Un relato sobre niños enterrados en un monasterio español

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Monasterio de Cabeza de Alba.

El reciente hallazgo de niños enterrados en un monasterio irlandés está suponiendo un escándalo internacional. Desde hace siglos, monjas y frailes han mantenido relaciones sexuales cuyos frutos han ocultado bajo tierra para evitar el escándalo. A pesar de la hipocresía y del secretismo del clero católico, estas vergonzosas historias de aberraciones sexuales y criminales de la Iglesia van saliendo a la luz pública.

En el año 2010, visité el monasterio de Cabeza de Alba y su actual propietario me mostró el patio donde su perro encontró varios huesos de recién nacidos que habían sido enterrados hacía más de un siglo. El suceso, algo acicalado literariamente, lo incluí en un capítulo de mi novela “El diputado de Filadelfia”, publicada hace unos meses.

El siguiente extracto ofrece una idea de ese extraviado convento, cuya principal misión era la de servir de prisión inquisitorial y que fue expropiado a la Iglesia Católica por las desamortizaciones liberales del siglo XIX. Allí estuvo preso el sacerdote canario Antonio Ruiz de Padrón por haber sido el principal partícipe del derribo de la Inquisición española en las Cortes de Cádiz.

“Cabeza de Alba. Martes 27 de abril de 2010

El propietario de Cabeza de Alba

Había dejado de diluviar y caía una llovizna casi imperceptible. Comenzaron a ladrar dos perros enormes que correteaban libremente de un lado para otro. Nos determinamos a montar la cámara de vídeo bajo un gran paraguas, pero sin alejarnos mucho del coche. Después, se presentó un tipo con una máquina de fumigar a la espalda. Se acercaba caminando de lado con evidente disimulo hasta que le dijimos buenos días y él respondió que buenos.

–¿Usted vive aquí?

–Sí, soy el propietario.

–¿Muerden los perros?

–No, mientras ustedes estén cerca de mí no les va a pasar nada.

Vestía blusa negra, pantalones de camuflaje y botas del ejército. Nos saludó mientras miraba con curiosidad la cámara, cuyo tamaño denotaba que no éramos simples turistas que grababan recuerdos para mortificar a los amigos.

Al rato, cuando se dio por satisfecho con nuestra conversación amigable –por fin Deliana había dejado de reír y se comportaba como la psicoanalista educada que era–, nos invitó a pasar y a beber una cerveza.

Aceptamos de buen grado. Atravesamos el patio junto a unas ruinas que él atribuyó al devastado convento de las monjas. Caminamos delante del cuerpo principal del edificio, cuya tercera planta estaba casi a ras de suelo y luego bajamos por un caminito a la zona inferior del antiguo monasterio, donde había instalada una modesta cocina. Allí nos sentamos a charlar sin prisas, con la convicción de que el hombre estaría encantado con nuestra compañía si vivía solo en aquellas peñas desapacibles.

Una cárcel bajo los almendros

Nos relató una historia familiar que explicaba por qué residía en el solitario monasterio. Tenía veintisiete años, había nacido en Stuttgart y era hijo de emigrantes leoneses. Su padre ganaba un buen sueldo como empleado en una empresa de demoliciones durante el día y como copartícipe de un pequeño bar de tapas llamado Mafalda que abría al oscurecer y se había convertido en un negocito muy rentable.

Pero, cuando murió el socio de su padre, a éste se le había metido en la cabeza comprar el monasterio, porque se hallaba cerca de su lugar de nacimiento y, además, se había contagiado de los ideales bucólicos de sus clientes que en aquellos momentos se encontraban en la frontera que separa lo hippie de lo alternativo. Durante unas vacaciones en su pueblo, le ofrecieron esta propiedad muy barata y la compró. Se trajo a la familia: la madre, él y varias hermanas, y todos se pusieron a restaurar cuanto pudieron, a cultivar la tierra con viñas, almendros, cerezos,… y a pastorear un rebaño.

Con su permiso, monté la videocámara sobre un trípode y me puse a filmar aquella apacible escena compuesta por el monasterio, los perros y el rebaño de ovejas. En la zona más próxima del convento sólo quedaban unos pocos muros en pie. El edificio principal lo formaban tres plantas más o menos conservadas. El campanario, que sobresalía de las otras edificaciones, también se encontraba en buen estado. Algo más abajo, en un huerto al borde del barranco, había un estanque y un inmueble de unos ocho metros2 de longitud, destinado a corral de ovejas. Aquí y allá contemplé restos de muros que debieron de pertenecer a varias construcciones.

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Un anuncio de prensa da cuenta de una pensión concedida a un lego del convento de Cabeza de Alba, como indemnización por la desamortización llevada a cabo por el gobierno de la época.

–Me llamo Álber –se presentó mientras nos abría los botellines de cerveza–. Soy el único miembro de la familia que ha decidido permanecer en Cabeza de Alba como pastor.

–Yo soy Deliana. Vivo en Madrid desde hace años y la verdad es que estoy encantada de haber llegado con vida aquí arriba.

–Manuel Mora –dije con la mano extendida que Álber se apresuró a estrechar–. Vine al monasterio porque me interesa la historia de un personaje que estuvo aquí prisionero.

–¿Eres periodista? –me tuteó en un tono amable que invitaba a corresponderle.

–No, nada de eso –le contesté–. Únicamente necesitaba conocer este lugar porque escribo un libro sobre la historia de ese prisionero.

Mientras hacíamos las presentaciones había dejado de llover por completo y una bruma espesa comenzaba a cubrir aquel paraje. Permanecimos un minuto en silencio con nuestros botellines en la mano.

–Me quedé solo cuando mi viejo murió hace cuatro años –Alberto comenzó a hablar despacio y marcaba las pausas con sorbos de su cerveza–. Mis hermanas se fueron a vivir con sus maridos. Ahora tengo sesenta ovejas, un viñedo que procuro cuidar bien y bastantes almendros.

–Y dos plantas de marihuana –Deliana señaló con su dedo índice los raquíticos hierbajos que apenas sobresalían de una pequeña maceta.

–Si un día crecen, puede ser que me las fume –contestó Álber con desparpajo–, pero me apetece más mirarlas. Yo prefiero la cerveza.

Su padre construyó una vivienda amplia y bien acondicionada dentro del monasterio. Alberto la mantenía limpia y en buenas condiciones. La electricidad procedía de paneles solares.

–No me quiero ir de aquí. Me encuentro a gusto con mis cosas y disfruto de esta tranquilidad que sólo interrumpen las visitas de los familiares que vienen a comer corderos. Pocas veces se presenta algún amigo o tengo que ahuyentar a los senderistas atrevidos que tratan de robarme las cerezas.

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El periódico irlandés The Irish da cuenta del macabro hallazgo.

Contó también que durante un tiempo vivió allí el propio Tomás de Torquemada –algo improbable, puesto que este inquisidor general pertenecía a la Orden de Santo Domingo y no a la de San Francisco– y que durante la etapa final del convento en el primer inmueble residían monjas y en el segundo, frailes.

–Estos edificios estaban rodeados por cárceles secretas de la Inquisición, las cuales fueron enterradas para borrar sus huellas antes de que los franciscanos abandonaran el monasterio a causa de la desamortización del siglo XIX –recordé haber leído en el periódico monárquico La Esperanza, fechado en 1865, que se indemnizaba a un lego de apellido Calvo por su condición de religioso exclaustrado–. ¿Veis esas huertas con almendros? Pues se encuentran sobre los muros de la prisión inquisitorial. Se aprovecharon algunas de sus celdas para construir un estanque y sé de buena tinta que en ellas permaneció preso un importante noble leonés encarcelado por el Santo Oficio.

Quizás Alberto no estuviera equivocado respecto a la encarcelación de ese noble; sin embargo, por los datos que me ofreció, imaginé que con el paso de los años algún campesino debió de confundir a Ruiz de Padrón con un aristócrata leonés y de ahí procedía el probable error. En todo caso, opté por guardar silencio. Ahora, más bien creo que esa información la extrajo de una lectura errónea de un manuscrito.

Observé que el joven había relajado las naturales barreras que se levantan ante gente desconocida y comenzaba a entrar en confianza, gracias al desenfado con que lo trataba Deliana, la cual sólo era algunos años mayor que él.

Los cráneos infantiles

–Terminamos de beber las cervezas. Nos presentó a su viejo burro, Marianín, y nos condujo a unas ruinas donde se hallaba el antiquísimo busto de un fraile esculpido en piedra. Se apoyó sobre la pétrea cabeza y señaló hacia el patio bajo.

–Allí encontré el año pasado varios esqueletos de niños. El perro se había puesto escarbar y desenterró algunos huesos y cráneos. Yo profundicé un poco más con la azada. Surgieron otros restos pequeños, pero dejé de cavar porque sentí miedo de encontrar un cementerio de bebés. Como te dije, los frailes y las monjas vivían cerca,… Incluso, hicieron un pasadizo que unía los dos edificios por las ventanas más altas. Mira, allá arriba.

Ya nos marchábamos. Álber nos acompañó al terraplén donde habíamos dejado el coche. Deliana le prometió traer un par de cajas de cerveza en nuestra próxima visita.

