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El invierno veranea: poca broma

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     Uno va en camiseta por la Europa del calentamiento global

durante los últimos días de diciembre en este 2016.

El sol brilla en un cielo azul pintado por Rubén Darío

y en los árboles de plátano algunas hojas refulgen más que los rubíes.

Que nadie se alarme: sólo es un anuncio del final del planeta.

Y será un final espléndido. Pueden creerlo: algo espectacular.

Busquen butaca en primera fila. Desapareceremos

en medio de un apoteósico despliegue de belleza decadente.

Se escribirán libros y se realizarán películas que hablen de tanto, tanto esplendor.

Cuando todo termine, no habrá nadie para leer esas páginas

ni para admirar los sublimes planos cinematográficos.

Pero no se alarmen: todo ese arte quedará ahí depositado,

en la soledad de los estantes,

esperando,

esperando a que se arregle el pasado.

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Foto de Manuel Mora Morales.

Recordando las viejas escuelas

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manuelmoramorales_La_vieja_escuela

Una imagen vale más que mil palabras: así eran nuestras escuelas hasta hace pocas décadas. Por desgracia, no todos los pueblos pueden decir, hoy, que aquellos tiempos escolares fueron peores.

En gran parte del mundo, la escuela que vemos en esta imagen no es un recuerdo, sino una aspiración difícil –a veces, imposible– de convertir en realidad.

En ocasiones, perdemos la perspectiva temporal y no somos capaces de valorar nuestros avances culturales, porque la velocidad impuesta a las sociedades de consumo nos inclina a juzgarlo todo desde el corto plazo.

Como método de venta, se nos incita a pensar que quien no es un consumidor de productos informáticos no puede tener cultura, que quien no domina el Microsoft Word es un analfabeto, que quien no posee un televisor digital en su casa vive en la más absoluta ignorancia,…

Otras veces, es la falta de perspectiva espacial la que nos impide evaluar con mesura a otros pueblos alejados de nuestros ombligos culturales y económicos. Y llegamos a creer que los avances culturales  son globales, que las mejoras educativas alcanzan a todos los países, cuando, en estos momentos, más del 15% de la población mundial es analfabeta.[1]

No es tarea fácil, pero hay que remontar el vuelo más allá del ruido mediático de los noticieros, de los espacios publicitarios y de los mítines, para juzgar con cierta proyección las transformaciones que suceden en  los países y en los individuos. Y donde digo juzgar, también quiero decir arrimar el hombro.

Quizás, por esas razones, me gustan tanto los poemas de Juan de la Cruz, aquel fraile perseguido a sangre y fuego por la Inquisición, aquella institución que era, a la vez, el principal enemigo del pensamiento libre y el mayor emporio informativo de su época.

Cuanto más alto llegaba
de este lance tan subido,
tanto más bajo y rendido
y abatido me hallaba;
dije: ¡No habrá quien alcance!
Abatime tanto, tanto,
que fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

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[1] Entre los objetivos de la UNESCO se encuentra lograr que para  el 2030  haya 9 años de educación primaria obligatoria en todo el mundo. Para mayor información, ver el  “Documento de posición sobre la educación después de 2015“, recientemente publicado por la UNESCO (2014).

También puede consultarse el Mapa interactivo de niños no escolarizados, del Instituto de Estadísticas de la UNESCO.

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La belleza que súbitamente se revela. El milagro de Tajao

SUCEDE que uno pasa mil veces por el mismo lugar y no lo ve. En la siguiente ocasión, igual que un milagro, ante nuestros ojos, como una radiante joya que acabara de nacer, aparece el objeto, la persona o el paisaje que siempre estuvo allí y que de manera incomprensible permaneció incorpóreo para nosotros. Eso fue lo que me ocurrió un ya lejano domingo de 2007, en Tajao, un pueblito marinero, en el Sur de Tenerife.

Sería la hora de la siesta cuando estaba yo leyendo “La Llamarada”, una novela escrita, en su juventud, por el gran escritor boricua Laguerre. Me protegía del fuerte sol, sentado en la parte trasera de una roca de color lechoso que se encuentra en el inicio del muelle. Igual que los pescadores en sus casas, el mar también parecía dormir la siesta, movía con pereza su piel y casi no salpicaba a otra roca situada a pocos metros de tierra firme.

