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Shakespeare contra Cervantes: KO en el primer asalto

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Nos han anunciado por tierra mar y aire que se cumplen cuatrocientos años de la muerte de dos genios de las letras: Cervantes y ShakespeareShakespeare y Cervantes. A pocas semanas de finalizar 2016, va llegando la hora de analizar estas conmemoraciones y, con sólo fijarse un poco, se ve que son notables las diferencias entre una conmemoración y otra.

Shakespeare escribió poesía y teatro; Cervantes, novela y teatro. No hace falta decir que la producción dramática y lírica del primero fue superior a la del segundo y que las novelas de don Miguel superaron a las de don William, por la sencilla razón de que el inglés no escribió ninguna. Hasta aquí creo que existe consenso general, excepto en algún español carvernícola y carpetovetónico, que haberlos haylos todavía.

LAS SOSAS EXPOSICIONES SOBRE LITERATOS

Conmemorar cualquier faceta de un escritor, aunque sea su muerte, tiene sus complicaciones. Sólo hay que observar el escaso éxito de las exposiciones sobre cualquier literato. La cuestión es por qué se utiliza este canal, en lugar de otros más apropiados para la difusión de la literatura y de sus artífices, los literatos. Nada es más aburrido que acudir a una sala para ver unos cuantos papeles viejos que casi no se pueden leer, cuadernos amarillentos por el tiempo de los que sólo nos muestran una o dos páginas, alguna pluma, un tintero, una silla o un escritorio, una boina quizás o unas gafas,… En fin, una colección de objetos que no tienen más ídem que llenar algunas vitrinas y justificar una obligada conmemoración. En el caso de Cervantes, ni siquiera eso.

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Vivienda de Cervantes, en la calle Real de Alcalá de Henares.

Es cierto que en su casa de Alcalá de Henares he visto una pequeña cola de visitantes dispuestos a pagar para entrar dentro de sus muros. La pregunta es obvia. ¿Qué puede aportar a un admirador de Cervantes contemplar unos cuartos viejos y algún mueble destartalado?

En mi opinión, solamente la satisfacción de contarle a la familia y a los amigos que “entré en la casa de Cervantes”, como si eso justificara que jamás pasara de la primera página de El Quijote, en el caso de que la haya leído completa.

No tengo nada en contra de que cada uno entre donde quiera, y donde lo dejen entrar, pero tengo la seguridad de que los escritores y las exposiciones son incompatibles, no casan. Las exposiciones son para que los artistas plásticos nos muestren su obra, no para ver folios garabateados ni orinales viejos.

AI WEIWEI Y MIGUEL DE CERVANTES, ¿COLEGUITAS?

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Cartel de la exposición sobre Cervantes con Ai Weiwei en Cuenca.

Esa incompatibilidad la demuestra otra exposición, que todavía en estos días se anuncia a bombo y platillo en las emisora de radio y televisión, titulada “La poética de la Libertad”, dedicada a Cervantes y “decorada” por Ai Weiwei y los llamados pintores informalistas, en la catedral de Cuenca.

Hace unos días, aprovechando un viaje de trabajo a Madrid, me desplacé hasta esa ciudad, con la intención de contemplar lo expuesto por el artista chino, cuya obra admiro desde hace años. Pero no debí haber ido.

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Maravillosa catedral de Cuenca, donde tuvo lugar una exposición de muy bajo interés.

Me compensó la catedral gótica de Cuenca, que en los días despejados se convierte en una auténtica antorcha solar alimentada por la luz que filtran las vidrieras.

También me sentí reconfortado por la obra de dos canarios que participan en la reducida muestra colectiva de pintores informalistas: un fantástico cuadro de Millares y una extraña y bella escultura de Chirino que roba al aire sus espirales y las derrama por el suelo.

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Obra de Chirino.

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Los autores informalistas de las ocho obras expuestas.

En cuanto a la obra Ai Weiwei, confieso que no me gustó, a pesar de que casi toda su producción me parece genial. En esta instalación, titulada S.A.C.R.E.D., se evidencia un narcisismo excesivo e innecesario para denunciar la falta de libertades en su país: seis cajas metálicas (que deben medir unos 5 m de largo, por 2 de ancho y 1,5 de alto) colocadas dentro de otra caja grande, a manera de contenedor.

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Cajas de la instalación de Ai Weiwei.

Dentro de cada una de estas cajas, se encuentran tres esculturas que representan a Ai WeiWei y a un par de policías chinos, cuyo estilo recuerda los juguetes infantiles de hace unos años. Nos cuentan escenas de la detención del artista, siempre custodiado por sus dos guardianes, incluso cuando entra a hacer sus necesidades.

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Interior de una de las cajas de la exposición de Ai Weiwei.