–Cuidado con la bajada –me recomendó–. El piso de esta pista es muy resbaladizo y si te sales de la carretera vas a parar al fondo del precipicio. No te distraigas ni un momento porque los socavones son muy traidores.

Le dimos la mano, subimos al automóvil y puse la marcha atrás con intención de dar la vuelta, pero Alberto me detuvo con un gesto perentorio.”

Extracto de la novela “El discurso de Filadelfia”, de Manuel Mora Morales. Editorial Malvasía, 2016, Islas Canarias, pp 38-42.

Todos los derechos reservados.

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INVITACIÓN A PRESENTACIÓN

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Tengo el placer de invitarles a la presentación de mi última novela, “El discurso de Filadelfia”, sobre el ilustre canario Antonio Ruiz de Padrón.

Esta presentación se realizará el Día de canarias. 30 de mayo a las 11:30 a.m. en el Parque García Sanabria De Santa Cruz de Tenerife

Será presentada por el profesor y escritor Antonio Javier Fernández Delgado, acompañado del autor. La entrada es gratuita y forma parte de los actor organizados por la Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife.

QUIÉN ERA ANTONIO RUIZ DE PADRÓN

El personaje central de este libro es Antonio Ruiz de Padrón, el canario más conocido en el mundo durante gran parte del siglo XIX.

La razón principal de esa fama se debe a su discurso sobre la tolerancia, en Estados Unidos, y a su Dictamen en las Cortes de Cádiz, que logró la derogación de la Inquisición española.

QUÉ RELATA ESTA NOVELA

Mientras se redactaba la Constitución norteamericana en Filadelfia, el joven Ruiz de Padrón asistió a tertulias y trabó amistad con Benjamín Franklin y George Washington. En ese mismo período pronunció un discurso contra la Inquisición española que fue traducido al inglés y repartido en Estados Unidos, donde causó una enorme y grata impresión.

Ese apasionante período de su vida constituye el núcleo de esta novela histórica. La novela mira el mundo ilustrado americano desde la perspectiva de un isleño, desde el punto de vista del joven Ruiz de Padrón, el mismo que más tarde sería diputado en las Cortes de Cádiz, látigo contra la esclavitud en Cuba, testigo directo de las revoluciones europeas, principal artífice de la derogación de la Inquisición española,… La juventud del protagonista (28 años) ofrece una narración dinámica y divertida que al mismo tiempo nos va mostrando cómo se forjó una nueva nación americana, que partiendo de una revolución democrática logró redactar la primera constitución republicana del mundo y establecer un gobierno surgido del sufragio universal.

DECENAS DE HISTORIA Y ANÉCDOTAS

Junto a la historia principal, se han sido recuperadas decenas de semblanzas y anécdotas. Los personajes que desfilan por la novela son de todo tipo y condición. Algunos juegan papeles muy secundarios, pero otros se agigantan y son parte esencial del relato histórico: el filósofo Benjamín Franklin, el general George Washington, el futuro arzobispo John Carroll, los presidentes Hamilton y Jefferson, el político y millonario Robert Morris, el comerciante Francisco Caballero Sarmiento, el parlamentario Gouverneur Morris, la señora conocida como Queen Morris, el músico y compositor Henri Capron, el embajador español Diego María de Gardoqui, etc.

ASÍ SE HIZO ESTE LIBRO

La novela contiene diversas capas narrativas y no siempre la voz del narrador pertenece al mismo personaje. Entre estas capas, se encuentra un relato paralelo que recorre la novela como un camino subterráneo, donde el autor revela la lucha que los escritores viven mientras escriben su obra. El lector puede acceder a las casualidades, reflexiones, dudas, frustraciones, momentos de euforia, descubrimientos, conversaciones, desánimos y sentimientos que lo asaltaron mientras construía la novela y, de esta manera, entender mejor la trayectoria vital del ilustre Antonio Ruiz de Padrón.

El entierro de Clavijo

El Pensador de Clavijo

EL INSOMNIO

En un capítulo de la novela “El discurso de Filadelfia”, Antonio Ruiz de Padrón se encuentra prisionero en el monasterio de Cabeza de Alba, en los fríos montes de León. Esa madrugada “no puede averiguar el motivo de su zozobra se resigna y dirige sus letanías a Morfeo, pero sus párpados no quieren cerrarse. Sus pensamientos vuelan hacia Madrid y pronto se convierten en susurros. Es casi un duermevela, pero no llega a serlo porque está consciente de sus cavilaciones y escucha sus propios bisbiseos.”

Por su memoria, tal vez retorcida por la fiebre, pasa la vida de su ilustre paisano José de Clavijo, perseguido por el poeta Beaumarchais a causa de un lío amoroso con su hermana Lisette, cuyos lances terminarían por aparecer varios libros. El propio Goethe convirtió al canario en protagonista de una otra teatral. El insomnio de Ruiz de Padrón también repasa el velatorio de Clavijo:

EL DIFUNTO JOSÉ DE CLAVIJO

“Te encaminas con prisas hacia la casa de José de Clavijo y Fajardo que murió con ochenta años cumplidos mientras bebía una taza de chocolate a las nueve de la mañana. Te ayudó a la vuelta de tu viaje por Europa y entendió a la perfección ese periplo que necesitabas recorrer como un paso más hacia tu inevitable destino. Llueve en Madrid. La luz de los edificios cambia, sus fachadas se ennoblecen y te proporcionan una ternura que no acabas de comprender. El bueno de Clavijo y su extraña historia. El canario más famoso en Europa, protagonista de obras dramáticas escritas por Goethe y Beaumarchais. Nada menos. Sonríes cuando piensas en la envidia que sentiría Cristóbal del Hoyo si se enterasen de estas noticias sus huesos enterrados en alguna capilla de San Cristóbal de La Laguna, donde se remueven cada vez que una monjita novicia posa su menudo pie sobre el mármol que los cubre.
El difunto José de Clavijo nació en Lanzarote en el año […].”

KLOP, KLIP, KLOP, KLOP

En la casa del finado hay pocos alemanes y no demasiados franceses. Afrancesados sí, muchos. No faltan algún agente velado del Santo Oficio ni personajes de la Corte, periodistas, intelectuales, naturalistas, miembros del cuerpo diplomático, algún canario y mucha gente de diferente condición. El muerto es nada menos que José de Clavijo y Fajardo, un hombre dedicado a incentivar y mejorar la formación intelectual de la comunidad, admirado y querido por muchos. El incidente con la mademoiselle francesa quizás habría repercutido en su mala fama en otro país, pero en España estos asuntos crean cierta aureola de romanticismo alrededor del casanova de turno.

El prisionero continúa sumido en un estado letárgico y revive sus recuerdos en presente. Ruiz de Padrón se traslada en su soliloquio insomne al año 1806. Antonio José, entras en la sala del velatorio. Te acercas al difunto. No le encuentro mala cara, piensas. Sólo desentona su piel cérea, que parece haber muerto un año antes que él. Tener la nariz gruesa favorece en la muerte y esa peluca empolvada al viejo estilo yo diría que lo tonifica. Don José, casi tiene usted tan buen aspecto como esa espléndida momia guanche que por sus diligencias viajó desde Tenerife al Real Gabinete de Historia Natural. Una vida interesante, don José: marcha usted con las alforjas cargadas de buenas esencias. Tenga cuidado con la entrada al cielo: a buen seguro Pierre Beaumarchais lleva seis años esperando en la puerta para reclamarle de nuevo sus amores con Lisette.

Rozas levemente el frío de su mano terrosa y te acercas a los más allegados para darles el pésame. Un hombre que tuvo buena y mala suerte: dos veces le plagiaron El Pensador. En la habitación contigua una criada sirve chocolate en tazas de porcelana.
–Por cierto, querida –las palabras enguantadas proceden de una marquesa velada por la sombra infinitesimal de un perchero–, cuando don José de Clavijo y Fajardo fue nombrado primer director del Teatro de los Reales, ordenó que se estrenara El Barbero de Sevilla, una obra de Pierre Louis de Beaumarchais, el hermano de Lisette.
No habría podido el canario haber rematado esta parnasiana historia con un estrambote más elegante, piensas. Y ahora yace muerto, nada… ni siquiera la certeza de oír el surtidor del patio puntuar gota a gota el eterno silencio en un sollozo rítmico. Klop, klip, klop, klop, klip, klop… Ruiz de Padrón, bajas la escalera. Al llegar a la calle, una ráfaga de aire te produce un acceso de tos y se te ocurre pensar que muchos seres humanos nunca han podido comprobar si las promesas de los amantes son ligeras como el viento, y sus dulzuras trampas engañosas, ocultas bajo las flores. ¿Dónde, piensas con melancolía, han quedado las sombras de tu amada Carmen Guadalupe, dónde la pasión desbordada de Juliana Craig, dónde los poemas de la Divina Comedia recitados en el lecho por la dulce Beatriz Ristori? ¿Escuchas los versos, Antonio, puedes oírlos todavía?

