Un relato sobre niños enterrados en un monasterio español

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Monasterio de Cabeza de Alba.

El reciente hallazgo de niños enterrados en un monasterio irlandés está suponiendo un escándalo internacional. Desde hace siglos, monjas y frailes han mantenido relaciones sexuales cuyos frutos han ocultado bajo tierra para evitar el escándalo. A pesar de la hipocresía y del secretismo del clero católico, estas vergonzosas historias de aberraciones sexuales y criminales de la Iglesia van saliendo a la luz pública.

En el año 2010, visité el monasterio de Cabeza de Alba y su actual propietario me mostró el patio donde su perro encontró varios huesos de recién nacidos que habían sido enterrados hacía más de un siglo. El suceso, algo acicalado literariamente, lo incluí en un capítulo de mi novela “El diputado de Filadelfia”, publicada hace unos meses.

El siguiente extracto ofrece una idea de ese extraviado convento, cuya principal misión era la de servir de prisión inquisitorial y que fue expropiado a la Iglesia Católica por las desamortizaciones liberales del siglo XIX. Allí estuvo preso el sacerdote canario Antonio Ruiz de Padrón por haber sido el principal partícipe del derribo de la Inquisición española en las Cortes de Cádiz.

“Cabeza de Alba. Martes 27 de abril de 2010

El propietario de Cabeza de Alba

Había dejado de diluviar y caía una llovizna casi imperceptible. Comenzaron a ladrar dos perros enormes que correteaban libremente de un lado para otro. Nos determinamos a montar la cámara de vídeo bajo un gran paraguas, pero sin alejarnos mucho del coche. Después, se presentó un tipo con una máquina de fumigar a la espalda. Se acercaba caminando de lado con evidente disimulo hasta que le dijimos buenos días y él respondió que buenos.

–¿Usted vive aquí?

–Sí, soy el propietario.

–¿Muerden los perros?

–No, mientras ustedes estén cerca de mí no les va a pasar nada.

Vestía blusa negra, pantalones de camuflaje y botas del ejército. Nos saludó mientras miraba con curiosidad la cámara, cuyo tamaño denotaba que no éramos simples turistas que grababan recuerdos para mortificar a los amigos.

Al rato, cuando se dio por satisfecho con nuestra conversación amigable –por fin Deliana había dejado de reír y se comportaba como la psicoanalista educada que era–, nos invitó a pasar y a beber una cerveza.

Aceptamos de buen grado. Atravesamos el patio junto a unas ruinas que él atribuyó al devastado convento de las monjas. Caminamos delante del cuerpo principal del edificio, cuya tercera planta estaba casi a ras de suelo y luego bajamos por un caminito a la zona inferior del antiguo monasterio, donde había instalada una modesta cocina. Allí nos sentamos a charlar sin prisas, con la convicción de que el hombre estaría encantado con nuestra compañía si vivía solo en aquellas peñas desapacibles.

Una cárcel bajo los almendros

Nos relató una historia familiar que explicaba por qué residía en el solitario monasterio. Tenía veintisiete años, había nacido en Stuttgart y era hijo de emigrantes leoneses. Su padre ganaba un buen sueldo como empleado en una empresa de demoliciones durante el día y como copartícipe de un pequeño bar de tapas llamado Mafalda que abría al oscurecer y se había convertido en un negocito muy rentable.

Pero, cuando murió el socio de su padre, a éste se le había metido en la cabeza comprar el monasterio, porque se hallaba cerca de su lugar de nacimiento y, además, se había contagiado de los ideales bucólicos de sus clientes que en aquellos momentos se encontraban en la frontera que separa lo hippie de lo alternativo. Durante unas vacaciones en su pueblo, le ofrecieron esta propiedad muy barata y la compró. Se trajo a la familia: la madre, él y varias hermanas, y todos se pusieron a restaurar cuanto pudieron, a cultivar la tierra con viñas, almendros, cerezos,… y a pastorear un rebaño.

Con su permiso, monté la videocámara sobre un trípode y me puse a filmar aquella apacible escena compuesta por el monasterio, los perros y el rebaño de ovejas. En la zona más próxima del convento sólo quedaban unos pocos muros en pie. El edificio principal lo formaban tres plantas más o menos conservadas. El campanario, que sobresalía de las otras edificaciones, también se encontraba en buen estado. Algo más abajo, en un huerto al borde del barranco, había un estanque y un inmueble de unos ocho metros2 de longitud, destinado a corral de ovejas. Aquí y allá contemplé restos de muros que debieron de pertenecer a varias construcciones.