El espectador puede ver todo esto, que está iluminado por una luz fluorescente, utilizando una mirilla colocada en cada caja. No hay nada alegórico: todo tiene un tratamiento realista: todo gira en torno a Ai Weiwei, quien se presenta como el héroe encadenado, cual reencarnación de John Lenon sin Yoko Ono en la cama del hotel Ritz.

CERVANTES, EN LA PAPELERA

¿Y Cervantes? Su presencia en esa exposición se reduce a cuatro frases en paneles que tratan de justificar una exposición que no visita nadie. En realidad, ¿qué otra cosa se puede hacer para conmemorar a un novelista con una exposición?

Quizás, habría que olvidarse de las exposiciones sobre escritores y de los que viven de montarlas y de conmemorar sus vidas y sus muertes. Quizás, sería más útil popularizar sus libros en emisoras, periódicos, escuelas y universidades.

Naturalmente, hay otras opciones. Me viene a la memoria una visita realizada hace años a la casa de Máximo Gorki, en Heringsdorf (isla de Usedom), donde una actriz contaba de manera fantástica cinco o seis veces al día uno de los cuentos del autor ruso.

Aunque no he tenido la suerte de asistir a alguna representación (excepto un descabellado intento de escenificar El Quijote, que no puedo decir que vi sino que dormí), sé que en este año se han realizado escenificaciones de obras dramáticas de Cervantes. El ruido mediático por esas puestas en escena ha sido poco; y es comprensible, puesto que la muerte de William Shakespeare en el mismo año de 1616 ha actuado como sordina para la obra teatral cervantina.

SHAKESPEARE HASTA EN LA SOPA

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Shakespeare en el Teatro Nacional de Lisboa, en 2016.

Las representaciones de las obras de Shakespeare han sido abundantes y de todo pelaje. He sufrido unas y he disfrutado otras, como la espléndida puesta en escena, en el Teatro Real de Madrid, de la ópera Otelo, de Verdi, inspirada en el drama shakesperiano del mismo nombre (un drama que, por cierto, no se construye sobre los celos de Otelo, sino sobre las insidias de Yago que envenenan el corazón del protagonista); la escenificación de Ricardo III, llevada a cabo en un patio del espectacular castillo del Conde de Niebla, a pocos kilómetros de Palos de la Frontera; la deconstrucción de Romeo y Julieta, en el Teatro Nacional de Lisboa, por los “Artistas da Companhia Nacional de Bailado” de Portugal; la derivación cómica de Macbeth, dentro de las Noches del Fonseca en la Universidad de Salamanca; etc.

En todas estas representaciones la afluencia de público fue numerosa y, como sucedió en el caso de Otelo, en ocasiones las entrada se agotaron varias semanas antes.

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Basta mirar este cartel para comprobar que las obras de Shakespeare han sido más representadas que las de Cervantes, incluso en España, durante el año 2016.

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COMPARACIONES ODIOSAS, COMPARACIONES NECESARIAS

En definitiva, se ha conmemorado sobradamente a William Shakespeare y obligada y solapadamente a Miguel de Cervantes. Es posible que a un novelista no se le pueda sacar tanto partido mediático y popular como a un dramaturgo, pero no es menos cierto que existen ciertos países donde las instituciones públicas consideran una molestia celebrar efemérides culturales de verdadera importancia, mientras otros saben sacar partido a las suyas.

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El Teatro Real de Madrid anuncia la ópera Otelo.

Si alguien desea comparar, sólo tiene que recordar los fastos llevados a cabo en 1992, para conmemorar la llegada a América de los españoles, y la paupérrima celebración que se está llevando a cabo sobre Miguel de Cervantes.

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Estatua de Miguel de Cervantes que preside un parque en Alcalá de Henares.

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La “Desgarrada” portuguesa: animada, divertida y picante

La Desgarrada es una canción popular de Portugal en la que dos cantadores van repentizando o improvisando, desafiando al contrario y respondiéndose, igual que se hace con el Punto Cubano. No obstante, el Punto Cubano se canta en décimas mientras que la Desgarrada utiliza cuartetas.  Un par de acordeones suelen poner el fondo musical a los cantadores.

A las Desgarradas, que también se les denomina Cantares ao Desafio o Cantigas ao Desafio, son cantos animados, muchas veces picarescos y siempre humorísticos, se suelen interpretar por todo el país en reuniones hogareñas, de amigos y en las fiestas de los pueblos, aunque también se puede encontrar en muchos festivales folklóricos.

Entre sus más afamados cantantes se encuentran Augusto Canário y Quim Barreiro, sin olvidar mi amigo el lisboeta Tony Banza que recorre las calles con su potente voz y su guitarra portuguesa (lo puede ver y escuchar en este enlace: http://www.youtube.com/watch?v=eadtlJCwQFc).