La descripción de la vida en las plantaciones caribeñas durante las primeras décadas del siglo XX me absorbía. Las referencias poéticas de Laguerre a la intensidad de los azules y los verdes en el paisaje de su país me tenían tan fascinado que no me di cuenta de los azules de mi patria hasta que levanté los ojos del libro.

Repentinamente, como surgido de la chistera de un prestidigitador, di con un paisaje índigo: cielo y mar: únicamente interrumpido por la presencia de grandes rocas blancas: insólitas esculturas albinas que parecían haber sido elaboradas, pocos segundos antes, con azúcar aventada desde las plantaciones de caña que yo estaba leyendo. Conmovido por lo que veía, me puse en pie y corrí al coche para buscar la cámara fotográfica, antes de que se desvaneciese aquel prodigio.

Cuando volví, todo seguía en su lugar: lo blanco y lo azul. Comencé a disparar una foto tras otra, rodeando la roca en que me encontraba, desconcertado por no haber percibido antes la belleza que se derramaba ante mis ojos. No sé calcular ahora cuánto tiempo necesité para hacer medio centenar de fotografías; pero tengo la seguridad de que durante esos momentos estaba produciéndose uno de los milagros que más felicidad producen en un ser humano: descubrir la belleza que súbitamente se revela.

Roque Cano. Vallehermoso. Gomera

Nadie que haya visitado Vallehermoso podrá olvidar la figura imponente que se alza sobre el pueblo. El Roque Cano. Difiere en forma y altura del resto de los roques isleños, y más parece una señal de basalto clavada allí por algún ser celestial que una masa rocosa esculpida caprichosamente por la naturaleza.

Todos los habitantes del valle han soñado en su niñez con escalar el Roque, pero han sido pocos quienes han llegado a su cima. El más famoso de todos fue Esteban, un fugitivo de la posguerra que vivió temporadas en lo más alto, burlándose de los guardias civiles y alimentándose de las comidas que los vecinos le dejaban por la noche en el camino que conduce a Hermigua. El mismo camino que el ejército de Franco utilizó para transportar cañones y bombardear Vallehermoso, por no querer unirse al Glorioso Movimiento que dejó a media España huérfana y a este mismo pueblo con demasiados muchachos fusilados.

El origen de su nombre es una incógnita. Tal vez, se deba a un colono de apellido Cano que aparece en los documentos de arriendos de tierra que el Conde de La Gomera llevó a cabo en el siglo XVII. O, quizás, porque la niebla se posa de vez en cuando sobre su cabeza.

En el siglo XIX, un naturalista francés, Verneau, le hizo una visita, tuvo una caída por querer escalarlo y nos dejó su testimonio:

Nos pusimos pues en camino. Antes de llegar al pie del Roque encontré una cueva, cerrada en parte por una gran losa, en la que hice excavaciones y recogí algunos cráneos. La expedición comenzaba bien y me prometí que visitaría La Cueva del Telar, que se mostraba en la cumbre del monolito. Es una cueva muy curiosa, una de las más extraordinarias que haya visto. De lejos se ven una serie de columnas inclinadas, paralelas, que explican el nombre que se le ha dado. Se diría que fueron cortadas por la mano del hombre.

Una vez al pie del peñón, mi entusiasmo se enfrió un poco. Por todos lados sus faldas basálticas estaban inclinadas por encima de nuestras cabezas. Por eso me parecía imposible subir. El viejo pastor me enseñó un pequeño agujero por el que penetró arrastrándose e invitándome a imitar todos sus movimientos. Al final de una pequeña galería existe una especie de chimenea estrecha por la que subimos a la manera de los deshollinadores. Franqueamos un grueso bloque y nos metimos en otra chimenea parecida. Lo más difícil estaba hecho, pues nos encontrábamos ya en una pequeña explanada. El resto, aunque fuera completamente escarpado, se podía escalar sin demasiado esfuerzo.

