Cuando el aceite de oliva español era un alimento mortal

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Ya han pasado unos años, pero no tantos como para que esta plaga mortal haya pasado al olvido. No es broma, el aceite de oliva condujo a mucha gente a la tumba, incluso cuando se trataba de aceite virgen extra sin adulterar. Purísimo. Les cuento:
Durante siglos, la Inquisición española, a través de los sermones dominicales de los párrocos, animaba a sus feligreses a denunciar a cualquier judío que se hubiera bautizado y siguiera practicando en secreto el judaísmo.
Los predicadores recomendaban realizar una serie de pesquisas para comprobar estos extremos. Una de las pruebas que debían buscar los buenos cristianos en sus vecinos judíoconversos era si olían a aceite de oliva.
Si se denunciaba a una persona que despidiera ese olor y la Inquisición comprobaba (lo de “comprobar” es un decir) que el denunciado o denunciada consumía aceite de oliva, el castigo podía ser terrible: tortura, cárcel indefinida, procesión vergonzante, latigazos a cientos y, cómo no, la muerte.
Hasta la Inquisición española, tan cruel y arbitraria, tenía cierta lógica dentro de sus despiadados y disparatados principios: sólo a un tonto se le ocurriría consumir aceite vegetal pudiendo saborear la rica manteca de cerdo. ¿Y quiénes, no siendo tontos, se negaba a comerla? ¿Y por qué?
Las razones nada tienen que ver con el colesterol, porque entonces ni se sospechaba que existieran grasas perjudiciales. Las causas fueron otras. Verán, los creyentes de religión judía tienen prohibido comer grasa de origen animal, especialmente de cerdo. Por esta razón el consumo de aceite de oliva sustituía a la manteca animal y, si un vecino cristiano de origen judío la comía, era evidente que seguía practicando el judaísmo en secreto. Es decir, era un “marrano” como se denominaba a estas personas.
Tampoco se escapaban de esta muerte por aceite de oliva los árabes convertidos al cristianismo que, en su huída inconsciente del colesterol, cayeron en la hoguera.
Ya ven cómo cambian los tiempos: los nietos de los que denunciaban el aceite de oliva como signo de maldad, ahora se llenan la boca anunciándolo como el paradigma de todo lo bueno…

El día que George Washington prohibió quemar al Papa

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UNA TRADICIÓN PARA QUEMAR AL PAPA DE ROMA

Cada 5 de noviembre, en el siglo XVIII, en los Estados Unidos se celebraba una fiesta muy británica: quemar imágenes del Papa católico de Roma. El problema se planteó cuando George Washington solicitó la ayuda de Francia y España para que lo apoyaran en la Guerra de Independencia contra Gran Bretaña.

Era evidente que franceses y españoles no verían con buenos ojos que icinerasen la imagen de su líder espiritual. Y, mucho menos,  que lo hicieran aquellos colonos rebeldes por quienes sus soldados iban a dar la vida. Los muy católicos reyes de Francia y España, su Majestad Cristianísima Luis XVI y su Majestad Católica Carlos III, no se sentirían cómodos cuando los revolucionarios norteamericanos encendieran sus hogueras el día 5 de noviembre. De manera que los cabecillas norteamericanos deberían tomar una decisión al respecto.

ORÍGENES DE LA “NOCHE DE LAS HOGUERAS”

El protagonista de la película V de Vendetta está inspirado en un inglés llamado Guy de Fawkes, quien, el 5 de noviembre de 1605, encabezó la Conspiración de la pólvora, un complot urdido por un grupo de católicos romanos para hacer explotar el edificio del parlamento británico. Trataban de matar al rey Jacobo I con el fin de desencadenar una rebelión para entronizar al príncipe Carlos, que era católico. La conspiración fue descubierta a tiempo. Fawkes fue detenido y ejecutado.

Desde entonces, el 5 de noviembre, para celebrar el fracaso de aquel complot, tiene lugar la Noche de las Hogueras (Bonfire Night) en el Reino Unido, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Terranova y Canadá. Al principio, se quemaba la imagen de Guy Fawkes, pero, con el tiempo, fue sustituida por la del Papa.

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LA DETERMINACIÓN DE WASHINGTON

Esta tradición no continúa en Estados Unidos –exceptuando algunos territorios–, porque, en 1775, el general George Washington decidió prohibir las hogueras para no levantar susceptibilidades innecesarias en sus dos grandes aliados, España y Francia. Washington comprendió que por una cuestión tan nimia podrían perder un vital apoyo logístico y militar.