También, la Desgarrada puede tener su punto lírico, como sucede en la siguiente estrofa, recogida en un trabajo etnográfico de 1927, en que una mujer contesta así a su contrincante, que la había llamado pecosa:

Vós chamais-me lentejosa,
Foi Deus servido eu tê-las;
Também o céu é bonito,
E mais tem suas estrêlas!

Usted me llama pecosa;
sea Dios servido las tengo.
¡También el cielo es bonito
y aún tiene sus estrellas!

Hace unos años, Portugal presentó la Desgarrada en la UNESCO como candidata a ser declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad (como lo fue el Silgo gomero), sin embargo, se rechazó la candidatura porque el término abarcaba un ámbito demasiado grande. Esto se refería a que hay otros cantos portugueses que tienen la misma denominación aunque se interpretan en forma de fados, acompañados por guitarra portuguesa y viola.

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Oporto encuentra a Tabucchi: una visión subjetiva

Los portugueses le dicen, simplemente, Porto, es decir, Puerto. Y nadie puede presumir de conocer la ciudad si antes no ha cruzado sus puentes sobre el río Duero y subido los casi 250 fatigosos escalones de la Torre de los Clérigos para contemplar los tejados que componen un maravilloso tapiz bermejo bajo el cual bullen el arte, la literatura, el vino, la gente, el bacalao asado y, naturalmente, los famosos callos de Oporto.

Me refiero a los mismos callos que nombra trece veces Antonio Tabucchi en su novela La cabeza perdida de Damasceno Monteiro. Siendo italiano, a Tabucchi le dio por escribir historias situadas en Portugal: Sostiene Pereira la desarrolló en la Lisboa fascistoide de los años treinta y La cabeza…, en el Oporto de la última década del siglo XX.

Firmino reflexionó e intentó tomar aliento. Hubiera querido decir que a él Oporto no le gustaba, que en Oporto se comían sobre todo callos al estilo de Oporto y que a él los callos le provocaban náuseas, que en Oporto hacía un calor muy húmedo, que la pensión que le habían reservado sería sin duda un lugar miserable con el baño en el rellano y que se iba a morir de melancolía.

La redacción de la novela y el caso real del cual Antonio Tabucchi extrajo la historia pertenecen a la década de 1990. El asunto que conduce al protagonista, un periodista llamado Firmino, a Oporto es la aparición de un cuerpo humano sin cabeza, encontrado por un gitano cuando había salido a mear por fuera de su chabola, en la orilla del río Duero. No hay rostro y, por tanto, el misterio y la noticia están servidos.  El plumilla odia a Oporto y se aloja en la pensión de doña Rosa, por recomendación impositiva del director de su periódico.

La cena era a las ocho, y aquella noche el plato era callos al estilo de Oporto.

[…] Eran casi las dos de la tarde. No tenía ganas de ponerse a buscar un restaurante. Quizá pudiera comer algo en la pensión de Doña Rosa. Siempre que el plato del día no fueran callos.

El italiano Tabucchi es –más bien era, porque murió el 25 de marzo de 2012– poseedor de una prosa ágil, cercana al lenguaje cotidiano de sus lectores, capaz de arrastrar al lector, página tras página, hasta el final de cada historia sin que el libro se le caiga de las manos. Tabucchi no se hace pesado ni cuando maneja, de forma reiterativa, tópicos como el de los famosos callos de Oporto.

Firmino colgó y marcó inmediatamente el número del periódico, mirando las notas que había tomado en el cuaderno. Preguntó por el director, pero la telefonista le pasó con el señor Silva.

 —Alló, Huppert —respondió Silva.

 —Soy Firmino —dijo Firmino.

 —¿Están ricos los callos? —preguntó en tono sarcástico Silva.

 —Escuche, Silva —dijo Firmino subrayando bien el nombre—, ¿por qué no se va a tomar por culo?

Al otro lado hubo un silencio, y luego el señor Silva preguntó con voz escandalizada:

—¿Qué has dicho?

—Ha oído usted bien —dijo Firmino—, y ahora póngame con el director.

Ya he mentado la Torre de los Clérigos, que no puedo recordar sin asociarla a la catedral de San Pedro, en el Vaticano, a la catedral de Ulm, en Alemania, y a otros monumentos criminales que me han torturado las pantorrillas con cientos de escalones dispuestos con las más aviesas intenciones contra los pobres visitantes. También Tabucchi, en su metódico acercamiento a la ciudad, menciona esta singular edificación.

Compró un platito de barro cocido en el que una mano ingenua había pintado la torre de los Clérigos. Estaba seguro de que a su novia le iba a gustar.

