Shakespeare contra Cervantes: KO en el primer asalto

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Nos han anunciado por tierra mar y aire que se cumplen cuatrocientos años de la muerte de dos genios de las letras: Cervantes y ShakespeareShakespeare y Cervantes. A pocas semanas de finalizar 2016, va llegando la hora de analizar estas conmemoraciones y, con sólo fijarse un poco, se ve que son notables las diferencias entre una conmemoración y otra.

Shakespeare escribió poesía y teatro; Cervantes, novela y teatro. No hace falta decir que la producción dramática y lírica del primero fue superior a la del segundo y que las novelas de don Miguel superaron a las de don William, por la sencilla razón de que el inglés no escribió ninguna. Hasta aquí creo que existe consenso general, excepto en algún español carvernícola y carpetovetónico, que haberlos haylos todavía.

LAS SOSAS EXPOSICIONES SOBRE LITERATOS

Conmemorar cualquier faceta de un escritor, aunque sea su muerte, tiene sus complicaciones. Sólo hay que observar el escaso éxito de las exposiciones sobre cualquier literato. La cuestión es por qué se utiliza este canal, en lugar de otros más apropiados para la difusión de la literatura y de sus artífices, los literatos. Nada es más aburrido que acudir a una sala para ver unos cuantos papeles viejos que casi no se pueden leer, cuadernos amarillentos por el tiempo de los que sólo nos muestran una o dos páginas, alguna pluma, un tintero, una silla o un escritorio, una boina quizás o unas gafas,… En fin, una colección de objetos que no tienen más ídem que llenar algunas vitrinas y justificar una obligada conmemoración. En el caso de Cervantes, ni siquiera eso.

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Vivienda de Cervantes, en la calle Real de Alcalá de Henares.

Es cierto que en su casa de Alcalá de Henares he visto una pequeña cola de visitantes dispuestos a pagar para entrar dentro de sus muros. La pregunta es obvia. ¿Qué puede aportar a un admirador de Cervantes contemplar unos cuartos viejos y algún mueble destartalado?

En mi opinión, solamente la satisfacción de contarle a la familia y a los amigos que “entré en la casa de Cervantes”, como si eso justificara que jamás pasara de la primera página de El Quijote, en el caso de que la haya leído completa.

No tengo nada en contra de que cada uno entre donde quiera, y donde lo dejen entrar, pero tengo la seguridad de que los escritores y las exposiciones son incompatibles, no casan. Las exposiciones son para que los artistas plásticos nos muestren su obra, no para ver folios garabateados ni orinales viejos.

AI WEIWEI Y MIGUEL DE CERVANTES, ¿COLEGUITAS?

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Cartel de la exposición sobre Cervantes con Ai Weiwei en Cuenca.

Esa incompatibilidad la demuestra otra exposición, que todavía en estos días se anuncia a bombo y platillo en las emisora de radio y televisión, titulada “La poética de la Libertad”, dedicada a Cervantes y “decorada” por Ai Weiwei y los llamados pintores informalistas, en la catedral de Cuenca.

Hace unos días, aprovechando un viaje de trabajo a Madrid, me desplacé hasta esa ciudad, con la intención de contemplar lo expuesto por el artista chino, cuya obra admiro desde hace años. Pero no debí haber ido.

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Maravillosa catedral de Cuenca, donde tuvo lugar una exposición de muy bajo interés.

Me compensó la catedral gótica de Cuenca, que en los días despejados se convierte en una auténtica antorcha solar alimentada por la luz que filtran las vidrieras.

También me sentí reconfortado por la obra de dos canarios que participan en la reducida muestra colectiva de pintores informalistas: un fantástico cuadro de Millares y una extraña y bella escultura de Chirino que roba al aire sus espirales y las derrama por el suelo.

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Obra de Chirino.

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Los autores informalistas de las ocho obras expuestas.

En cuanto a la obra Ai Weiwei, confieso que no me gustó, a pesar de que casi toda su producción me parece genial. En esta instalación, titulada S.A.C.R.E.D., se evidencia un narcisismo excesivo e innecesario para denunciar la falta de libertades en su país: seis cajas metálicas (que deben medir unos 5 m de largo, por 2 de ancho y 1,5 de alto) colocadas dentro de otra caja grande, a manera de contenedor.

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Cajas de la instalación de Ai Weiwei.

Dentro de cada una de estas cajas, se encuentran tres esculturas que representan a Ai WeiWei y a un par de policías chinos, cuyo estilo recuerda los juguetes infantiles de hace unos años. Nos cuentan escenas de la detención del artista, siempre custodiado por sus dos guardianes, incluso cuando entra a hacer sus necesidades.

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Interior de una de las cajas de la exposición de Ai Weiwei.

El espectador puede ver todo esto, que está iluminado por una luz fluorescente, utilizando una mirilla colocada en cada caja. No hay nada alegórico: todo tiene un tratamiento realista: todo gira en torno a Ai Weiwei, quien se presenta como el héroe encadenado, cual reencarnación de John Lenon sin Yoko Ono en la cama del hotel Ritz.