El agua que ves no brota de ninguna vena
que sea renovada por los vapores
que el frío del cielo convierte en lluvia…

Como nuevo Dante descendido a este Leteo del alba, desde el duro soñadero diriges tus ojos hacia el tiempo definitivamente perdido, mientras fuera ya rumorea insípido el piar matinal de los pájaros.
Se escapa el alba. Como se desvaneció Eurídice bajo la mirada de Orfeo a su regreso de la tinieblas del infierno. Vuelve a crujir la escarcha y, junto con los pájaros, los recuerdos y el doblar de las campanas, el viento arrastra cañada arriba los sueños del convento.”

 

(Fragmento de: Manuel Mora Morales (copyright): “El discurso de Filadelfia”)

VIAJE DE FILADELFIA_ MANUEL MORA

En librerías desde abril de 2016.

Se cumplen 200 años de la Real Cédula que terminó por liberar a Ruiz de Padrón

Novela histórica "El discurso de Filadelfia", de Manuel Mora Morales

Acusado por la Inquisición española y juzgado por un tribunal eclesiástico de Astorga, Ruiz de Padrón fue condenado a prisión perpetua.

Antonio Ruiz de Padrón fue el canario que gozó de mayor fama a nivel internacional durante el siglo XIX. Se pronunció públicamente contra la Inquisición en Estados Unidos –una historia que relato en la novela “El discurso de Filadelfia”, en librerías desde principios de abril– y fue autor de un “Dictamen” que resultó decisivo para la abolición de la Inquisición española en las Cortes de Cádiz.

Por esta razón y por haber privado a la Iglesia española de un abusivo impuesto a los campesinos, la parte más rancia del clero deseaba vengarse de aquel cura canario culto, justo, valiente y liberal. Aprovechando la vuelta del Fernando VII y la disolución de las Cortes, un tribunal eclesiástico de Astorga lo condenó a cadena perpetua, en una farsa judicial infame.

En estos días de marzo de 2016, se cumplen doscientos años de la llegada a Astorga de una Real Provisión referida a Antonio Ruiz de Padrón, cuando éste se encontraba prisionero en un extraviado monasterio de Cabeza de Alba, en las frías montañas leonesas. Este auto había sido redactado en la Chancillería Real de Valladolid el día 20 de febrero de 1816.

La importancia de este escrito radica en el reconocimiento de la mala fe con que había obrado el obispo de Astorga, enjuiciando y encarcelando a perpetuidad a Ruiz de Padrón, el cual había sido diputado en las Cortes de Cádiz, representando a Canarias.

La miserable conducta del prelado y sus partidarios comenzaba a ponerse de manifiesto cuando en Valladolid y Salamanca descubrieron que habían montado un juicio de urgencia cuando el juez titular se ausentó unos días de Astorga. En su lugar, colocaron a un compinche que condenó sin dilación a prisión perpetua a Ruiz de Padrón.

Todas las apelaciones que se hicieron, fueron torpedeadas por el obispado y los requerimientos de otras audiencias superiores fueron desoídas, bien alegando que los documentos se habían extraviado, bien enviando documentos equivocados, bien dando el silencio por respuesta.

Novela histórica "El discurso de Filadelfia", de Manuel Mora Morales

Antonio Ruiz de Padrón

Sin embargo, y por casualidad, alguien debió de notar algo irregular en un expediente que se encontraba Valladolid y decidió averiguar lo que había sucedido. El resultado fue que salió a la luz la injusticia cometida con el ex diputado Antonio Ruiz de Padrón.

Y conforme a lo referido fue acordado expedir esta nuestra Real Provisión para vos dicho provisor Vicario General de la Ciudad de Astorga, por la cual os mandamos que si de ante vos por parte de dicho Don Antonio José Ruiz de Padrón esta apresado legítimamente en tiempo y forma en orden de los autos del Pleito y causa de que va hecho mención, le otorguéis la dicha su apelación para que la pueda seguir y proseguir, ante quien y como deba, repongáis y deis por ninguno todo lo después de ella y en el termino en que pudo y debió apelar obrado y ejecutado, suspendiendo todo procedimiento; o dentro de ocho días remitáis el Proceso Eclesiástico original a esta nuestra Audiencia, para que vista en ella se determine lo que corresponda en Justicia. Y en el entretanto, os rogamos y encargamos que por el termino de sesenta días primeros siguientes absolváis al referido Don Antonio José Ruiz de Padrón y a las demás personas que por razón de dicha causa tuvieseis excomulgadas alcéis la excomunión y entredicho que en su razón hubieseis dado, y puesto libremente y sin costa alguna; que en ello nos serviréis.

Otrosí mandamos al Notario o Notarios por ante quien dichos autos pasaron, que dentro de ocho días primeros siguientes remitan los originales a esta nuestra Audiencia y Escribanía de Cámara de Dn. Manuel Rui Fernández, cerrados y sellados, con certificación, por el correo y pagado el porte.

Otrosí mandamos a la parte o partes en dicho Pleito interesadas que dentro de ocho días primeros siguientes, de como con ella sean requeridas, vengan o envíen en su seguimiento si vieren les conviene pues para ello les citamos, llamamos y emplazamos en forma basta su determinación. Y los Notarios lo cumplan así, pena de la nuestra merced, y de diez mil reales para la Nuestra Real Cámara, bajo de la cual mandamos a cualquiera nuestro Escribano o Notario que con esta nuestra Real Provisión fuese requerido, os la notifique, y de ello doy fe.

Dada en Valladolid, a veinte de Febrero de mil ochocientos diez y seis.

Tendrían que pasar algún tiempo para que las malas mañas del obispo de Astorga permitiesen alcanzar la libertad a Antonio Ruiz de Padrón. Sin embargo, se puede afirmar que este auto judicial fue la primera piedra para que pudiese salir del monasterio de Cabeza de Alba y, posteriormente, fuera declarado inocente.

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“EL DISCURSO DE FILADELFIA”

Presentación de la novela “Nuestro Ruiz de Padrón: Canarias”

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Canarias es una novela sobre  Antonio Ruiz de Padrón, un canario que fue  principal artífice de la desaparición de la Inquisición española.
Antonio José Ruiz de Padrón nació en San Sebastián de La Gomera (Islas Canarias), en 1757, y murió en Villamartín de Valdeorras (Orense), en 1823. Su vida se convirtió en un apasionante viaje por diversos países, ideas y movimientos religiosos, políticos y sociales de los siglos dieciocho y diecinueve. Esta figura puede considerarse, junto a la del escritor Benito Pérez Galdós, como la más relevante de su archipiélago natal.
Ningún otro personaje canario ha sido tan conocido y reconocido fuera de las islas. Fundamentalmente, su fama se debe a su labor como Diputado, en las Cortes de Cádiz, para lograr la derogación del Voto de Santiago y la abolición de la Inquisición Española. Aun siendo sacerdote, logró ambos objetivos. El resto de su vida transcurrió de manera novelesca.
Canarias, se inicia con la llegada a Tenerife del joven Antonio José Ruiz y Armas –no adoptaría los apellidos Ruiz de Padrón hasta varios años más tarde–. A los quince años entró en la Orden de San Francisco e inició los estudios sacerdotales en la ciudad de La Laguna, capital de Canarias.
Su relación con los ilustrados tinerfeños y su entrada como socio destacado en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife determinaron un rumbo vital que le llevó a ser testigo presencial y, a veces, protagonista de los más relevantes movimientos históricos de su tiempo, en un increíble periplo por los Estados Unidos, Cuba y buena parte de Europa.

Los personajes que desfilan por la novela son de todo tipo y condición. Algunos juegan papeles muy secundarios, pero otros se agigantan y son parte esencial del relato histórico, por su cercanía a Ruiz de Padrón o por la trascendencia de su intervención en los procesos sociales, políticos e, incluso, artísticos que tuvieron lugar a finales del siglo dieciocho y principios del diecinueve, o en los dos o tres siglos anteriores.

En resumen, “CANARIAS” es una novela histórica escrita con la intención de que fuera intensa, amena y, sobre todo, divertida. Junto a la historia principal, he recuperado decenas de semblanzas y anécdotas que espero cautiven al lector tanto como me cautivaron a mí cuando las conocí.
“CANARIAS”  contiene una parte importante de nuestra Historia. Una parte imprescindible que nadie debería desconocer, y no solamente los canarios, sino los españoles y latinoamericanos, cuyas sociedades se conformaron, en buena parte, a partir de las importantes acciones llevadas a cabo por el protagonista de esta obra.
Por otra parte, las Islas Canarias constituyen un enorme puchero que lleva siglos cocinándose en siete ollas sobre el mismo fuego. Lenguas, folklores, filosofías, oficios, libertades, represiones, razas, creencias, comportamientos sociales y culturales de todo tipo son algunos de los ingredientes. En consecuencia, de vez en cuando, parece saludable levantar las tapas de los calderos, mirar, probar cómo va el guiso, averiguar qué se ha estado cociendo…
Precisamente, esta es la propuesta de la novela “CANARIAS”, conducida por un personaje singular: Antonio Ruiz de Padrón. Su fantástica vida puede servirnos de crisol para entender no sólo zonas desconocidas de la historia, sino los mecanismos que la mueven.
Mirar a Canarias, a España y al mundo, metiéndonos en los zapatos de Ruiz de Padrón, propicia un examen de la realidad desde posiciones racionales, al tiempo que posibilita un análisis sereno sobre cuándo, por qué, cómo, desde dónde y hasta dónde ha evolucionado cada uno de los elementos que conforman nuestro contexto social. Me gustaría compartir este punto de vista con ustedes: esta es la razón principal de haber escrito Canarias.