A veces, el interés de una ciudad, incluso de una ciudad con tantos tesoros arquitectónicos como Oporto, puede estar en un humilde balcón del que cuelgan unas humildes prendas.

La verdad era que Oporto conservaba ciertas tradiciones que en Lisboa se habían perdido: por ejemplo, algunas vendedoras de pescado, pese a que fuera domingo, con las cestas de pescado sobre la cabeza, y además las llamadas de atención de los vendedores ambulantes que le trajeron a la memoria su infancia: las ocarinas de los afiladores, las cornetas graznantes de los verduleros. Atravesó Praga da Alegria, que era en verdad alegre como su nombre rezaba. Había un mercadillo de tenderetes verdes donde se vendía un poco de todo: ropa usada, flores, legumbres, juguetes populares de madera y cerámica artesana.

Por Oporto tuvo que pasar mi ilustre paisano Antonio Ruiz de Padrón, camino de Cádiz, para tomar posesión como diputado doceañista, en el mes de diciembre de 1811. Ruiz de Padrón sería el adalid de aquellas Cortes gaditanas para la abolición de la Inquisición española. En el mismo libro, Tabucchi no resiste la tentación de traer a colación el tema inquisitorial.

Dio un enorme suspiro y un caballo respondió con un respingo de fastidio.

 —Hace muchos años, cuando era un joven lleno de entusiasmo y cuando creía que escribir servía para algo, se me metió en la cabeza escribir sobre la tortura. Volvía de Ginebra, entonces Portugal era un país totalitario dominado por una policía política que sabía cómo arrancar una confesión a la gente, no sé si me explico. Tenía bastante material autóctono para estudiar completamente a mi disposición, la Inquisición portuguesa, y empecé a frecuentar los archivos de la Torre do Tombo. Le aseguro que los refinados métodos de los verdugos que han torturado a la gente durante siglos en nuestro país tienen un interés muy especial, tan atentos a la musculatura del cuerpo humano que fue estudiada por el noble Vesalio, a las reacciones a las que pueden responder los nervios principales que atraviesan nuestros miembros, nuestros pobres genitales, un perfecto conocimiento anatómico, todo ello hecho en nombre de una Grundnorm que más Grundnorm no puede serlo, la Norma Absoluta, ¿comprende?

—¿O sea? —preguntó Firmino.

 —Dios —respondió el abogado—. Aquellos diligentes y refinadísimos verdugos trabajaban en nombre de Dios, de quien habían recibido la orden superior; el concepto es básicamente el mismo: yo no soy responsable, soy un humilde sargento y me lo ha ordenado mi capitán; yo no soy responsable, soy un humilde capitán y me lo ha ordenado mi general; o bien el Estado.

O bien: Dios. Es más incontrovertible.

 —¿Y no escribió nada después? —preguntó Firmino.

 —Renuncié.

Las antiguas estampas nos muestran el auge de este puerto comercial en siglos pasados, cuando salían innumerables buques cargados de aceite de oliva, frutos secos y, sobre todo, el famoso vino de Oporto que llegaba a gran parte de Europa y América..

Será porque en un tiempo me dediqué a escribir guías turísticas, pero lo cierto es que no las soporto. El estilo soso, propio de un inspector de hacienda o del secretario de un obispo, con que redacta la mayor parte de los autores de guías (probablemente, mal que me pese, debería incluirme yo mismo en este saco) tiene la virtud de ponerme los nervios de punta. Convierten los lugares en cadáveres literarios que terminan por perder todo el encanto que podría haberles encontrado descubriéndolos por mí mismo que es, al fin y al cabo, para lo que se visitan las ciudades.

Prefiero mil veces perderme y dejar de conocer el museo más importante de una urbe a saber, antes de subirme al avión, lo que voy a encontrar a la vuelta de todas las esquinas. Cuando visito una nueva ciudad, ninguna lectura me gusta más que una novela que se deslice por sus calles, plazas, comidas, costumbres, anécdotas,… de una manera viva, palpitante, chispeante, amable o sarcástica, como hizo mi apreciado spaguetti literario, el desgraciadamente desaparecido don Tabucchi. He aquí dos párrafos de una de las crónicas enviadas por Firmino a su diario de Lisboa, en la que utiliza el vino para introducir un cadáver:

“El escenario de esta triste, misteriosa y, podríamos añadir, truculenta historia es la alegre y laboriosa ciudad de Oporto. Efectivamente: nuestra portuguesísima Oporto, la pintoresca ciudad acariciada por suaves colinas y surcada por el plácido Duero. Por él navegan desde los tiempos más remotos los característicos Rabelos, cargados con barriles de roble, que llevan a las bodegas de la ciudad el precioso néctar que, elegantemente embotellado, emprenderá camino hacia los lejanos países del mundo, contribuyendo de esta manera a la fama imperecedera de uno de los más apreciados vinos del planeta.

