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Cuando el aceite de oliva español era un alimento mortal

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Ya han pasado unos años, pero no tantos como para que esta plaga mortal haya pasado al olvido. No es broma, el aceite de oliva condujo a mucha gente a la tumba, incluso cuando se trataba de aceite virgen extra sin adulterar. Purísimo. Les cuento:
Durante siglos, la Inquisición española, a través de los sermones dominicales de los párrocos, animaba a sus feligreses a denunciar a cualquier judío que se hubiera bautizado y siguiera practicando en secreto el judaísmo.
Los predicadores recomendaban realizar una serie de pesquisas para comprobar estos extremos. Una de las pruebas que debían buscar los buenos cristianos en sus vecinos judíoconversos era si olían a aceite de oliva.
Si se denunciaba a una persona que despidiera ese olor y la Inquisición comprobaba (lo de “comprobar” es un decir) que el denunciado o denunciada consumía aceite de oliva, el castigo podía ser terrible: tortura, cárcel indefinida, procesión vergonzante, latigazos a cientos y, cómo no, la muerte.
Hasta la Inquisición española, tan cruel y arbitraria, tenía cierta lógica dentro de sus despiadados y disparatados principios: sólo a un tonto se le ocurriría consumir aceite vegetal pudiendo saborear la rica manteca de cerdo. ¿Y quiénes, no siendo tontos, se negaba a comerla? ¿Y por qué?
Las razones nada tienen que ver con el colesterol, porque entonces ni se sospechaba que existieran grasas perjudiciales. Las causas fueron otras. Verán, los creyentes de religión judía tienen prohibido comer grasa de origen animal, especialmente de cerdo. Por esta razón el consumo de aceite de oliva sustituía a la manteca animal y, si un vecino cristiano de origen judío la comía, era evidente que seguía practicando el judaísmo en secreto. Es decir, era un “marrano” como se denominaba a estas personas.
Tampoco se escapaban de esta muerte por aceite de oliva los árabes convertidos al cristianismo que, en su huída inconsciente del colesterol, cayeron en la hoguera.
Ya ven cómo cambian los tiempos: los nietos de los que denunciaban el aceite de oliva como signo de maldad, ahora se llenan la boca anunciándolo como el paradigma de todo lo bueno…

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“La muerte del Inquisidor General”, un excepcional relato de António Borges Coelho

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“La muerte del Inquisidor General” es un relato que da título a una obra del historiador portugués António Borges Coelho. Se trata del sexto tomo de “Cuestionar la Historia”, una “saga” que el escritor comenzó a publicar en 1983. Como el resto de volúmenes, contiene un número reducido de páginas –en este caso, 123– con una letra Times de cuerpo 12 muy legible y un generoso interlineado. Son detalles que se agradecen.

La narración principal sólo ocupa 21 páginas –habría merecido algunas más, tanto por su interés narrativo como histórico– y, como ya he dicho, es la que proporciona el título del libro: “La muerte del Inquisidor General”.

El tema a tratar se presenta desde el primer párrafo: el ilustrísimo y reverendísimo Obispo Inquisidor General de Portugal, don Francisco de Castro, de 78 años de edad, se está muriendo en su habitación del palacio del Santo Oficio, ubicado en la plaza del Rossio.

Es el primer día del año 1653. Las recias puertas y las paredes de piedra forradas de tapices tan gruesos como soberbios no son capaces de amortiguar los desgarrados lamentos que suben desde las salas de tortura hasta la lujosa habitación del moribundo. No obstante, no turban al enfermo, acostumbrado durante años a escucharlos con una beatífica sonrisa en los labios. Alabadas sean las muestras de arrepentimiento que salen de los labios de los odiosos judíos que ofenden a Nuestro Señor. Tres veces amén.

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Plaza del Rossio (cuyo nombre oficial actual es Praça de D. Pedro IV), en Lisboa. Ha cambiado poco desde la época del Inquisidor General Francisco de Castro.

A partir de esta escena –descrita de manera milimétrica por Borges Coelho, el cual se ocupa de mostrarnos absolutamente todas las posesiones del clérigo: desde las abundantes joyas de oro y las lujosas palanganas donde lava sus criminales manos cada mañana el Inquisidor General hasta el escupidor de plata y los vestidos fastuosos confeccionados en la India o en Holanda–, el autor nos traslada a la fecha de nacimiento de Francisco de Castro, y nos conduce a velocidad de vértigo por su respetable e ignominiosa vida de ascensos en la pirámide religiosa, inquisitorial y política: tres caras de la misma moneda como tres son las personas de un solo Dios que lo protege. Ya se sabe: lo que está abajo es igual a lo que está arriba.