DATOS TÉCNICOS DE LA NOVELA
Título: Canarias
Autor: Manuel Mora Morales
Colección: Nuestro Ruiz de Padrón
Editor: Editorial Malvasía
Interior: 520 páginas en papel ahuesado
Cubierta: todo color
ISBN en papel: 978-84-938983-8-0
ISBN e-book: 978-84-938983-9-7
Encuadernado: tapa dura

ALGUNOS PERSONAJES DE LA OBRA

•    Antonio Ruiz de Padrón, diputado doceañista, artífice de la derogación de la Inquisición.
•    José de Viera y Clavijo, autor de la Historia de Canarias.
•    José Clavijo, autor de El Pensador, traductor, etc.
•    José Clavijo, autor de El Pensador, traductor, etc.
•    Johann Wolfgang von Goethe, autor que escribió la obra “Clavijo” sobre José Clavijo.
•    Domingo García Abreu, artífice del nombramiento como diputado de Ruiz de Padrón.
•    Ignacio Llarena, clérigo, tío del Fernando Llarena y amigo de Domingo García.
•    Fernando Llarena, diputado doceañista canario.
•    Amaro “Pargo” Rodríguez Felipe, pirata canario.
•    Alonso Fernández Benítez de Lugo, conquistador de Tenerife.
•    Lope Antonio de la Guerra, autor de unas famosas Memorias.
•    Fernando de la Guerra, ilustrado que fue presidente de la RSEAPT.
•    Benjamín Franklin, padre de la patria norteamericana y científico.
•    Tomás de Nava y Grimón, fundador de la Real Sociedad Económica de Tenerife.
•    José Blas Ruiz y Armas, hermano de Antonio Ruiz de Padrón.
•    Fernando de Molina y Quesada, ilustrado canario.
•    Cristóbal del Hoyo, el aventurero marqués de San Andrés.
•    Juana del Hoyo, famosa por sus tertulias.
•    Agustín de Bethencourt, ingeniero canario.
•    Marquesa de Pompadour, famosa madama parisién.
•    Domenico Caracciolo, abolió Inquisición en Sicilia.
•    Juan Martín El Empecinado, guerrillero español contra Napoleón Bonaparte.
•    Javier de Miranda, hermano de Francisco Miranda.
•    Francisco de Miranda, precursor y libertador de Venezuela.
•    Juan Rodríguez de la Oliva, pintor canario, famoso retratista de vivos y de cadáveres.
•    Varios obispos de Canarias que tuvieron destacadas intervenciones.
•    Juan de Iriarte, gramático procedente del Puerto de la Cruz con altos cargos en la Corte.
•    Tomás de Iriarte, fabulista, sobrino de Juan de Iriarte.
•    Pascual de Sossa, marino canario que indirectamente produjo una guerra con Marruecos.
•    James Cook, famoso marino inglés que hizo escala en Tenerife.
•    William Bligh, capitán que sufrió el motín del Bounty y llegó a Canarias junto a Cook.
•    Jacinto Mora, tío de Ruiz de Padrón que se destacó en La Habana.
•    Baltasar Ruiz, padre de Ruiz de Padrón, nacido en El Hierro y casado en La Gomera.
•    Miguel Álvarez de Abreu, obispo canario de Oaxaca.
•    Obispo Servera, famoso obispo con sede en Las Palmas.
•    Carlos III, rey de España que intentó renovar las estructuras económicas.
•    Fernando VII, nieto de Carlos III que traicionó a su país.
•    Manuel García Herreros, diputado desterrado a La Gomera, amigo de Ruiz de Padrón.
•    Juan Duns Escoto, teólogo irlandés conocido como Doctor Sutil.
•    Matías Rodríguez Carta, tratante de tabaco con gran poder económico.
•    Capitán General de Canarias Juan Mur.
•    Capitán General de Canarias Miguel Fernández de Heredia.
•    Capitán General de Canarias Eugenio Fernández, marqués de Tabalosos.
•    José Antonio Abreu Bertodano, canario, académico de la Lengua.
•    Matías de Gálvez, Gobernador de Nueva España que pasó muchos años en Tenerife.
•    Bernardo de Gálvez, gobernador de Luisiana, criado en Tenerife.
•    Tomás de Saviñón, ilustrado canario, regidor del Cabildo de Tenerife.
•    Manuel Pimienta y O., impulsor de la Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife.
•    Jean-Charles de la Borda, francés encargado de experimentos científicos en Canarias.
•    La Capitana, famosa prostituta canaria del siglo XVIII.
•    Antonio Domínguez Alfonso, famoso curandero canario en Madrid, protegido por el rey.
•    Diego Hernández Remiendos, padre del Médico de Monagas.
•    Andrés Médico de Monagas, curandero antepasado del marqués del Buen Suceso.
•    Andrés Amat, encargado por Galvez de la recluta de colonos canarios para Luisiana.
•    Pedro de Mesa Benítez de Lugo, autor una disparatada biografía sobre Santo Domingo.
•    Álvaro Pérez, autor que propone enseñar español a los indios con sólo doce hombres.
•    Pedro Álvarez, visitador del rey enviado a Canarias para controlar el pago de impuestos.
•    Bernardo de Iriarte, alto diplomático canario en la guerra contra Inglaterra en 1779.

El día que cayó de Inquisición española: una visión histórica en el 200 aniversario de su derogación

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Placa ubicada en el Monumento a las Cortes, la Constitución y el Sitio de Cádiz. Ciudad de Cádiz.

Todo aquel embrollado asunto sobre el tribunal del Santo Oficio o de la Inquisición había entrado en las Cortes de Cádiz de la mano de un diputado, llamado Francisco Riesco, que en el mes de abril de 1812, pronunció un discurso exaltando el temido tribunal eclesiástico.

Unos frailes, que habían sido invitados a las Cortes para escucharle, prorrumpieron en aplausos y vítores, tal como habían planeado de antemano. Sin embargo, sucedió lo contrario de lo que Riesco esperaba, porque muchos diputados protestaron de viva voz y esta protesta se trasladó a todo Cádiz y, después, a diversos puntos de España.

La controversia continuó creciendo durante meses.

Por este motivo, en el mes de junio, la Comisión de Constitución tomó la decisión de declarar incompatible la Inquisición con la Constitución. Para ello, se trabajó en un Dictamen sobre el Santo Oficio que se presentó a los diputados el 8 de diciembre de 1812. Ese mismo día comenzaron los debates.

La pompa y parafernalia desplegada por el Tribunal de la Inquisición indica tanto la riqueza acumulada por la institución como su deseo de sembrar el terror a ser cogido en falta de pensamiento, palabra u obra. Un arma eficaz para evitar cualquier pensamiento libre o creativo de los ciudadanos.

LOS DEBATES ANTERIORES A LAS CORTES DE CÁDIZ

Desde hacía años, los partidarios de la abolición de la Inquisición habían publicado abundantes razonamientos en que solicitaban su derogación, mientras que los conservadores trataban de que la Santa continuara vigente y vigilante de las obras, las palabras y los pensamientos de los ciudadanos para castigarlos cuando los inquisidores lo tuvieran a bien. Las presiones conservadoras iban dirigidas, fundamentalmente, a los diputados de las Cortes para que no cayeran en la tentación de eliminar el Santo Oficio. He aquí un párrafo de un libro publicado en Cádiz, en el año 1811:

El clero español, las órdenes religiosas, la Inquisición y la Grandeza aman de corazón a la Patria y a Fernando VII, obedecerán ciegamente las órdenes del Congreso, y jamás convidarán al público como los editores del Semanario Patriótico en el número 44 a que resuelvan si la determinación de las Cortes es ilegal y antipolítica. Si el pueblo llega a conocer que la religión no es abiertamente protegida, no habrá soldados que salgan a campaña: en esta guerra terrible en que son tan frecuentes las batallas sangrientas y las desgracias, solo la religión puede hacer que la Nación no desfallezca: del pueblo salen los soldados, pues esos filósofo novadores que proclaman las ideas liberales no quieren arriesgar sus vidas en defensa de la patria, sino envolverla en la aflicción, y con las novedades de sus doctrinas dividir las opinión en perjuicio del orden y tranquilidad pública.