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Un anuncio de prensa da cuenta de una pensión concedida a un lego del convento de Cabeza de Alba, como indemnización por la desamortización llevada a cabo por el gobierno de la época.

–Me llamo Álber –se presentó mientras nos abría los botellines de cerveza–. Soy el único miembro de la familia que ha decidido permanecer en Cabeza de Alba como pastor.

–Yo soy Deliana. Vivo en Madrid desde hace años y la verdad es que estoy encantada de haber llegado con vida aquí arriba.

–Manuel Mora –dije con la mano extendida que Álber se apresuró a estrechar–. Vine al monasterio porque me interesa la historia de un personaje que estuvo aquí prisionero.

–¿Eres periodista? –me tuteó en un tono amable que invitaba a corresponderle.

–No, nada de eso –le contesté–. Únicamente necesitaba conocer este lugar porque escribo un libro sobre la historia de ese prisionero.

Mientras hacíamos las presentaciones había dejado de llover por completo y una bruma espesa comenzaba a cubrir aquel paraje. Permanecimos un minuto en silencio con nuestros botellines en la mano.

–Me quedé solo cuando mi viejo murió hace cuatro años –Alberto comenzó a hablar despacio y marcaba las pausas con sorbos de su cerveza–. Mis hermanas se fueron a vivir con sus maridos. Ahora tengo sesenta ovejas, un viñedo que procuro cuidar bien y bastantes almendros.

–Y dos plantas de marihuana –Deliana señaló con su dedo índice los raquíticos hierbajos que apenas sobresalían de una pequeña maceta.

–Si un día crecen, puede ser que me las fume –contestó Álber con desparpajo–, pero me apetece más mirarlas. Yo prefiero la cerveza.

Su padre construyó una vivienda amplia y bien acondicionada dentro del monasterio. Alberto la mantenía limpia y en buenas condiciones. La electricidad procedía de paneles solares.

–No me quiero ir de aquí. Me encuentro a gusto con mis cosas y disfruto de esta tranquilidad que sólo interrumpen las visitas de los familiares que vienen a comer corderos. Pocas veces se presenta algún amigo o tengo que ahuyentar a los senderistas atrevidos que tratan de robarme las cerezas.

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El periódico irlandés The Irish da cuenta del macabro hallazgo.

Contó también que durante un tiempo vivió allí el propio Tomás de Torquemada –algo improbable, puesto que este inquisidor general pertenecía a la Orden de Santo Domingo y no a la de San Francisco– y que durante la etapa final del convento en el primer inmueble residían monjas y en el segundo, frailes.

–Estos edificios estaban rodeados por cárceles secretas de la Inquisición, las cuales fueron enterradas para borrar sus huellas antes de que los franciscanos abandonaran el monasterio a causa de la desamortización del siglo XIX –recordé haber leído en el periódico monárquico La Esperanza, fechado en 1865, que se indemnizaba a un lego de apellido Calvo por su condición de religioso exclaustrado–. ¿Veis esas huertas con almendros? Pues se encuentran sobre los muros de la prisión inquisitorial. Se aprovecharon algunas de sus celdas para construir un estanque y sé de buena tinta que en ellas permaneció preso un importante noble leonés encarcelado por el Santo Oficio.

Quizás Alberto no estuviera equivocado respecto a la encarcelación de ese noble; sin embargo, por los datos que me ofreció, imaginé que con el paso de los años algún campesino debió de confundir a Ruiz de Padrón con un aristócrata leonés y de ahí procedía el probable error. En todo caso, opté por guardar silencio. Ahora, más bien creo que esa información la extrajo de una lectura errónea de un manuscrito.

Observé que el joven había relajado las naturales barreras que se levantan ante gente desconocida y comenzaba a entrar en confianza, gracias al desenfado con que lo trataba Deliana, la cual sólo era algunos años mayor que él.

Los cráneos infantiles

–Terminamos de beber las cervezas. Nos presentó a su viejo burro, Marianín, y nos condujo a unas ruinas donde se hallaba el antiquísimo busto de un fraile esculpido en piedra. Se apoyó sobre la pétrea cabeza y señaló hacia el patio bajo.

–Allí encontré el año pasado varios esqueletos de niños. El perro se había puesto escarbar y desenterró algunos huesos y cráneos. Yo profundicé un poco más con la azada. Surgieron otros restos pequeños, pero dejé de cavar porque sentí miedo de encontrar un cementerio de bebés. Como te dije, los frailes y las monjas vivían cerca,… Incluso, hicieron un pasadizo que unía los dos edificios por las ventanas más altas. Mira, allá arriba.