A finales de la década de 1620, Felipe IV de España lo nombra Inquisidor General de Portugal, a falta de las bulas papales que debería conseguir espiando el funcionamiento de tres importantes inquisiciones portuguesas (Coímbra, Évora y Lisboa) denunciadas por los cristianos nuevos. Naturalmente, don António es consciente, a su vez, de que está vigilado por el Conde Duque de Olivares.

Nada es gratis, aunque uno sea nieto de un virrey portugués. Su trabajo le había costado conseguir que le ofrecieran un empleo tan elevado. Valga este ejemplo de sus encomiables trabajos: sustraer los dineros de la Universidad de Coímbra para entregarlos a la catedral de la misma ciudad sin ser denunciado por gente de fundamento ni mucho menos juzgado. Una tarea complicada que realizó sólo con sus sacrificios personales y la ayuda divina. Tarde o temprano alguien se lo agradecería, tal vez en este mundo, si tenía un poco de fortuna.

No seguiré resumiendo la vida del inicuo y poderoso Inquisidor General, porque mejor y con más propiedad, lo hace Borges Coelho en un libro que juzgo muy interesante, no sólo para quienes estamos “fascinados” por las fechorías de los inquisidores y la complacencia de sus millones de víctimas quienes, como en la obra de Brecht, no se dieron cuenta de que si toleraban que encarcelaran y quemaran a sus vecinos, un día podrían sentir las llamas lamiendo sus propios cuerpos.

El histórico relato de Borges Carvalho nos muestra la dolorosa aunque incontrovertible verdad de que los facinerosos, los fanáticos, los torturadores, los ladrones y los asesinos pueden vivir muchos años rodeados por toda clase de lujos y morir en paz, sosegadamente, en sus cómodos lechos, recibiendo todas las bendiciones de la Iglesia de Dios. Tal como sucedió con el ilustrísimo y reverendísimo Obispo Inquisidor General de Portugal, don Francisco de Castro.

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Acueducto y muralla de Évora. Tal vez, a alguien le pueda interesar la curiosa palmera que se ve a la derecha de la imagen.

En el libro que comento hay mucho más que leer. Por ejemplo, es de gran interés una parte de este VI volumen, dedicada a Évora, una ciudad muy conocida por cuantos han hecho turismo en Portugal. En su universidad renacieron las doctrinas aristotélicas de la mano de Pedro da Fonseca o del jesuita español Francisco Suárez, tan alabado por Leibniz, por haber defendido en su obra “Defensio Fidei” (1613) que el poder de los reyes no proviene de Dios, sino del pueblo, el cual, en caso de tiranía, tiene derecho a rebelarse. Naturalmente, el libro de Suárez fue inscrito con todos los honores en el “Índice” y quemado en la hoguera. Faltaría más.

 

Ruiz de Padrón, foto a foto (6ª entrega: Baltimore, EEUU)

ARPcabecera Ruiz de Padrón (Canarias, 1757-1823, Galicia) viajó por América y por Europa durante parte de los siglos XVIII y XIX. Seguir sus pasos en la actualidad no ha sido sencillo, a pesar de contar con medios de transporte infinitamente más rápidos.

Para novelar su vida (cuatro novelas: La isla transparente, Canarias, El discurso de Filadelfia y El Diputado), durante años, he tratado de recorrer sus mismas rutas en ambos continentes. He aprovechado mis viajes para capturar muchas horas de vídeo y miles de imágenes fotográficas en los lugares que visitó el ilustre personaje. Asimismo, incluyo pinturas y grabados que guardan relación con sus desplazamientos.

En esta serie de páginas virtuales publico las fotografías más interesantes y representativas de esas rutas, sin tener en cuenta un orden cronológico, pero con los comentarios pertinentes para orientar a los visitantes de este blog.

Bienvenidos todos.