(Gómez de Requena: Apología de la Inquisición: Respuesta a las reflexiones que hacen contra ella el Semanario Patriótico numero 61, y el Periódico titulado el Español numero 13, y breve aviso a los Señores Arzobispos, Obispos y Diputados en Cortes, Cádiz, 1811)

De manera que se daban las condiciones óptimas para que la atención ciudadana estuviese centrada en aquel debate político-religioso que había comenzado en las Cortes el 8 de diciembre de 1812 y debía concluir debía concluir el 20 de aquel mes de enero, cuyo segundo centenario se cumple hoy. Enfrentarse a la opacidad con que actuaban los partidarios de la Inquisición no era tarea fácil, porque sus defensores trataban de fundir en un solo bloque los conceptos de Inquisición, religión, rey y patria. Su propósito resultaba muy claro: dejar constancia de que quien fuese partidario de abolir la Inquisición también lo sería de vender la patria a Napoleón, de renegar del catolicismo y de  tratar de instituir el republicanismo que tantos perjuicios había causado a Francia… ¡Había que tener agallas para hacerles frente!

Diputado Antonio José Ruiz de Padrón (Canarias, 1757 – Galicia, 1823)

UN ENCARGO A RUIZ DE PADRÓN

El gomero Antonio Ruiz de Padrón tuvo esa necesaria valentía. Y no solamente coraje, sino profundos conocimientos jurídicos que le permitieron desmontar, de forma admirable, la razón de ser de una institución dedicada a lograr la sumisión del pensamiento por medio de la tortura física y sicológica. Ruiz de Padrón había recibido el encargo de escribir un Dictamen, es decir, de aportar una opinión experta, sobre la Inquisición española. Nadie esperaba que realizase su trabajo de una manera tan brillante y poderosa.

Redactar aquel Dictamen no fue tarea fácil, porque la salud de Ruiz de Padrón se encontraba resquebrajada. Una enfermedad pectoral le mantenía gran parte del tiempo en cama y, probablemente, el húmedo clima gaditano no colaboraba a su restablecimiento. Aun así, logró finalizar a tiempo el encargo, aunque no pudo asistir a la sesión del día 18 de enero, en la que tuvo que leerla Florencio Castillo, secretario de las Cortes.

No era el primer dictamen sobre la Inquisición. En el mes de diciembre, ya se había leído uno de la comisión de Constitución, otro del diputado Pérez y dos más de los diputados Bárcena y Cañedo.

Cortes de Cádiz (1810-1814).

SE ABRE EL DEBATE PARLAMENTARIO SOBRE LA INQUISICIÓN

El Dictamen de la Comisión de la Constitución, con la que fue abierto el período de debates, adujo que la Inquisición “no es compatible ni con la soberanía ni con  la independencia de la nación. En los juicios de la Inquisición no tiene influjo alguna la autoridad civil; pues se arresta a los españoles; se les atormenta, se le condena civilmente, sin que pueda conocer ni intervenir en modo alguno la potestad secular …”, que “la Inquisición es opuesta a la libertad individual” y se recuerda cómo varios soberanos europeos expidieron decretos para eliminar la Inquisición de sus estados. Entre otros, nombra al rey de Sicilia, Fernando IV (hijo de Carlos III), un acontecimiento que he investigado y detallado en mi novela “Canarias”. Ciertamente, en la década de 1780, este rey envió a Sicilia a Domenico Caracciolo con el encargo de desmantelar la inquisición en aquella isla. El célebre Caracciolo no tardó tres meses en borrar cualquier vestigio inquisitorial y en ser recibido triunfalmente por los ilustrados franceses e ingleses. Finaliza este Dictamen proponiendo “que en primer lugar se discutan las dos proposiciones siguientes: primera, la religión católica, apostólica y romana será protegida por las leyes conformes a la Constitución; segunda: el tribunal de la Inquisición es incompatible con la Constitución.”

Asimismo, se presentó un proyecto de Decreto sobre los Tribunales protectores de la religión. En cuanto al corto dictamen de Antonio Joaquín Pérez, diputado americano, cuya lectura nos informa de que estaba a favor y en contra de la Inquisición, todo al mismo tiempo, poco hay que decir.

Una imagen de la Inquisición española, debida al pintor Francisco de Goya.

LOS “SERVILES” INTENTAN PARALIZAR EL DEBATE

A finales de diciembre, se alzan las voces de tres diputados pidiendo al Presidente de las Cortes, Miguel de Zumalacárregui, “Que se suspensa la discusión del proyecto, hasta que sobre él se oiga el juicio de los obispos y cabildos de las iglesias catedrales de España e islas adyacentes”. No se admitió a discusión. Sin embargo, el 4 de enero, doce diputados catalanes solicitan lo mismo. Agustín de Argüelles Álvarez González, llamado El Divino por su oratoria espléndida, les reprende con cierta dureza el modo de enfrentar la discusión y les anima a entrar con sus ideas en la discusión del Dictamen de la comisión.

A partir de ese momento, sesión tras sesión, la discusión entre “serviles” y “liberales” sube de tono y llega a producir enfrentamientos verdaderamente agrios, convirtiendo estas sesiones en las  más apasionadas del período parlamentario gaditano.

No faltan los discursos eruditos, las exageraciones, los dislates o el intento de atemorizar al oponente. Mientras unos diputados tachan al Santo Oficio de policía eclesiástica, otros afirman que va contra la propia iglesia o que sin la Inquisición llegaría el caos y la condenación eterna.

Hubo quien se atrevió afirmar que debatir sobre la Inquisición era entrar en una controversia entre Cristo y Napoleón o que, según San Policarpo o San Justino, “la iglesia, señor, se acomoda y prospera lo mismo en una república que en una monarquía”.

Muchas de las intervenciones resultarían sumamente extrañas en la actualidad, puesto que más parecen sermones pronunciados desde un púlpito que discursos políticos en una sede parlamentaria. Lo cual no debe extrañar, puesto que un tercio de las Cortes lo formaban eclesiásticos de diversos rangos, señalando bien a las claras el poder de la Iglesia sobre la sociedad civil.

Un párrafo del discurso pronunciado porel sanroqueño Vicente Terrero el 13 de enero, proporciona una idea cabal del argumentación que mantuvieron los denominados “ultramontanos” a lo largo de las sesiones parlamentarias:

Señor, cuando llego a estas reflexiones me admiro al considerar el pertinaz empeño de extinguir un tribunal establecido por la cabeza visible de la iglesia, confirmado, aprobado y consentido por la iglesia universal en los concilios generales de Viena, de Letrán y Tridentino, y por la iglesia nacional de las Españas.

¿Qué es esto? ¿De dónde dimana el tesón con que se pretende su ruina? ¿Qué ha hecho y hace el tribunal del Santo Oficio que merezca su exterminio? ¿Cuál es su objeto? ¿En qué se ocupa? ¿En qué incumbe?

El se versa solo en cooperar a la redención del hombre, reduciendo al extraviado a su primitiva senda de salud, separando y cortando al que, podrido por su obstinación ciega, puede infectar, incendiar y perder la mies sana y rebaño del Crucificado. Atiende a celar con sagrado ardor la incomunicación de los fieles con los que dogmatizan: para evitar la propagación de sus máximas erróneas que puedan obstruir los caminos del cielo en cerrar todos los portillos para que el hombre amigo no sobresiembre su mal grano, ni sus rapaces aves del cielo, esto es, los demonios usurpen el buen grano que pudo haber caído en tierra pedregosa y de mal fruto: en reparar el vallado con que el divino Mediador circunvaló su iglesia, y con voz de terror ahuyenta las fieras que solicitan su destrozo.

¡Ah! ¡España! ¡Qué hubiera sido de ti a no haber sido por este firmísimo baluarte de tu fe! Hablad vosotros, siglos y tiempos, reinos y países. Holanda, Rusia, Suecia, Dinamarca., Helvecia, decid vuestros estragos. ¡Qué de lastimosos vaivenes experimentó la nave de San Pedro por los borrascosos oleajes de la contumacia y rebeldía! Llora aún inconsolable la santa iglesia las dilaceraciones que partieron su preciosa é inconsútil túnica.

Lutero, Calvino, Zuinglio, y larga progenie de estos, ramificada en mil diferentes maneras, abolieron el triunfo de la verdad y santificación. ¡Qué dolor! ¡Qué fatalidad! Ya se ve: no existía tribunal de Inquisición que amputase la cabeza a esas hidras en el momento de erigirlas, quien les sofocase el ponzoñoso aliento.

¿Y España? ¿España? Asentada con tranquilo descanso en sus persuasiones religiosas, reposa alegremente sin contraste, que el tribunal santo le dirime con sus vigilias y sudores.

Diputados doceañistas de las Cortes de Cádiz. A ellos se debe el decreto que derogó la Inquisición en España y sus colonias.

DISECCIÓN DEL SANTO OFICIO

Las prácticas inquisitoriales van saliendo a relucir. Estos párrafos de un discurso del diputado Villanueva van poniendo las cartas sobre la mesa.

Esta misma reflexión debe aplicarse a los tormentos espantosos autorizados y presenciados por los inquisidores y por el ordinario: cosa que llena de horror a cualquiera que tenga ideas de la mansedumbre eclesiástica. Díjose ayer por única respuesta que hace muchos años estaba ya abolido el tormento en la Inquisición. Supongamos que fuese así, que luego hablaré de esto. Pero ¿se dio tormento en la Inquisición, y autorizaban esta cruel escena los sacerdotes?