Ya nos marchábamos. Álber nos acompañó al terraplén donde habíamos dejado el coche. Deliana le prometió traer un par de cajas de cerveza en nuestra próxima visita.

–Cuidado con la bajada –me recomendó–. El piso de esta pista es muy resbaladizo y si te sales de la carretera vas a parar al fondo del precipicio. No te distraigas ni un momento porque los socavones son muy traidores.

Le dimos la mano, subimos al automóvil y puse la marcha atrás con intención de dar la vuelta, pero Alberto me detuvo con un gesto perentorio.”

Extracto de la novela “El discurso de Filadelfia”, de Manuel Mora Morales. Editorial Malvasía, 2016, Islas Canarias, pp 38-42.

Todos los derechos reservados.

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Caracciolo, Ruiz de Padrón y Carlos III

Domenico Caracciolo, marqués de Villamaina, quien, siendo embajador en Inglaterra, le escribió a su rey para contarle que en Gran Bretaña había encontrado dos salsas y veintidós religiones

Domenico Caracciolo, marqués de Villamaina, quien, siendo embajador en Inglaterra, escribió a su rey para contarle que en Gran Bretaña había encontrado dos salsas y veintidós religiones

He dedicado algunos artículos a Domenico Caracciolo, un curioso personaje del siglo XVIII que nació en Extremadura, se crió en Italia y se convirtió en un importante diplomático en Londres y París. Estaba al servicio del rey de Nápoles y le cabe el honor de haber derogado la Inquisición en Sicilia.

También lo he incluido en dos capítulos de mi última novela, “Canarias”, la cual trata de la vida del artífice de la derogación de la Inquisición en España. Me refiero a Antonio José Ruiz de Padrón, diputado en las Cortes de Cádiz, en representación de las Islas Canarias. Mientras su actuación en Sicilia le sirvió a Caracciolo como trampolín para iniciar una brillante carrera política, la intervención de Ruiz de Padrón tuvo como consecuencia que un tribunal eclesiástico le condenara a prisión perpetua en un lugar inhóspito: el monasterio de Cabeza de Alba.

Veamos, pues, quién era Domenico Caracciolo, .

Palacio Real. Madrid
Martes 19 de noviembre de 1782

Cuando el rey Carlos III se encuentra solo en su cámara se convierte en Carlos. Un hombre que pelea muy duro para que no lo aplaste el peso de la corona borbónica heredada. Su gran problema es que no sabe cómo lograr que Carlos III logre los objetivos de Carlos. Su gran preocupación es no dar un paso en falso que pueda poner en peligro el objetivo de ilustrar España.

No puede concederse debilidades pero a veces necesita un descanso que suele encontrar en la caza y la lectura.

Sobre una mesa está el ejemplar de junio del Mercure de France. Sus ojos tropiezan con una carta debida a la pluma de Domenico Caracciolo. ¡Vaya si lo recuerda! Un hombre feo pero inteligente que se había ganado la amistad de su hijo Fernando.

Página del "Mercure" (París, 1782) sobre la Inquisición en Sicilia.

Página del “Mercure” (París, 1782) que menciona la Inquisición establecida en los reinos de Sicilia y Nápoles.

Fernando IV, rey de Nápoles, el año pasado nombró a Caracciolo virrey de Sicilia: algo que ya estaba dando que hablar en toda Europa. Los ojos de Carlos recorren nerviosamente el Mercure. En principio la misiva había sido dirigida por Caracciolo a su amigo D’Alembert y al poco tiempo veía la luz pública. Tras los prolegómenos afirma el virrey de Sicilia que

«[…] el 27 de ese mes, Miércoles Santo, que siempre se recordará en este país, el Rey Fernando IV ha abatido al terrible monstruo. Yo mismo he asistido como testigo a este gran espectáculo, acompañado por el arzobispo, por el juez representante de la monarquía, por el maestro de armas, por el Senado de la ciudad y por los Jefes de la magistratura.

Todo el mundo reunidos alrededor de mí con muchos otros personajes que los guardias han dejado pasar.

En presencia de oficiales y familiares del Santo Oficio, el Secretario del Gobierno ha leído el Decreto de abolición firmado por el Rey Fernando. Si quiere que le diga la verdad, mi querido amigo, me sentí conmovido y me puse a llorar: es la única vez que he dado a gracias a Dios por estar lejos de París y servir de instrumento para esta gran obra.