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SEXTA ENTREGA

Baltimore (Estados Unidos) 

Ruiz de Padrón también estuvo en Baltimore, en el estado de Mariland, una población que todavía no era la gran ciudad que alcanzó a ser pocos años más tarde, pero que ya tenía gran importancia en el nuevo país, debido tanto a su puerto como a la abundancia de comerciantes y al papel activo que desarrolló en el proceso independentista. 

He incluido óleos y grabados antiguos que ayudan a situarse en la época exacta, es decir, en el último cuarto del siglo XVIII.

Como relata la novela El discurso de Filadelfia (Editorial Malvasía, 2016), Antonio Ruiz de Padrón mantuvo una gran amistad con el que pronto se convertiría en el primer obispo católico estadounidense, John Carrol. Allí también debió conocer a Juan García, un comerciante canario de vinos; a Charles Carroll, un primo del futuro obispo; que está considerado uno de los padres de la patria, a David Poe, el abuelo del poeta Edgar Alan Poe; al famoso corsario Jonathan Plowman Jr…, y otros personajes nacidos o asentados en aquella población con aires irlandeses que había fundado 

Ruiz de Padrón alcanzó fama en los Estados Unidos cuando pronunció su famoso sermón sobre la Inquisición española, denunciando sus abusos y atropellos con una valentía que le valió el respeto de la nueva nación y de sus líderes.

Estas fotos las tomé en Baltimore y también recopilé los grabados mientras investigaba la vida del ilustre personaje para escribir la novela histórica que se ha publicado este mismo año.

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Como se puede apreciar en la ilustración, a mediados del siglo XVIII Baltimore era todavía un pequeño pueblo. Cuando lo visitó Ruiz de Padrón había crecido hasta alcanzar los 13.000 habitantes.

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John Carroll, un ex jesuita que fue el delegado del papa en Estados Unidos y que terminó convertido en el primer obispo de los Estados Unidos. Fue amigo personal de Antonio Ruiz de Padrón.

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En este grabado del siglo XIX ,se puede apreciar el fuerte crecimiento poblacional y portuario experimentado en Baltimore.

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Todavía permanece en pie la mansión de Charles Carroll, primo del obispo Carroll, y uno de los firmantes de la Declaración de Independencia.

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El obispo John Carrol asiste al inicio de las obras de la Basílica de Baltimore, en el año 1806.

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Este grabado muestra cómo prosiguió el desarrollo portuario de Baltimore durante todo el siglo XIX, una ciudad que en el año 1900 ya pasaba del medio millón de habitantes y que en 1960 rozó el millón de vecinos. En la actualidad la población ha descendido a unos 600.000 h.

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Una calle de Baltimore a principios del siglo XX.

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En esta foto se puede apreciar el aspecto animado de las calles de Baltimore en los años treinta.

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Plano del centro histórico de Baltimore, el cual está muy relacionado con su puerto fluvial.

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No sólo hay monumentos en la zona histórica, sino todo tipo de atracciones como un gran acuario, posibilidades de recorrer la bahía en barcas, de pasar un rato en el Hard Rock Café o, simplemente, dar un paseo escuchando a los excelentes músicos callejeros que se sitúan a lo largo de los muelles.

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El Pride of Baltimore II es uno de los hermosos veleros amarrado a los muelles de la bahía Chesapeake de Baltimore.

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Datos sobre el velero Pride of Baltimore II, el cual es una reproducción exacta de un Clipper de 1812.

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Otra perspectiva del mismo Clipper, un velero utilizado para el comercio tanto por su capacidad de maniobra como por su velocidad. En realidad, la palabra inglesa “clip” se utilizaba a principios del siglo XIX como sinónimo de “velocidad”.

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Vieja foto de pescadores en el río.

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Barcos pesqueros fondeados en la bahía de Baltimore.

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La iglesia católica de San Vicente Paúl es la más antigua que se conserva en la diócesis de Baltimore. Fue construida en 1841.
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Celebración de una misa en la iglesia de San Vicente Paúl.

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Cuando yo conocí Baltimore, era tenida por una de las ciudades más liberales de los Estados Unidos. Prueba de ellos es esta calle, junto al ayuntamiento, que recibió en nombre de Gay Street. Claro que poco tiempo más tarde, observando los comportamientos racistas que se están produciendo en Baltimore, uno ya no sabe qué pensar.

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El Pastel de Cangrejo de Mariland es un plato exquisito difícil de olvidar cuando uno lo ha probado. Por supuesto, aparece en mis novelas sobre Ruiz de Padrón.