En el orden de procesar del Santo Oficio, que yo poseo, hay una nota original de un secretario de la Inquisición, a quien conocí y traté, que hablando del tormento, dice:

“hasta que se hallen presentes dos inquisidores con el ordinario.”

Aquí tenemos no solo a los inquisidores, sino al obispo obligado por las leyes de la Inquisición a asistir al tormento. ¿Y cuál era este? Oiga V. M. la fórmula de la sentencia:

“Christi nomine invócalo fallamos atentos los autos que le debemos condenar y condenamos a que sea puesto a cuestión de tormento.” Aquí hay una nota que dice: “algunos declaran si es de garrucha, o de agua y cordeles etc.” y prosigue: “en la cual (cuestión de tormento) mandamos esté y persevere por tanto tiempo cuanto a nos bien visto fuere, para que en él diga la verdad de lo que esta testificado y acusado, con protestación que le hacemos, que si en el dicho tormento muriese o fuese lisiado, o se siguiese efusión de sangre o mutilación de miembro, sea a su culpa y cargo, y no a la nuestra, por no haber querido decir la verdad.”

Y prosigue:

“Y por tanto fue mandado llevar a la cámara del tormento donde fueron los dichos señores inquisidores y ordinario.”

Y en otra impresa se dice:

 “Si es de garrucha, se ha de asentar como se pusieron los grillos, y la pesa o pesas, y como fue levantado y cuantas veces, y el tiempo que en cada una lo estuvo. Si es de potro, se dirá como se le puso la toca, y cuantos jarros de agua echaron, y lo que cabía cada uno.”

Y en otra nota dice que se escriba:

“cómo le mandaron desnudar y ligar los brazos y las vueltas de cordel que se le dan…., y como se mandaron poner, y pusieron los garrotes, y como se apretaron, declarando si fue pierna, muslo o espinilla, o brazos etc., y lo que se le dijo a cada cosa de estas.”

Se previene también que esto tiene lugar con los testigos si no declaran pronto.

Antonio José Ruiz de Padrón, principal artífice de la aprobación del Decreto que abolió la Inquisición española.

LECTURA DEL DICTAMEN DE RUIZ DE PADRÓN

El día que se expuso el Dictamen de Antonio Ruiz de Padrón, pocas esperanzas había de que el Santo Oficio desapareciera.  Pero su lectura cambió de manera radical las posibilidades de sacar adelante la abolición de “la Santa”, como la llamaba el diputado gomero. Sus palabras:

No trataré de hacer aquí un extracto del tremendo código inquisitorial por no ser demasiado molesto: lo reservo para hacer después el paralelo; pero este código es tan tenebroso y obscuro como los mismos calabozos del tribunal: código confuso y complicado que abunda de artificios, cavilaciones y tretas vergonzosas muy ajenas de la majestad y santidad de las leyes.

Código en fin que presenta un perfecto sistema de la misma ilegalidad, más propio para buscar reos que no para averiguar los delitos, donde la inocencia corre peligro a par del crimen y que prescribe los castigos más atroces, y que es el espanto y terror de la humanidad.

Esta es puntualmente una rápida idea del código inquisitorial que ha dominado por tantos siglos a los sufridos y pacientes españoles, con vergüenza y oprobio de la religión, lo que tendrán mucha dificultad en creer las generaciones venideras.

LA CULTURA

La relación entre la presencia de la Inquisición y la escasa cultura de los españoles no escapa a la perspicacia de Ruiz de Padrón.

“Los pueblos, dijo un señor diputado, no están dotados aún de la ilustración competente para tratar de quitarles la Inquisición: es necesaria aguardar a que se ilustren”.

¡Grandemente! ¿Y quién es la causa de que el pueblo español no se halle debidamente ilustrado, y conozca sus verdaderos intereses, sino la misma Inquisición?

Mientras subsista este sombrío y cauteloso tribunal, la España estará condenada a una perpetua ignorancia y estupidez.

Es menester publicarlo a la faz de toda la Europa: que para que un español pudiera leer a un Mably, a Condillac, Filangieri, y lo que es mas asombroso, para leer a Pascal, Duguet, Arnaldo, Racine, Nicoley a otros sabios y piadosos autores proscritos por este fanático y estúpido tribunal, era necesario ocultarse en la obscuridad de una buhardilla, o velar en el profundo silencio de las noches para no ser sorprendido por una espía de la Inquisición. 

DEFENSA DE LOS OBISPOS

Su ataque a la Inquisición se apoyó también en la defensa de los obispos, siguiendo las tesis de Antonio Tavira, prelado de Canarias, que tuvo más de un enfrentamiento con el Santo Oficio.

“Los obispos quedaron privados de calificar la doctrina de la fe, cuyo depósito les fue encomendado, y pasó esta facultad a los nuevos jueces con asombro de toda la Europa.

Yo no admiro tanto la osadía y arrogancia del tribunal, cuanto la serenidad de algunos obispos españoles. ¿Qué mucho, pues, que en las obras del inquisidor Páramo, del inquisidor Eymerich, y de otros autores inquisitoriales que componen el código del Santo Oficio, se hagan seriamente las siguientes preguntas que va a oír V. M.?

Un inquisidor es mas que un obispo? Y responden: Sí. ¡Qué impía y detestable doctrina!

Preguntan asimismo: ¿Los obispos pueden leer los libros prohibidos? Y responden: que no; pero sí los inquisidores… la indignación no me permite proseguir. Si esto es contrario o no al espíritu del evangelio, júzguelo cualquiera.

El buen humor de que hacía gala con frecuencia Ruiz de Padrón no podía dejar de rozar la ironía en sus críticas a los discursos ultramontanos:

Otro señor diputado nos trajo la bizarra especie de que la Inquisición comenzó con el nacimiento de la iglesia. Yo digo que se ha quedado muy corto.

El inquisidor Luis de Páramo le da mucha más edad, pues la hace nacer en el centro del paraíso, y por consiguiente debe ser coetánea de nuestro padre Adán. Luego nos presenta al mismo Dios por primer inquisidor, y sigue después con una prodigiosa serie de inquisidores, que no hay más que desear en cuanto al origen, antigüedad, gloria y honor de esta Santa. Entre sus prosélitos coloca nada mecos que a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y a otros personajes de la mas alta jerarquía…

HAY QUE TIRAR LA SANTA A TIERRA

En cuanto a “la Santa”, no reprimió sus opiniones el Abad de Valdeorras, nacido en La Gomera.

“Pero le han dado por antonomasia el renombre de Santa…. ¡O capricho bizarro de los hombres! ¡Se lo habrán dado por ironía!

¿Dónde están las virtudes políticas y morales de esta Santa; cuántos milagros ha hecho? Que me señalen las conversiones que ha obrado, los frutos saludables que ha producido a la religión y al estado.

Los que la defienden y canonizan por Santa, que nos exhiban los testimonios de virtud y santidad que la adornan. ¡Terrible porfía de los hombres, empeñarse en querer buscar el resplandor de la luz en medio de la oscuridad y las tinieblas, la libertad en los calabozos, y la verdad en el error y fanatismo!

 No ignoro que  se me culpará de haber sido el primero que tuvo la osadía en presencia de V. M. de presentar a toda la nación el misterioso sistema de gobierno de la Inquisición, esto es, la vida y milagros de esta Santa: el primero que rasgó el velo tenebroso que cubría a este ídolo diciendo:

¡Españoles, aquí tenéis a la Santa: esta, esta es la que entorpecía con capa de religión vuestros progresos en las ciencias y en las artes; esta es la que os hizo creer que había Aquelarres (cuyo nombre no se ha explicado aun bastantemente), la que abusando de vuestra piedad os metió en la cabeza la ridícula farsa de la aparición de demonios súcubos é íncubos, con otras ficciones detestables que podéis leer en el gracioso y extravagante auto dé fe de Logroño, mandado imprimir por orden de la misma Santa para ilustrar los pueblos; pero me engaño, para mantenerlos en la superstición y en la más crasa ignorancia y estupidez!

Pero, Señor, ¿a qué soy venido aquí? ¿A qué me ha congregado V. M. sino para dar leyes justas y sabias a una nación magnánima y generosa, como lo ha hecho con la sólida y religiosa constitución que ha sancionado?

Si por desgracia dejara V. M. subsistir la Inquisición, ella sabría dentro de poco tiempo darse maña para destruir con sus acostumbrados misterios todo lo bueno que ha edificado el Congreso en medio de tantas fatigas y trabajos. Pronto vendrá a tierra este suntuoso y magnífico edificio, y la nación volvería cuanto antes a arrastrar las cadenas, y quedar sepultada por muchos siglos en el mismo envilecimiento y degradación que hasta aquí. La Santa sabría obrar fácilmente este milagro y otros muchos.

Estatua de Benjamín Franklin, expuesta en el National Constitution Center. Filadelfia.

EL AMIGO DE GEORGE WASHINGTON Y BENJAMÍN FRANKLIN

En su Dictamen, Antonio Ruiz de Padrón relata a los diputados su estancia en la capital de los Estados Unidos y su relación con los padres de la patria americana, durante los años que se redactaba la constitución de los Estados Unidos.