Y los lectores de nuestro periódico saben que esta triste, misteriosa y truculenta historia se refiere nada menos que a un cadáver decapitado: los miserables restos mortales de un desconocido, horrendamente mutilados, abandonados por el asesino (o por los asesinos) en un terreno agreste de la periferia, como si se tratara de un zapato viejo o de una olla agujereada.”

El protagonista de La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, como se dijo, odiaba Oporto; pero su creador le va cocinando el gusto a fuego lento, como si se tratara de una olla de callos, hasta que termina por enamorarse de esta ciudad espléndida de puentes, castillos, iglesias y estaciones de ferrocarril.

Descubrió un viejo libro que hablaba de cómo la ciudad, un siglo antes, se comunicaba con el mundo. Echó una ojeada al capítulo que trataba de los periódicos y de los anuncios publicitarios de la época. Descubrió que a principios del siglo XIX existía un periódico que se llamaba O Artilheiro donde aparecía este curioso anuncio: «Las personas que deseen enviar paquetes a Lisboa o a Coimbra utilizando nuestros caballos, pueden depositar la mercancía en la estafeta de Correos situada frente a la Manufactura de Tabacos». La página siguiente estaba dedicada a un periódico que se llamaba O Periódico dos Pobres y en el que aparecían gratuitamente los anuncios de las casquerías, puesto que estaban consideradas de utilidad pública. Firmino sintió un arrebato de simpatía por aquella ciudad hacia la que había experimentado, sin conocerla, cierta desconfianza. Llegó a la conclusión de que todos somos víctimas de nuestros prejuicios y que, sin darse cuenta, a él le había faltado espíritu dialéctico, esa dialéctica tan fundamental a la que Lukács daba tanta importancia.

En fin, no es mi intención convertir esta página en un anuncio de los libros portugueses de Tabucchi, por mucho que me gusten sus obras.

Sin embargo, he de confesar que la combinación de Oporto y Tabucchi me entusiasma de igual manera que Lisboa y Pessoa, Buenos Aires y Borges o La Habana y Carpentier. Las ciudades y los escritores forman casales en las mentes de los viajeros con afición a la lectura, de igual manera que los músicos y los grandes festivales en el imaginario de los melómanos.

100 imágenes curiosas sobre libros (Tercera parte)

¿Quién encontraría una encuadernación más adecuada para “Las místicas islas del los mares del Sur” de O’Brient?

Biblioteca del Real Gabinete Portugués de Lectura. La imagen habla por sí sola.

Para “moderna”, esta Biblioteca Pública de Seatle, en los Estados Unidos.

Érase un libro a un reloj pegado,
érase un reloj superlativo,…

Esta página comienza de una forma muy habitual: “Yo nací en una pequeña ciudad en las afueras de Chicago.” y finaliza sin grandes innovaciones literarias: “Estoy buscando un lugar donde realmente pueda dejar mi huella.” La originalidad radica en que logró su propósito, como es evidente.

Y usted también puede conseguirlo, siguiendo las instrucciones que se ofrecen en esta página: haga click aquí.

El libro se encuadernó con forma de estrella y, de paso, sin principio ni fin, como aquella obra imposible a la que hacía referencia Jorge Luis Borges.

Una portada genial para una novela autobiográfica e inclasificable.

Fotografiar letras como se fotografían estrellas puede proporcionar una portada que exprese el dinamismo de un objeto que sube. Por ejemplo, un ascensor que conduzca al cadalso.

¿Es una silueta femenina o es el cielo al atardecer? Aquí el espectador sólo puede tener una seguridad: el pájaro es el pájaro. Excelente portada como introducción a unos textos sobre la mujer surrealista.

Un libro excéntrico, tanto por su material como por el diseño.

Si alguien buscaba la esfera de los libros, ya ha llegado a ella.

El terremoto de Lisboa y las centrales nucleares

Terremoto de Lisboa, en 1755.

El terremoto de Lisboa ocurrió el día 1 de noviembre de 1755 y puede repetirse en 2011, o en cualquier otro año. Tuvo una duración aproximada de cinco minutos y magnitud 9 en la escala de Richter, es decir, más largo e intenso que el sobrevenido recientemente en Japón (8,8 e.R. y 2 minutos).

En Lisboa hubo también un maremoto y perecieron cien mil personas. ¿Qué habría sucedido si en esa ocasión hubieran habido centrales nucleares en España, Portugal, Marruecos o en cualquiera de los archipiélagos cercanos? ¿Y qué sucedería hoy, si se repitiera el seísmo, en una época en que sí existen esas centrales atómicas? ¿Están esas centrales preparadas para resistir un fenómeno de esta clase?