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Turistas inmortalizando su dignidad en el puerto de Baltimore.

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La famosa Old Phoenix Shot-Tower, conocida también como la Merchant’s Shot-Tower, fue inaugurada en 1828 y se convirtió en el edificio más alto de los Estados Unidos. En esta estructura se producían balas de pistola, fusiles y cañones para el ejército: desde lo alto se arrojaba plomo fundido que, a través de un dispositivo de cribado, caía en un estanque de agua fría. Se producía más de un millón de kilos de proyectiles al año.

 

CONTINÚA

Ruiz de Padrón, foto a foto (5ª entrega: Filadelfia tercera parte)

ARPcabecera Ruiz de Padrón (Canarias, 1757-1823, Galicia) viajó por América y por Europa durante parte de los siglos XVIII y XIX. Seguir sus pasos en la actualidad no ha sido sencillo, a pesar de contar con medios de transporte infinitamente más rápidos.

Para novelar su vida (cuatro novelas: La isla transparente, Canarias, El discurso de Filadelfia y El Diputado), durante años, he tratado de recorrer sus mismas rutas en ambos continentes. He aprovechado mis viajes para capturar muchas horas de vídeo y miles de imágenes fotográficas en los lugares que visitó el ilustre personaje. Asimismo, incluyo pinturas y grabados que guardan relación con sus desplazamientos.

En esta serie de páginas virtuales publico las fotografías más interesantes y representativas de esas rutas, sin tener en cuenta un orden cronológico, pero con los comentarios pertinentes para orientar a los visitantes de este blog.

Bienvenidos todos.

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CUARTA ENTREGA

FILADELFIA (Estados Unidos) tercera parte

La quinta entrega está dedicada a Filadelfia, capital de los Estados Unidos durante los años que Ruiz de Padrón permaneció en ella. He incluido óleos y grabados antiguos que ayudan a situarse en la época exacta, es decir, en el último cuarto del siglo XVIII.

Como relata la novela El discurso de Filadelfia (Editorial Malvasía, 2016), Antonio Ruiz de Padrón participó en las principales tertulias de la ciudad y trabó amistad con George Washington y Benjamín Franklin. Durante su estancia se redactó la Constitución de Estados Unidos, de manera que estuvo en el momento oportuno y en el lugar indicado para observar de cerca cómo se verificaba una de las revoluciones que más han influido en el mundo actual: la Revolución Americana.

Ruiz de Padrón alcanzó fama en los Estados Unidos cuando pronunció su famoso sermón sobre la Inquisición española, denunciando sus abusos y atropellos con una valentía que le valió el respeto de la nueva nación y de sus líderes.

Estas fotos las tomé en Filadelfia y también recopilé los grabados mientras investigaba la vida del ilustre personaje para escribir la novela histórica que se ha publicado este mismo año.

LAS TABERNAS DE FILADELFIA

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Como se aprecia en la imagen, Filadelfia se encontraba entre dos ríos y sus calles y avenidas son tan rectas que parecen trazadas con tiralíneas, como efectivamente se hizo, siguiendo las instrucciones de William Penn. El modelo no es desconocido en Canarias, porque es similar al seguido en el casco antiguo de La Laguna, en Tenerife. Lo que no previó Penn fue que pronto la Ciudad del Amor (es el significado de Philadelphia en griego) se llenara de tabernas y que sus habitantes bebieran como cosacos.

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Las reuniones de los caballeros de Filadelfia (las señoras se quedaban en casa) transcurrían en la tabernas que podían tener una gran categoría, servir exquisitas comidas y hasta organizar bailes o conciertos. Los vinos más consumidos eran los procedentes de las Islas Canarias y de Madeira.

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Uno de los importadores de vino, llamado Henry Hill, se hizo con una gran fortuna cuando se le ocurrió la idea de reforzar esa bebida con aguardiente y brandy. Los philys se entusiasmaron con el vino reforzado y lo consumían en grandes cantidades.

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La taberna The London Coffee House fue una de las más sofisticadas de Filadelfia. En la época en que arribó Ruiz de Padrón a la ciudad ya había decaído bastante y estaba superada por otros establecimientos.

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Otra imagen de The London Coffee House en su etapa de esplendor. Como se puede apreciar, en su exterior se celebra una subasta de esclavos.