Más de veinte ministros de las iglesias protestantes concurrían con frecuencia a la tertulia de aquel ilustre filósofo, y yo era conocido de todos por el Papista, con cuyo nombre me gloriaba. La conversación giró casi siempre sobre asuntos de religión, que se discutían amigablemente y con bastante método, pero con calor y energía.

[…] Pero confieso a V. M. que cuando todos reunidos me arguyeron con el establecimiento de la Inquisición, no supe al principio qué responderles, ya porque siempre me pareció extraño de enjuiciar, ya porque me cogió de sorpresa este ataque a que yo no estaba prevenido.

 “Vuestra iglesia romana, me decían, no puede ser la verdadera iglesia de Jesucristo, porque abriga en su seno el espantoso tribunal de la Inquisición: tribunal despótico, sanguinario, cruel, y por tacto contrario a las máximas del evangelio. Su divino autor, que es el Dios de paz y de caridad, detesta las violentas coacciones y horribles castigos que emplea la Inquisición con los disidentes. Todas las páginas del nuevo Testamento nos pintan la religión de Jesucristo compasiva, atractiva, amable, cual salió del seno del Padre celestial, y la Inquisición la hace insufrible y odiosa, y en lugar de atraer los protestantes, los desvía mas y mas del gremio de esa iglesia, particularmente en vuestra España…”

[…] Tampoco se trataba de convencer a un vulgo ignorante, sino a hombres doctísimos, versados profundamente en el conocimiento de las sagradas escrituras que aprenden desde su niñez. No ignoro yo que si me hubiera servido de la doctrina y de las armas de nuestros folletistas los hubiera confundido, llamándolos a gritos herejes, luteranos, calvinistas, arminianos, presbiterianos, sacramentarios, anabaptistas…. y hubiera quedado muy ufano y satisfecho de mi victoria. ¿Mas es este el medio de defender las sacrosantas verdades del evangelio? ¿Son estas las razones a propósito para convencer a los refractarios? ¡V. M. lo juzgará imparcialmente con su piedad y sabiduría!

Entonces me vi forzado a confesar que la Inquisición era un tribunal de establecimiento puramente humano, en que no solo tuvo parte la curia de Roma, sino la política de los reyes; confesé sus enormes abusos, su dominio despótico, contrario al espíritu del evangelio: dije en fin que eran defectos de hombres que no podían perjudicar a la pureza de doctrina, a la santidad y primacía de la iglesia romana, madre y maestra de todas las iglesias; y dije otras verdades que no necesito ahora reproducir.

Estas mismas conversaciones se repitieron en casa de Jorge Washington, que apareció por aquellos días en Filadelfia.

UN DISCURSO ENCENDIDO Y PERSUASIVO

La dramáticas palabras finales de Ruiz de Padrón debieron tener un efecto demoledor sobre los diputados doceañistas.

Yo entro en los magníficos palacios de la Inquisición, me acerco a las puertas de bronce de sus horribles y hediondos calabozos, tiro los pesados y ásperos cerrojos, desciendo y me paro a media escalera. Un aire fétido y corrompido entorpece mis sentidos, pensamientos lúgubres afligen mi espíritu, tristes y lamentables gritos despedazan mi corazón… Allí veo a un sacerdote del Señor padeciendo por una atroz calumnia en la mansión del crimen; aquí a un pobre anciano, ciudadano honrado y virtuoso, por una intriga domestica; acullá a una infeliz joven, que acaso no tendría más delito que su hermosura y su pudor…

Aquí enmudezco, porque un nudo en la garganta no me permite articular; por que la debilidad de mi pecho no me deja proseguir. Las generaciones futuras se llenarán de espanto y admiración. La historia confirmará algún día lo que he dicho, descubrirá lo que oculto, publicará lo que callo. Qué tarda, pues, V. M. en libertar a la nación de un establecimiento tan monstruoso. Basta.

Terminada la lectura del Dictamen, la mayoría de la cámara lo aclamó calurosamente. De pronto, todo había cambiado: quienes no tenían claro el sentido de su votación se decantaron hacia la abolición del Santo Oficio, convencidos por la exposición del diputado canario.

Los “ultramontanos” salieron de las Cortes convencidos de que estaban perdiendo la partida y se dispusieron a sacar todas las armas a su alcance. Una de estas armas era un periódico llamado “El Procurador General de la Nación y el Rey” que al día siguiente dedicó nada menos que tres páginas al discurso de Ruiz de Padrón, atacándole ferozmente en un escrito lleno de ironía. El artículo terminaba narrando el final de la sesión:

Al Sr. Mexía lo agradó tanto este discurso, que propuso se imprimiese prontamente para ilustrar a la Nación: el Sr. González dijo: apoyo, que sea prontamente, pues hasta  ahora no he sabido lo que era la Inquisición: ¿esta es la Santa? pues desde ahora maldita sea la Santa que iba a seguir: el Sr. Aparici Santin dijo que ya esto era un escándalo, que no se podía sufrir en un Congreso Católico: el Sr. González dijo que él sería mal Cristiano, pero que era tan Católico como el Pontífice: los Sres. Ostolaza y Cañedo pidieron la palabra, y el primero pidió al Sr. Presidente se observase el Reglamento en cuanto a la proposición del Sr. Mexía, sin embargo el Sr. Presidente señaló el día de hoy para discutirla; opúsose a ella el Sr. Dueñas, diciendo que a su costa nadie le ha privado que lo haga; y sin determinar nada, se levantó la sesión.

Es expresiva la declaración de García Herreros, cuando inicia la sesión del día siguiente, con las estas palabras:

Señor, parece temeridad tomar la palabra en este asunto después de leído el voto del Sr. Ruiz Padrón, en que con tanta sabiduría y  elocuencia ha sostenido el dictamen de la comisión. Su discurso es suficiente para fijar la opinión del Congreso.

El Dictamen de Ruiz de Padrón no solamente convenció y puso en claro muchas cosas, sino que animó a otros diputados a emitir sus opiniones de manera clara. El día 20 de enero, el canónigo extremeño Antonio Oliveros realizó una intervención durísima en la que exponía los resultados de la Inquisición en el progreso de los españoles. Los siguientes párrafos no tienen desperdicio.

Parecía regular que los católicos, a fin de lidiar con los herejes, se hubiesen dedicado a las lenguas, al estudio de la antigüedad, a la crítica, cronología, geografía, a las ciencias naturales, y a la sólida metafísica. Así se vieron precisados a ejecutarlo en los países en que no dominaba la Inquisición, aunque no con aquella actividad y progresos que deseaba el sabio Melchor Cano.

Pero en España la Inquisición adoptó otro método diametralmente opuesto: se reputaron como inficionados de herejía los literatos, eruditos y hombres científicos de cualquiera profesión; para que no se abusase de las santas escrituras, se quitaron de las manos de los fieles, y se prohibió verterlas en lengua vulgar: se dedicaron, en las escuelas a la teología, puramente escolástica solo porque los herejes la despreciaban; cualquier proposición contra Aristóteles y su Dialéctica, y contra la demasía del escolasticismo olía a herejía: la erudición en las lenguas orientales sabía a judaísmo, cisma y luteranismo; y a magia las matemáticas y sus signos; por esto fueron perseguidos en los países de Inquisición las obras de Pico de la Mirándula, Galileo, Pedro de Ramos y Arias Montano, y sobre todo las de Erasmo.

Encendiose tanto la persecución en España contra los sabios, que Luis Vives, paisano del Sr. Borrull, y perseguido también, escribía a Erasmo:

“Tiempos calamitosos en que ni se puede hablar, ni callar sin peligro; han sido presos Juan Vergara, canónigo de Toledo, su hermano Tovar (Bernardiño), y otros hombres bien doctos.”

Entre ellos fueron Carranza, arzobispo de Toledo; Fr. Luis de León, del orden de San Agustín; el P. Sigüenza, monje Gerónimo; el venerable Ávila, apóstol de las Andalucías, y otros muchos; y amenazados de igual suerte como Santa Teresa de Jesús y Fr. Luis da Granada.

Y huyeron de España infinitos, particularmente en tiempo del inquisidor Valdés, y entre ellos abandonaron la religión católica los sabios Feliciano de Reyna y Cipriano Valera, insignes ambos por su literatura, por la traducción de la Biblia en lengua vulgar.

Fue tan cruda la persecución, que los amigos de Luis Vives le escribían llenas de amargura:, “es un dolor no poder socorrer a los afligidos, porque a los que se atreven, les amenaza un gran peligro.”

¡Y habrá quien diga a vista de estos hechos que la Inquisición produjo la ilustración, cuando no hubo acaso un sabio que no hubiese sido encarcelado, u obligado a enmudecer, si quería salvarse en la horrible y tenebrosa tempestad que se había levantado. Que me diga el Sr. Borrull ¿qué discípulos han dejado aquellos célebres maestros? ¿Cuáles los sabios que florecieron a últimos del siglo XVI y siguientes?

Diputado doceañista Pedro Gordillo.