CERVANTES, EN LA PAPELERA

¿Y Cervantes? Su presencia en esa exposición se reduce a cuatro frases en paneles que tratan de justificar una exposición que no visita nadie. En realidad, ¿qué otra cosa se puede hacer para conmemorar a un novelista con una exposición?

Quizás, habría que olvidarse de las exposiciones sobre escritores y de los que viven de montarlas y de conmemorar sus vidas y sus muertes. Quizás, sería más útil popularizar sus libros en emisoras, periódicos, escuelas y universidades.

Naturalmente, hay otras opciones. Me viene a la memoria una visita realizada hace años a la casa de Máximo Gorki, en Heringsdorf (isla de Usedom), donde una actriz contaba de manera fantástica cinco o seis veces al día uno de los cuentos del autor ruso.

Aunque no he tenido la suerte de asistir a alguna representación (excepto un descabellado intento de escenificar El Quijote, que no puedo decir que vi sino que dormí), sé que en este año se han realizado escenificaciones de obras dramáticas de Cervantes. El ruido mediático por esas puestas en escena ha sido poco; y es comprensible, puesto que la muerte de William Shakespeare en el mismo año de 1616 ha actuado como sordina para la obra teatral cervantina.

SHAKESPEARE HASTA EN LA SOPA

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Shakespeare en el Teatro Nacional de Lisboa, en 2016.

Las representaciones de las obras de Shakespeare han sido abundantes y de todo pelaje. He sufrido unas y he disfrutado otras, como la espléndida puesta en escena, en el Teatro Real de Madrid, de la ópera Otelo, de Verdi, inspirada en el drama shakesperiano del mismo nombre (un drama que, por cierto, no se construye sobre los celos de Otelo, sino sobre las insidias de Yago que envenenan el corazón del protagonista); la escenificación de Ricardo III, llevada a cabo en un patio del espectacular castillo del Conde de Niebla, a pocos kilómetros de Palos de la Frontera; la deconstrucción de Romeo y Julieta, en el Teatro Nacional de Lisboa, por los “Artistas da Companhia Nacional de Bailado” de Portugal; la derivación cómica de Macbeth, dentro de las Noches del Fonseca en la Universidad de Salamanca; etc.

En todas estas representaciones la afluencia de público fue numerosa y, como sucedió en el caso de Otelo, en ocasiones las entrada se agotaron varias semanas antes.

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Basta mirar este cartel para comprobar que las obras de Shakespeare han sido más representadas que las de Cervantes, incluso en España, durante el año 2016.

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COMPARACIONES ODIOSAS, COMPARACIONES NECESARIAS

En definitiva, se ha conmemorado sobradamente a William Shakespeare y obligada y solapadamente a Miguel de Cervantes. Es posible que a un novelista no se le pueda sacar tanto partido mediático y popular como a un dramaturgo, pero no es menos cierto que existen ciertos países donde las instituciones públicas consideran una molestia celebrar efemérides culturales de verdadera importancia, mientras otros saben sacar partido a las suyas.

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El Teatro Real de Madrid anuncia la ópera Otelo.

Si alguien desea comparar, sólo tiene que recordar los fastos llevados a cabo en 1992, para conmemorar la llegada a América de los españoles, y la paupérrima celebración que se está llevando a cabo sobre Miguel de Cervantes.

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Estatua de Miguel de Cervantes que preside un parque en Alcalá de Henares.

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“Señales de humo”, de Reig, una novela para guillotinar a Petrarca y otras vacas sagradas

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“Señales de humo” es una novela que encantará a los amantes de los viajes en el tiempo, de la literatura, de la ironía y de los cimientos de la cultura europea. Sin embargo –aviso para navegantes–, se trata de una obra espinosa que puede causar heridas de diversa consideración en nuestros juicios y prejuicios literarios, en los ladrillos con que nos han construido como seres culturales y en nuestras creencia más firmes sobre la historia de la literatura.

POETAS A LA PICOTA

El autor puede parecer algo pedante en los primeros capítulos. En los últimos, uno se convence de que lo es, pero termina agradeciendo esa pedantería profesoril de medio pelo, porque sin ella tampoco podría el autor haber emitido unos juicios tan sumarísimos como sabrosos sobre los iconos sagrados de la literatura sudeuropea: Petrarca, Garcilaso y otros miembros del famoseo libresco reciben leña hasta en el carnet de identidad. Reig despierta el morbo en el lector que continúa adelante con la esperanza de ver qué cabezas van cayendo en la cesta de la ignominia bajo el hacha del malvado escritor. Confieso avergonzado que llegué hasta el último párrafo de esa maldita novela y que habría seguido mil páginas más, si las hubiese tenido… siempre que el escritor no fuera tan pesado en los últimos capítulos con el culebrón de Cervantes y Lope de Vega. Culpa del maldito quinto centenario, supongo.