 

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The City Tavern poseía el salón más grande de los Estados Unidos, después de la Casa del Estado de Pensilvania. Era el lugar favorito de George Washington cuando visitaba la ciudad de Filadelfia. Por cierto, Washington era un gran bebedor que cada noche se metía, al menos, una pinta de vino entre pecho y espalda. He visitado no hace mucho tiempo la City Tavern y, aunque se parece a la del siglo XVIII, sólo se trata de una reproducción donde, eso sí, se sirven platos similares a los de la época constitucional.

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The Queen Indian Tavern ofrecía alojamientos de lujo y un salón donde se servían comidas y bebidas a las clases pudientes. Allí se reunían comerciantes, políticos, clérigos,… a charlar de lo divino y de lo humano, poniéndose hasta las cejas de vino, cerveza porter o ponche.

BENJAMÍN FRANKLIN SUPERSTAR

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Este señor no es Benjamín Franklin. Es un actor que se caracteriza como él y sirve de guía en en Centro de Visitantes de la Independencia en Filadelfia. He insertado su foto para destacar la gran estima que sienten en esta ciudad por Franklin, lo que les lleva a inundar de recuerdos suyos cada rincón.

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Benjamín Franklin fue mucho más que un inventor. En el colegio nos han contado que inventó el pararrayos y poco más. Sin embargo, Franklin es considerado como el principal impulsor y sostenedor de la independencia de los Estados Unidos, y sus gestiones como embajador en Francia fueron vitales para la creación de la nueva nación americana.

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Estatua de bronce de Franklin junto a otros padres de la patria estadounidense. Ben, como le llamaban cariñosamente los vecinos de Filaldelfia, fue, además de gran estadista, un filósofo que influyó de manera decisiva en el pensamiento de su tiempo.

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Franklin regresó de París a Filadelfia a finales del verano de 1785, pocas semanas más tarde de la llegada de Antonio Ruiz de Padrón a la ciudad. Esta silla portátil la trajo de Francia, porque ya le era dificultoso caminar tramos largos debido a la gota que padecía y a su avanzada edad (79 años).

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Llegada de Benjamín Franklin al puerto de Filadelfia, en 1785, procedente de París.

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Segunda esposa de Franklin.

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Sarah, más conocida como Sally, la hija de Franklin que vivió con él hasta su muerte en 1790.

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Benjamín Franklin fue el inventor de las gafas bifocales que él mismo utilizaba.

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El pararrayos ha salvado millones de vidas en todo el mundo, gracias al ingenio de su inventor, Benjamín Franklin. Cuando Ruiz de Padrón vivía en Filadelfia, los principales edificios de la ciudad ya estaban protegidos por pararrayos.

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Franklin era impresor. Fue su primer trabajo y el que le proporcionó dinero durante toda su vida. Publicó libros suyos y ajenos y mantuvo periódicos que eran muy apreciados no sólo en Filadelfia. Una de sus publicaciones más populares era un calendario en forma de libro, titulado “El pobre Richard” que salía anualmente de su imprenta y proporcionaba consejos sobre asuntos agrícolas, profesionales, etc.

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Benjamín Franklin compone un texto con una caja de tipos.

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Un ejemplar del periódico que se imprimía en los talleres de Benjamín Franklin. También allí se imprimió y editó el primer periódico en alemán de los Estados Unidos.

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Un empleado de la imprenta de Franklin transporta material impreso.

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Un grabado muestra la estimación de que gozaba Benjamín Franklin en la Corte francesa. En la novela “El discurso de Filadelfia”, se cuenta la siguiente anécdota verídica: .

“Según me comentó el propio Benjamín Franklin, mientras vivió en París jugó muchas partidas con la anciana duquesa de Borbón durante sus frecuentes visitas a la Corte francesa. En una de estas ocasiones la aristócrata movió mal una fi cha y dejó su rey al descubierto. Franklin aprovechó la oportunidad de ganar la partida y en dos movimientos le dio jaque mate.

–¡Qué barbaridad, Mr. Franklin! En Francia no acabamos con los reyes de esta manera… –protestó la Borbón en broma.

–¡Me temo que en los Estados Unidos sí! –le respondió intencionada e ingeniosamente su contrincante.”

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Otro grabado de la imprenta de Franklin, donde también se imprimió una traducción del famoso sermón contra la Inquisición de Antonio Ruiz de Padrón.