Después de la ceremonia he ordenado eliminar inmediatamente todos los escudos de armas del Tribunal de la Inquisición y en particular la mano que empuña la espada que estaba en la entrada con el lema: Deus, judica causam tuam.

A continuación, yo deseaba abrir las cárceles con el fin de poner en libertad a los prisioneros: allí me encontré con tres mujeres de avanzada edad, que con falta de humanidad habían acusado de brujería, y las he enviado de vuelta a sus hogares. Todo este importante procedimiento que podría haberse visto perturbado, fue llevado a cabo con gran sosiego e incluso se escucharon vivas gritados con mucho sentimiento.»

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También cuenta la carta cómo Caracciolo ordenó que se requisaran todos los archivos inquisitoriales. Carlos deposita el periódico francés sobre la mesa y sirve en una copa su acostumbrado aperitivo de vino Malvasía de Canarias. Su hijo Fernando ha tenido el valor de llevar a cabo lo que él mismo con todo su inmenso poder no se ha atrevido. ¡Qué contradicción! El extremeño Caracciolo ha desmontado el Tribunal en Sicilia y ha puesto a la luz pública su hazaña para mayor gloria de su rey mientras en su patria de nacimiento pocos se atreven a levantar la voz contra el monstruo.

Pero qué se puede hacer en un país con un siglo de atraso cultural si no es crear escuelas y sociedades económicas que reformen las mentalidades medievales. ¿Un golpe de mano como en Sicilia? Quizás. Habría que buscar un Caracciolo capaz de llevar a cabo semejante tarea sin que le tiemble el pulso.

Todo tendría que llevarse a efecto antes de que mi hijo Carlitos suba al trono porque sospecho que él no tiene la fuerza ni el interés necesario para llevar a cabo una tarea de esa envergadura.

No será difícil convencer a los obispos y abades si se coloca ante sus narices un encargo de cien mil misas pagaderas con dinero de la Corona.

En esa partida se podrían incluir las veinte mil misas por su alma que figuran en la última versión de su testamento. Los cinco mil doblones que le guarda su Ayuda de Cámara, Almerico Plini, también se entregarían a los obispos o a ese nuncio del papa que no se sacia jamás con el dinero que sustrae a los más pobres de España a través del Voto de Santiago.

Carlos está convencido de que en esta nación es muy difícil remover cualquier institución religiosa. La experiencia con la expulsión de los jesuitas así lo ha demostrado y por esta razón no se ha atrevido a continuar por ese camino. Precisamente en los últimos años la Inquisición ha ido tomando más y más fuerza en detrimento de los jueces reales.

Ahora –piensa Carlos con cierta envidia– Domenico Caracciolo podrá dedicar todas sus fuerzas a terminar con los abusos del régimen feudal que impera en la isla y a modernizar su economía. Libre de esa espesa telaraña inquisitorial que impide transformar de verdad una sociedad decrépita mi hijo Fernando tiene todas las cartas para convertirse en un rey amado por sus súbditos.

Carlos bebe un sorbo de Malvasía en el preciso momento que en Tenerife el marqués de San Andrés deposita sobre su escritorio un librito que le ha enviado su buen amigo José de Viera y Clavijo con un trabajo sobre Tostado y Torquemada que fue premiado en la Real Academia el día 15 de octubre.

Monasterio de Cabeza de Alba. León
Domingo 26 de noviembre de 1815

Un lego obliga al Dr. Ruiz de Padrón a abandonar la cama y le conduce al oratorio con el fin de que asista a la misa dominical. Oficia el padre guardián asistido por varios frailes. Puede ver a otros ocho presos más arrodillados sin que ninguno vista hábitos franciscanos. El macizo lego que lo ha escoltado hasta allí le señala un rincón donde debe permanecer durante toda la ceremonia. Varios frailes más parecen ejercer de vigilantes para que no haya comunicación entre los prisioneros.

Ruiz de Padrón se arrodilla. Está a punto de caer al suelo porque no le permiten utilizar un reclinatorio para apoyarse. Su debilidad continúa siendo enorme. Por la puerta abierta entran jirones de niebla empujados por ráfagas de aire gélido. El oficiante lee algunos versículos del capítulo 13 del Evangelio según san Marcos:

Videte, vigilate et orate nescitis enim quando tempus sit. Sicut homo qui peregre profectus reliquit domum suam et dedit servis suis potestatem cuiusque operis et ianitori praecipiat ut vigilet. (Estad sobre aviso, velad, y orad: porque no sabéis, quando será el tiempo. Así como un hombre, que partiéndose lejos, dejó su casa, y encargó á cada uno de sus siervos todo lo que debía hacer, y mandó al portero que velase.)