DECADENCIA Y RENACIMIENTO DE ESTA CELEBRACIÓN

Hacia mediados del siglo XIX, la Noche de la Pólvora languidecía de tal manera que pronto desaparecería. Sin embargo, la bula Universalis Ecclesiae*, publicada en septiembre de 1850 por el polémico Papa Pío IX para establecer la renovación de la jerarquía católica en Inglaterra, reavivó los ánimos antipapistas de los británicos. Los enfureció de tal manera que, entre otras muchas manifestaciones, en noviembre se celebró la Noche de la Pólvora con tal fuerza como jamás se había visto. En 1853 se crearon las primeras “Bonfires Societies” que han velado para que sea una de las más animadas fiestas del país.

Por aquella y otras desafortunadas actuaciones, los italiano se referían al Papa Pío IX como Pío No No, jugando con las referencias a su número y a su actitud negativa.

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LA BONFIRE NIGHT EN LA ACTUALIDAD

Como el tiempo lo cambia todo, esa fogosa noche de noviembre fue llevando a la hoguera las imágenes de los personajes más odiados, desde el Adolf Hitler de los bombardeos hasta el Tony Blair del Pacto de las Azores, pasando por la inefable Margaret Thatcher.

La siguiente canción tradicional, se suele cantar la noche del 5 de noviembre, mientras se queman las hogueras y el aire se llena de fuegos artificiales.

CANCIÓN DE LA NOCHE DE LAS HOGUERAS

Recuerda, recuerda el cinco de noviembre :
el complot y la Conspiración de La Pólvora.
No veo ninguna razón para que la Conspiración de La Pólvora
Deba ser olvidada para siempre.

Guy Fawkes, Guy Fawkes tenía la intención
de volar al Rey y el Parlamento.
Se contaron tres barriles de pólvora en los bajos
para derribar a la pobre vieja Inglaterra.

Por la providencia de Dios, él fue sorprendido
con una linterna sorda y encendiendo la mecha.
Gritad hicos, gritad chicos,  tocad las campanas, tocadlas.
Gritad hicos, gritad chicos, ¡Dios salve al rey!

Un pan de un centavo para alimentar el Papa,
Un cuarto de penique de queso para estrangularlo,
Una pinta de cerveza para ahogarlo,
Un haz de leña para quemarlo.

Quemarlo en una tina de alquitrán,
Quemarlo como a una estrella ardiente
Quemar su cuerpo desde la cabeza
Entonces diremos que el viejo Papa ha muerto

Hip Hop Hurra!
Hip Hop Hurra!
Hip Hop Hurra!

La misma canción, en inglés

Remember, remember the Fifth of November
The Gunpowder Treason and plot
I see no reason why Gunpowder Treason
Should ever be forgot

Guy Fawkes, Guy Fawkes ‘twas his intent
To blow up the King and the Parliament
Three score barrels of powder below
Poor old England to overthrow

By God’s providence he was catch’d
With a dark lantern and burning match
Holler boys, holler boys, ring bells ring
Holler boys, holler boys, God Save the King!

A penny loaf to feed the Pope
A farthing o’cheese to choke him
A pint of beer to rinse it down
A faggot of sticks to burn him

Burn him in a tub of tar
Burn him like a blazing star
Burn his body from his head
Then we’ll say old Pope is dead

Hip Hip Hoorah!
Hip Hip Hoorah!
Hip Hip Hoorah!

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NOTA

[*] “Inglaterra durante siglos fue considerada tierra de misión para la Iglesia Católica. Pío IX cambió eso con la bula Universalis Ecclesiae. Se restableció la jerarquía católica en Inglaterra y Gales, bajo el recién nombrado arzobispo y el cardenal Nicholas Wiseman, con 12 escaños episcopales adicionales: Southwark, Hexham, Beverly, Liverpool, Salford, Shrewsbury, Newport, Clifton, Plymouth, Nottingham, Birmingham y Northampton. Algunos violentas protestas callejeras en contra de la “agresión papal” dio lugar a una ley aprobada por el Parlamento el 2 de agosto de 1851, que bajo pena de prisión y multas prohibió cualquier diócesis católica romana en Inglaterra o Irlanda de tomar el nombre de una diócesis anglicana.”

La pasión como pretérito idefinido

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Foto de Jan Saudek.

A veces pienso que este zarpar continuo, este abandono permanente de los muelles construidos, es una bendición que me impulsa hacia nuevas fronteras; otras veces, una desgracia que no me permite ser árbol. No poseo ni el consuelo de saber si esto es mal de muchos que se avergüenzan de confesarlo o, por el contrario, sólo ha sido puro azar que me haya tocado en suerte.

El pasado sábado, después de hacer un poco de ejercicio, ducharme y tomar un desayuno desacostumbradamente sano, me sumergí en la lectura de un libro escrito por Chomsky y Ramonet sobre la utilización de la publicidad como método para controlar a la población de los países con regímenes democráticos, a partir de la Primera Guerra Mundial. No me digan que tener semejante cosa en las manos un sábado por la mañana no constituye una proeza. En momentos así me gustaría desdoblarme, subir con el cuerpo astral unos metros sobre mi cabeza y contemplarme realizando esa lectura serena nada menos que un sábado, con las cosas interesantes que podría haber hecho. Por desgracia, ni las gaviotas se dignaron a mirarme.