DATOS

Terremoto de Lisboa, en 1755.

Algunos datos complementarios nos ayudarán a comprender que las respuestas a las anteriores cuestiones no serían tranquilizadoras, en modo alguno, si los expertos institucionales las manifestaran con honradez y sin tapujos.

Lisboa padeció tres tsunamis con una altura máxima de 35 metros (frente a los 10 metros de Japón) y las consecuencias se sintieron en toda Iberia, en el Norte de África y en los países europeos del Mediterráneo. Por ejemplo, en Ayamonte (Huelva) murieron 1.000 vecinos y en Cádiz el mar se retiró 2 km y desaparecieron 500 personas.

Incluso, en el continente americano golpearon las tres grandes olas.  En Canarias los efectos del cataclismo no pasaron desapercibidos, si bien no revistieron gravedad. Aparte de una anécdota referida a que las calles de Las Palmas de Gran Canaria quedaron llenas de peces cuando se retiró el mar, actualmente los geólogos afirman que las dunas de Maspalomas se formaron a raíz de este fenómeno telúrico.[1]

Como curiosidad documental, en las notas de este artículo incluyo una carta que el Comandante General de Canarias envió al Ministro de Estado, informando de las consecuencias del maremoto.[2]

LA REFLEXIÓN: VOLTAIRE FRENTE AL OPTIMISMO

Lo acaecido en Lisboa, donde también se produjeron incendios catastróficos durante cinco días, alentó a los europeos a realizar una reflexión sobre la catástrofe sufrida. Lo mismo sucede en estos días con el terremoto de Japón. Los desastres nos conducen a buscar explicaciones a lo ocurrido y a cavilar sobre las consecuencias futuras si se repitiera una manifestación de naturaleza similar. En el siglo XVIII, no sólo sirvió para que los arquitectos se plantearan reforzar los edificios, sino que filósofos de prestigio dedicaron muchos esfuerzos a poner la cosas en claro. Uno de ellos fue Voltaire que trató ampliamente sobre el terremoto de Lisboa en su Poème sur le désastre de Lisbonne y en el Cándido. El ilustrado francés clamaba contra aquéllos que abogan por aceptar la tragedia como un mal irremediable y enviado por designio divino: “Caed, morid tranquilos” que ya habrá quienes levanten los palacios destruidos y si prestáis atención a las leyes generales, veréis que todos vuestros males no son sino algo bueno, venía a decirnos el genial filósofo parodiando a Leibniz, Wolf y otros pensadores cercanos a las tesis optimistas, es decir, el nada puede ser mejor porque en ese caso sería de otra forma.

Les tristes habitants de ces bords désolés
Dans l’horreur des tourments seraient-ils consolés
Si quelqu’un leur disait: «Tombez, mourez tranquilles;
«Pour le bonheur du monde on détruit vos asiles;
«D’autres mains vont bâtir vos palais embrasés;
«D’autres peuples naîtront dans vos murs écrasés;
«Le nord va s’enrichir de vos pertes fatales;
«Tous vos maux sont un bien dans les lois générales;
«Dieu vous voit du même œil que les vils vermisseaux
«Dont vous serez la proie au fond de vos tombeaux. ‘,
A des infortunés quel horrible langage!
Cruels, à mes douleurs n’ajoutez point l’outrage.

Non, ne présentez plus à mon cœur agité;
Ces immuables lois de la nécessité,
Cette chaîne des corps, des esprits, et des mondes.
O rêves de savants! ô chimères profondes!

Sin embargo, Voltaire no se resigna ante el mal generalizado, sino que eleva su voz contra las esperanzadas tesis leibnitzianas sobre los justos castigos que debe sufrir el hombre por haber nacido culpable.

Leibnitz ne m’apprend […],
pourquoi l’innocent, ainsi que le coupable,
Subit également ce mal inévitable.

Voltaire deja al descubierto la falta de respuestas sobre las causas teleológicas de la catástrofe. Los por qué de tanto sufrimiento inútil no los pueden contestar los hombres, ni las rocas ni cualquier otra entidad natural. Tampoco los revela un hipotético Dios que guarda silencio. Ante ello, el filósofo concluye que frente a esta realidad avasalladora y cruel, no cabe esperar ninguna respuesta; sino que al ser humano le queda, únicamente, la esperanza.

Un calife autrefois, à son heure dernière,
Au Dieu qu’il adorait dit pour toute prière:
«Je t’apporte, ô seul roi, seul être illimité,
«Tout ce que tu n’as pas dans ton immensité,
«Les défauts, les regrets, les maux, et l’ignorance.
Mais il pouvait encore ajouter l’espérance.