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Franklin también era un buen músico. Inventó la “Armónica de Cristal”, compuesta por una serie de platos de cristal que giran sobre un eje y suenan cuando se aplican los dedos húmedos del ejecutante. Esta foto la obtuve en el museo dedicado a Franklin en Filadelfia, donde se encuentra uno de estos instrumentos.

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Uno de los artilugios eléctricos fabricados por Franklin.

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Mientras Ruiz de Padrón residía en Filadelfia, Franklin publicó “La moral del ajedrez”, un manual que también puede considerarse un libro de filosofía o de autoayuda.

 

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Hablar de Franklin es hablar de Filadelfia, y viceversa. Lo sé de primera mano, porque cuando escribí la novela histórica El discurso de Filadelfia me di cuenta de que era imposible contar la historia de la ciudad, y aun de los Estados Unidos, sin referirse una vez y otra al venerable filósofo. Mucho más podría decir aquí sobre este sabio norteamericano nacido en Boston, pero esto es un blog de Internet y debo limitarme. Espero que haya podido transmitir la importancia de un personaje ninguneado por nuestra cultura.

 

CONTINÚA

Ruiz de Padrón, foto a foto (3ª entrega: Filadelfia, Estados Unidos)

ARPcabecera Ruiz de Padrón (Canarias, 1757-1823, Galicia) viajó por América y por Europa durante parte de los siglos XVIII y XIX. Seguir sus pasos en la actualidad no ha sido sencillo, a pesar de contar con medios de transporte infinitamente más rápidos.

Para novelar su vida (cuatro novelas: La isla transparente, Canarias, El discurso de Filadelfia y El Diputado), durante años, he tratado de recorrer sus mismas rutas en ambos continentes. He aprovechado mis viajes para capturar muchas horas de vídeo y miles de imágenes fotográficas en los lugares que visitó el ilustre personaje. Asimismo, incluyo pinturas y grabados que guardan relación con sus desplazamientos.

En esta serie de páginas virtuales publico las fotografías más interesantes y representativas de esas rutas, sin tener en cuenta un orden cronológico, pero con los comentarios pertinentes para orientar a los visitantes de este blog.

Bienvenidos todos.

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TERCERA ENTREGA

FILADELFIA (Estados Unidos)

La tercera entrega está dedicada a Filadelfia, capital de los Estados Unidos durante los años que Ruiz de Padrón permaneció en ella. 

Como relata la novela El discurso de Filadelfia (Editorial Malvasía, 2016), Antonio Ruiz de Padrón participó en las principales tertulias de la ciudad y trabó amistad con George Washington y Benjamín Franklin. Durante su estancia se redactó la Constitución de Estados Unidos, de manera que estuvo en el momento oportuno y en el lugar indicado para observar de cerca cómo se verificaba una de las revoluciones que más han influido en el mundo actual: la Revolución Americana.

Ruiz de Padrón alcanzó fama en los Estados Unidos cuando pronunció su famoso sermón sobre la Inquisición española, denunciando sus abusos y atropellos con una valentía que le valió el respeto de la nueva nación y de sus líderes.

Estas fotos las tomé en Filadelfia mientras investigaba la vida del ilustre personaje para escribir la novela histórica que se ha publicado este mismo año.

 
Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Parque del Amor (JFK Plaza). Filadelfia

George Washington mantuvo contactos con Ruiz de Padrón, en Filadelfia.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Vista de una típica calle de Filadelfia.

Estatua de Benjamín Franklin, amigo, vecino y contertulio de Ruiz de Padrón.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

La arquitectura institucional de la época revolucionaria tiende a repetir las construcciones clásicas, tanto en las columnas como en el resto de la fachada de los edificios.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Cementerio de la iglesia de Santa María. Filadelfia. En esta parroquia se desempeñó el canario Ruiz de Padrón, durante su época de Padre Lector franciscano.

Cento de visitantes Independencia. Un recorrido por los avatares de la guerra contra Gran Bretaña, en el siglo XVIII.

Una calle de Filadelfia, a finales del siglo XVIII. Grabado. Esta debió ser la imagen que ofrecía la ciudad durante la estancia de Ruiz de Padrón.

Los escaparates de las tiendas de Filadelfia exhiben decorados muy originales.