Durante la lectura estaba sentado en la terraza, me envolvía el ruido monótono del mar, la agradable temperatura de la brisa y la suave luz de la mañana tamizada por unas pocas nubes blancas; además, mi estómago se encontraba agradablemente abarrotado de frutas e hidratos de carbono, no me esperaba ninguna tarea urgente… todo se confabulaba para inducirme el sueño. Y me dormí. Lo siento por Ramonet, por Chomsky y por mi amor propio, pero así fue como sucedió.

No sé cuánto tiempo duró mi siesta tempranera, pero no pudo haber sido mucho, porque aún el sol estaba más cerca del mar que del cénit cuando abrí los ojos de nuevo. Me levanté de la mecedora recordando lo que había soñado: un hombre, atado a un poste, agitaba frenéticamente sus piernas sobre una montaña de libros ardiendo. Sentados alrededor de la hoguera, varios inquisidores comentaban con gesto circunspecto la influencia que tendría en el pueblo llano aquel escarmiento sobre una persona que guardaba en su casa decenas de libros escritos por los enciclopedistas franceses. Cuando el humo de aquella pira literaria comenzó a asfixiar al reo, me desperté.

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Quizás, la pesadilla se debió a la lectura que tenía entre manos, mezclada con el núcleo de mis ocupaciones durante los últimos años: la Inquisición española. O, tal vez, los frutos secos tuvieran la culpa, vaya usted a saber. Pero poco importa eso. Lo que sí me resulta significativo es que, en lugar de ir a lavarme la cara, me dirigiera directamente al ordenador e integrara mi sueño en un relato.

Nada nuevo, desde luego, porque esto lo hago muchas veces de una manera inconsciente, no sólo con retazos de sueños sino con materiales de procedencia muy variada; pero nunca había pensado sobre las razones que me conducen a eso, como tampoco en el placer que me produce convertir un pensamiento en unos párrafos que, inexplicablemente, se me vuelven incómodos tan pronto se publican y pasan a otras manos.

Conozco a personas que han escrito un libro y el resto de su vida no pueden despegarse de él, presentándolo en mil sitios distintos, comentándolo y releyéndolo hasta sabérselo de memoria. Por un lado, encuentro este comportamiento rayano en la babosería; pero, por otro, estos autores me producen envidia, porque han convertido un objeto de papel en una parte viva de su ser que les acompañará hasta la tumba y, cuando ya no estén aquí para representarse ellos mismo, ese libro será el espejo que reflejará su vida.

Sinceramente, me da igual lo que pase con mis huesos y mis libros, sobre todo después de que me apunten en el archivo de difuntos; sin embargo, sí envidio la idea –aunque sea una falsa idea– de conservar mi alma en una obra literaria con tanta frescura como un yogur en una nevera. Pero no me caerá esa breva, porque tengo tan serios problemas para relacionarme con el futuro inerte como con el pasado estancado, por muy literario que éste sea. Tampoco me queda la alternativa de tomar otro camino, sin el dinero suficiente para crionizarme como Walt Disney y permanecer refrigerado dentro de un barril de cerveza durante unos cuantos fines de semana y resucitar, quizás, como un dibujo animado.

Desde mi más tierna infancia, no me ha interesado nada pretérito que no ejerza una clara influencia en el presente o en el futuro. Ni el futuro que no influya en el presente o en el pasado. Tengo la sensación de estar perdiendo el tiempo en futilidades cuando me ocupo de un hecho histórico que no repercute fuera de su arco temporal. Incluyo en ello mi historia personal y las películas y libros, mejores o peores, que tanto me entusiasmaron cuando los estaba creando. Se borran de mi mente como si nunca hubieran existido.

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¡Tanta pasión y tanto trabajo para crear algo que se te escapa volando de las manos tan pronto has colocado la última pluma de sus alas! Me pregunto si sentirán lo mismo esos artistas del corpus christi que contemplan cómo una multitud patea y destroza las alfombras de flores que tantas horas les llevó confeccionar. Quizás, como yo, se sientan felices y liberados por no volver a verlas. Quién sabe si nací para alfombrista y nunca lo he sabido.

A veces pienso que este zarpar continuo, este abandono permanente de los muelles construidos, es una bendición que me impulsa hacia nuevas fronteras; otras veces, una desgracia que no me permite ser árbol. No poseo ni el consuelo de saber si esto es mal de muchos que se avergüenzan de confesarlo o, por el contrario, sólo ha sido puro azar que me haya tocado en suerte.