Videte et vigilate –piensa el Dr. Ruiz de Padrón–. Velar y vigilar para terminar con cualquier mensaje de amor es la consigna de la Inquisición española y de cuantos tramontanos apoyan su existencia. Nuestro rey también partió lejos y nosotros hicimos de porteros. Expulsamos al francés y velamos por nuestra nación hasta su regreso. Regresó el rey felón y eliminó a los siervos que vigilaron su casa porque ya no servían a sus despotismos. Qué diferencia con aquel otro Fernando, su tío, rey de Nápoles, que encargó a Caracciolo la tarea de abolir la Inquisición siciliana. Al insigne Domenico Caracciolo que tuvo la ocurrencia de morirse antes de mi viaje a Italia sin que pudiera entrevistarme con él.

De cualquier manera vigilad vigilad vigilad. Sabed que el dueño de la casa nacional no es el rey sino el pueblo. Se impondrá la nación y vosotros caeréis. Como caísteis en Sicilia frente a Caracciolo.

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Foto: Antonia Correa.

Ruiz de Padrón repasa mentalmente la biografía de Domenico Caracciolo, nacido en el año 1715 en Malpartida de la Serena, un pueblillo no tan alejado de Almendralejo en la provincia de Badajoz. Una vecina medio portuguesa llamada María Alcántara Silva Porras lo trajo al mundo en este rincón extremeño. Su padre fue Thomas Caracciolo: un napolitano que había llegado hasta España con el séquito real de Felipe V. Thomas y María viajaron a Italia con su hijito Domenico y vivieron en un pueblo napolitano como marqueses porque realmente lo eran aunque no tuvieran grandes recursos económicos.

Sobre su niñez y adolescencia no hay noticias pero es muy posible que las haya pasado en Villamaina y fuese instruido por el párroco Stefano Pizzuti. A pesar de las limitaciones económicas de su familia pudo desplazarse más adelante a Nápoles y estudiar leyes. Ya con el título de abogado ejerció su profesión como humilde pasante en el Tribunal de Nápoles.

A la muerte de su padre heredó el título de marqués. Aun siendo español por parte materna y por nacimiento siempre se le ha considerado enteramente napolitano. En realidad ser un marqués poco agraciado y sin dinero no es gran cosa en el Nápoles de este siglo materialista. Empero lo que le faltaba en recursos económicos y en belleza física le abundaba en inteligencia donaire y audacia. De sobra sabía que para un miembro de familia aristocrática de segunda fila había dos caminos predestinados: la milicia o la iglesia. No obstante su primer objetivo fue convertirse en juez y no tardó mucho en lograrlo.

Domenico estaba decidido a no perder el tiempo. Se afanaba en completar su formación con los libros franceses que inundaban Nápoles. Pronto alcanzó un puesto encumbrado en la magistratura napolitana. A partir de ahí trató de ascender en la carrera diplomática aprovechando que se necesitaban personas para ocupar cargos de relieve cuando Carlos III se convirtió en rey de España y tuvo que ceder el reino de Nápoles a su hijo Fernando de Borbón.

En 1763 logró ser nombrado embajador napolitano en Londres. Allí se ganó la simpatía de los mejores salones. No había fiesta de prestigio a la que il Caracciolo no fuese invitado. Su cuerpo bajo y rechoncho con un cuello de toro culminado por un cabezón poco agraciado no fue obstáculo para que su compañía estuviera permanentemente solicitada tanto en asuntos políticos como mundanos. Así fue hasta 1770 en que su monarca Fernando IV decidió enviarlo a París. Ciertamente no dominaba tanto el idioma galo como el inglés pero pronto se hizo querer. Tanto las damas como los caballeros le sonreían cuando dejaba caer sus frases ingeniosas engarzadas en un francés bárbaro y pedregoso. Su fama creció sin medida en aquel París de ideales volterianos, pasiones pompadouradas y tertulias espumosas.

