Suceso.
•    Andrés Amat, encargado por Galvez de la recluta de colonos canarios para Luisiana.
•    Pedro de Mesa Benítez de Lugo, autor una disparatada biografía sobre Santo Domingo.
•    Álvaro Pérez, autor que propone enseñar español a los indios con sólo doce hombres.
•    Pedro Álvarez, visitador del rey enviado a Canarias para controlar el pago de impuestos.
•    Bernardo de Iriarte, alto diplomático canario en la guerra contra Inglaterra en 1779.