CÁNDIDO Y LO NUCLEAR

En realidad, el discurso habitual que en estos días se escucha, en referencia al desastre nuclear de Japón, no dista demasiado de los enunciados de Leibnitz: las consecuencias dañinas de la energía nuclear hay que aceptarlas con una sonrisa porque son compensadas con el bien general de una generación de energía necesaria para la humanidad. De manera que debemos resignarnos ante la catástrofe humana que pueda sobrevenir en un futuro próximo, porque no está en nuestras manos remediarla. Agotados sus discursos sobre la inocuidad de la producción de energía nuclear por fisión, insisten ahora en su irreversibilidad, como un hecho consumado; tan consumado como el fatal mordisco de Adán a la manzana que nos hace nacer a todos manchados por el pecado y merecedores de sufrir castigos sin límites para expiar la culpa.

Estamos viendo cómo la inmensa mayoría de los gobiernos no dan un solo paso atrás en sus planes energéticos nucleares ni dejan margen para la esperanza en un mundo apto para la sobrevivencia saludable de las especies vivas, incluida la humana. Un cuarto de milenio después del terremoto de Lisboa, el pensamiento institucional no ha logrado salir de las espirales leibnitzianas y caracolea con su discurso optimista para justificar el sufrimiento humano. Únicamente han sustituido la figura de Dios por la Economía. El resto, sigue los mismos patrones escleróticos.

A pesar de todo, y pese a todos los que se empeñan en robárnosla, aun quedan jirones de esperanza. Con el terrenoto de Lisboa finalizó una forma de pensar. Con el de Japón, es posible que también el pensamiento avance otro paso, corte otras alambradas, nos acerque más a lo razonable que es labrar nuestra huerta, como bien dice Voltaire en la metáfora del párrafo final de su novela Cándido.

Toda la compañia aprobó tan loable determinacion; empezó cada uno á exercitar su habilidad, y el cortijillo rindió mucho. Verdad es que Cunegunda era muy fea, pero hacia excelentes pasteles; Paquita bordaba, y la vieja cuidaba de la ropa blanca. Hasta fray Hilarion sirvió, que aprendió con perfeccion el oficio de carpintero, y paró en ser muy hombre de bien. Panglós decia algunas veces á Candido: Todos los sucesos estan encadenados en el mejor de los mundos posibles; porque si no te hubieran echado á patadas en el trasero de una magnífica quinta por amor de Cunegunda, si no te hubieran metido en la inquisicion, si no hubieras andado a pié por las soledades de la América, si no hubieras pegado una buena estocada al baron, y si no hubieras perdido todos tus carneros del buen pais del Dorado, no estarías aquí ahora comiendo azamboas en dulce, y alfónsigos. Bien dice vm., respondió Candido; pero es menester labrar nuestra huerta.

Primera página del Poema de Voltaire.


[1] Conclusiones derivadas del la realización del proyecto Estudio Integral de la Playa y Dunas de Maspalomas, según Ignacio Alonso Bilbao, doctor en Ciencias del Mar en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria e integrante del equipo de investigadores que participó en el citado estudio.

[2] “Muy s[eño]r. mío: habiendo llegado a estas Islas las noticias de los estragos que causó el terremoto que se sintió en esa Corte y en otras partes, la mañana del día primero de noviembre me ha parecido preciso dar aviso a V[uestra]. E[xcelencia]. de n[uest]ra. felicidad en esta tragedia p[ar]a. que la participe al Rey.

El citado día, como a las once de la mañana, estando el mar en tranquilidad, se elevaron las gradas del muelle, pero no fue tanta esta avenida que se hiciese notable a todos, ni causó en este puerto y sus costas otro efecto que admirar a los pocos que advirtieron esta novedad.

En esta misma Isla, por la costa que llaman las Bandas del Norte, fue mayor la elevación de las aguas y notoriamente advertida con algún sobresalto de todos los habitadores de este paraje, pero sin estrago.

En la isla de Gran Canaria se experimentó igual movimiento del mar y los habitadores de su principal ciudad estuvieron viendo desde los balcones y cercanías de la marina esta repentina hinchazón de las aguas en la misma hora y con el mayor asombro, y mucho más cuando vieron que, retiradas ocho o diez minutos, volvieron con mayor impulso sobre los no tocados límites en la antecedente invasión, repitiéndose hasta tres veces en aquella Isla esta gran novedad, pero sin estrago ni otra circunstancia digna de notarse, y sólo en el Puerto principal de esa Isla, nombrado el Puerto de la Luz, distante una corta legua de la ciudad, se vio entrar el mar e inundar la ermita que allí había de Nuestra Señora de la Luz, y habiéndose retirado como un tiro de pistola dentro de su antiguo límite, descubrió el casco de un navío, de cuyo naufragio no hay memoria, y dejó la ermita llena de pescado.