Durante su estancia en Italia Ruiz de Padrón se enteró hasta el último detalle de su biografía. Por ejemplo que el ingenioso marqués de Villamaina se le consideró uno de los animadores más brillantes de los salones ilustrados y a nadie le podía extrañar que haya protagonizado más de una anécdota con su Cristianísima Majestad Luis XV. Este hombre de facciones toscas asistía en el año setenta y tres a las sofisticadas tertulias de madame d’Epinay y madame de Géoffrin. Intimó con el enciclopedista d’Alembert y gozó de la amistad de quienes antes admiraba en los libros: compartió opiniones y hasta mesa y mantel con Elvezio: Rainal: Marmontel: el abad Morellet o Saint-Lambert. De cuantos personajes visitaban París con frecuencia decía Il Caracciolo que prefería la compañía de su compatriota el abate Galiani, famoso en Europa por sus sobresalientes escritos.

El preso recuerda que precisamente uno de los sueños de su juventud era viajar a Italia para recibir enseñanzas de Galiani porque su tío fray Jacinto le había contado maravillas de este clérigo.

(Texto extractado de la novela histórica “Canarias”, de Manuel Mora Morales, Editorial Malvasía, 2012)

Reservados todos los derechos de propiedad intelectual, prohibida la reproducción de este texto por cualquier medio.

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En busca del banco ideal

Coímbra.

Coímbra.

Venecia.

Venecia.

Dublín.

Dublín.

Galicia.

Galicia.

Tenerife.

Tenerife.

Filadelfia.

Filadelfia.

León.

León.

París.

París.

Atenas.

Atenas.

Nueva York.Nueva York.

Tenerife.

Tenerife.

Coímbra.

Coímbra.

La Habana.

La Habana.

Atenas.

Atenas.

Tenerife.

Tenerife.

Valdeorras.

Valdeorras.

Tenerife.

Tenerife.

Ponte de Lima.
Ponte de Lima.
Coímbra.

Coímbra.

Tenerife.

Tenerife.

Tenerife.

Tenerife.

Valladolid.

Valladolid.

Valladolid.

Valladolid.

París.

París.

Roma.

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Atenas.

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Corfú.

Corfú.

Barco en el Adriático.

Barco en el Adriático.

Tenerife.

Tenerife.

Tenerife.

Tenerife.

Tenerife.

Tenerife.

Tenerife.

Tenerife.

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Nueva York.

Nueva York.

Nueva York.

Nueva York.

Nueva York.

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Pensilvania.

Pensilvania.

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Pensilvania.

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Pensilvania.

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París.

París.
París.

París.

París.

París.

París.

París.

DÍA DEL LIBRO: LIBRERÍAS DEL MUNDO

Ésta es la salida de emergencia de la librería Acqua Alta, en el corazón de Venecia. Un almacén de libros viejos y nuevos, en español, italiano, alemán, inglés, francés,… Libros: amontonados éstos, ordenados esos otros, y aquéllos subiendo desde el suelo hasta el techo e impidiendo, casi, el paso de los clientes por los estrechos pasillos de las salas. No es mi idea del paraíso, pero tampoco anda muy lejos.

Hoy es Día del Libro y he desempolvado unas pocas fotos que he ido haciendo a algunas de las librerías que he visitado desde hace un par de años, como particular homenaje a estas empresas que nos han proporcionando, día a día, esos maravillosos objetos que contienen mensamientos, sentimientos, fantasías, deseos,… listos para pasar formar parte de nuestros sueños.

Nuestro Ruiz de Padrón, primera aproximación


Jamás nadie ha llamado tanto mi atención como Antonio José Ruiz de Padrón, el hombre que se enfrentó, a pecho descubierto, a la mayor corporación que existía a principios del siglo XIX: la Inquisición española. ¡Y la venció! Hizo morder el polvo a una terrible institución que poseía temibles instrumentos legales, carcelarios y patibularios, apoyados desde el poder civil, militar y eclesástico.

Su historia, fantástica donde las haya, me ha llevado a trabajar en una película documental y en una novela, cuyo primer tomo se presenta en el mes de mayo, con el título La isla transparente. He puesto en este trabajo toda mi energía y todo mi corazón. Durante años, aquí y allá, he recogido documentación sobre este personaje magnífico y las circunstacias que lo rodearon, desde su nacimiento, en 1757, hasta su muerte, en 1823. Espero que cuando ustedes conozcan su historia –la que han ocultado tan celosamente los enemigos de los derechos humanos– le rindan el homenaje que merecen su memoria y su dignidad.

He subido a la red algunas páginas del libro que se pueden consultar de manera gratuita, haciendo clik aquí. Intentaré ampliar la información, en la medida de lo posible.


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En mayo aparecerá la edición en papel. Ya está disponible en ebook

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LA ISLA TRANSPARENTE, en formato e-book

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