Visité muchas cuevas pequeñas que habían servido de sepulturas, pero que no contenían sino restos inutilizables. Finalmente llegué a la Cueva del Telar. Las columnas no son tan regulares como parecen desde abajo, pero no por eso dejan de ser muy notables. Entre ellas dejan es¡¡ acios suficientes para que pase un hombre. Casi todas están fragmentadas, y se diría que son piedras gruesas cortadas de la misma forma y tan bien ajustadas que el cemento sería inútil para mantenerlas en su sitio, a pesar de su inclinación. No obstante; muchas han perdido la parte media. Sólo queda la base y la cúspide, suspendida como una amenaza por encima de la cabeza del atrevido que viene a profanar las sepulturas.

Estos pilares son, simplemente, columnas basálticas, y existen otras muestras en los alrededores. Entre estos pilares fueron depositados varios cadáveres, de los que no pude encontrar sino algunos restos.

La excursión, que se anunciaba tan bien al principio, se volvía mal, y debía terminar con un accidente. Habíamos descendido e íbamos a alcanzar la chimenea por donde habíamos subido, cuando una piedra, sobre la que había puesto un pie, se desprendió y me hizo perder el equilibrio. Caí de una altura de unos 12 metros. Las gentes que nos habían seguido y que nos esperaban en la base del peñón acudieron, esperando encontrar un cadáver. ¡Cuál sería su sorpresa al encontrarme con vida! No me había matado ni tenía, incluso, ninguna lesión importante.

Había caído sobre una tunera salvaje, cuyas largas espinas puntiagudas, resistentes como el acero, se me clavaron por todas partes. Seguro que sufría, pero estaba demasiado contento de haber salido del paso con tan poco daño como para quejarme.

No se quejaría. Es posible. Pero, de una manera infantil, escribió todo lo malo que pudo sobre los habitantes del pueblo, como si ellos fueran los responsables de su poca habilidad para la escalada. He leído pocos textos con tanta inquina como los escritos por René Verneau sobre Vallehermoso y, principalmente, sobre la familia que lo acogió con cariño e hizo lo indecible para contentarlo. Quien sienta curiosidad, encontrará esos textos en una de las obras de este autor francés a quien tantas buenas descripciones debemos, a pesar de sus lloriqueos de pitiminí.

Color

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Arena en una playa tinerfeña, después de una tormenta.

Me seducen los colores. Todos. En todos sitios. Nunca he creído que la información de una imagen resida, necesariamente, en su gradación de grises o en sus perfiles. Quizás, por eso prefiera a los pintores impresionistas antes que a los cubistas. En numerosas ocasiones, es el color lo que más importa en la imagen y, si lo perdiera, quedaría arruinada por completo. Esto no quiere decir que una película de François Truffaut no pueda ser considerada bella por haber sido rodada en blanco y negro. No es eso.

Tejidos expuestos para su venta, en una isla jónica.

A veces, cuando disparo una foto, sólo veo el color y, con posterioridad, me sorprendo de lo que he fotografiado, porque, mientras aprieto el obturador, no soy plenamente consciente de las fronteras del objeto que está delante del objetivo.

Charco con hojas secas, en el bosque.

Simplemente, veo una mezcla de colores que me seduce e, intintivamente, trato de capturar su luz con mi cámara. Por cierto, escuché hace unos días decir a un científico que nuestro mayor porcentaje de aciertos supuestamente conscientes se debe, en realidad, a impulsos instintivos.

Pasteles de pistacho expuestos en una dulcería griega.

Para evitar esta dependencia, muchas veces paseo o viajo sin llevar una cámara; lo cual me permite mirar libremente lo que hay a mi alrededor, sin reducirlo a imágenes enlatadas.

Mar y bloque, en Playa de San Juan.

No obstante, por el placer que produce “descubrir” gamas de colores en lugares insospechados y a escalas improbables, bien vale la pena perderse otros detalles.

Bosque de La Meseta, en La Gomera.

Estoy hablando desde la intimidad del fotógrafo. No de los fotógrafos profesionales o de los fotógrafos-artista que son, tradicionalmente, quienes han tenido el derecho de escribir sobre sus fotos. No. Yo hablo desde el fotógrafo entendido como el ciudadano de a pie que utiliza una herramienta de su época para acercarse a la belleza y al mundo, es decir, a su disfrute y comprensión del universo, que es a lo que más aspiramos –inútilmente, por cierto– la mayor parte de los seres humanos.

Verode, en las paredes del valle de El Golfo (El Hierro).