En las islas de Fuerteventura y Lanzarote se experimentó el mismo movimiento, pero también sin estrago; sólo que en la última se arruinaron unas salinas de que se proveían aquellos naturales.

Habiendo sabido por las cartas de España, y otras de diferentes partes de la Europa, lo casi universal que fue el temblor de tierra del referido día y la catástrofe que padecieron muchos pueblos y, lo que es más triste, innumerables personas, hemos dado a Dios repetidas gracias con la mayor solemnidad, a las que di yo principio el día del Apóstol San Matías, y continuó este pueblo y todos los de esta Isla con la mayor devoción, porque habiendo llenado este día la Europa de asombro, horror y tragedia, nosotros por la misericordia de Dios solo tuvimos asunto que admirar, pero no con circunstancias que nos despertaran el miedo.

Es cuanto ha ocurrido digno de participar a V[uestra].E[xcelencia]. En estas Islas y sus mares.

Dios guarde a V[uestra].E[xcelencia]. Santa Cruz de Tenerife, marzo, 6 de 1756

Al exmo. Sr. D. Ricardo Wal.”

Documento citado por Luis Alberto Anaya Hernández: Un tsunami en Canarias. Revista Canarii, nº 7, diciembre de 2007, Fundación Canaria Archipiélago 2021, Las Palmas de Gran Canaria.

CADA SEGUNDO. A propósito de Lisboa

A veces, pasamos sobre el tiempo como si fuese viña vendimiada, dejándonos atrás las joyas que nos ofrece cada segundo, sin percibir siquiera su presencia. Aramos el día, como si arásemos agua. Pasamos cinco, ocho o diez horas en nuestro puesto de trabajo creyendo que poco puede ofrecernos la vida en ese intervalo. Camino de casa no se nos ocurre comprobar si en la radio están poniendo una nueva joya musical o si en el árbol de la acera se ha posado un pájaro que nunca habíamos visto, y jamás  paramos cuatro minutos para buscar algo inesperado en las nubes, en la hierba o en el asfalto. El resto del día transcurre con la misma monotonía y ya pueden aparecer dos lunas en el cielo que la noche está reservada para ver el televisor.

Igual nos sucede cuando salimos de paseo o visitamos alguna ciudad donde encontramos músicos callejeros. Poca gente decide parar, menos aún escucharlos con atención y raro es quien entabla conversación con ellos. La mayoría les da un tratamiento de mendigos. Los ignora como si fuesen objetos molestos o les tira una moneda de diez céntimos sin oírlos siquiera.

Conocido es el caso de Joshua Bell, aquel famoso violinista de Washington, que hace tres años se puso a tocar, con su Stradivarius de 3 millones de dólares, un concierto de Bach en el metro y no recogió más de un par de dólares sin que recibiese otra felicitación que la de una mujer que lo había escuchado en la Congress Library. Por la noche, ofreció el mismo concierto en un auditorio abarrotado por un público que había pagado las entradas a precios exorbitantes. Le aplaudieron a rabiar muchas de las personas que por la mañana lo habían mirado con desprecio. ¿No será esto lo que se llama falta de ignorancia?

Me gustan los músicos de la calle. No puedo resistirme a escucharlos, a fotografiarlos o filmarlos, cuando llevo una cámara. Los considero uno de los tesoros que me depara la vida a cambio de muy poca cosa: tomar conciencia de que existen y pueden ser fantásticos. No podría decir ahora cuántas fotos u horas de filmación tengo guardadas sobre personas que interpretan su música en la calle, pero son muchas. Algunos de esos minutos están ocupados por el vídeo que he insertado en esta página.

Se trata de Toni Banza y un amigo, dos fadistas que conocí hace varios años en la Lisboa nocturna y a quienes he filmado más de una vez, siempre con el proyecto de realizar con ellos una tournée por Portugal, tomando el camino del Norte. Ahí están; en la calle, con el frío y la humedad del invierno lisboeta, ofreciendo, a quien desee escucharles, dos excelentes voces cargadas de sentimiento y tradición. No son mendigos, sino artistas muy dignos.

Yo soy un pobre aprendiz en el cultivo del tiempo. Muchas veces, como Bolívar, tengo la sensación de que los surcos se cierran demasiado rápido. Se me escapan no sólo segundos, sino horas completas sin que les arrebate alguna prenda o logre encontrarles el corazón. Ahora bien, cada vez consigo saborear más los frutos que busco en los intersticios del día: una palabra, una sonrisa, una melodía, un sabor nuevo, una caricia, una magdalena nostálgica, una brisa o un estremecimiento. Y, por qué no, una tristeza.