La hija de Benjamin Franklin, Sarah Franklin Bache. Cuando Ruiz de Padrón arribó a Filadelfia, ella tenía 42 años y él 27.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Mapa antiguo de Filadelfia. Era la mayor ciudad de los Estados Unidos (y de toda América), en el siglo XVIII.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Muñecos de souvenirs vestidos con las ropas de los milicianos que lucharon contra los ingleses en la guerra de independencia de Estados Unidos.

 

 

Velero frente a Filadelfia. Óleo. Museo Oceanográfico. Cuando Ruiz de Padrón visitó Filadelfia, su puerto era muy activo y mantenía frecuente tráfico en el comercio con las Islas Canarias.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Una de las exposiciones permanentes sobre la guerra de independencia.

 

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Originales de la declaración de independencia.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Monumento a los emigrantes. Filadelfia. Además de Ruiz de Padrón, otros canarios arribaron a estas tierras y se sumaron al movimiento democrático americano.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Grabado sobre los muelles de Filadelfia en el siglo XVIII.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Jardín con estilo del siglo XVIII. Filadelfia.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Detalle del monumento a los emigrantes. Filadelfia.

La Campana de la Libertad.

Cartel pegado en la calle.

Estatuas de los revolucionarios americanos del s. XVIII, junto a la Sociedad Histórica Presbiteriana, en Filadelfia.

Curioso billete por dólares españoles, garantizado por el Congreso durante la época revolucionaria.

CONTINÚA

INVITACIÓN A PRESENTACIÓN

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Tengo el placer de invitarles a la presentación de mi última novela, “El discurso de Filadelfia”, sobre el ilustre canario Antonio Ruiz de Padrón.

Esta presentación se realizará el Día de canarias. 30 de mayo a las 11:30 a.m. en el Parque García Sanabria De Santa Cruz de Tenerife

Será presentada por el profesor y escritor Antonio Javier Fernández Delgado, acompañado del autor. La entrada es gratuita y forma parte de los actor organizados por la Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife.

QUIÉN ERA ANTONIO RUIZ DE PADRÓN

El personaje central de este libro es Antonio Ruiz de Padrón, el canario más conocido en el mundo durante gran parte del siglo XIX.

La razón principal de esa fama se debe a su discurso sobre la tolerancia, en Estados Unidos, y a su Dictamen en las Cortes de Cádiz, que logró la derogación de la Inquisición española.

QUÉ RELATA ESTA NOVELA

Mientras se redactaba la Constitución norteamericana en Filadelfia, el joven Ruiz de Padrón asistió a tertulias y trabó amistad con Benjamín Franklin y George Washington. En ese mismo período pronunció un discurso contra la Inquisición española que fue traducido al inglés y repartido en Estados Unidos, donde causó una enorme y grata impresión.

Ese apasionante período de su vida constituye el núcleo de esta novela histórica. La novela mira el mundo ilustrado americano desde la perspectiva de un isleño, desde el punto de vista del joven Ruiz de Padrón, el mismo que más tarde sería diputado en las Cortes de Cádiz, látigo contra la esclavitud en Cuba, testigo directo de las revoluciones europeas, principal artífice de la derogación de la Inquisición española,… La juventud del protagonista (28 años) ofrece una narración dinámica y divertida que al mismo tiempo nos va mostrando cómo se forjó una nueva nación americana, que partiendo de una revolución democrática logró redactar la primera constitución republicana del mundo y establecer un gobierno surgido del sufragio universal.

DECENAS DE HISTORIA Y ANÉCDOTAS

Junto a la historia principal, se han sido recuperadas decenas de semblanzas y anécdotas. Los personajes que desfilan por la novela son de todo tipo y condición. Algunos juegan papeles muy secundarios, pero otros se agigantan y son parte esencial del relato histórico: el filósofo Benjamín Franklin, el general George Washington, el futuro arzobispo John Carroll, los presidentes Hamilton y Jefferson, el político y millonario Robert Morris, el comerciante Francisco Caballero Sarmiento, el parlamentario Gouverneur Morris, la señora conocida como Queen Morris, el músico y compositor Henri Capron, el embajador español Diego María de Gardoqui, etc.