EL ERROR DEL DIPUTADO GORDILLO

Cuando se pasó el Decreto a votación, los diputados, como era costumbre, fueron valorando cada artículo. Llegados al especialmente delicado artículo VII –Las apelaciones seguirán los mismos trámites, y se harán para ante los jueces que correspondan, lo mismo que en todas las demás causas criminales eclesiásticas–, el diputado canario Pedro Gordillo se mostró disconforme. Es de suponer el disgusto que debieron causar a Ruiz de Padrón las palabras del diputado grancanario, a quien se suponía liberal. He aquí las desafortunadas palabras de Gordillo:

Yo convengo con el Sr. Gordoa en que la presente discusión se difiera hasta la sesión de mañana, con el objeto de que los señores diputados puedan meditarla con todo el detenimiento que pide su naturaleza; pero no convendré jamás en aprobar el artículo en los precisos términos en que está concebido, ni tampoco con la adición que acaba de proponer el Sr. Castillo; pues a mas de no deshacer los inconvenientes que se han alegado, adolece de obscuridad, da margen a miles embrollos, ocasionará ruidosas competencias entre los reverendos obispos, tribunales civiles, y con la especiosidad de que se admitan las apelaciones con arreglo a los cánones, tal vez acarreará el tamaño mal de que quede sin protección la religión e impunes los delitos cometidos contra la fe, buenas costumbres, en atención, a que dudándose con fundada razón si hay leyes eclesiásticas que autoricen la apelación de los ordinarios en la clase de los juicios que examinamos, esta misma duda influirá en el ánimo de los respectivos jueces, y al paso que se comprometería el decoro del Congreso dando una resolución que estribase en apoyos, de cuya existencia nada le constase, se facilitaría a los irreligiosos e impíos un salvoconducto para continuar en sus horrendos crímenes, dejándoles abierta la puerta para intentar recursos intempestivos, que no podrían tener otro objeto que entorpecer las mas rectas, prudentes y justas providencias.

Finalizadas las discusiones con la aprobación del último artículo del Decreto el día 5 de febrero de 1813, unos días más tarde fue publicado el siguiente

DECRETO

Sobre la abolición de la Inquisición y establecimiento de los tribunales protectores de la fe.

Las Cortes generales y extraordinarias, queriendo que lo prevenido en el artículo 12 de la constitución tenga el mas cumplido efecto, y se asegure en lo sucesivo la. fiel observancia de tan sabia disposición, declaran y decretan:

CAPÍTULO I

Art. I. La religión católica, apostólica, romana será protegida por leyes conformes a la constitución.

II. El tribunal de la Inquisición es incompatible con la constitución.

III. En su consecuencia se restablece en su primitivo vigor la ley ir, título XXVI, partida VII, en cuanto deja expeditas las facultades de los obispos y sus vicarios para conocer en las causas de fe, con arreglo a los sagrados cánones y derecho común, y las de los jueces seculares para declarar imponer a los herejes las penas que señalan las leyes, o que en adelante señalaren. Los jueces eclesiásticos y seculares procederán en sus respectivos casos conforme a la constitución y a las leyes.

IV. Todo español tiene acción para acusar del delito de herejía ante el tribunal eclesiástico: en defecto de acusador, y aun cuando lo haya, el fiscal eclesiástico hará de acusador.

V. Instruido el sumario, si resultare de él causa suficiente pida reconvenir al acusado, el juez eclesiástico le hará comparecer, y le amonestará en los términos que previene la citada ley de Partida.

VI. Si la acusación fuere sobre delito que deba ser castigado por la ley con pena corporal, y el acusado fuere lego, el juez eclesiástico pasará testimonio del sumario al Juez respectivo para su arresto; y este le tendrá a disposición del juez eclesiástico para las demás diligencias, hasta la conclusión de la causa. Los militares no gozarán de fuero en esta clase de delitos; por lo cual, fenecida la causa, se pasará el reo al juez civil para la declaración é imposición de la pena. Si el acusado fuere eclesiástica secular o regular, procederá por sí al arresto el juez eclesiástico.

VII. Las apelaciones seguirán los mismos trámites, y se liarán para ante los jueces que correspondan, lo mismo que en todas las demás causas criminales eclesiásticas.

VIII. Habrá lugar a los recursos de fuerza del mismo modo que en todos los demás juicios eclesiásticos.

IX. Fenecido el juicio eclesiástico, se pasará testimonio de la causa al juez secular; quedando desde entonces el reo a su disposición para que proceda a imponerle la pena a que haya lugar por las leyes.

CAPITULO II

Art. I. El rey tomará todas las medidas convenientes para que no se introduzcan en el reino por las aduanas marítimas y fronterizas libros ni escritos prohibidos, o que sean contrarios a la religión; sujetándose los que circulen a las disposiciones siguientes, y a las de la ley de la libertad de imprenta.

II. El reverendo obispo o su vicario, previa la censura correspondiente de que habla la ley de la libertad de imprenta, dará o negará la licencia de imprimir los escritos de religión, y prohibirá los que sean contrarios í ella, oyendo antes a los interesados, y nombrando un defensor cuando no haya parte que los sostenga. Los jueces seculares, bajo la mas estrecha responsabilidad, recogerán aquellos escritos que de este modo prohíba el ordinario, como también los que se hayan impreso sin su licencia.

III. – Los autores que se sientan agraviados de los ordinarios eclesiásticos, o por la negación de la licencia de imprimir, o por la prohibición de los impresos, podrán apelar al juez eclesiástico que corresponda en la forma ordinaria.

IV. Los jueces eclesiásticos remitirán a la secretaría respectiva de Gobernación la lista de los escritos que hubieren prohibido, la que se pasará al consejo de Estado, para que exponga su dictamen después de haber oído el parecer de una junta de personas ilustradas, que designará todos los años de entre las que residan en la corte; pudiendo asimismo consultar a las demás que juzgue convenir.

V. El rey, después del dictamen del consejo de Estado, extenderá la lista de los escritos denunciados que deban prohibirse, y con la aprobación de las Cortes la mandará publicar; y será guardada en toda la monarquía como ley, bajo las penas que se establezcan. Lo tendrá entendida la Regencia del reino, y dispondrá lo necesario a su cumplimiento, haciéndolo imprimir, publicar y circular. = Miguel Antonio de Zumalacárregui, Presidente. = Florencio Castillo, diputado secretario. = Juan María Herrera, diputado secretario. = Dado en Cádiz a 12, de febrero de 1813.= A la Regencia del reino.

Entrada a las Cortes de Cádiz. Foto de 2010, antes de su restauración.

LOS ESTERTORES DEL MONSTRUO

No quedó el Decreto al completo gusto de Ruiz de Padrón ni de quienes defendían la libertad de pensamiento. Nuestro diputado sabía de antemano que esto no podía resultar de otra manera y que para llegar a las libertades civiles y religiosas había que avanzar despacio. Sin embargo, la abolición de la Inquisición había constituido un paso de gigante que se creyó oportuno minimizar ante la opinión pública para lograr su aceptación. Por esta razón, el presidente de las Cortes afirmaba, al final del Manifiesto que explica los motivos del Decreto, publicado el 22 de febrero de 1813 :

No penséis ni imaginéis en modo alguno que podrán quedar impunes los derechos de herejía. ¿Por ventura lo fueron hasta el siglo XV? Los Recaredos, Alfonsos y Fernandos ¿no castigaron a los herejes y los exterminaron en España? Pues lo mismo que entonces se ejecutó por la potestad secular, se ejecutará en adelante, hallando los obispos en los jueces seculares todo el respeto y protección que prescriben las leyes.

[…] Y por último esperan las Cortes, que guardándose los cánones y las leyes por los respectivos jueces propios de estas causas, florecerá la religión en la monarquía, y acaso esta providencia contribuirá a que algún día se realice la fraternidad religiosa de todas las naciones.

El mismo día 22 de febrero que salió publicado el Decreto sobre la Inquisición, las Cortes expidieron un decreto prohibiendo la introducción de libros contrarios a la religión. Así, quedaba fuera de toda duda el interés de las Cortes por mantener la pureza de la fe católica.

La noticia fue acogida en muchos lugares con grandes muestras de alegría. En San Sebastián de La Gomera, la celebró el párroco José Ruiz, hermano de Ruiz de Padrón, y en Las Palmas de Gran Canaria hubo muchas muestras de júbilo ante la derogación de la monstruosa corporación que mantuvo aterrorizados a millones de seres humanos, durante siglos.

Sin embargo, nada sirvieron esas medidas contemporizadoras de las Cortes de Cádiz, porque la respuesta de los serviles fue furibunda y, al regreso del rey Fernando VII, quienes votaron contra la Inquisición fueron perseguidos y, a veces, ejecutados.

Antonio Ruiz de Padrón pasó varios años en la prisión inquisitorial de Cabeza de Alba, lo cual agravó su enfermedad pulmonar y le condujo a la tumba, en 1823.

ESTRELLAS-ME-GUSTA

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“La isla transparente” y “Canarias” son las dos novelas que narran la extraordinaria y aventurera existencia de Antonio Ruiz de Padrón. Están disponibles en librerías y tiendas on-line.