UNA NOVELA GOLFA

No me creerán si les cuento que leí la mayor parte de esta obra durante un viaje en coche, en cafeterías de gasolineras, áreas de servicio e iglesias. Y fue en esos lugares porque no podía aguantar las ganas de continuar leyendo antes de llegar a un sitio más apropiado. (Tal vez, sea éste el mejor momento para avergonzarme y pedir perdón a los párrocos por haber leído en lugar sagrado una novela tan golfa como “Señales de humo”.)

Y nada más. Es decir, sí, algo más: voy a repetir algo que dije más arriba: háganme caso: las personas cercanas a profesiones literarias y a quienes simplemente les gusta la literatura así como a cuantos leyeron con placer “El Péndulo de Foucauld”, de Umberto Eco, van a gozar con esta novela un puyero, como dicen los venezolanos (pero también a los que disfrutaron, por ejemplo, con alguna obra parecida del checo Bohumil Hrabal, de la italiana Giulia Alberico o de la británica Penelope Fitzgerald). Si no se quieren gastar un pastón en el libro de papel, cómprenlo por Internet, donde sale muy barato.

SINOPSIS

“Martín es un catedrático recluido en un sanatorio mental. Desde allí recuerda que empezó a realizar auténticos viajes en el tiempo desde que, muy joven, intentó suicidarse. Ahora ya no los controla a voluntad y, sin proponérselo, aparece en una ciudad medieval oyendo cómo cantan las jarchas mozárabes un grupo de brujas, o cómo los juglares escenifican el Cantar de Mío Cid, o cómo el arcipreste de Hita le desvela su libro repleto de anécdotas en verso.”

 

La historia inventada

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Un personaje de la novela La abadía de Northanger, de Jane Austen, decía que la historia “es muy aburrida y, sin embargo, a menudo me parece extraño que sea tan sosa, pues una gran parte de ella debe de ser pura invención.” No le faltaba razón, si se refería a los ensayos y a los libros de texto.

Se puede aceptar una verdad aburrida, pero el colmo es que las mentiras académicas que nos cuentan no nos diviertan. Tanto en la historia civil y militar como en la religiosa.

PRESTIDIGITADORES DE LA VERDAD

Cada poco tiempo recibimos la noticia de que tal o cual acontecimiento histórico no transcurrió como afirmaba la historia aceptada académicamente, sino que sucedió de manera diferente a cómo nos decían. Después, esas enmiendas son retocadas algunos años más tarde por otras correcciones que a su vez también son rectificadas,… así, hasta alcanzar un extraordinario número de desmentidos, que nos hacen pensar en las infinitas imágenes que aparecen cuando un espejo se refleja en otro.

Dejando aparte las tergiversaciones interesadas de los autores de cualquier índole, al estilo del genial 1984 de Orwell, los libros de historia tratan de ofrecernos un relato coherente e ininterrumpido de unos sucesos dignos de mención. El problema surge cuando se presentan lagunas en el relato histórico, cuando el historiador ignora uno o varios acontecimientos causantes de ciertos hechos, o derivados de ellos (una conversación, una amorío, una traición, una muerte,…). En ese momento, es posible que se recurra subrepticiamente a las hipótesis, a inferir qué pudo suceder y cómo. Sobra decir que este fenómeno se acentúa en las publicaciones destinadas a lectores no académicos.

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UN ACADÉMICO JUEGO DE LA OCA

Sabemos que gran parte de los historiadores olvidan informarnos expresamente sobre ese hipotético detalle –a veces de capital importancia, pero sin confirmar– que nos ofrecen como un hecho probado. Sin duda, ésta es una de las razones de que haya tantas rectificaciones en las consecutivas ediciones de los libros populares de historia: los nuevos datos descubiertos –o, simplemente, imaginados– se sobreponen a los anteriores con una naturalidad pasmosa.

Llegados a este punto, cabe preguntarse cuál es la diferencia entre una ensayo histórico y una novela histórica. Francamente, en la mayor parte de los casos, considero que la honradez del novelista, al ofrecer como ficción el relato que utiliza para llenar las lagunas históricas, es preferible al texto del historiador que vende sus conjeturas como hechos constatados y olvida que es fundamental establecer las circunstancias y el orden en que se han originado las fuentes consultadas.

Este olvido y esas hipótesis inconfesadas facilitan que graves errores historiográficos pasen de obra en obra, incluso de generación en generación, sin que nadie se haya molestado en corregirlos con una sola comprobación rigurosa. He sufrido esa desidia en mi trabajo literario, lo cual me ha obligado a revisar párrafo a párrafo obras enteras, tomadas habitualmente como fuentes fidedignas, que no han resistido un somero análisis superficial.

Historia Greco

UNA CONVERSACIÓN ENTRE CERVANTES Y LOPE

Tal vez, ésta sea una de las razones por las que en la actualidad escribo más novelas históricas que en otras etapas de mi vida. Prefiero la complicidad entre un novelista y un lector para admitir como probable una conversación de Miguel de Cervantes con Lope de Vega o entre George Washington y Antonio Ruiz de Padrón antes que creer a ciegas ciertas afirmaciones dogmáticas de historiadores con sello académico sobre hechos que jamás han verificado –no es suficiente citar y aceptar todas las fuentes de autoridad–, si es que no las han inventado ellos mismos.