ASÍ SE HIZO ESTE LIBRO

La novela contiene diversas capas narrativas y no siempre la voz del narrador pertenece al mismo personaje. Entre estas capas, se encuentra un relato paralelo que recorre la novela como un camino subterráneo, donde el autor revela la lucha que los escritores viven mientras escriben su obra. El lector puede acceder a las casualidades, reflexiones, dudas, frustraciones, momentos de euforia, descubrimientos, conversaciones, desánimos y sentimientos que lo asaltaron mientras construía la novela y, de esta manera, entender mejor la trayectoria vital del ilustre Antonio Ruiz de Padrón.

¿Podemos saber cómo hablaba el canario Antonio Ruiz de Padrón?

Mujer-Islena

Hacia 1939, esta Isleña canaria de San Bernardo (Luisiana) y sus hijos hablaban igual que sus antepasados llegados en la década de 1780.

Sí, se puede. En la década de 1780, Antonio Ruiz de Padrón arribó a la ciudad de Filadelfia, que por entonces era la capital de los Estados Unidos. En esa misma década, varios miles de canarios llegaron a Luisiana y se establecieron en los alrededores de la ciudad de Nueva Orleans, junto al río Misisipi.

Aunque la coincidencia cronológica de ambas arribadas pueda parecer casual, no lo es, porque en aquellos años la emigración de los canarios hacia América se había convertido en un flujo imparable, propiciado por la miseria isleña y la necesidad de colonos que necesitaba el reino de España para frenar las ansias territoriales de Francia y del Reino Unido. Es decir, los canarios se necesitaban como barrera protectora, aunque pacífica, contra cualquier intento de invasión silenciosa con colonos anglosajones o franceses como había sucedido en la isla de Santo Domingo.

Allí –entre pantanos insalubres, caimanes, nutrias, huracanes y piratas– se establecieron estos isleños. Cuando Luisiana pasó a ser un estado de los Estados Unidos, los canarios continuaron hablando el español que llevaron desde sus islas y se negaron a comunicarse en inglés. También rechazaron el francés que hablaban sus vecinos cayunes.

Hasta la Segunda Guerra Mundial, constituían un núcleo poblacional que tenía pocas relaciones con el exterior, y aun con sus vecinos, y muy pocos hablaban otra lengua que no fuera el “canario” en que se habían expresado su antepasados. El gobierno estadounidense les impuso la obligación de aprender inglés en la escuela, pero en casa seguían comunicándose en el mismo español del siglo XVIII que usaban sus padres y sus abuelos.

A partir de 1945, este pueblo canario del sur de los Estados Unidos comenzó a mezclarse con la población cayún, de raza y habla francesa, y con la anglosajona. Paulatinamente, su lengua fue perdiéndose en las nuevas generaciones. En la actualidad, ya no son muchos los que hablan la hermosa lengua con acento canario que llegó a Luisiana en la misma década en que Antonio Ruiz de Padrón residió en Filadelfia.

Islenos

Isleños canarios en Delacroix Island (Luisiana), en la primera mitad del siglo XX. Hablaban español canario y su trabajo consistía en cazar ratas almizcleras en los canales del río Misisipi para vender sus pieles.

Si hoy usted va a Luisiana, a algunas de las poblaciones donde residen los Isleños o Islanders (San Bernardo, Delacroix Island, Violeta, etc.), todavía encontrará personas que hablan exactamente igual que lo hacía Ruiz de Padrón.

Lo triste es que poco se hace para conservar ese tesoro lingüístico. Casi cualquier país se emplearía a fondo para proteger y garantizar un futuro seguro a una riqueza semejante. Nosotros no, preferimos dedicar esos fondos a comprar películas del Oeste americano para ponerlas cada día en nuestra televisión autonómica para educar a nuestros hijos.

Aquí no tomamos medida alguna que evite la desaparición de una de las hablas más bellas que ha habido dentro del idioma español. Mientras en Radio Exterior de España se dedican decenas de programas anuales al español sefardí, en Canarias en los medios oficiales nadie mueve un dedo por el “ español canario” del siglo XVIII.

Es el mismo abandono sufre la figura del político más grande que ha salido de este archipiélago, Antonio Ruiz de Padrón. Su honradez y vasta cultura sería un mal ejemplo para nuestros hijos… Así nos va.

Novela histórica "El discurso de Filadelfia", de Manuel Mora Morales

Antonio Ruiz de Padrón, amigo de Franklin Y Washington durante su estancia en Filadelfia.

 

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